RELIGIÓN

 

OBRANDO

 

    Prosélitos de Dios, sal de la tierra,

salvadores del mundo y de mi alma;

al que está en la tormenta dais la calma

y alumbráis al que ciegamente yerra.

 

    Heroicos, soportando la vigilia

hasta que en vuestras cuentas todo cuadre;

felices y obedientes con el Padre,

formáis una curiosa y gran familia.

 

    No me dejáis vivir mi propia vida

porque no sé qué es la felicidad;

tenéis que transmitirme la Verdad:

dichosos los que siguen la escondida

 

    senda que aleja al hombre del abismo...

Admiro vuestro punto de partida

que es "la caridad bien entendida

empieza sin dudar por uno mismo".

 

    Admirable también vuestro sincero

distanciamiento de las cosas; flaca

vanidad poseer; allí destaca

la naturalidad con el dinero.

 

    En eso combináis con santo celo

lo humano y terrenal con lo profundo,

os dan un buen empleo en este mundo

y al tiempo aseguráis plaza en el cielo.

 

    Y vuestra clara teología, ser

o no ser, he ahí el gran dilema,

y una clara respuesta a este problema,

ser y estar cerca siempre del poder.

 

    Vuestro entorno respira libertad,

como el licor se bebe en una copa,

el matrimonio es clase de tropa,

generalato es la castidad.

 

    ¿Orgullo, tú, de qué?, en pergamino

quedaron las palabras centinelas

que guían como surcos, como estelas

y marcan los mojones del Camino.

 

    Prosélitos de Dios, sal de la tierra,

salvadores del mundo y de mi alma;

al que está en la tormenta dais la calma

y alumbráis al que ciegamente yerra.

 

    Aunque mi alma, la verdad desnuda

no acepta, y sí acepta sus defectos.

Vosotros os jactáis de ser perfectos,

pero el hombre, por serlo, siempre duda.

 

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