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Tienes entre las puntas de los dedos
un periódico triste y macilento,
mudo testigo del postrer lamento
de un siglo ahogado por sus propios miedos.
La guerra ha destruido los hayedos,
se oyen gemidos que transporta el viento;
el mundo ha confesado de violento
su vocación, y ya no hay otros credos.
Ojalá la noticia fuera el canto
del ave azul del cuento de mi infancia,
y no este siniestro guirigay.
Las páginas están llenas de llanto,
lo contrario sería la ignorancia
de lo que nos rodea. Es lo que hay.