Parte 1

 

 

 

Su rostro moreno reflejaba el increíblemente enorme enojo que le inundaba. El reconfortante calor de la mañana le resultaba bochornoso, la fresca brisa demasiado seca, la gente un montón de muñecos y su vida un completo desperdicio. Caminaba con duros pasos, como queriendo romper el piso bajo sus pies, no se disculpaba con quienes llegaba a chocar; al contrario, los empujaba. Iba camino a la escuela, pero, aunque no se encontraba de humor como para asistir a clases, decidió ir para no estar en el pesado ambiente de su casa.

 

Había discutido con su mujeriego padre... un hombre que le mantenía por mera obligación y que creía que con caros regalos podría ocultar su desprecio por ella. Le alegó antes de irse no respetar ni un poco la memoria de su esposa muerta. Y él confesó nunca haber sentido siquiera algo por ella. Le echó en cara ser un puro accidente... cosa que ya antes le había dicho...

 

Ya había considerado seriamente irse a vivir con su abuelo paterno en Juuban... y no sabía por qué aún no se iba... Con eso, tanto ella como su padre estarían contentos. Ella le tenía mucho cariño a su bromista abuelo, que era un sacerdote sintoísta. No le importaba ser sacerdotisa si con ello jamás vería de nuevo a su padre.

 

Decidió irse cuanto antes, quizá esa misma tarde. Incluso su propio padre movería sus contactos para acelerar el papeleo necesario para el cambio de escuela... ese hombre haría lo que fuera con tal de deshacerse de ella.

 

Aquel pensamiento la puso de mejor ánimo.

 

En cuestión de días ya estaba en un tren camino a Juuban. Estaba contenta, vería a su viejo abuelo. Recordaba su humilde templo como si tuviera una fotografía suya enfrente, a pesar de que tenía siete años desde la última vez que estuvo ahí... Era grande, con una larga escalera pegada en la carretera. La entrada era grande y colorida, el enorme patio bordeado por árboles, cerezos en su mayoría; un pequeño estanque detrás, el altar y la tienda de amuletos en la que solía ayudar junto con su mamá.

 

Eran las tres de la tarde cuando llegó a Juuban. El sitio no había cambiado casi nada, seguía tan tranquilo como siempre. Aunque el Templo Hikawa no era el único templo de ahí, sí era el más conocido de todos. Llegar era muy fácil, sólo tendría que tomar un autobús que le dejaría al pie de aquella escalera que de pequeña le parecía interminable.

 

Sólo llevaba una mochila y una maleta con objetos muy personales: mudas de ropa, recuerdos de su mamá, ropa interior, algunos discos compactos, mangas y un viejo libro que nunca había leído mas que la dedicatoria en la primera hoja...

 

A mi pequeña Rei...

Mi pequeño espíritu de fuego.

Alma de llamas vivientes,

Que el dios del fuego te proteja...

 

Su madre le regaló ese libro al cumplir nueve años, poco antes de morir, víctima de una rara enfermedad del corazón. Habían pasado siete años desde entonces y apenas comprendía el sentido de la dedicatoria... Su madre siempre le había dicho que ella tenía fuego en las venas y un carácter bastante fuerte y visceral... Y tenía razón...

 

Fue una experiencia horrible cuando su mamá, una noche que apenas le iba a mostrar el contenido del libro, comenzó a quejarse de un dolor en el pecho... El dolor creció, fue al hospital y ahí su corazón dejó de latir...

 

Aquella era la razón por lo que no quería leer el libro... sólo aquella dedicatoria... Un nudo en la garganta le impedía cambiar la página... Pero así estaba bien, prefería recordar esa memoria intacta.

 

Subió la larga escalera, permitiendo que el nuevo aire de aquella ciudad le diera la bienvenida. Por primera vez en años podía sentir lo fresco y agradable que podía ser el aire, y lo cálido y reconfortante que podía ser el sol. Apresuró el paso, deteniéndose unos segundos bajo la entrada principal del Templo Hikawa. El sólo ambiente del lugar le traía agradables recuerdos de su niñez y su madre.

 

No tardó en distinguir a alguien en la tienda de amuletos, su ropa sacerdotal era azul y blanca, pero no pudo reconocer bien a la persona. Fue a la tienda, solo para encontrarse con una joven de cabellos cortos y ojos azules y grandes, parecía ser de su edad. No más alta que ella, piel clara y cuerpo esbelto. Quizá era ayudante, pues no le resultaba familiar.

 

La joven le sonrió, inclinándose educadamente.

 

“Bienvenida, ¿puedo ayudarle en algo?” dijo la joven con voz melodiosa y aterciopelada. “Hoy tenemos descuento en los amuletos del amor”

 

Rei rió mentalmente. Esa última frase era típica de su abuelo. De pequeña la obligaba a decirla. Sonrió por ese recuerdo y por el hecho de que ahora obligaba a esa joven a hacer lo mismo.

 

“Solo quería saber si se encuentra el sacerdote” respondió Rei, bastante sonriente.

 

La joven negó con la cabeza.

