Informática y Educación
Internet hoy forma parte del oxígeno que
respiramos. Este ecosistema digital impregna todas y cada una
de las actividades humanas. Sin embargo, como todo fenómeno que agiganta su impacto en poco tiempo, precisa
una reflexión y un debate.
Hace treinta y cuatro años U. Eco escribió Apocalípticos
e integrados, en donde calificaba a los que estaban en contra y a favor de los medios de comunicación de masas (a partir de este momento MCM). Ahora tenemos otro debate abierto frente a las llamadas tecnologías
de la información y la comunicación (TIC). Desde las
instituciones escolares y académicas este debate adquiere una polémica
paradoja. Por un lado, los organismos gubernamentales nos dicen que es necesario ampliar la cultura de las humanidades
–estaríamos en una línea apocalíptica, puesto que esto implica reducir los horarios de otras
materias más tecnológicas, así como algunas optativas–, pero, por el otro, al
mismo tiempo nos venden grandes
proyectos que se sostienen en el reparto de ordenadores, planes de conexión y muchos cursos
informáticos. Mientras tanto,
en los centros y escuelas sigue funcionando la pizarra y, salvo honrosas
excepciones, las salas de informática
sólo sirven para repetir los
tradicionales esquemas de transmisión de conocimientos en los que sólo
interesan los programas y el
docente.
Hay quien dice que nada cambia si no cambia la
mentalidad. La compleja fenomenología
de las pantallas mete mucho
miedo en el cuerpo de los docentes.
Los motivos son muchos y diversos, pero qué duda cabe que el tren de la sociedad corre más que el de la
escuela. ¿Podemos seguir
enseñando desde las batallitas de los libros de texto cuando la información circula a
velocidades de vértigo por las
autopistas de
Desde el año 1996, la universidad
virtual[1] desarrolla un modelo educativo con una
metodología educativa no presencial, que podemos explicitar del siguiente modo:
"Conjunto de espacios,
servicios, informaciones, comunicaciones, contenidos generados por personas que
se sirven de técnicos informáticos y telemáticos, a partir de un entramado de estrategias
orientadas a tomar, manipular, transferir
y dirigir información, con la finalidad
de transmitir conocimiento en unas
coordenadas espacio-temporales asincrónicas y no físicas, tan reales como las
presenciales". Este modelo
integra plenamente la revolución
digital, lo que supone romper
las tres unidades de la escuela
tradicional: la unidad de
espacio, representada en el aula; la de tiempo, determinada en las
programaciones curriculares, y la de contenido, centrada en las materias o
áreas. También supone, por otro
lado, un cambio de mentalidad y de rol en el
educador. De profesor transmisor
a facilitador, a mediador de procesos de aprendizaje, con una capacidad, habilidad y aptitudes para transformar la información en conocimiento.
