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INTER NACIONAL |

Aquellos ojos negros infinitos,
aquel hinchado orbe de su vientre,
esa piel que de ocre se confunde
con el suelo sediento y cuarteado.
Aquellos dedos tenues como un soplo,
ya inútiles garfios, ya sin fuerza,
ya atrofiados, un adorno atroz ya.
Aquella blanca pústula cubierta
de un enjambre de moscas que se nutren
de la carne más triste y desnutrida,
terrible paradoja de humor negro.
La cabeza, un cráneo disfrazado,
muestra, más que de rostro, calavera,
la postura, ayer acuclillado,
sentado hoy, un bulto sobre el suelo,
los antebrazos sobre las rodillas
y convertido en xilofón humano,
¡qué tremenda lección de anatomía
nos ofrecen las leves osamentas!
Se revuelve la boca de mi estómago,
se me revuelve el alma, y me avergüenzo
de contemplar imágenes de espanto
mientras sujeto el tenedor y bebo
un Rioja cosecha ochenta y cinco.