 

“Lo siento, salió hace rato, pero no sé a qué hora vaya a regresar” explicó la peliazul algo apenada. “¿Quiere algún servicio o rezo en especial?” preguntó enseguida, saliendo de la tienda de amuletos... lo que le permitió a Rei comprobar que, efectivamente, era un poco más alta que ella.

 

“¿No te comentó que alguien vendría aquí?” le preguntó Rei, esperando que el distraído de su abuelo no hubiera olvidado que ella llegaría ese día.

 

La joven guardó silencio, tomando una pose pensativa y sujetándose el mentón mientras miraba al cielo.

 

“Mmm... ¡ah, cierto!” exclamó de repente. “Hino-sama dijo que su nieta vendría” elaboró la chica, mirando fijamente a Rei. “Supongo que debe ser usted”

 

“Sí. Soy Rei Hino. Mucho gusto en conocerte” dijo Rei de forma educada, inclinándose ante la joven.

 

“Al contrario, el gusto es mío. Soy Ami Mizuno. Trabajo y vivo aquí” respondió la joven cortésmente, también inclinándose. Tomó la maleta que Rei había dejado en el suelo. “Ya terminé mi turno, es hora de comer... ¿Gusta comer conmigo, Rei-san?... Le ayudaré a llevar sus cosas”

 

“Claro, muchas gracias, Ami-san” contestó una animada Rei. No había comido nada en todo el día, estaba hambrienta.

 

Entraron al templo, dejaron el equipaje de Rei en una habitación al lado de la de Ami. El cuarto estaba limpio e impecable, a lo que Ami explicó que el sacerdote le había pedido que lo limpiara.

 

“Iré a servir la comida” dijo Ami, abriendo las ventanas de la habitación. “Mientras, usted descanse, yo le llamaré cuando esté listo”

 

“Gracias, Ami-san” respondió Rei con un suspiro relajado.

 

La peliazul asintió y salió del cuarto, dejando a solas a la morena de pelo largo. La nieta de Hino-sama parecía ser buena persona. Tenía un porte misterioso, empezando por su mirada oscura y penetrante. Su cabello era largo y negro, su piel estaba tostada por el sol; por lo que supuso que vivió en un sitio demasiado soleado. Era más alta que ella y tenía un cuerpo muy bien formado.

 

Sonrió ante la idea de tener un nuevo habitante en el templo. Y era mujer. Con excepción de ella misma, el resto de los ayudantes eran hombres. Ahora no se sentiría tan sola. Fue a la cocina y comenzó a calentar y servir la comida. Era arroz y carne que había preparado hacía un par de horas. Esperaba que a Rei le gustara la comida... pero, hasta ese día, nadie se había quejado.

 

En tanto, Rei aprovechaba para acomodar las pocas cosas que tenía, tan pocas, que casi no llenó el clóset y el librero. Ya después se compraría más cosas, pero prefería hacerlo con su propio dinero... ya nada quería de su padre, ni siquiera verlo. Sabía que tenía una cuenta bancaria a su nombre, pero ni en sueños la usaría.

 

Un delicioso aroma en el aire le quitó el gesto molesto de su rostro (pensaba en su padre y eso le ponía de malhumor.) Seguramente ya estaba lista la comida. Se le hizo agua a la boca al tratar de adivinar qué comerían. Entonces, Ami no tardaría en llamarle.

 

Quiso soltar un grito de emoción, pero se abstuvo de eso y sólo se lanzó contra la sencilla cama de su nuevo cuarto. Por fin estaba en un sitio con aire familiar y amoroso. Le dieron ganas de llorar, pero también las contuvo... no quería que Ami la atrapara llorando. Al quedarse quieta con su cara contra las colchas, sintió otro aroma en éstas... un aroma fresco, agradable... era perfume, pero no el del jabón de lavar ropa... Supuso que era de Ami.

 

Le gustó aquel aroma y siguió aspirándolo. De pronto, alguien tocó la puerta.

 

“Rei-san, ya está servido, venga a comer” le llamó Ami en voz alta.

 

“Ya voy, deja lavarme las manos” respondió, saliendo del hechizo del perfume en la cama.

 

Después de levantarse, mojarse un poco la cara y lavarse, fue al comedor, donde la peliazul le esperaba pacientemente. Dieron gracias por los alimentos y comenzaron a comer. Permanecieron los primeros minutos en silencio, pues Rei estaba ocupada comiendo y a Ami no se le ocurría nada con qué comenzar la conversación, mas no fue necesario, pues Rei fue la que inició la plática.

 

“¿Cuánto tiempo llevas aquí, Ami-san?” le preguntó entre bocados.

 

“Dos años” respondió la peliazul, sonriente.

 

A partir de ahí, la conversación se extendió varias horas.

 

Ami también tenía dieciséis años, tal como Rei lo supuso al verla por primera vez, sus padres estaban divorciados. Su papá era pintor, su madre doctora en el hospital de Juuban. Debido a que su madre y el abuelo de Rei eran amigos desde hacía mucho tiempo, la doctora decidió dejar a Ami en el templo, pues su empleo le obligaba a dejarla sola demasiado tiempo.

