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Capítulo 1
Durante toda la mañana la diminuta banda de Llesho se
fue adentrando cada vez más en el bosque, haciendo
breves paradas solo para abrevar y dejar pastar a los
caballos en los ocasionales trozos de hierba que había entre
los árboles. Cuando el camino se hizo demasiado escarpado
para que pudieran cabalgar, caminaron al lado de sus
animales, a los que llevaban de las riendas. A media tarde,
sin embargo, los caballos ya titubeaban de agotamiento y
los humanos no estaban mucho mejor. Llesho los habría
presionado para que continuaran, aunque se tambalearan
hasta caerse pero Kaydu lo contuvo con un tirón del brazo.
—Ya basta —le dijo—. Descansaremos aquí, y comeremos.
Los caballos necesitan descansar tanto como nosotros.
Llesho se la quedó mirando sin comprender. Solo sabía
de un viaje así, caminaba hasta que se rendía y luego
continuaba en los brazos de otra persona hasta que esa
persona se derrumbaba en el polvo del camino.
—Si paramos ahora, podremos viajar unas horas más
antes de que se ponga el sol y ganar tiempo para el resto del
viaje. —Kaydu lo miraba en busca de señales que indicaran
que la había entendido, así que asintió y se dejó caer de
rodillas. Solo entonces oyó el ímpetu del agua al chocar con
las rocas. Un arroyo, y fresco, por el sonido.
Descanso. ¿Por qué no había pensado él en eso? Después
de todo, él no era ningún invasor harn. Y al parecer
tampoco se lucía mucho como príncipe, pero tendría que
fingir unos minutos más. Sus tres compañeros (cuatro si
contabas a Hermanito, que asomaba la cabecita tras el
columpio) lo miraban expectantes. Lling rompió el silencio.
—¿Deberíamos explorar la zona y apostar un centinela
por si nos han seguido los hombres de Yueh? —preguntó.
Kaydu recibió la sugerencia como si fuera un llamamiento
a un consejo informal y sacudió la cabeza.
—Podemos turnarnos para hacer guardia —dijo—.
Podemos luchar si no queda más remedio, pero sería
mucho mejor que huyéramos si Markko ha enviado una
partida para encontrar nuestro rastro. —Era el único que
acarreaba recuerdos infantiles de la Larga Marcha a sus
espaldas. Una vez más, los demás estaban tomando decisiones
que anteponían su supervivencia a la de ellos.
—Tenemos que saber si el maestro Markko nos está
siguiendo. —Llesho endureció la voz para evitar que las
palabras le temblaran en los labios—. Y si lo está, corremos
hasta que caigamos y luego luchamos hasta que muramos.
Lo miraron con los ojos llenos de preguntas tácitas y él
los contempló a su vez con una mirada furiosa llena de
sombras.
—No volveré a ser su prisionero.
Hmishi ladeó la cabeza, obedecía en silencio a su
príncipe, luego se deslizó entre los árboles. A Lling había
que convencerla más. Era thebin y seguiría a su príncipe
allá donde este la llevara, pero su mente analítica anhelaba
más razones.
—Es un mago muy poderoso —explicó Llesho—, con
un interés especial por los venenos.
La muchacha abrió los ojos como platos. Sin decir ni una
palabra recogió su arco y un carcaj de flechas. Examinó el
terreno en busca de una atalaya segura, escogió un árbol y
se subió a las ramas más altas.
—¿Qué te hizo? —preguntó Kaydu.
—Cosas terribles —respondió Llesho con un estremecimiento
—. Pero si eso fuera todo, no sería como para
arriesgar vuestras vidas por ello.
—¿Entonces por qué? —insistió Kaydu.
Ojalá Lling estuviera allí para dar explicaciones. Dicho
por Llesho mismo, a alguien que no conocía las costumbres
de Thebin, sonaba... no sabía cómo sonaba pero no quería
ver la incredulidad en los ojos de la chica.
—Cuéntamelo.
