Hay veces que dan ganas de liarse a patadas
con la vida tramposa que oculta entre las mangas
ases de negro filo, turbias cartas marcadas,
reyes que con su cetro siegan toda esperanza
y matones a sueldo, sotas afeminadas
que asesinan fríamente a traición, por la espalda.
Ganas dan de matar a la muerte que mata
porque sí, sin motivos, para que esté engrasada
y con el filo listo su maldita guadaña.
No duele cualquier muerte, sí la muerte sin causa,
aquella que sonríe por su broma macabra
y escribe de epitafio luego sobre la lápida:
"Navegó en agua dulce, naufragó en agua amarga".
Yo te maldigo, muerte, no hay derecho a esas chanzas
que hacen vestir de luto fuera de temporada
y dejan a los vivos con un hueco en el alma,
jugadores sin suerte con temor a otra trampa
cuando arriesguen su baza en la postrer jugada:
mudos sobrevivientes aguardando con rabia
el día que les toque su turno hacia la nada.