B I B L I O T E C A

        De fantasía 
               épica
ESTANTERÍAS
-Siete Hermanos
Publicado bajo licencia de La Factoría de Ideas, copyright La Factoría de Ideas

Capítulo 1

Durante toda la mañana la diminuta banda de Llesho se fue adentrando cada vez más en el bosque, haciendo breves paradas solo para abrevar y dejar pastar a los caballos en los ocasionales trozos de hierba que había entre los árboles. Cuando el camino se hizo demasiado escarpado para que pudieran cabalgar, caminaron al lado de sus animales, a los que llevaban de las riendas. A media tarde, sin embargo, los caballos ya titubeaban de agotamiento y los humanos no estaban mucho mejor. Llesho los habría presionado para que continuaran, aunque se tambalearan hasta caerse pero Kaydu lo contuvo con un tirón del brazo. —Ya basta —le dijo—. Descansaremos aquí, y comeremos. Los caballos necesitan descansar tanto como nosotros. Llesho se la quedó mirando sin comprender. Solo sabía de un viaje así, caminaba hasta que se rendía y luego continuaba en los brazos de otra persona hasta que esa persona se derrumbaba en el polvo del camino.
—Si paramos ahora, podremos viajar unas horas más antes de que se ponga el sol y ganar tiempo para el resto del viaje. —Kaydu lo miraba en busca de señales que indicaran que la había entendido, así que asintió y se dejó caer de rodillas. Solo entonces oyó el ímpetu del agua al chocar con las rocas. Un arroyo, y fresco, por el sonido.
Descanso. ¿Por qué no había pensado él en eso? Después de todo, él no era ningún invasor harn. Y al parecer tampoco se lucía mucho como príncipe, pero tendría que fingir unos minutos más. Sus tres compañeros (cuatro si contabas a Hermanito, que asomaba la cabecita tras el columpio) lo miraban expectantes. Lling rompió el silencio.
—¿Deberíamos explorar la zona y apostar un centinela por si nos han seguido los hombres de Yueh? —preguntó. Kaydu recibió la sugerencia como si fuera un llamamiento a un consejo informal y sacudió la cabeza.
—Podemos turnarnos para hacer guardia —dijo—. Podemos luchar si no queda más remedio, pero sería mucho mejor que huyéramos si Markko ha enviado una partida para encontrar nuestro rastro. —Era el único que acarreaba recuerdos infantiles de la Larga Marcha a sus espaldas. Una vez más, los demás estaban tomando decisiones que anteponían su supervivencia a la de ellos.
—Tenemos que saber si el maestro Markko nos está siguiendo. —Llesho endureció la voz para evitar que las palabras le temblaran en los labios—. Y si lo está, corremos hasta que caigamos y luego luchamos hasta que muramos. Lo miraron con los ojos llenos de preguntas tácitas y él los contempló a su vez con una mirada furiosa llena de sombras.
—No volveré a ser su prisionero.
Hmishi ladeó la cabeza, obedecía en silencio a su príncipe, luego se deslizó entre los árboles. A Lling había que convencerla más. Era thebin y seguiría a su príncipe allá donde este la llevara, pero su mente analítica anhelaba más razones.
—Es un mago muy poderoso —explicó Llesho—, con un interés especial por los venenos.
La muchacha abrió los ojos como platos. Sin decir ni una palabra recogió su arco y un carcaj de flechas. Examinó el terreno en busca de una atalaya segura, escogió un árbol y se subió a las ramas más altas.
—¿Qué te hizo? —preguntó Kaydu.
—Cosas terribles —respondió Llesho con un estremecimiento —. Pero si eso fuera todo, no sería como para arriesgar vuestras vidas por ello.
—¿Entonces por qué? —insistió Kaydu.
Ojalá Lling estuviera allí para dar explicaciones. Dicho por Llesho mismo, a alguien que no conocía las costumbres de Thebin, sonaba... no sabía cómo sonaba pero no quería ver la incredulidad en los ojos de la chica.