Se encogió de hombros como si no fuera nada, solo mi
vida, la vida de mi pueblo, pensó y luchó por encontrar una
forma de contarle a la extranjera los secretos más privados
de la teocracia de Thebin. Algo que, de alguna forma, la
dama del gobernador ya había sabido.
—Soy el séptimo príncipe de Thebin engendrado por el
cuerpo de mi padre —dijo y Kaydu esperó.
—En Thebin, los príncipes celebran los esponsales con
la Diosa el día de su decimosexto cumpleaños. Al príncipe
se le considera entonces un hombre crecido, pero es
también un dios menor. Si la noche de boda va bien, la
Diosa puede recompensar a su recién estrenado marido
con varios dones.
Kaydu seguía aguardando, esperaba algo más. Cuando
no hubo nada más, sugirió dubitativa:
—Según mi padre, son muchas las tierras que llevan a
cabo rituales de unión simbólica con sus dioses y diosas...
—Nada de simbólica —Llesho se sonrojó. Se explicaría
con palabras que hasta una extranjera pudiera entender si
no le quedaba más remedio, pero no podía, no quería
mirarla.
—El príncipe celebra su vigilia en el templo y la Diosa
viene a él. Vestida con la piel que él más codicia. Y ellos...
ella... si el joven complace el cuerpo de la Diosa, se
encontrará cambiado por la mañana. Nada que se pueda
notar, al principio —se apresuró a explicar—, pero de
forma gradual desarrolla un don, una habilidad o un poder
concedido por la Diosa. Adar es sanador. Balar centra el
universo. Lluka ve el pasado y el futuro. —Se echó a reír
con un corto bufido, cosas de familia—. Tres de mis
hermanos se durmieron y no complacieron a la Diosa. Son
hombres normales. Ellos dicen, claro está, que fueron los
que mejor la complacieron y que su regalo es vivir en paz
dentro de sus propias cabezas.
Se preguntó qué paz habían encontrado sus hermanos
durante los años transcurridos desde la caída de Thebin,
pero Kaydu se agitó inquieta.
—¿Qué tienen que ver las creencias religiosas de los
thebins con el insidioso mago de Lord Yueh?
—“El séptimo príncipe recibe bendiciones sin medida”
—citó el joven—, “predilecto de la Diosa, sus dones
son incomparables”. Ayer fue mi natalicio. Estaba en el
santuario cuando empezó el ataque, pero no hubo tiempo
suficiente para completar mi vigilia —le rogó para
que lo entendiese—. ¡La Diosa no vino! O creí que no
había venido pero la señora dijo que sí y que estaba
contenta conmigo, aunque no la complací como debe
hacerlo un príncipe. Pero si me ha concedido los poderes
del séptimo príncipe, entonces será mejor que me mates
ahora antes que permitir que el maestro Markko pueda
darles forma. Porque es un hombre malvado y todo lo
que toca lo doblega y deforma. No sé a quién sirve, no
a Lord Chin-shi, que está muerto, ni a Lord Yueh, que
lleva la serpiente en su pecho y cree que es el amo cuando
no es más que otro sirviente de la ambición del maestro
Markko.
Por alguna razón, Markko sabe lo que soy. Si me
captura vivo, empuñará mi alma como un arma y mi pueblo
morirá. También morirá tu pueblo. Es mejor matarme aquí,
ahora, que dejar que eso ocurra.
Se dejó caer contra la silla y cerró los ojos, reconociendo
el suave mareo que lo alejaba de su cuerpo en momentos de
gran cansancio. En aquel estado de separación del entorno
que lo rodeaba, a Llesho no le importaba demasiado que
ella no le creyera. Siempre que lo dejara dormir. Pero no
mencionó la promesa que le había hecho al fantasma,
supuso que una conmoción de cada vez era todo lo que los
dos podían absorber.
—¡Maldita sea! —La voz de Kaydu, que salía flotando
de un lejano sueño, lo sorprendió—. Mi padre sabía que el
maestro Markko era poderoso —le explicó cuando el
muchacho abrió una ranura de un pesado párpado para
mirarla; e incluso desde aquel lejano lugar en el que flotaba
podía ver la preocupación del ceño de la joven—. ¿Hasta
qué punto es fuerte?
