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Enteógenos Psicodélicos

Juanjo Piñeiro
Indice El Despertar del Hongo
San José del Pacífico

Llegué de madrugada a la estación de autobuses, después de caminar de bajada a Oaxaca desde Monte Albán. Esperé pacientemente el primer autobús hacia San José del Pacífico, que debía salir unas horas más tarde.

Mientras estaba sentado descansando, pensando en lo que me habla dicho Enrique, en cómo podríamos unir estos conocimientos distantes pero complementarios, en cómo seria un chamanismo occidental, una mujer se me acercó. Me dijo que era de Seattle, y que me habla visto por Oaxaca.

Se sentó a mi lado, y comenzó a hablarme. Me dijo que trabajaba en la cárcel de Seattle.

—Quizás vaya allí después de viajar por México—le expliqué—. Mi amiga Kudra me ha invitado a visitarla en esa ciudad antes de regresar a España, y últimamente, no sé por qué, he comenzado a sentir que sería mejor no volver directamente a mi medio, una vez haya terminado aquí.

—Si no tienes dónde vivir, puedes dormir en el ejército de salvación, con las putas y los drogadictos me dijo, como haciéndome un favor.

—Muchas gracias—respondí irónicamente.

En un primer momento, y tras hablar un poco más con ella, me dije que era, o una nueva acechadora, o una mujer un poco loca. Iba vestida con un traje de colores, y era muy pálida, con muchas pecas y unas trenzas con las que recogía su pelo naranja.

Sentimos hambre y sed, y salimos a la calle. Estaban abriendo los puestos y nos sentamos en uno a desayunar. Era todavía de noche. Pedí un atole, y al terminar, arroz con leche. Ella bebía café tras café. Me contó que había estado viajando por México, pero que no le gustaba que la gente no hablase inglés.

No podía creer lo que escuchaba, y me dije que esta mujer estaba más loca de lo que habla pensado en un principio. Luego me preguntó por Huautla de Jiménez. Le dije que habla estado allí y le conté algunas de mis experiencias.

El hombre del puesto encendió la televisión y sintonizó una cadena española. Me quedé asombrado ante la cantidad de absurdos que aparecían en la pantalla. Por un momento me dije: ¿éstas son las dos opciones para después de mi viaje por México? ¿Seattle o Granada? Ambos parecían mundos extrañísimos vistos desde esa realidad. Me dije que no podía ser.

La escena que estaba viviendo era totalmente surrealista. La mujer había empezado a protestar también de la televisión: le indignaba que no hablasen en inglés. Ella no hablaba una palabra de castellano, y estaba encantada conmigo, porque hablábamos en su idioma. Me preguntó si podía viajar conmigo, aunque quizás se fuese a Huautla. Le dije que fuera a Huautla, que yo iba a emprender un viaje muy peligroso. Ella respondió que yo era un sabio y que iría a Huautla.

No la presté ya más atención, y comencé a hablar con el hombre del puesto. Entonces empezó a buscar en su bolso. Al rato sacó un papelito y me lo entregó. Lo guardé dentro de mi libreta y continué hablando con el hombre.

La mujer no aceptaba escuchar ni una sola palabra en castellano, y unos minutos después se fue muy enfadada, insultándonos en su idioma a modo de despedida.

El hombre me preguntó si era mi novia. Le dije que afortunadamente no, y le expliqué mis planes. Me dijo que iba a un lugar muy lindo, pero que tuviese cuidado durante el viaje, que sobre todo después de San José del Pacifico, la carretera era peligrosa.

El viaje fue sin embargo tranquilo. Tras abandonar Oaxaca avanzamos por una carretera completamente llana, más tarde comenzamos a ascender.

Estaba tan cansado que me dormí, aunque un campesino que estaba sentado a mi lado quedó en avisarme cuando estuviésemos cerca de San José. El autobús se movía mucho, y más bien di cabezadas, aunque durante algunos minutos creo que estuve profundamente dormido.

