Había una vez
un mundo maravilloso poblado de espíritus, dioses, guerreros, amazonas,
hechiceros, reyes y sacerdotes. Estaba dividido en: la Tierra, en reino de los
humanos; el Mar, donde habitaban sirenas y demonios de agua, el Olimpo, el
hogar de la mayoría de los dioses; y el Inframundo, tierra de los muertos.
La Tierra era
gobernada por una familia elegida por los dioses, la penúltima descendiente de
esa familia era Serenity, una mujer viuda con una hija. Pero, la Tierra era
regida y se sublimaba a la voluntad de la mayoría de los dioses del Olimpo, con
excepción del Dios del Mar y el Dios del Inframundo.
El mar tenía
un solo guía: el Dios del Mar. Con él, habitaban sirenas, tritones, demonios y
demás criaturas marinas y de agua.
El Inframundo
también tenía un solo dios: el de la Muerte. El Inframundo se dividía en dos
partes: el Infierno y el Eliseo. El Infierno era la morada de aquellos que, en
vida, fueron malvados; ahí purgaban sus delitos. El Eliseo era un paraíso para
todos aquellos que vivieron en paz y armonía.
Cabe decir
que todo ese mundo estaba repleto de espíritus al servicio de los dioses.
Espíritus de bosque, de mar, de agua, de montaña, de viento... Centenares de
ellos de cada tipo, y cada tipo con características especiales.
Los de
Montaña se encargaban de cuidar a los animales, los de Mar a las criaturas
marinas, los de aire a las aves, los de Bosque mantenían vivos a toda la flora
y foresta de ese mundo... Pero, los más importantes eran los de Agua, que se
encargaban de dar vida a todo ese mundo con el vital líquido, ya fuera con
ríos, lagos, lluvia, etc. Podían andar tanto en mar como en tierra firme.
Sin embargo,
los espíritus de agua eran tan importantes como preciados, pues, cuando los
humanos descubrieron que estos espíritus daban la vida eterna, se dedicaron a
cazarlos. Muchos espíritus de agua fueron asesinados, otros huyeron al mar y
jamás regresaron; los espíritus de agua capturados se negaron a obedecer a los
hombres y se ofrendaron al Dios del Mar con un suicidio ritual.
También
existía un tipo especial de espíritus, los de la Muerte; todos ellos bajo las
órdenes del Dios del Inframundo, con la misión de llevar las almas de los
muertos a su correspondiente lugar. Se decía que, si el espíritu era de color
claro, entonces guiaría al alma al Eliseo; pero si el espíritu era del color de
las sombras, entonces iría directo al Infierno.
Ese mundo era
así de mágico y extraño.