Por: Escarlata
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Clara era la mañana en la pequeña ciudad de Juuban. Una de
sus habitantes, una joven de 16 años, se levantaba extrañamente temprano...
contrario a su hábito de dormir en exceso. El motivo de haber madrugado era s
que la doctora Mizuno le entregaría un pokemon. Estaba emocionada, pues el
sueño de toda su vida era ser una maestra pokemon... y qué mejor para empezar
que ser una entrenadora.
Había cumplido 16 años hacía un par de semanas y ya tenía
derecho a un pokemon.
En Juuban todos tenía un pokemon, pero contados eran los
que decidían volverse entrenadores. Y ella, Usagi Tsukino, era una de esas
personas.
Su madre ya le había preparado su equipaje y despedido y
deseado buena suerte.
- Usagi, promete que vas a cuidarte mucho – le decía su
madre con inmenso cariño, acomodándole su mochila en la espalda – Y trata bien
a tus pokemon para que te quieran.
- Sí, mamá, lo prometo.
- Recuerda llamarme cuando llegues con la doctora Mizuno.
- Sí.
- Bien... Ah, toma estos bocadillos para el camino...
- Gracias, mamá...
Se dieron un fuerte abrazo y Usagi soltó un par de lágrimas
de contento y tristeza. Contento por que estaba a punto de cumplir su sueño, y
tristeza por que tendría que abandonar a su familia para lograrlo. Claro que
Ikuko Tsukino se quedaría con su marido e hijo menor, pero Usagi era su pequeña
e iba a echarla de menos. Le dio un beso en la frente y la soltó, permitiendo
que se fuera a casa de la doctora Mizuno.
- ¡Adiós, mamá!... ¡Te llamaré seguido!
- ¡Cuídate, Usagi!
La rubia tuvo que correr para que las lágrimas se fueran
con el contraviento que le golpeaba la cara. Pronto, la alegría de saber que
tendría al primero de sus pokemon, hizo que recuperara el ánimo y corriera más
rápido a su destino.
Usagi era una rubia muy graciosa, con largo cabello
recogido en dos coletas coronadas por odangos; sus grandes ojos eran azules en
un tono un poco obscuro, pero bastante bello sin duda; era no muy alta,
delgada, de piel ligeramente bronceada gracias al radiante sol de Juuban; y con
un corazón dulce y puro.
Desde pequeña amaba a los pokemon, por lo que sus padres
supieron que su primogénita iba a ser una buena entrenadora o criadora
pokemon... lo que ella quisiera.
Y escogió ser una entrenadora.
En cuestión de minutos llegó al laboratorio de la famosa
investigadora, criadora y doctora pokemon Natsuko Mizuno, una experta en
pokemon y mentor de muchos entrenadores nacidos en Juuban. Ella era la
encargada de entregar sus pokemon a los principiantes y cuidar y estudiar a los
que estos le mandaban. Conocía a Usagi desde pequeña y también estaba
convencida de sus habilidades como entrenadora.
- ¡Buenos días, doctora Mizuno!... ¡Ya estoy aquí! – gritó
Usagi, entrando directo al laboratorio.
- Buenos días, Usagi, me alegra que hayas llegado temprano
– respondió la mujer, desatendiendo su microscopio un momento – Ven.
Natsuko le mostró varias pokebolas a Usagi.
- Elige una pokebola... y dentro estará tu primer pokemon.
Tengo uno de cada tipo, así que tienes de dónde escoger.
Usagi miró cuidadosamente cada pokebola, y pronto se
interesó por una que tenía una pequeña luna grabada. Seguramente se trataba de
un pokemon lunar, no había duda. La tomó entre sus manos y después miró a la
doctora, como esperando una señal de aprobación.
La mujer asintió.
-¡Pokemon, yo te elijo!
Y lo que salió fue una graciosa y linda Clefairy (era
hembra) que miró a Usagi con curiosidad.
- Hola, pequeña, me llamo Usagi... y desde ahora seremos
amigas, ¿qué dices, eh? – dijo de forma alegre, hincándose frente al pokemon
para quedar a su altura.