Tras unas horas de viaje, el hombre me dijo que San José estaba cerca. Antes de llegar el autobús hizo una brevísima parada para que se apease una extraña mujer que habla llamado mi atención durante el viaje.

Esta mujer, desde que había subido en Oaxaca, no había hablado con nadie, aunque me había mirado de vez en cuando. Yo había tenido la sensación de que intentaba decirme algo con la mirada. pero estaba demasiado cansado para ir más allá. Había dormido, lo sabia, pero también sabia que ella había estado ayudándome de alguna manera. Yo le habla enviado con mi mirada mi agradecimiento por poder reposar después de la noche anterior.

La mujer era mayor, India, bajita, como pude comprobar cuando se levantó. Antes de bajar, volvió la cabeza y me miró de una manera que me estremeció. No era en absoluto una sensación negativa, sino más bien la de sentir su poder. En ese momento tuve la certeza de que no era una India más, aunque no pude saber más de ella. Sólo alcancé a verla unos segundos por la ventanilla, mientras escuchaba de nuevo el motor del autobús.

Sentí una sensación de alivio al verá desaparecer, y al mismo tiempo me arrepentí de no haberme bajado con ella, en un acto audaz.

Me dije que a veces hay que saber reaccionar con una gran rapidez, aunque también me planteaba que podía haber sido un acto totalmente estúpido, si esa mujer no fuese al final más que una campesina que volvía de la ciudad, encontrándome después en medio de una carretera, teniendo que esperar durante horas el próximo autobús.

Aun así sentí que debía haberme arriesgado, pero estos segundos de duda terminaron cuando volví a quedarme casi dormido, a pesar de querer prestar atención a la próxima parada.

Unos minutos después me avisaron que hablamos llegado a San José del Pacífico. Todo los viajeros parecían conocer mi destino, y fue divertido comprobar cómo todos pugnaban por ser los primeros en avisarme.

Les agradecí a todos su amabilidad y me acerqué a la puerta. Aun antes de salir, vi que la altitud del lugar era considerable.

Salí del autobús rápidamente, porque la parada fue mínima. Unicamente duró el tiempo necesario para bajarme yo, y para dejar que subieran tres viajeros que iban a Potchula, destino final del autobús. Nos saludamos con gesto de reconocimiento y complicidad. Ellos y yo sabíamos por qué hablamos hecho una parada en ese pueblito sin ninguna importancia aparente.

Nada más poner los pies en San José comprobé que hacía bastante frío, lo que resultaba sorprendente dado la estación del año en que nos encontrábamos, finales del verano.

Las montañas que lo rodeaban tenían algo de nieve. Me quedé desconcertado, sin saber qué hacer, cuando escuché que me llamaban. Alcé la vista en dirección de la voz, y vi a un muchacho en una ventana.

—¿Buscas alojamiento?—me preguntó.

_Sí.

—Entra—dijo, y desapareció.

Entré en la casa que estaba justo enfrente. Apenas había caminado unos veinte metros desde donde me habla dejado el autobús.

Dentro no había nadie; parecía una tienda pero estaba vacía. Al rato bajó el mismo muchacho. Me dijo que se llamaba Jorge, y que la señora me darla una habitación en cuanto llegase. Al parecer estaba terminando de prepararme la cama.

Nos sentamos a esperarla y pronto apareció Doña Ofelia. Era una mujer de unos cuarenta anos, morena, con la simpatía y la bondad expresadas en su cara. Inmediatamente sentí una buena conexión con ella, muy cercana a la familiaridad.

Jorge nos presentó y se marchó afuera. Al quedarnos solos, Dona Ofelia me ofreció un tecito, y mientras lo preparaba charlamos tranquilamente en la cocina.

—¿De dónde vienes?—me preguntó.

—De Oaxaca. He estado en Huautla.

—¿Le gustó?—Dona Ofelia dudaba entre hablarme de usted o de tú.

—Tuve una buena estancia—dije sonriendo.

