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CIENCIA |

Dormir, dormir en soledad, sentir el hueco
de un destino truncado al otro lado
del lecho.
Dormir, morir, sentir escalofríos,
una fiebre de nada frente a todo,
la herida de una ausencia que clama en el silencio
tórrido de la noche.
La noche tórrida, un sudor pegajoso que recubre
mi cuerpo, como una túnica velada de impotencia.
Dormir, morir, soñar, un torbellino
me absorbe y me comprime, me desgarra,
agita el intestino, revienta el corazón, me falta aire...
he muerto.
Y pienso: al fin.
¡Qué lucidez total, qué ausencia de dolor, se ha disgregado
en partículas mínimas mi soporte mortal!
Eso que flota en el vacío
¿es mi alma, el recuerdo de mi yo,
es el hueco que queda de mi paso por la tierra,
es sólo pensamiento
o acaso un residuo de corrientes eléctricas que provoca la rápida descomposición de la materia?
Viajo marcha atrás, toda una vida se recorre en segundos
y pasa ante mis ojos vacíos que miran con el pudor
de lo que se quiso borrar de la memoria.
Floto en un líquido cálido dentro de una angosta esfera transparente,
una mórula diminuta se convierte en un punto
formado por dos células.
Continúa el retroceso, la velocidad da vértigo,
han desfilado todos mis antepasados hasta llegar a la primera eva mitocondrial,
contemplo un planeta desnudo sacudido por cataclismos,
es una pieza más de un sistema solar más perdido en el centro de una galaxia más de tantas que se aburren en el cosmos.
Soy el satélite COBE escudriñando el universo
que ha iniciado un movimiento de contracción con mi muerte
y en tan solo quince mil millones de años -un segundo- se colapsa
de nuevo.
¿Puede una almendra contener todas las partículas del universo?
¿puede ser esa almendra casi el infinito
comparada con el punto -una micra de micra-
en donde estaba contenido
todo?
En donde estaba contenido todo,
incluso el proyecto de vida que quince mil millones de años -un segundo- después, sería
yo.
Imaginad un elefante que comprimimos hasta que pueda caber en una caja de cerillas,
imaginad un planeta que comprimimos hasta que pueda caber en un dedal,
imaginad un trillón de billones de millones de planetas que comprimimos hasta que puedan caber en mucho menos que una cabeza de alfiler,
eso era todo antes de la gran explosión.
Imaginad que un martillo golpea contra un clavo apoyado en vuestro cráneo,
la intensidad de ese dolor
puede servir como metáfora con la que concebir la densidad de eso.
¿Y antes?
No os planteéis esta pregunta si no os queréis volver locos.
¿Y después?
La ciencia os responderá desde la diez septillonésima parte del primer segundo (10-3),
el resto os lo diré yo, que lo estoy viendo.
La Nada es el vacío
absoluto
que no tolera la hipótesis, siquiera,
de poder ser llenado.
Hace falta una gran serenidad para ser Nada,
de lo contrario, el agobio -un psiquiatra lo llamaría depresión-
se concentrará hasta formar un pequeño punto negro de tristeza.
Eso fue lo que pasó.
La tristeza habría formado una estela de gas negro,
pero esto no podía soportarlo el Todo
(ya es hora de darle su nombre: el punto antes de la gran explosión es el Todo, lo demás es la Nada).
El enorme poder gravitatorio del Todo succionó el humo negro de la Nada
y la extrema, inconmensurable densidad
no pudo deglutir una partícula
más.
Eso fue lo que pasó
y lo que provocó el Big Bang,
lo demás ya lo conocéis.
Lo demás ya lo conocéis,
un caleidoscopio en el que miríadas de partículas enloquecidas
pugnan por alcanzar su personalidad,
una temperatura en la que el Sol apenas sería
un insignificante cubito de hielo
y una superfuerza
que se dividirá en las cuatro personas del nuevo misterio de la Trinidad científica:
electromagnetismo,
gravedad
y fuerzas nucleares fuerte y débil.
Electrones, positrones,
protones y neutrinos,
neutrones, quarks..., la leche,
inician la danza del ballet mitológico
(coreografía a cargo de Einstein y Hawking)
con el que los sabios corifeos han sustituido al antiguo Olimpo.
Murió la teología,
la nueva teodicea
se llama Física, señores.
La Física dice que al enfriarse el Universo lo bastante
(cerca de tres mil millones de grados)
los protones y neutrones contrajeron matrimonio canónico
formando el núcleo atómico.
En el horizonte, una neblina de materia que comienza a aglutinarse
terminará formando una galaxia en el futuro distante,
un millón de años más tarde, por ejemplo,
cuando la temperatura descienda a sólo
tres mil grados centígrados.
Y ahora
billones de galaxias
con cien mil millones de estrellas cada una
se alejan una de otras
hasta el confín del universo.
El confín del universo es el paso
de un vacío angustioso a un vacío sereno,
allí, plácidamente, no está Dios,
la Nada es el Cielo
y el Infierno el borde de Nada que succionan constantemente los restos
de la explosión del Todo.
Cuando ya no quede Nada por consumir,
Todo se consumará
(Big Crunch, según la nueva mitología)
y ¡hale!, otra vez de vuelta
hasta la micra de micra inicial.
No me digáis que hace falta más fe para creer lo que dice esta Iglesia sin iglesia
que lo que dice la otra,
es así y ya está, yo lo he visto,
ir y venir, tejer y destejer, Penélope sideral,
como la pelota del juego de palas sujeta a una goma elástica
que surca majestuosa el espacio hasta tensar el hilo
para después volver al punto de partida.
Que nadie se atreva a sugerir que un Ser Superior hubo de crear la micra de la micra, el Todo inicial,
ese Todo ya es Dios,
o habría yo de preguntar a quien me niegue esto
que quién ha creado a Dios,
mejor dejadlo así
o habríais de llegar a la conclusión de que Dios es cruel.
Y al fin y al cabo, tantas vueltas del burro de la noria
(qué os parecería si os dijera que el Big Bang y el Bing Crunch se han producido ya un número infinito de veces),
tantos atomitos, tanta relatividad,
tanta galaxia, tanto agujero negro,
materia, antimateria, materia obscura, que sé yo...
tanto, para qué, si recuerdo el mundo que he dejado.
Francamente, todo eso me parece demasiado montaje para explicar
este teatro de títeres que existe en el planeta Tierra.