Llesho lo pensó un momento.
—En Thebin hay un dicho. “Los aprendices hacen
magia. Alrededor de los maestros, las cosas ocurren”. Y
también, “Un buen mago no deja rastros sobre un suelo
seco. Un mal mago no deja rastros en la nieve”. Para un
thebin, la magia que se puede ver es bastante pobre. Es
difícil distinguir a un gran mago thebin de alguien que no
tiene ningún don y que se encuentra, por alguna coincidencia,
cerca del centro de grandes momentos.
Markko no es thebin, por supuesto, pero si sabe lo que
creo que sabe y si ha provocado las muertes de Lord Chinshi
y del gobernador y la huida de la señora a la Provincia
de los Mil Lagos, como creo que ha hecho, entonces es muy,
muy fuerte.
—¿Más fuerte que mi padre? —le preguntó, y Llesho
vio el miedo en la pregunta de la muchacha.
Se encogió de hombros, que rozaron el cuero de la silla
en la que se apoyaba.
—No lo sé, yo no soy mago, solo sé los refranes.
—Entre las brujas de Shan también hay un dicho —le
dijo Kaydu—. Una buena bruja debería llevar siempre una
campana alrededor del cuello.
—La pregunta es —sugirió él—: ¿la diferencia que hay
entre ellos es más filosófica que de habilidad?
—Mi padre debería llevar una campana más grande —
admitió la joven y Llesho supuso que eso significaba que el
mago no dejaba que se notaran todas sus obras. Eso estaba
bien. Quizá Habiba tuviera una oportunidad, y si era así,
entonces quizá ellos también tuvieran una oportunidad.
Esa idea lo consoló un poco.
—Despiértame dentro de una hora para que haga mi
turno de guardia —murmuró, luego se dio la vuelta y se
quedó profundamente dormido.
Llesho se despertó con un aliento caliente en el cuello.
—Para —insistió. Todavía más dormido que despierto,
pasó la mano al azar por el lugar de donde parecía proceder
la molestia. Su mano se topó con un hocico duro y bajó
luego por unos dientes largos y afilados. Esta no era
Kaydu. Abrió un ojo y tragó saliva. Había un oso sobre él,
con el morro húmedo y los colmillos todavía teñidos con la
sangre de su última presa.
—No te muevas —le ordenó Lling en susurros. La
chica estaba al lado del árbol en el que se había sentado,
con el arco tenso, la flecha colocada, a la espera de poder
hacer un disparo limpio. El oso se cernía sobre el cuerpo
aterrorizado de Llesho pero miró a la chica y sacudió la
cabeza. Abrió el buche ensangrentado y rugió, lanzando
un desafío a través del claro lleno de hierba. Kaydu se
despertó sobresaltada al oír aquel profundo gruñido. Se
alejó rodando del oso y se puso en pie con una espada
corta en la mano.
El oso empujó el hombro de Llesho con el hocico y le
husmeó la oreja con tono lastimero. El joven se dio cuenta
de que era un oso muy pequeño, apenas un osezno y se
preguntó si la madre andaba por allí cerca.
—¡Lleee-sshoo! —estornudó la criatura. Parecía decir
su nombre, a pesar de la baba de oso que le bajaba por el
cuello. Llesho se vio reflejado en las brasas ardientes de los
ojos de aquella feroz criatura y encontró una sabiduría
inmemorial y quizá también una pizca de tristeza.
—¿Dónde está Hermanito? —Kaydu les hizo caer en la
cuenta de que el mono los habría despertado con sus
agudos chillidos si todavía siguiera vivo. Lling tensó la
cuerda del arco un poco más.
Llesho se incorporó con los brazos extendidos en
ademán protector.
—¡Esperad! —les gritó a sus compañeros y el oso
levantó la cabeza y lanzó un gruñido agudo entre gárgaras
de gratitud.