—¿Todo fue bueno allá?

—Me molestó el comercio de los hongos—respondí.

—Huautla tiene malas energías por vender los hongos de esa manera. Aquí vienen las personas y les preparamos su tecito, pero no los vendemos, porque hacerlo los malvibra.

—¿Les prepara el té con Honguitos?

—Si, luego te hago uno si quieres—me propuso dona Ofelia.

—Ya veré, vengo cansado—dije.

—Si quieres te lo hago flojito. Así te relajará y te ayudará a descansar. El hongo es muy bueno con las personas buenas. Te da lo que necesitas.

—Lo sé—dije sinceramente.

Sirvió el té en dos tazas y se sentó conmigo en la mesa.

—Dígame, dona Ofelia, ¿qué clase de hongos tiene? Se levantó y buscó algo en otra mesa.

—Mira, ésta es una familia de derrumbes. ¿Verdad que son lindos?

Me mostró unos derrumbes tal y como los habían recogido, todavía unidos por la base.

—Efectivamente parecen una familia—dije—Unos más grandes y otros más chiquitos.

—Es que son familia, míralos todos uniditos.

Dona Ofelia hablaba de los Honguitos como si fueran sus hijos. —La verdad es que da pena hacer un té con ellos—dije.

—Pero si han nacido para eso. Ellos quieren enseñar. Mira este bebito. Vi uno muy pequeño, su cabeza era del tamaño de la de una cerilla.

—Parece mentira que algo tan chiquito te haga ver la realidad del mundo. Nos quedamos mirándolos, realmente extasiados ante su belleza.

—Fíjate que cosas tan increíbles, tan pequeñitos y tienen un mundo dentro.

Luego me enseñó miel de hongos que tenía en el frigorífico para cuando terminasen las lluvias, y subimos a la planta superior. Dona Ofelia quería enseñarme la habitación.

—¿Te gusta?—me preguntó.

—Mucho—dije con sinceridad—. Es muy amplia.

Sentí que era importante para ella que me gustase la habitación y su casa, y efectivamente, así me lo hizo saber.

—Quiero que te sientas aquí como en tu casa. A mi esposo y a mí nos gusta recibir bien a quienes, como tú, vienen a conocer el hongo.

Le hablé de mis experiencias con los Honguitos, de cómo me habla sentido al tomarlo. Al terminar me dijo:

—Tú quieres al hongo, y el hongo te quiere a ti. Vamos abajo, voy a enseñarte algo.

Bajamos de nuevo a la cocina. Me pidió que esperase, y al rato apareció con un envoltorio en la mano.

—Mira—dijo dona Ofelia, al descubrirlo.

No podía creer lo que veía. Era un san isidro de unos cuarenta centímetros. —Nunca había visto un san isidro tan enorme—le dije.

—Éstos son san isidros que crecen a su antojo. Les llamamos "Maestros". Los verdaderos "Maestros" se desarrollan sin trabas porque nadie los ve ni les molesta. Crecen y crecen hasta que alguien los encuentra, y ese alguien no es cualquiera. Están escondidos, se protegen de los hombres.

—¿No los usan?

—No así nomás. Éste me lo han confiado para tenerlo. Yo nunca lo he probado, pero sé que el "Maestro" es muy poderoso. Con uno, o incluso medio, basta para viajar mucho y muy lejos.

—¿Quién se lo ha dado?—pregunté con gran curiosidad. Entonces dona Ofelia bajó la voz.

—Hay una mujer...

Se detuvo. Yo no intervine, dejé que pensase lo que tuviera que pensar. Tras medio minuto pensativa continuó hablando, y me dijo su nombre y dónde podía encontrarla.

—Esa mujer sabe mucho—dijo en voz muy baja dona Ofelia—, más de lo que tú o yo podemos concebir. Ella encuentra los "Maestros", que están escondidos de los hombres y las mujeres.

Al darme su nombre la había llamado tía, en vez de usar el doña de rigor entre esta clase de personas.