—Cuéntamelo.
Se encogió de hombros como si no fuera nada, solo mi vida, la vida de mi pueblo, pensó y luchó por encontrar una forma de contarle a la extranjera los secretos más privados de la teocracia de Thebin. Algo que, de alguna forma, la dama del gobernador ya había sabido.
—Soy el séptimo príncipe de Thebin engendrado por el cuerpo de mi padre —dijo y Kaydu esperó.
—En Thebin, los príncipes celebran los esponsales con la Diosa el día de su decimosexto cumpleaños. Al príncipe se le considera entonces un hombre crecido, pero es también un dios menor. Si la noche de boda va bien, la Diosa puede recompensar a su recién estrenado marido con varios dones.
Kaydu seguía aguardando, esperaba algo más. Cuando no hubo nada más, sugirió dubitativa:
—Según mi padre, son muchas las tierras que llevan a cabo rituales de unión simbólica con sus dioses y diosas... —Nada de simbólica —Llesho se sonrojó. Se explicaría con palabras que hasta una extranjera pudiera entender si no le quedaba más remedio, pero no podía, no quería mirarla.
—El príncipe celebra su vigilia en el templo y la Diosa viene a él. Vestida con la piel que él más codicia. Y ellos... ella... si el joven complace el cuerpo de la Diosa, se encontrará cambiado por la mañana. Nada que se pueda notar, al principio —se apresuró a explicar—, pero de forma gradual desarrolla un don, una habilidad o un poder concedido por la Diosa. Adar es sanador. Balar centra el universo. Lluka ve el pasado y el futuro. —Se echó a reír con un corto bufido, cosas de familia—. Tres de mis hermanos se durmieron y no complacieron a la Diosa. Son hombres normales. Ellos dicen, claro está, que fueron los que mejor la complacieron y que su regalo es vivir en paz dentro de sus propias cabezas.
Se preguntó qué paz habían encontrado sus hermanos durante los años transcurridos desde la caída de Thebin, pero Kaydu se agitó inquieta.
—¿Qué tienen que ver las creencias religiosas de los thebins con el insidioso mago de Lord Yueh?
—“El séptimo príncipe recibe bendiciones sin medida” —citó el joven—, “predilecto de la Diosa, sus dones son incomparables”. Ayer fue mi natalicio. Estaba en el santuario cuando empezó el ataque, pero no hubo tiempo suficiente para completar mi vigilia —le rogó para que lo entendiese—. ¡La Diosa no vino! O creí que no había venido pero la señora dijo que sí y que estaba contenta conmigo, aunque no la complací como debe hacerlo un príncipe. Pero si me ha concedido los poderes del séptimo príncipe, entonces será mejor que me mates ahora antes que permitir que el maestro Markko pueda darles forma. Porque es un hombre malvado y todo lo que toca lo doblega y deforma. No sé a quién sirve, no a Lord Chin-shi, que está muerto, ni a Lord Yueh, que lleva la serpiente en su pecho y cree que es el amo cuando no es más que otro sirviente de la ambición del maestro Markko.
Por alguna razón, Markko sabe lo que soy. Si me captura vivo, empuñará mi alma como un arma y mi pueblo morirá. También morirá tu pueblo. Es mejor matarme aquí, ahora, que dejar que eso ocurra.
Se dejó caer contra la silla y cerró los ojos, reconociendo el suave mareo que lo alejaba de su cuerpo en momentos de gran cansancio. En aquel estado de separación del entorno que lo rodeaba, a Llesho no le importaba demasiado que ella no le creyera. Siempre que lo dejara dormir. Pero no mencionó la promesa que le había hecho al fantasma, supuso que una conmoción de cada vez era todo lo que los dos podían absorber.
