Su rostro
moreno reflejaba el increíblemente enorme enojo que le inundaba. El
reconfortante calor de la mañana le resultaba bochornoso, la fresca brisa
demasiado seca, la gente un montón de muñecos y su vida un completo
desperdicio. Caminaba con duros pasos, como queriendo romper el piso bajo sus
pies, no se disculpaba con quienes llegaba a chocar; al contrario, los
empujaba. Iba camino a la escuela, pero, aunque no se encontraba de humor como
para asistir a clases, decidió ir para no estar en el pesado ambiente de su
casa.
Había
discutido con su mujeriego padre... un hombre que le mantenía por mera
obligación y que creía que con caros regalos podría ocultar su desprecio por
ella. Le alegó antes de irse no respetar ni un poco la memoria de su esposa
muerta. Y él confesó nunca haber sentido siquiera algo por ella. Le echó en
cara ser un puro accidente... cosa que ya antes le había dicho...
Ya había
considerado seriamente irse a vivir con su abuelo paterno en Juuban... y no
sabía por qué aún no se iba... Con eso, tanto ella como su padre estarían
contentos. Ella le tenía mucho cariño a su bromista abuelo, que era un
sacerdote sintoísta. No le importaba ser sacerdotisa si con ello jamás vería de
nuevo a su padre.
Decidió irse
cuanto antes, quizá esa misma tarde. Incluso su propio padre movería sus
contactos para acelerar el papeleo necesario para el cambio de escuela... ese
hombre haría lo que fuera con tal de deshacerse de ella.
Aquel
pensamiento la puso de mejor ánimo.
En cuestión
de días ya estaba en un tren camino a Juuban. Estaba contenta, vería a su viejo
abuelo. Recordaba su humilde templo como si tuviera una fotografía suya
enfrente, a pesar de que tenía siete años desde la última vez que estuvo ahí...
Era grande, con una larga escalera pegada en la carretera. La entrada era
grande y colorida, el enorme patio bordeado por árboles, cerezos en su mayoría;
un pequeño estanque detrás, el altar y la tienda de amuletos en la que solía
ayudar junto con su mamá.
Eran las tres
de la tarde cuando llegó a Juuban. El sitio no había cambiado casi nada, seguía
tan tranquilo como siempre. Aunque el Templo Hikawa no era el único templo de
ahí, sí era el más conocido de todos. Llegar era muy fácil, sólo tendría que
tomar un autobús que le dejaría al pie de aquella escalera que de pequeña le
parecía interminable.
Sólo llevaba
una mochila y una maleta con objetos muy personales: mudas de ropa, recuerdos
de su mamá, ropa interior, algunos discos compactos, mangas y un viejo libro
que nunca había leído mas que la dedicatoria en la primera hoja...
A mi pequeña Rei...
Mi pequeño espíritu de
fuego.
Alma de llamas
vivientes,
Que el dios del fuego te
proteja...
Su madre le
regaló ese libro al cumplir nueve años, poco antes de morir, víctima de una
rara enfermedad del corazón. Habían pasado siete años desde entonces y apenas
comprendía el sentido de la dedicatoria... Su madre siempre le había dicho que
ella tenía fuego en las venas y un carácter bastante fuerte y visceral... Y
tenía razón...
Fue una
experiencia horrible cuando su mamá, una noche que apenas le iba a mostrar el
contenido del libro, comenzó a quejarse de un dolor en el pecho... El dolor
creció, fue al hospital y ahí su corazón dejó de latir...
Aquella era
la razón por lo que no quería leer el libro... sólo aquella dedicatoria... Un
nudo en la garganta le impedía cambiar la página... Pero así estaba bien,
prefería recordar esa memoria intacta.
Subió la
larga escalera, permitiendo que el nuevo aire de aquella ciudad le diera la
bienvenida. Por primera vez en años podía sentir lo fresco y agradable que
podía ser el aire, y lo cálido y reconfortante que podía ser el sol. Apresuró
el paso, deteniéndose unos segundos bajo la entrada principal del Templo
Hikawa. El sólo ambiente del lugar le traía agradables recuerdos de su niñez y
su madre.
No tardó en
distinguir a alguien en la tienda de amuletos, su ropa sacerdotal era azul y
blanca, pero no pudo reconocer bien a la persona. Fue a la tienda, solo para
encontrarse con una joven de cabellos cortos y ojos azules y grandes, parecía
ser de su edad. No más alta que ella, piel clara y cuerpo esbelto. Quizá era
ayudante, pues no le resultaba familiar.
La joven le
sonrió, inclinándose educadamente.
“Bienvenida,
¿puedo ayudarle en algo?” dijo la joven con voz melodiosa y aterciopelada. “Hoy
tenemos descuento en los amuletos del amor”
Rei rió mentalmente. Esa última frase era típica de su abuelo. De pequeña la obligaba a decirla. Sonrió por ese recuerdo y por el hecho de que ahora obligaba a esa joven a hacer lo mismo.
“Solo quería
saber si se encuentra el sacerdote” respondió Rei, bastante sonriente.
La joven negó
con la cabeza.