—¿Es familiar suyo? le pregunté en mi ignorancia.

—No, tía es un tratamiento de respeto. Es una mujer muy extraña, no duerme por las noches.

Doña Ofelia no quiso hablar más de esta mujer. Parecía imponerle mucho respeto y temor su persona y su mundo.

—¿Te apetece un té de puro derrumbe?—me preguntó.

Tras reflexionar unos instantes respondí:

—Si, pero no me lo haga flojito. Me encuentro mucho mejor. Sólo ver el "Maestro” me ha hecho sentirme fuerte.

—Así me gusta. Eres bravo. Sé que te va a gustar—dijo con seguridad—. Ya verás cómo esta familia te va a tratar bien.

Entonces puso a calentar el agua. Cuando empezó a hervir, apagó el fuego, y dejó caer la familia de derrumbes en el agua, de dos en dos.

Antes de echarlos los contó. Eran nueve. Uno cayó solo.

—Ahora tenemos que esperar veinte minutos—dijo dona Ofelia.

Miré sus manos. Me habla sorprendido con cuanto amor habla tratado a los honguitos.

—Ves, no cargo uña, así no los daño. Además de lavar se me gastan la unas. No le gustan las uñas a los Honguitos.

—¿Ellos sienten?—pregunté.

—Vaya si sienten. Por eso hay que arrancarlos con cuidado, pedirles permiso y explicarles para qué los quieres. Por eso en Huautla el hongo está sufriendo tanto.

—Realmente no los recogen allí—dije—. Van a por ellos lejos, como a doce horas caminando entre las montañas.

—Antes crecían en mero Huautla, pero cada vez hay que ir más apartado a por ellos, y los recogen sin cuidado. Me los contaron unos españoles que fueron a recoger honguitos con unos muchachos de Huautla. Estuvieron aquí en San José y se fueron muy felices. Me dijeron que les gustaban los derrumbes y los san isidros, que los pajaritos de Huautla no funcionan.

—Yo los probé y no me hicieron mucho efecto—admití.

—Ahorita verás qué bonito te prenden estos derrumbes. Te darán un viaje bien lindo. Estos derrumbes prenden bien bonito.

Al día siguiente me desperté temprano y muy descansado. Había dormido profundamente.

Al dejar la cama me di cuenta de que todavía sentía los efectos del hongo, no en sus aspectos más visionarios, sino en esa sensación de estar arriba, como un águila que contempla el mundo desde el cielo.

Fui al cuarto de baño y bajé a la cocina. Dona Ofelia estaba ya levantada haciendo café. Estaba con una chica de D.F. que estaba también allí alojada. Se llamaba Lucia, y desde el primer momento algo de ella me atrajo poderosamente.

Al mirarla tuve una sensación parecida a la que tuve al ver por primera vez a Claudia.

Doña Ofelia me preguntó que qué tal me habían tratado los derrumbes.

—Muy bien. Tuve un viaje increíble. Todavía siento que estoy prendido—y miré a Lucía.

Doña Ofelia sonrió satisfecha. —Te dije que te prenderían bien bonito—me dijo muy contenta.

Lucía también había viajado la noche anterior. Dijo que ella también sentía que todavía estaba prendida. Mientras bebíamos el café nos contó cómo había sido su viaje.

—Los Honguitos me trataron muy bien, pero estuvieron muy fuertes. Me hicieron ver toda mi vida, para que aprendiera de ella, y supiera a dónde iba. Me vi primero cuando era un embrioncito, luego cómo nací, tan chiquita. Me vi de bebita, muy chiquita todavía. Me vi cómo empece a crecer: yo iba dejando de ser pequeñita y continuaba creciendo. Todo este tiempo iba sintiendo cómo iba enfrentándome a la existencia, y que al principio ni era yo.

Doña Ofelia y yo la escuchábamos con interés. Al sentirlo, Lucía continuó hablando, cada vez más animada.