—¡Maldita sea! —La voz de Kaydu, que salía flotando de un lejano sueño, lo sorprendió—. Mi padre sabía que el maestro Markko era poderoso —le explicó cuando el muchacho abrió una ranura de un pesado párpado para mirarla; e incluso desde aquel lejano lugar en el que flotaba podía ver la preocupación del ceño de la joven—. ¿Hasta qué punto es fuerte?
Llesho lo pensó un momento.
—En Thebin hay un dicho. “Los aprendices hacen magia. Alrededor de los maestros, las cosas ocurren”. Y también, “Un buen mago no deja rastros sobre un suelo seco. Un mal mago no deja rastros en la nieve”. Para un thebin, la magia que se puede ver es bastante pobre. Es difícil distinguir a un gran mago thebin de alguien que no tiene ningún don y que se encuentra, por alguna coincidencia, cerca del centro de grandes momentos.
Markko no es thebin, por supuesto, pero si sabe lo que creo que sabe y si ha provocado las muertes de Lord Chinshi y del gobernador y la huida de la señora a la Provincia de los Mil Lagos, como creo que ha hecho, entonces es muy, muy fuerte.
—¿Más fuerte que mi padre? —le preguntó, y Llesho vio el miedo en la pregunta de la muchacha.
Se encogió de hombros, que rozaron el cuero de la silla en la que se apoyaba.
—No lo sé, yo no soy mago, solo sé los refranes. —Entre las brujas de Shan también hay un dicho —le dijo Kaydu—. Una buena bruja debería llevar siempre una campana alrededor del cuello.
—La pregunta es —sugirió él—: ¿la diferencia que hay entre ellos es más filosófica que de habilidad? —Mi padre debería llevar una campana más grande — admitió la joven y Llesho supuso que eso significaba que el mago no dejaba que se notaran todas sus obras. Eso estaba bien. Quizá Habiba tuviera una oportunidad, y si era así, entonces quizá ellos también tuvieran una oportunidad. Esa idea lo consoló un poco.
—Despiértame dentro de una hora para que haga mi turno de guardia —murmuró, luego se dio la vuelta y se quedó profundamente dormido.
Llesho se despertó con un aliento caliente en el cuello. —Para —insistió. Todavía más dormido que despierto, pasó la mano al azar por el lugar de donde parecía proceder la molestia. Su mano se topó con un hocico duro y bajó luego por unos dientes largos y afilados. Esta no era Kaydu. Abrió un ojo y tragó saliva. Había un oso sobre él, con el morro húmedo y los colmillos todavía teñidos con la sangre de su última presa.
—No te muevas —le ordenó Lling en susurros. La chica estaba al lado del árbol en el que se había sentado, con el arco tenso, la flecha colocada, a la espera de poder hacer un disparo limpio. El oso se cernía sobre el cuerpo aterrorizado de Llesho pero miró a la chica y sacudió la cabeza. Abrió el buche ensangrentado y rugió, lanzando un desafío a través del claro lleno de hierba. Kaydu se despertó sobresaltada al oír aquel profundo gruñido. Se alejó rodando del oso y se puso en pie con una espada corta en la mano.
El oso empujó el hombro de Llesho con el hocico y le husmeó la oreja con tono lastimero. El joven se dio cuenta de que era un oso muy pequeño, apenas un osezno y se preguntó si la madre andaba por allí cerca.
—¡Lleee-sshoo! —estornudó la criatura. Parecía decir su nombre, a pesar de la baba de oso que le bajaba por el cuello. Llesho se vio reflejado en las brasas ardientes de los ojos de aquella feroz criatura y encontró una sabiduría inmemorial y quizá también una pizca de tristeza.
—¿Dónde está Hermanito? —Kaydu les hizo caer en la cuenta de que el mono los habría despertado con sus agudos chillidos si todavía siguiera vivo. Lling tensó la cuerda del arco un poco más.
Llesho se incorporó con los brazos extendidos en ademán protector.