“Lo siento,
salió hace rato, pero no sé a qué hora vaya a regresar” explicó la peliazul
algo apenada. “¿Quiere algún servicio o rezo en especial?” preguntó enseguida,
saliendo de la tienda de amuletos... lo que le permitió a Rei comprobar que,
efectivamente, era un poco más alta que ella.
“¿No te
comentó que alguien vendría aquí?” le preguntó Rei, esperando que el distraído
de su abuelo no hubiera olvidado que ella llegaría ese día.
La joven
guardó silencio, tomando una pose pensativa y sujetándose el mentón mientras
miraba al cielo.
“Mmm... ¡ah,
cierto!” exclamó de repente. “Hino-sama dijo que su nieta vendría” elaboró la
chica, mirando fijamente a Rei. “Supongo que debe ser usted”
“Sí. Soy Rei
Hino. Mucho gusto en conocerte” dijo Rei de forma educada, inclinándose ante la
joven.
“Al
contrario, el gusto es mío. Soy Ami Mizuno. Trabajo y vivo aquí” respondió la
joven cortésmente, también inclinándose. Tomó la maleta que Rei había dejado en
el suelo. “Ya terminé mi turno, es hora de comer... ¿Gusta comer conmigo,
Rei-san?... Le ayudaré a llevar sus cosas”
“Claro,
muchas gracias, Ami-san” contestó una animada Rei. No había comido nada en todo
el día, estaba hambrienta.
Entraron al
templo, dejaron el equipaje de Rei en una habitación al lado de la de Ami. El
cuarto estaba limpio e impecable, a lo que Ami explicó que el sacerdote le
había pedido que lo limpiara.
“Iré a servir
la comida” dijo Ami, abriendo las ventanas de la habitación. “Mientras, usted
descanse, yo le llamaré cuando esté listo”
“Gracias, Ami-san” respondió Rei con un suspiro relajado.
La peliazul
asintió y salió del cuarto, dejando a solas a la morena de pelo largo. La nieta
de Hino-sama parecía ser buena persona. Tenía un porte misterioso, empezando
por su mirada oscura y penetrante. Su cabello era largo y negro, su piel estaba
tostada por el sol; por lo que supuso que vivió en un sitio demasiado soleado.
Era más alta que ella y tenía un cuerpo muy bien formado.
Sonrió ante
la idea de tener un nuevo habitante en el templo. Y era mujer. Con excepción de
ella misma, el resto de los ayudantes eran hombres. Ahora no se sentiría tan
sola. Fue a la cocina y comenzó a calentar y servir la comida. Era arroz y
carne que había preparado hacía un par de horas. Esperaba que a Rei le gustara
la comida... pero, hasta ese día, nadie se había quejado.
En tanto, Rei
aprovechaba para acomodar las pocas cosas que tenía, tan pocas, que casi no llenó
el clóset y el librero. Ya después se compraría más cosas, pero prefería
hacerlo con su propio dinero... ya nada quería de su padre, ni siquiera verlo.
Sabía que tenía una cuenta bancaria a su nombre, pero ni en sueños la usaría.
Un delicioso
aroma en el aire le quitó el gesto molesto de su rostro (pensaba en su padre y
eso le ponía de malhumor.) Seguramente ya estaba lista la comida. Se le hizo
agua a la boca al tratar de adivinar qué comerían. Entonces, Ami no tardaría en
llamarle.
Quiso soltar
un grito de emoción, pero se abstuvo de eso y sólo se lanzó contra la sencilla
cama de su nuevo cuarto. Por fin estaba en un sitio con aire familiar y
amoroso. Le dieron ganas de llorar, pero también las contuvo... no quería que
Ami la atrapara llorando. Al quedarse quieta con su cara contra las colchas,
sintió otro aroma en éstas... un aroma fresco, agradable... era perfume, pero
no el del jabón de lavar ropa... Supuso que era de Ami.
Le gustó
aquel aroma y siguió aspirándolo. De pronto, alguien tocó la puerta.
“Rei-san, ya
está servido, venga a comer” le llamó Ami en voz alta.
“Ya voy, deja
lavarme las manos” respondió, saliendo del hechizo del perfume en la cama.
Después de
levantarse, mojarse un poco la cara y lavarse, fue al comedor, donde la peliazul
le esperaba pacientemente. Dieron gracias por los alimentos y comenzaron a
comer. Permanecieron los primeros minutos en silencio, pues Rei estaba ocupada
comiendo y a Ami no se le ocurría nada con qué comenzar la conversación, mas no
fue necesario, pues Rei fue la que inició la plática.
“¿Cuánto
tiempo llevas aquí, Ami-san?” le preguntó entre bocados.
“Dos años”
respondió la peliazul, sonriente.
A partir de
ahí, la conversación se extendió varias horas.
Ami también
tenía dieciséis años, tal como Rei lo supuso al verla por primera vez, sus
padres estaban divorciados. Su papá era pintor, su madre doctora en el hospital
de Juuban. Debido a que su madre y el abuelo de Rei eran amigos desde hacía
mucho tiempo, la doctora decidió dejar a Ami en el templo, pues su empleo le
obligaba a dejarla sola demasiado tiempo.