—Me veía desde ahora, y al mismo tiempo sentía cómo en ese momento del pasado sentía. Al principio ni era yo, me sentía una con todo, y más tarde descubrí la teta de mi mamá, y más tarde era ella, y luego ya era yo muy chiquita y vi un momento en que estaba descubriéndome las manos, y más tarde allá estaba yo, mirándome en un espejo, toda sorprendida. y luego riéndome. Vi cuando comencé a andar, y cómo me caía y me levantaba de nuevo, así nomás, sin miedo. Y luego vi todo mi crecimiento, hasta cuando me encerré en mí misma, que fue esa depresión tan grande que tuve, que casi me mato a mi misma.

En ese momento vinieron a buscar a doña Ofelia. Lucía se calló un instante, antes de continuar, en cuanto nos quedamos solos.

—Es que yo quise suicidarme—confesó como avergonzada—. Por un hombre fue, qué tontería. No me daba cuanta de lo que hacía. Dejar la vida así nomás, sin haberla vivido de verdad, qué tontería.

Lucía parecía no poder comprenderse a sí misma.

—El hongo me hizo valorar la vida y el sentimiento de estar viva—continuó— . Nunca más pensaré en hacer una tontería así, y más porque el hongo no acabó ahí. Ya os dije que fue muy duro conmigo. Luego continuó. Me llevó adelante y ya me fui a mi futuro. Me fui a un momento en que ya era yo misma, toda ahí, pero muy consciente de no ser yo nomás, como si fuera todo otra vez pero ahora sabiéndolo.

Me miró y me preguntó:

—¿Entiendes, Juanjo?

—Claro que lo entiendo. Yo viví lo mismo, pero de otra forma muy distinta, aunque fue lo mismo. A ver si luego voy afuera a escribirlo para que no se me olvide. Fue increíble. Recuerdo un viaje en que viví lo mismo que tú, de la misma manera. Vi desde la concepción a la muerte en solo unas horas. Anoche creo que me fui también atrás y adelante. De antes de nacer a después de morir. Todavía no me acuerdo de todo, pero sé que esas cosas, con tiempo, salen todas.

La miré y dije:

—Con tiempo y mota.

Los dos reímos con complicidad. Lucia se sorprendió mucho de que no hablase mal de la mota, como hacían muchos de sus compatriotas. Desde que Doña Ofelia habla salido parecía tener más confianza conmigo.

—A mi también la mota me ayuda a recordar. Tengo una poca. Podemos recordar juntos más tarde.

Le dije que estaba de acuerdo, que era una buena idea.

Doña Ofelia volvió con queso blanco y nos preparó unas quesillas riquísimas.

—Nos sirve para recuperar fuerzas—dijo Lucia.

—Claro —dijo Doña Ofelia—, tenéis también que alimentar el cuerpo, ahora que el espíritu está ya más fuerte.

Abrió su cesta y dijo: —Mirad estos derrumbes.

Era una familia de cincuenta y seis derrumbes. Dona Ofelia ya los habla contado y nos lo dijo satisfecha.

—Una familia al completo. Esta mañana muy temprano ha estado la tía y me la ha dado. Los encontró ella. ¡ Mirad qué amarillos y qué lindos !, nadie va a atreverse a comérselos, como no sea ese hombre de Monterrey—y calló otra vez, como cuando se detuvo al hablar de la tía.

Esta mujer parecía saber muchas cosas. Intenté preguntarle quién era ese hombre, pero ella siguió hablándonos de los derrumbes. Estaba entusiasmada.

—Mirad sus patas blancas, y todo amarillitos arriba, ésa es muy buena señal.

Hay derrumbes café, como los que tomasteis ayer, y derrumbes amarillos como éstos, mucho más raros y más poderosos.

Buscó un bote de cristal y nos dijo

—Voy a ponerlos en miel. Acercaros y mirad cómo se hace.

Nos acercamos a la mesa y Doña Ofelia comenzó su explicación.