—¡Esperad! —les gritó a sus compañeros y el oso levantó la cabeza y lanzó un gruñido agudo entre gárgaras de gratitud.
—Déjame matarlo —le susurró Kaydu, aunque Llesho supuso que el oso tenía mejor oído que cualquiera de ellos. No se movió nadie, y menos Llesho, y la chica no podía alcanzar al oso sin poner en peligro a su protector. El oso estornudó otra vez.
—¡Lrlrl-eck! —le escupió a Llesho y le dio un manotazo en la cabeza con los cojinetes de las zarpas.
—Podría haberte arrancado la cabeza, Llesho —le siseó Lling.
Llesho sacudió la cabeza.
—Podría haberlo hecho, quizá. Pero no lo hizo. Retrajo las garras antes de darme. —Estiró la mano y tocó al oso— . ¿Lleck?
El oso balanceó la cabeza en una especie de afirmación y emitió otra gárgara aguda y amable antes de darle un golpecito en la mano con la nariz.
—¡Veis! ¡Me conoce! —Llesho levantó la mano para rascar al oso detrás de la oreja—. ¡No es más que un bebé! —dijo, y añadió a beneficio de Lling—: Es Lleck. No sé qué está haciendo aquí, en el cuerpo de un oso, pero sé que es él.
El osezno aulló asintiendo y balanceando la cabeza hacia arriba y abajo para confirmar la explicación de Llesho.
—¡Ll-iiiiiing! —dijo, y el sonido de su nombre en las inmensas fauces abiertas del oso asombró tanto a Lling que dejó caer el arco y se lo quedó mirando con la boca abierta. —¿Es Lleck de verdad? —le preguntó a Llesho.
Liberado de la amenaza de una muerte inmediata a manos de sus aliados, el oso que en otro tiempo había sido Lleck atravesó con pesadez el claro hacia el lugar de donde habían venido y luego volvió galopando. Repitió esa danza varias veces, graznando una serie de tonos agudos y aterrorizados a los que respondía el parloteo histérico de un mono que estaba oculto en lo más alto del nogal en el que se había ocultado Lling. Al menos de momento, Lleck quedaba libre de la sospecha de haberse merendado a Hermanito, pero los caballos empezaron a remover las cabezas y añadieron sus relinchos nerviosos al clamor general. Se acercaba algo.
Llesho se puso en pie de un salto y estiró la mano en busca del cuchillo y la espada que llevaba sujetos a la silla justo cuando Hmishi atravesaba con un estruendo el matorral bajo que los rodeaba.
—Los... hombres... de Yueh —jadeó Hmishi—. Uno de sus exploradores, muerto, ahí atrás, destrozado por un animal... —Señaló la dirección de donde había venido, luego se inclinó con las manos en las rodillas, le silbaban los pulmones mientras intentaba recuperar el aliento. El osezno que en otro tiempo había sido Lleck el ministro unió su ruidosa advertencia a la de Hmishi.
—¡Diosa! —soltó Hmishi mientras echaba mano al cuchillo pero Kaydu sacudió la cabeza.
—Llesho tiene unos aliados muy extraños. —Se encogió de hombros como si la explicación tampoco tuviera mucho sentido para ella pero de todos modos era la única que tenía y se acercó a los caballos.
—No queda tiempo para huir. —Hmishi la detuvo con esa advertencia. Sacó el arco y las flechas y se volvió hacia el ruido que hacían unos hombres a caballo que se gritaban entre sí y a sus animales mientras atravesaban con estruendo el bosque. Lling se colocó en el flanco derecho de Hmishi y Kaydu se puso a su izquierda. Lleck el oso atravesó corriendo con torpeza el claro y desapareció en las sombras de la tarde que se cernían sobre el bosque.