Estudiaba en
el Colegio TA para señoritas. Rei recordó que ahí también estudió su mamá
cuando niña. Supo sus gustos y aficiones... y también que era una joven muy
amable, callada y tímida. Si se sonrojó diez veces durante la conversación,
fueron pocas. Le resultó muy gracioso y adorable verla enrojecer así. De
inmediato presintió que sería buenas amigas.
‘Amigas...’
pensó Rei con sorpresa al darse cuenta que, hasta ese momento, nunca había
tenido alguna amistad, o algo que se le pareciera. Miró fijamente a la chica y
ésta, al notarlo, se sonrojó profundamente.
“Disculpa”
murmuró Rei, apunto de reír. “Sólo pensaba que vamos a ser muy buenas amigas”
Aquello la
hizo sonrojar un poco más, pero también sonrió.
“Yo también
pensé lo mismo” confesó Ami, mirándole fijamente. “Empezando porque viviremos
juntas”
“Entonces
podemos dejarnos de formalidades” dijo, por demás sonriente. “¿Está bien que te
diga ‘Ami-chan’?
“Claro, no
hay problema, Rei-chan”
Se sonrieron,
antes de soltarse en una risa llena de contento.
“Me alegra
que se hayan hecho amigas tan rápido” dijo una tercera voz, era del viejo
sacerdote.
“¡Abuelo!”
exclamó Rei, feliz y lanzándose a abrazar al hombrecillo. “Tonto... llegué hace
horas, ¿dónde estabas?”
“Lo siento,
tuve que atender algo de emergencia, pero ya estoy aquí, hija” explicó el
abuelo. “Estoy feliz de que te quedes aquí”
“Yo también,
abuelito”
Ami se conmovió con la escena y se limitó a sonreír. Ella sabía la situación de Rei, y el porqué viviría en el templo a partir de ese día. El sacerdote ya le había explicado todo, así que no fue necesario que Rei le hablara sobre eso durante la comida. También supo por él que Rei tenía un carácter visceral y explosivo, un malhumor que siempre le inundaba la cara, sin importar que por dentro estuviera contenta; y una forma especial de demostrar cariño a las personas que quería.
Discreta como
era, se retiró en silencio para dejarlos hablar a solas, seguramente tenían
muchas cosas de qué platicar. Además, tenía que terminar algunos trabajos en
computadora y no se quería dormir tan tarde. Rei y su abuelo seguían abrazados
para cuando ella se fue.
“No sé porqué
demoraste tanto en venir a vivir aquí” dijo el abuelo. “Pero estoy seguro que
serás muy feliz con nosotros”
“Olvida eso,
abuelito, ya estoy aquí y me quedaré para siempre” murmuró Rei, dejando de
abrazar al viejo. “¿Dónde estabas, eh?... Te estuve esperando demasiado tiempo,
de no ser por Ami-chan, hubiera estado sola”
“La doctora
Mizuno me llamó, ya era hora de mi examen médico” respondió el abuelo algo
nervioso. “Yo no quería ir, pero me obligó”
“¿La madre de
Ami-chan, verdad?” preguntó.
El abuelo ni
siquiera mencionó al padre de Rei, pues eso la pondría molesta y triste... lo
cuál se manifestaría con un humor del demonio. De hecho, le sorprendió un poco
verla tranquila y afable con Ami... Sí, las estuvo espiando un poco antes de
aparecer para comprobar el estado de ánimo de Rei... Pero a su nieta pareció
agradarle mucho aquella joven. Bueno, él también se había encariñado
rápidamente con Ami, por lo que no fue raro que se entendieran de inmediato.
Ya casi era
de noche. Rei le sirvió la cena a su abuelo mientras seguían platicando.
También
estudiaría en el mismo colegio que Ami, estaría en el mismo grupo que ella. El
abuelo le comentó que Ami era muy inteligente y estudiosa, y que seguramente
aprendería muchas cosas de ella.
“Es hora de
dormir” dijo el abuelo. “Mañana descansa Ami-chan, puedes salir con ella y
pasear por la ciudad, para que la conozcas poco a poco”
“Está bien”
“Espero que
se pongan de acuerdo con los deberes del templo”
“Aja...”
“Buenas
noches, hija”
“Buenas
noches, abuelito, que descanses”
Rei se retiró
en silencio y con una enorme sonrisa en el rostro. Sentía que, a partir de ese
momento, su vida sería completa felicidad. Estaba con su amoroso abuelo, tenía
una nueva amiga con quien se llevaría mejor día a día, jamás volvería a ver a
su padre y estaría cerca de la tumba de su madre... podría visitarla y hablar
con ella cuando quisiera.
Le dio las
buenas noches a la estudiosa Ami, que seguía en la computadora; y entró a su
cuarto. Se puso su pijama. Hacía algo de calor, por lo que dejó la ventana
abierta, permitiendo que la brisa entrara y también conociera su nuevo cuarto
con aroma a rosas y perfume de Ami.
“Buenas
noches” murmuró a la luna, dejándose vencer por el sueño.
Continuará...
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