—Déjame matarlo —le susurró Kaydu, aunque Llesho
supuso que el oso tenía mejor oído que cualquiera de ellos.
No se movió nadie, y menos Llesho, y la chica no podía
alcanzar al oso sin poner en peligro a su protector.
El oso estornudó otra vez.
—¡Lrlrl-eck! —le escupió a Llesho y le dio un manotazo
en la cabeza con los cojinetes de las zarpas.
—Podría haberte arrancado la cabeza, Llesho —le siseó
Lling.
Llesho sacudió la cabeza.
—Podría haberlo hecho, quizá. Pero no lo hizo. Retrajo
las garras antes de darme. —Estiró la mano y tocó al oso—
. ¿Lleck?
El oso balanceó la cabeza en una especie de afirmación
y emitió otra gárgara aguda y amable antes de darle un
golpecito en la mano con la nariz.
—¡Veis! ¡Me conoce! —Llesho levantó la mano para
rascar al oso detrás de la oreja—. ¡No es más que un bebé!
—dijo, y añadió a beneficio de Lling—: Es Lleck. No sé qué
está haciendo aquí, en el cuerpo de un oso, pero sé que es
él.
El osezno aulló asintiendo y balanceando la cabeza
hacia arriba y abajo para confirmar la explicación de
Llesho.
—¡Ll-iiiiiing! —dijo, y el sonido de su nombre en las
inmensas fauces abiertas del oso asombró tanto a Lling que
dejó caer el arco y se lo quedó mirando con la boca abierta.
—¿Es Lleck de verdad? —le preguntó a Llesho.
Liberado de la amenaza de una muerte inmediata a
manos de sus aliados, el oso que en otro tiempo había sido
Lleck atravesó con pesadez el claro hacia el lugar de donde
habían venido y luego volvió galopando. Repitió esa danza
varias veces, graznando una serie de tonos agudos y
aterrorizados a los que respondía el parloteo histérico de
un mono que estaba oculto en lo más alto del nogal en el que
se había ocultado Lling. Al menos de momento, Lleck
quedaba libre de la sospecha de haberse merendado a
Hermanito, pero los caballos empezaron a remover las
cabezas y añadieron sus relinchos nerviosos al clamor
general. Se acercaba algo.
Llesho se puso en pie de un salto y estiró la mano en
busca del cuchillo y la espada que llevaba sujetos a la silla
justo cuando Hmishi atravesaba con un estruendo el matorral
bajo que los rodeaba.
—Los... hombres... de Yueh —jadeó Hmishi—. Uno de
sus exploradores, muerto, ahí atrás, destrozado por un
animal... —Señaló la dirección de donde había venido,
luego se inclinó con las manos en las rodillas, le silbaban los
pulmones mientras intentaba recuperar el aliento. El osezno
que en otro tiempo había sido Lleck el ministro unió su
ruidosa advertencia a la de Hmishi.
—¡Diosa! —soltó Hmishi mientras echaba mano al
cuchillo pero Kaydu sacudió la cabeza.
—Llesho tiene unos aliados muy extraños. —Se encogió
de hombros como si la explicación tampoco tuviera
mucho sentido para ella pero de todos modos era la única
que tenía y se acercó a los caballos.
—No queda tiempo para huir. —Hmishi la detuvo con
esa advertencia. Sacó el arco y las flechas y se volvió hacia
el ruido que hacían unos hombres a caballo que se gritaban
entre sí y a sus animales mientras atravesaban con estruendo
el bosque. Lling se colocó en el flanco derecho de
Hmishi y Kaydu se puso a su izquierda. Lleck el oso
atravesó corriendo con torpeza el claro y desapareció en
las sombras de la tarde que se cernían sobre el bosque.