 

Estudiaba en el Colegio TA para señoritas. Rei recordó que ahí también estudió su mamá cuando niña. Supo sus gustos y aficiones... y también que era una joven muy amable, callada y tímida. Si se sonrojó diez veces durante la conversación, fueron pocas. Le resultó muy gracioso y adorable verla enrojecer así. De inmediato presintió que sería buenas amigas.

 

‘Amigas...’ pensó Rei con sorpresa al darse cuenta que, hasta ese momento, nunca había tenido alguna amistad, o algo que se le pareciera. Miró fijamente a la chica y ésta, al notarlo, se sonrojó profundamente.

 

“Disculpa” murmuró Rei, apunto de reír. “Sólo pensaba que vamos a ser muy buenas amigas”

 

Aquello la hizo sonrojar un poco más, pero también sonrió.

 

“Yo también pensé lo mismo” confesó Ami, mirándole fijamente. “Empezando porque viviremos juntas”

 

“Entonces podemos dejarnos de formalidades” dijo, por demás sonriente. “¿Está bien que te diga ‘Ami-chan’?

 

“Claro, no hay problema, Rei-chan”

 

Se sonrieron, antes de soltarse en una risa llena de contento.

 

“Me alegra que se hayan hecho amigas tan rápido” dijo una tercera voz, era del viejo sacerdote.

 

“¡Abuelo!” exclamó Rei, feliz y lanzándose a abrazar al hombrecillo. “Tonto... llegué hace horas, ¿dónde estabas?”

 

“Lo siento, tuve que atender algo de emergencia, pero ya estoy aquí, hija” explicó el abuelo. “Estoy feliz de que te quedes aquí”

 

“Yo también, abuelito”

 

Ami se conmovió con la escena y se limitó a sonreír. Ella sabía la situación de Rei, y el porqué viviría en el templo a partir de ese día. El sacerdote ya le había explicado todo, así que no fue necesario que Rei le hablara sobre eso durante la comida. También supo por él que Rei tenía un carácter visceral y explosivo, un malhumor que siempre le inundaba la cara, sin importar que por dentro estuviera contenta; y una forma especial de demostrar cariño a las personas que quería.

 

Discreta como era, se retiró en silencio para dejarlos hablar a solas, seguramente tenían muchas cosas de qué platicar. Además, tenía que terminar algunos trabajos en computadora y no se quería dormir tan tarde. Rei y su abuelo seguían abrazados para cuando ella se fue.

 

“No sé porqué demoraste tanto en venir a vivir aquí” dijo el abuelo. “Pero estoy seguro que serás muy feliz con nosotros”

 

“Olvida eso, abuelito, ya estoy aquí y me quedaré para siempre” murmuró Rei, dejando de abrazar al viejo. “¿Dónde estabas, eh?... Te estuve esperando demasiado tiempo, de no ser por Ami-chan, hubiera estado sola”

 

“La doctora Mizuno me llamó, ya era hora de mi examen médico” respondió el abuelo algo nervioso. “Yo no quería ir, pero me obligó”

 

“¿La madre de Ami-chan, verdad?” preguntó.

 

El abuelo ni siquiera mencionó al padre de Rei, pues eso la pondría molesta y triste... lo cuál se manifestaría con un humor del demonio. De hecho, le sorprendió un poco verla tranquila y afable con Ami... Sí, las estuvo espiando un poco antes de aparecer para comprobar el estado de ánimo de Rei... Pero a su nieta pareció agradarle mucho aquella joven. Bueno, él también se había encariñado rápidamente con Ami, por lo que no fue raro que se entendieran de inmediato.

 

Ya casi era de noche. Rei le sirvió la cena a su abuelo mientras seguían platicando.

 

También estudiaría en el mismo colegio que Ami, estaría en el mismo grupo que ella. El abuelo le comentó que Ami era muy inteligente y estudiosa, y que seguramente aprendería muchas cosas de ella.

 

“Es hora de dormir” dijo el abuelo. “Mañana descansa Ami-chan, puedes salir con ella y pasear por la ciudad, para que la conozcas poco a poco”

 

“Está bien”

 

“Espero que se pongan de acuerdo con los deberes del templo”

 

“Aja...”

 

“Buenas noches, hija”

 

“Buenas noches, abuelito, que descanses”

 

Rei se retiró en silencio y con una enorme sonrisa en el rostro. Sentía que, a partir de ese momento, su vida sería completa felicidad. Estaba con su amoroso abuelo, tenía una nueva amiga con quien se llevaría mejor día a día, jamás volvería a ver a su padre y estaría cerca de la tumba de su madre... podría visitarla y hablar con ella cuando quisiera.

 

Le dio las buenas noches a la estudiosa Ami, que seguía en la computadora; y entró a su cuarto. Se puso su pijama. Hacía algo de calor, por lo que dejó la ventana abierta, permitiendo que la brisa entrara y también conociera su nuevo cuarto con aroma a rosas y perfume de Ami.

 

“Buenas noches” murmuró a la luna, dejándose vencer por el sueño.

 

 

Continuará...

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