- ¡Clefairy, clefairy! – exclamó la criatura y brincó a los
brazos de la rubia.
La doctora miró la escena con gran satisfacción.
- Puedo ver que le agradas – comentó – Esa es una buena
señal... ¿Entonces te quedarás con Clefairy?
- ¡Claro, doctora, prometo cuidarla bien! – exclamó - ¡Y ya
tengo un nombre para ella! – continuó y después dirigió la mirada a su pokemon
– Te llamarás: Hikari... ¿Te gusta?...
- ¡Clefairy!
... era un sí...
- Me alegra ver esto, Usagi, tienes mucha empatía con los
pokemon, estoy segura de que harás que todo Juuban se sienta orgullosa de ti.
- ¡Gracias!
Natsuko le extendió a Usagi otras cinco pokebolas aparte de
la de Clefairy, un pokegear y un pokedex.
- Con esto podrás atrapar a más pokemon – explicó – el
pokegear es algo así como tu licencia de entrenadora, y el pokedex registrará
automáticamente a cada pokemon que veas y atrapes. ¿Entendido?
- Sí.
- Bien... Entonces puedes irte, Usagi, esto es todo lo que
necesitas para comenzar tu viaje.
- Muchas gracias, doctora... no sé cómo poder pagarle...
- Sólo has tu mejor esfuerzo y envíame a todos los pokemon
que puedas.
- Entendido.
- Y cuida bien de tus pokemon.
- Claro.
De pronto, Usagi recordó algo.
- ¿Puedo usar su teléfono?... Tengo que llamar a mamá y
mostrarle a Hikari.
- Por supuesto.
La doctora miró a Usagi llamar a su madre y sintió cierta
nostalgia y tristeza. Recordaba a su hija Ami, quien le fue arrebatada por su
ex-esposo al ganar la custodia de la niña después de divorciarse. Tenía años
sin verla. Pensó que actualmente tendría la misma edad que Usagi. Ami también
quería ser una entrenadora, pero su sueño se truncó con el divorcio de sus
padres. Su papá, todo un artista, no le eran interesantes los pokemon.
No sabía qué era lo que estaba haciendo su hija en esos
momentos. La extrañaba mucho.
- Es hora de irme, doctora. Le agradezco mucho todo lo que
ha hecho por mí.
- Sólo cuídate y da tu mejor esfuerzo, ¿de acuerdo?
- ¡Claro!... Vámonos, Hikari.
- ¡Clefairy!
Chica y pokemon se fueron, mientras la doctora les miraba
desde la ventana de su laboratorio.
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Usagi llevaba un par de días de viaje y ya había atrapado
un Butterfree y un Pidgeotto, Aoi y Hikoki respectivamente; que también se
habían encariñado rápidamente a Usagi.
Una tarde de esas, la rubia atravesaba el famoso Bosque
Verde en busca de un lugar para acampar, cuando vio a un gracioso y esponjado
Mareep. Justo lo que necesitaba, un pokemon eléctrico.
- Vamos por él, Hikari – susurró a la oreja del pokemon.
- Cle... fai... ry...
Usagi se acercó lentamente, sosteniendo una de las
pokebolas especiales que la doctora Mizuno había hecho para ella. Una que
atrapaba a los pokemon sin necesidad de pelear y debilitarlo. La filosofía de
Usagi contemplaba dar la opción al pokemon de quedarse con ella o irse. Hasta
ahora todos habían quedado. Las únicas veces que peleó en esos días fue contra
otros tres entrenadores, quedando victoriosa, y al defenderse de unos Beedrill
bastante agresivos.
- ¡Pokebola, ve!
El asalto tomó al Mareep por sorpresa, y justo cuando iba a
atraparlo, otra pokebola de diseño extraño se atravesó en su camino. El Mareep
aprovechó para escapar.
- ¡No es justo! – lloriqueó Usagi – Muy bien... ¿quién fue
el gracioso?
- ¡¿Gracioso?! – gritó una voz en respuesta – ¡Fuiste tú
quien se atravesó, Odango!
Continuará...
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