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Acto I, escena XII |
dejé pronto su compaña |
ese dulcísimo acento |
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tras cinco o seis desafíos. |
con que trina el ruiseñor |
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DON JUAN.- ¿Estamos listos? |
Nápoles, rico vergel |
de sus copas morador |
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DON LUIS.- Estamos. |
de amor, de placer emporio, |
llamando al cercano día, |
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DON JUAN.- Como quien somos cumplimos. |
vio mi segundo cartel: |
¿no es verdad, gacela mía, |
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DON LUIS.- Veamos, pues, lo que hicimos. |
«Aquí está don Juan Tenorio, |
que están respirando amor? |
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DON JUAN.- Bebamos antes. |
y no hay hombre para él». |
Y estas palabras que están |
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DON LUIS.- Bebamos. |
Desde la princesa altiva |
filtrando insensiblemente |
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(Lo hacen.) |
a la que pesca en ruin barca, |
tu corazón, ya pendiente |
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DON JUAN.- La apuesta fue... |
no hay hembra a quien no suscriba, |
de los labios de don Juan, |
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DON LUIS.-Porque un día |
y cualquiera empresa abarca |
y cuyas ideas van |
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dije que en España entera |
si en oro o valor estriba. |
inflamando en su interior |
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no habría nadie que hiciera |
Búsquenle los reñidores; |
un fuego germinador |
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lo que hiciera Luis Mejía. |
cérquenle los jugadores; |
no encendido todavía, |
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DON JUAN.-Y siendo contradictorio |
quien se precie, que le ataje; |
¿no es verdad, estrella mía, |
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al vuestro mi parecer, |
a ver si hay quien le aventaje |
que están respirando amor? |
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yo os dije: «Nadie ha de hacer |
en juego, en lid o en amores». |
Y esas dos líquidas perlas |
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lo que hará don Juan Tenorio». |
Esto escribí; y en medio año |
que se desprenden tranquilas |
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¿No es así? |
que mi presencia gozó |
de tus radiantes pupilas |
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DON LUIS.- Sin duda alguna; |
Nápoles, no hay lance extraño, |
convidándome a beberlas, |
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y vinimos a apostar |
no hubo escándalo ni engaño |
evaporarse a no verlas |
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quién de ambos sabría obrar |
en que no me hallara yo. |
de sí mismas al calor, |
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peor, con mejor fortuna, |
Por dondequiera que fui, |
y ese encendido color |
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en el término de un año; |
la razón atropellé, |
que en tu semblante no había, |
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juntándonos aquí hoy |
la virtud escarnecí, |
¿no es verdad, hermosa mía, |
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a probarlo. |
a la justicia burlé |
que están respirando amor? |
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DON JUAN.- Y aquí estoy. |
y a las mujeres vendí. |
¡Oh! sí, bellísima Inés, |
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DON LUIS.- Y yo. |
Yo a las cabañas bajé, |
espejo y luz de mis ojos; |
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CENTELLAS.- ¡Empeño bien extraño, |
yo a los palacios subí, |
escucharme sin enojos |
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por vida mía! |
yo los claustros escalé, |
como lo haces, amor es; |
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DON JUAN.- Hablad, pues. |
y en todas partes dejé |
mira aquí a tus plantas, pues, |
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LUIS.- No, vos debéis empezar. |
memoria amarga de mí. |
todo el altivo rigor |
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DON JUAN.- Como gustéis, igual es, |
Ni reconocí sagrado, |
de este corazón traidor |
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que nunca me hago esperar. |
ni hubo razón ni lugar |
que rendirse no creía, |
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Pues señor, yo desde aquí, |
por mi audacia respetado; |
adorando, vida mía, |
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buscando mayor espacio |
ni en distinguir me he parado |
la esclavitud de tu amor. |
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para mis hazañas, dí |
al clérigo del seglar. |
DOÑA INÉS.- Callad, por Dios, ¡oh don Juan!, |
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sobre Italia, porque allí |
A quien quise provoqué, |
que no podré resistir |
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tiene el placer un palacio. |
con quien quiso me batí, |
mucho tiempo sin morir |
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De la guerra y del amor |
y nunca consideré |
tan nunca sentido afán. |
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antigua y clásica tierra, |
que pudo matarme a mí |
¡Ah! Callad, por compasión, |
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y en ella el Emperador, |
aquel a quien yo maté. |
que oyéndoos me parece |
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con ella y con Francia en guerra, |
A esto don Juan se arrojó, |
que mi cerebro enloquece |
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díjeme: «¿Dónde mejor? |
y escrito en este papel |
y se arde mi corazón. |
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Donde hay soldados, hay juego, |
está cuanto consiguió, |
¡Ah! Me habéis dado a beber |
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hay pendencias y amoríos». |
y lo que él aquí escribió, |
un filtro infernal sin duda, |
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Dí, pues, sobre Italia luego, |
mantenido está por él. |
que a rendiros os ayuda |
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buscando a sangre y a fuego |
la virtud de la mujer. |
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amores y desafíos. |
Acto IV, escena III |
Tal vez poseéis, don Juan, |
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En Roma, a mi apuesta fiel, |
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un misterioso amuleto, |
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fijé entre hostil y amatorio |
DON JUAN.- Cálmate, pues, vida mía; |
que a vos me atrae en secreto |
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en mi puerta este cartel: |
reposa aquí, y un momento |
como irresistible imán. |
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«Aquí está don Juan Tenorio |
olvida de tu convento |
Tal vez Satán puso en vos |
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para quien quiera algo de él». |
la triste cárcel sombría. |
su vista fascinadora, |
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De aquellos días la historia |
¡Ah! ¿No es cierto, ángel de amor, |
su palabra seductora |
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a relataros renuncio; |
que en esta apartada orilla |
y el amor que negó a Dios. |
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remítome a la memoria |
más pura la luna brilla |
¿Y qué he de hacer, ¡ay de mí!, |
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que dejé allí, y de mi gloria |
y se respira mejor? |
sino caer en vuestros brazos, |
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podéis juzgar por mi anuncio. |
Esta aura que vaga llena |
si el corazón en pedazos |
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Las romanas caprichosas, |
de los sencillos olores |
me vais robando de aquí? |
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las costumbres licenciosas, |
de las campesinas flores |
No, don Juan; en poder mío |
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yo gallardo y calavera, |
que brota esa orilla amena; |
resistirte no está ya; |
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quién a cuento redujera |
esa agua limpia y serena |
yo voy a ti, como va |
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mis empresas amorosas. |
que atraviesa sin temor |
sorbido al mar ese río. |
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Salí de Roma por fin |
la barca del pescador |
Tu presencia me enajena, |
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como os podéis figurar, |
que espera cantando el día, |
tus palabras me alucinan, |
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con un disfraz harto ruin, |
¿no es cierto, paloma mía, |
y tus ojos me fascinan, |
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y a lomos de un mal rocín, |
que están respirando amor? |
y tu aliento me envenena. |
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pues me querían ahorcar. |
Esa armonía que el viento |
¡Don Juan! ¡Don Juan! Yo lo imploro |
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Fui al ejército de España; |
recoge entre esos millares |
de tu hidalga compasión: |
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mas todos paisanos míos, |
de floridos olivares, |
o arráncame el corazón, |
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soldados y en tierra extraña, |
que agita con manso aliento, |
o ámame, porque te adoro. |