Llesho se quedó un poco apartado de sus compañeros,
con el cuchillo y la espada desenvainados y listos para
atacar. Un chillido atravesó el claro como una flecha, y
luego otro, lleno de desesperación y el terror alargados en
una gárgara húmeda que hizo estremecerse a aquellos
jóvenes y solitarios defensores. Luego, salió despedido del
bosque un caballo, con un hacha balanceándose en el puño
de su jinete. Llesho se agachó y levantó la espada, pero el
jinete ya se estaba cayendo, con la flecha de Lling clavada
en la garganta. El caballo, una yegua ruana criada para las
batallas en territorios llanos y abiertos, levantó las patas,
soltando espuma por el morro y con los ojos en blanco,
completamente aterrorizada. Hmishi intentó coger las
riendas que se arrastraban por el suelo pero la yegua lo
hizo a un lado y se alejó galopando por el bosque otra vez.
Oyeron un chillido animal de terror y el sonido de sus
cascos que se desvanecía en la distancia.
Y luego tenían a los hombres de Yueh encima, uno tras
otro, y Llesho le había cortado las patas al caballo que
pasaba como un trueno a su lado y había terminado al jinete
caído con un cuchillo clavado en el pecho. Kaydu arrastraba
al siguiente y lo tiraba de la silla para luego aplastarle
la tráquea con el pie al tiempo que lanzaba la espada contra
el soldado que lo seguía.
Llesho oyó el agudo grito de batalla del osezno a su lado,
lanzó una rápida mirada al lugar donde la criatura se levantaba
en el centro del claro, con sangre chorreándole del hocico
y trocitos de carne, pelo y tela colgándole de las garras de las
zarpas delanteras estiradas. Una luz de locura relucía en los
diminutos ojos negros del animal y los pocos soldados
rezagados que quedaban vivos se dieron la vuelta y huyeron
aterrorizados al ver aquella bestia salvaje que luchaba al lado
de los enemigos del mago. Estaban adiestrados para luchar
y matar a seres humanos, con capacidades no mayores que las
suyas. Solo el miedo que le tenían a su amo, que les seguía muy
de cerca, pudo haber inducido a aquellos soldados a enfrentarse
al joven brujo y a su equipo de thebins.
El oso era más de lo que su terror podía soportar, así
que echaron a correr, no con la intención de volver para
informar a su amo, sino que se dispersaron para escapar en
todas direcciones, con el osezno tras sus talones amenazándoles
con los dientes. A Llesho le pareció tan buen plan
como cualquier otro así que espetó la orden.
—¡Montad, nos vamos, ahora! —Y extendió la mano
hacia su silla de montar. Le resbaló la mano en el pomo y
por un momento miró molesto la mancha roja y húmeda
antes de comprobarse la mano en busca del origen de
aquella sangre.
—¡Llesho!
Se volvió al oír a Lling y notó la súbita palidez de la
joven, que estiró la mano hacia él a través del claro.
—Estás herido —le dijo y corrió a su lado. No recordaba
que le hubieran herido pero una flecha le perforaba el
pecho. Las palabras de Lling parecían atravesar la niebla de
adrenalina y conmoción y Llesho se dio cuenta de que le
dolía, en el fondo del pecho. De repente le dolía mucho.
—¿Lling? —El claro se ladeó, era como si los árboles se
inclinaran ante sus ojos. ¿Qué le estaba pasando? Cayó de
rodillas, se sentó sobre los talones con un gruñido cuando
la sacudida de un estremecimiento de dolor le atravesó la
flecha que le sobresalía del pecho. Sus compañeros se
reunieron en un círculo claustrofóbico a su alrededor y
Llesho los miró furioso.
—Dejadlo ya —les dijo—. Todavía no estoy listo para
que me corten la garganta.
—Nadie te va a cortar la garganta —respondió Lling
con aspereza. Llesho no notó lo que hacía Kaydu hasta que
la presión que hacía contra la flecha lo hizo volver en sí.