Llesho se quedó un poco apartado de sus compañeros, con el cuchillo y la espada desenvainados y listos para atacar. Un chillido atravesó el claro como una flecha, y luego otro, lleno de desesperación y el terror alargados en una gárgara húmeda que hizo estremecerse a aquellos jóvenes y solitarios defensores. Luego, salió despedido del bosque un caballo, con un hacha balanceándose en el puño de su jinete. Llesho se agachó y levantó la espada, pero el jinete ya se estaba cayendo, con la flecha de Lling clavada en la garganta. El caballo, una yegua ruana criada para las batallas en territorios llanos y abiertos, levantó las patas, soltando espuma por el morro y con los ojos en blanco, completamente aterrorizada. Hmishi intentó coger las riendas que se arrastraban por el suelo pero la yegua lo hizo a un lado y se alejó galopando por el bosque otra vez. Oyeron un chillido animal de terror y el sonido de sus cascos que se desvanecía en la distancia.
Y luego tenían a los hombres de Yueh encima, uno tras otro, y Llesho le había cortado las patas al caballo que pasaba como un trueno a su lado y había terminado al jinete caído con un cuchillo clavado en el pecho. Kaydu arrastraba al siguiente y lo tiraba de la silla para luego aplastarle la tráquea con el pie al tiempo que lanzaba la espada contra el soldado que lo seguía.
Llesho oyó el agudo grito de batalla del osezno a su lado, lanzó una rápida mirada al lugar donde la criatura se levantaba en el centro del claro, con sangre chorreándole del hocico y trocitos de carne, pelo y tela colgándole de las garras de las zarpas delanteras estiradas. Una luz de locura relucía en los diminutos ojos negros del animal y los pocos soldados rezagados que quedaban vivos se dieron la vuelta y huyeron aterrorizados al ver aquella bestia salvaje que luchaba al lado de los enemigos del mago. Estaban adiestrados para luchar y matar a seres humanos, con capacidades no mayores que las suyas. Solo el miedo que le tenían a su amo, que les seguía muy de cerca, pudo haber inducido a aquellos soldados a enfrentarse al joven brujo y a su equipo de thebins.
El oso era más de lo que su terror podía soportar, así que echaron a correr, no con la intención de volver para informar a su amo, sino que se dispersaron para escapar en todas direcciones, con el osezno tras sus talones amenazándoles con los dientes. A Llesho le pareció tan buen plan como cualquier otro así que espetó la orden.
—¡Montad, nos vamos, ahora! —Y extendió la mano hacia su silla de montar. Le resbaló la mano en el pomo y por un momento miró molesto la mancha roja y húmeda antes de comprobarse la mano en busca del origen de aquella sangre.
—¡Llesho!
Se volvió al oír a Lling y notó la súbita palidez de la joven, que estiró la mano hacia él a través del claro.
—Estás herido —le dijo y corrió a su lado. No recordaba que le hubieran herido pero una flecha le perforaba el pecho. Las palabras de Lling parecían atravesar la niebla de adrenalina y conmoción y Llesho se dio cuenta de que le dolía, en el fondo del pecho. De repente le dolía mucho.
—¿Lling? —El claro se ladeó, era como si los árboles se inclinaran ante sus ojos. ¿Qué le estaba pasando? Cayó de rodillas, se sentó sobre los talones con un gruñido cuando la sacudida de un estremecimiento de dolor le atravesó la flecha que le sobresalía del pecho. Sus compañeros se reunieron en un círculo claustrofóbico a su alrededor y Llesho los miró furioso.
—Dejadlo ya —les dijo—. Todavía no estoy listo para que me corten la garganta.
—Nadie te va a cortar la garganta —respondió Lling con aspereza. Llesho no notó lo que hacía Kaydu hasta que la presión que hacía contra la flecha lo hizo volver en sí.