El contexto mediático que se
ha ido generando a lo largo de este último
siglo y, sobre todo, los entornos virtuales que han producido las llamadas
tecnologías de la información
y de la comunicación (TIC)
en estas últimas décadas, nos obligan a definir con una nueva perspectiva el fenómeno de la comunicación. Ésta
se ha convertido en un concepto
comodín que se emplea para
todo, de modo que ha adquirido ciertas connotaciones que merecen un análisis más detallado para desbrozar
ideologías presentes, aunque no aparentes. La comunicación es poliédrica,
nos permite observar al menos
tres dimensiones, que están estrechamente relacionadas y se complementan. En
primer lugar, cualquier
pueblo, cualquier civilización ha nacido y ha crecido desde la
narración, desde el relato. Occidente
debe a la Ilustración sus
principios fundamentales que hoy son santo y seña de todas las cartas
constitucionales. En segundo lugar, entendemos por comunicación el
combinado de los medios de comunicación
de masas, que a lo largo de un siglo ha dejado una huella muy profunda en nuestra
sociedad, especialmente la televisión. Añadamos a ello la creciente importancia que tiene el entramado informático
–telemático y audiovisual–, que ha cambiado vertiginosamente nuestra manera de entender el mundo y nuestras
relaciones. Por último, no podemos olvidar
ese conjunto de símbolos,
valores, normas, representaciones que forman la llamada "cultura posmoderna",
con sus múltiples signos y manifestaciones. Si bien éste es el marco en el que
se debería resituar la comunicación, observamos que el discurso oficial no va en esa dirección. Se
ignora la comunicación
como relato y como manifestación cultural para
enfatizar lo tecnológico. Desde este reduccionismo la publicidad vende números
sin fin de ordenadores porque nos dicen que indica el nivel de progreso y desarrollo de un país y de sus
ciudadanos. Todos los medios en todo momento
se ponen de acuerdo para
decirnos lo mismo. Se cumple una vez más la profecía de M. McLuhan cuando exponía que el medio es el mensaje y también el masaje, por cuanto desde la repetición de todos
los medios en todo momento se
nos impone como cierto lo que no
lo es. Pero también observamos
que la realidad es mucho menos
multimedia de cómo nos la
venden.
¿Por
qué nos gusta y nos atrae tanto la tecnología? D. Wolton [2]
afirma que se produce un conjunto de transferencias. Se
asocia tecnología a
juventud, lo que supone modernidad, igualdad, libertad de acceso y desplazamiento. De hecho,
el ochenta por ciento de programas informáticos dirigidos
al gran público son juegos, según los datos que ofrecía el periódico Liberation en agosto de 1998. También se asocia tecnología a utopía. La utopía
de
Volviendo a la realidad, observamos que sólo el ochenta por ciento de los ciudadanos están
conectados a
Nuestra propuesta parte de un replanteamiento de la comunicación que tenga en cuenta las otras dimensiones, la social y la cultural. Como
manifiesta D. Wolton, es preciso vaciar
el falso discurso de que la comunicación es progreso y
futuro. No puede haber teoría de
la comunicación sin la
implicación social. Urge, por tanto, socializar las nuevas tecnologías, humanizar la comunicación. Esto
supone separar la comunicación
del problema de la productividad; entrar
en el terreno de la comunicación
como valor, no como mercancía. De lo contrario tropezamos con las
duras palabras de F. Colombo: "El Edén de
Consideramos que las TIC no sólo consisten en usar el ordenador o aprender unas nociones de
informática. El modelo político
en el que hoy se enmarcan es neoliberal, con una clara y única propuesta
tecnócrata. Nos dicen y nos repiten que la irrupción y su uso generarán abundancia y bienestar. Como
apunta R. Aparici [3], se parte de un problema tecnológico cuando el problema es económico y
social: pobreza e injusto
reparto de la riqueza. Así pues, también
se buscan soluciones en la tecnología, cuando no las hay.
La reflexión de un para
qué, de unos modelos de sociedad
y persona supone otro modelo de educación. Una nueva
forma de aprender y enseñar.
Otra comunicación. Esta reflexión
resulta muy difícil sin tener en cuenta
una serie de añadidos y deformaciones que desde la industria del marketing se ha atribuido a las
TIC.
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Resumen:
Algunos
autores afirman, y nosotros lo firmamos, que la tecnología es ideología. No se
trata sólo de saber "usar"
los medios y las llamadas nuevas tecnologías. Ni la tecnología es neutra, ni la mirada inocente. Desde una perspectiva desmitificadora y crítica planteamos un análisis del impacto de las TIC, partiendo de
que el reduccionismo tecnológico al que nos conduce y somete el imperio del marketing, exige un
planteamiento. Un por qué y para qué utilizamos estos medios. La compleja fenomenología de las pantallas invita, hoy más que
nunca, a que los educadores hagamos una reflexión sobre el valor de la comunicación en el encuentro presencial y virtual.
http://www.psicopedagogia.com/articulos/?articulo=337