—No podemos sacarla ahora, te desangrarías antes de
que pudiéramos encontrar ayuda. —Kaydu partió la flecha
unos milímetros por encima de donde había entrado en la
túnica de Llesho. El joven gritó, un chillido agudo que le
partió la garganta. Una parte de su mente, que contemplaba
su cuerpo desde fuera, se preguntó a qué animal estaban
matando en el bosque. A un príncipe, se respondió la parte
de su mente que agonizaba de dolor. Está muriendo un
príncipe. La luz se fue apagando y él luchó contra la
inconsciencia mientras el dolor le rasgueaba el pecho como
si la flecha fuera algo vivo que le escarbara el músculo y el
hueso.
—Lord Yueh, o su sirviente, no estarán muy lejos de sus
exploradores. Enviará una fuerza más grande cuando vea
que no vuelve la patrulla —dijo Kaydu. Llesho sabía lo que
eso significaba: cabalgar o morir.
—Cabalgamos —jadeó Llesho—. Ayudadme a montar.
Hmishi y Lling se deslizaron bajo un brazo cada uno y
agarraron a Llesho por el cinturón.
—Uno, dos, tres —contó Lling y a la de tres, lo pusieron
de pie, luego lo levantaron hasta el estribo. El joven se las
arregló para pasar la pierna por encima del lomo del
caballo y Kaydu le colocó el pie en el otro lado.
Cuando estuvo en su sitio, Kaydu hizo bajar a Hermanito
de su nogal pero no se lo volvió a meter en el columpio
sino que le quitó el sombrero y la chaqueta para que se
pareciera a los monos salvajes que poblaban el bosque y le
deslizó una fina banda alrededor del cuerpo, bajo los
brazos.
—Encuentra a mi padre —le ordenó—. Dale este mensaje.
Intentó quitárselo del brazo para subirlo a una rama
baja del árbol que le había servido de escondite pero
Hermanito se le aferró al cuello, con la carita muy seria y
llena de miedo. Kaydu suspiró pero se desenredó el mono
del cuello y le gorjeó en el extraño idioma que compartían.
—Llesho está herido —murmuró—. Encuentra a mi
padre, tráelo. —Y esta vez Hermanito saltó al árbol con un
agudo chorro de maldiciones simiescas. Mientras ellos
miraban, se escabulló por el borde de esa rama y se lanzó
a la siguiente y luego a otra, hasta que sus gritos desaparecieron
entre las respuestas de los monos salvajes que
agitaban las ramas cuando él pasaba.
Llesho se asomó al bosque. Tenía la visión borrosa y el
sudor le caía por la frente hasta los ojos. Algo de su interior
lo iba apartando cada vez más de lo que lo rodeaba. Tenía
la esperanza de ver al osezno que los había advertido del
peligro pero no tenía fuerzas y sus compañeros carecían de
tiempo para buscar al cachorro.
Kaydu cogió las riendas de su caballo y los sacó del
claro. Al poco rato, cuando su campamento había quedado
atrás y ya solo los rodeaba el bosque más profundo, Llesho
creyó oír los sonidos de un animal entre los matorrales.
Pero no veía nada salvo el balanceo ocasional de una rama
en el aire quieto y poco a poco su visión se fue desvaneciendo
hasta convertirse en un túnel gris crepuscular por el que
se tambaleaba durante una tarde eterna. Cuando sintió que
se derrumbaba hacia la oscuridad, llamó a su viejo profesor,
Lleck, aunque no tenía ni idea de cuánto quedaba vivo
de Lleck en la mente del osezno o cuánto de su profesor
había revertido a la naturaleza salvaje del oso. En el claro
habían necesitado la fiereza del oso, pero ahora, con su
propia vida desvaneciéndose con la luz del día, echaba de
menos al sabio profesor.
—Ayúdame, Lleck —lo llamó, y el sonido de su voz le
recordó a otros tiempos, otra marcha. Cuando su caballo
tropezó y él se cayó de la silla, luchó por levantarse para
que no lo aplastaran los cascos.
—Mamá —pensó al principio pero entonces recordó
que estaba muerta—. ¡Adar! —llamó al hermano que le
había aliviado la fiebre cuando Llesho era pequeño. Rey
sanador. Adar, ¿dónde estás?
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