Leo en un diario que una mujer ha sido detenida por el grave delito de fumar «desvergonzadamente» donde estaban fumando también, por lo visto con muchísima vergüenza y dignidad, varios hombres. Y añade el diario que la mujer, al ser objeto de medida tan rigurosa, prorrumpió en denuestos e invectivas. Sin duda la muy torpe no comprendía bien por qué en ella constituía delito lo que en los varones no.
Debía, sin embargo, darse cuenta esa fémina atrevida de que el acto de chupar una hierba liada sobre sí misma o en un papel, varía muchísimo de significación si lo realizan los labios de un individuo del sexo fuerte, o los de otro, perteneciente a la más bella mitad del género humano. Un hombre que fuma ejercita uno de los imprescindibles e inalienables derechos que le corresponden, y en cambio una mujer que fuma siempre perturba un poco la buena organización social. Sabe Dios qué consecuencias pudiera tener hecho tan sencillo, es decir, sencillo, según apariencias engañosas.
Yo confieso que, por mí, en lo que personalmente me afecta, aunque nunca los españoles, que tantas cosas descubrieron, hubiesen descubierto la nicotiana tabacum de Linneo, me sería completamente igual. No me da por fumar, y tampoco me causaría lo que se dice pena el que Noé no hubiese inventado sacar zumo de los racimos de la vid, para quedar bajo el estigma de ser el primer curda que registran los anales del mundo (aunque Baco pueda disputarle la palma). Pero si desde el punto de vista de mi propio regodeo la cosa no me preocupa, en el más desinteresado y noble del altruismo no puedo menos de consagrarle estas líneas de crónica. ¿A título de qué, vamos a ver, una hembra audaz se permite lo que sólo pertenece a su señor, dueño y cabeza, el hombre? ¿Y en público para más? Porque al cabo ¡si el desmán se cometiese en el secreto y recogimiento del propio domicilio, y en las habitaciones más ocultas y privadas! Pero delante de gente..., es cosa quE merece severísimo castigo, y especial penalidad en el Código. Y no dudemos que la tendrá. Con esta clase de delitos suelen ser inflexibles nuestras celosas autoridades.
(La vida contemporánea. LA ILUSTRACIÓN ARTÍSTICA, n.º 1.547. Barcelona, 21-VIII-1911).