—No podemos sacarla ahora, te desangrarías antes de que pudiéramos encontrar ayuda. —Kaydu partió la flecha unos milímetros por encima de donde había entrado en la túnica de Llesho. El joven gritó, un chillido agudo que le partió la garganta. Una parte de su mente, que contemplaba su cuerpo desde fuera, se preguntó a qué animal estaban matando en el bosque. A un príncipe, se respondió la parte de su mente que agonizaba de dolor. Está muriendo un príncipe. La luz se fue apagando y él luchó contra la inconsciencia mientras el dolor le rasgueaba el pecho como si la flecha fuera algo vivo que le escarbara el músculo y el hueso.
—Lord Yueh, o su sirviente, no estarán muy lejos de sus exploradores. Enviará una fuerza más grande cuando vea que no vuelve la patrulla —dijo Kaydu. Llesho sabía lo que eso significaba: cabalgar o morir.
—Cabalgamos —jadeó Llesho—. Ayudadme a montar.
Hmishi y Lling se deslizaron bajo un brazo cada uno y agarraron a Llesho por el cinturón.
—Uno, dos, tres —contó Lling y a la de tres, lo pusieron de pie, luego lo levantaron hasta el estribo. El joven se las arregló para pasar la pierna por encima del lomo del caballo y Kaydu le colocó el pie en el otro lado.
Cuando estuvo en su sitio, Kaydu hizo bajar a Hermanito de su nogal pero no se lo volvió a meter en el columpio sino que le quitó el sombrero y la chaqueta para que se pareciera a los monos salvajes que poblaban el bosque y le deslizó una fina banda alrededor del cuerpo, bajo los brazos.
—Encuentra a mi padre —le ordenó—. Dale este mensaje. Intentó quitárselo del brazo para subirlo a una rama baja del árbol que le había servido de escondite pero Hermanito se le aferró al cuello, con la carita muy seria y llena de miedo. Kaydu suspiró pero se desenredó el mono del cuello y le gorjeó en el extraño idioma que compartían.
—Llesho está herido —murmuró—. Encuentra a mi padre, tráelo. —Y esta vez Hermanito saltó al árbol con un agudo chorro de maldiciones simiescas. Mientras ellos miraban, se escabulló por el borde de esa rama y se lanzó a la siguiente y luego a otra, hasta que sus gritos desaparecieron entre las respuestas de los monos salvajes que agitaban las ramas cuando él pasaba.
Llesho se asomó al bosque. Tenía la visión borrosa y el sudor le caía por la frente hasta los ojos. Algo de su interior lo iba apartando cada vez más de lo que lo rodeaba. Tenía la esperanza de ver al osezno que los había advertido del peligro pero no tenía fuerzas y sus compañeros carecían de tiempo para buscar al cachorro.
Kaydu cogió las riendas de su caballo y los sacó del claro. Al poco rato, cuando su campamento había quedado atrás y ya solo los rodeaba el bosque más profundo, Llesho creyó oír los sonidos de un animal entre los matorrales. Pero no veía nada salvo el balanceo ocasional de una rama en el aire quieto y poco a poco su visión se fue desvaneciendo hasta convertirse en un túnel gris crepuscular por el que se tambaleaba durante una tarde eterna. Cuando sintió que se derrumbaba hacia la oscuridad, llamó a su viejo profesor, Lleck, aunque no tenía ni idea de cuánto quedaba vivo de Lleck en la mente del osezno o cuánto de su profesor había revertido a la naturaleza salvaje del oso. En el claro habían necesitado la fiereza del oso, pero ahora, con su propia vida desvaneciéndose con la luz del día, echaba de menos al sabio profesor.
—Ayúdame, Lleck —lo llamó, y el sonido de su voz le recordó a otros tiempos, otra marcha. Cuando su caballo tropezó y él se cayó de la silla, luchó por levantarse para que no lo aplastaran los cascos.
—Mamá —pensó al principio pero entonces recordó que estaba muerta—. ¡Adar! —llamó al hermano que le había aliviado la fiebre cuando Llesho era pequeño. Rey sanador. Adar, ¿dónde estás?

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