—Se ponen los hongos así, bien apretaditos. Se les echa miel, y cuando bajan los Honguitos, se meten otra vez más Honguitos y más miel. Luego se tapa. Así— cerró con fuerza el tarro—, y que no baje la miel, pues se hace azúcar y no vale para conservar los hongos.

—¿Qué cantidad se necesita para un viaje?—pregunté.

—Deben de tomarse dos o tres cucharadas de miel, de un bote así. Los mejores para conservar los Honguitos son los de chocolate o los de durazno.

Lucía y yo terminamos de desayunar. Estuvimos paseando por el pueblo hasta que subimos a la iglesia.

Apartándonos de la plaza, y bajo unos árboles, fumamos la mota que había traído Lucia. Hablamos mucho, abriéndonos totalmente. Nos contamos muchas cosas, algunas muy secretas. Después callamos y buscamos un lugar aún más apartado.

Nos alejamos un poco más de la iglesia. Buscamos un lugar para tumbarnos en la hierba. Estuvimos por unos minutos cada uno en su mundo. La mota era fuerte, y era difícil incluso permanecer sentado.

Pronto sentí como si no tuviera cuerpo, hasta que volví a sentirlo, incluso de una manera más viva. Cuando abrí los ojos me di cuenta de cómo me miraba Lucía. Yo estaba sintiendo lo mismo y supe qué estaba ocurriendo. Le dije que bajáramos a la parte de abajo del pueblo. Ella me dijo que allí estábamos solos, y añadió:

—Juanjo, siento algo fuerte, ¿entiendes? Siento que nos conocemos ya, como si ya hubiera hecho contigo el amor alguna vez.

La miré sorprendido, más porque me lo dijera que porque lo sintiese, y le dije:

—Pero si acabamos de conocernos...—y me arrepentí de mis palabras nada más pronunciarlas.

En unos instantes estaba intentando corregirlas:

Té entiendo. Lucía. de verdad. A mí también me parece muy natural estar contigo. Te siento muy próxima, como si nos conociéramos de hace mucho tiempo.

—¿Vamos a casa de dona Ofelia?—me propuso—. Me gusta cómo me siento contigo, te haya conocido antes o no.

Yo no sabia qué hacer, pero no tuve tiempo de pensarlo. Antes de poder comenzar a reflexionar, aunque fuera unos segundos, ya teníamos las manos juntas, y pronto estábamos acariciándonos. Unos minutos más tarde nuestros cuerpos estaban juntos también.

El lugar estaba escondido, aunque en ese momento no nos importaba la posibilidad de ser vistos por alguien, a pesar de ser conscientes de que estábamos en México y sospechar que si nos sorprendían seriamos expulsados del pueblo.

Pero nos resultaba impensable separarnos, y si en algún momento lo hacíamos era para mirarnos a los ojos. Lucia entraba en los míos y yo en los suyos, y cuando todo eran nuestros ojos, nuestros labios se juntaban de nuevo y ya no había dos cuerpos sino uno, o más aún, un solo ser haciéndose el amor a sí mismo. Todos nuestros sentidos, físicos y más allá de la materia estaban a pleno funcionamiento y se confundían entre ellos.

Transcurrieron horas según supimos más tarde, y nadie apareció por ahí. Cuando nos levantamos vimos que llegaban unos niños a jugar a la plaza de la iglesia. Al acercarnos nos miraron con complicidad.

Fuimos a casa de dona Ofelia a comer. El hambre que producía esta mota era también increíble. Mientras bajábamos Lucía me preguntó:

—¿Quién eres, Juanjo?

—Eso mismo iba a preguntarte yo, ¿quién eres?

—Qué sé yo—respondió Lucía—. Anoche supe muchas cosas sobre eso, pero todavía no me acuerdo muy bien.

—A mi me pasó lo mismo. De algún modo supe que iba a conocerte, pero no recordaba que fuera a ocurrir tan pronto. Ha sido una agradable sorpresa—dije sonriéndola. Ella me abrazó.

Terminamos de bajar en silencio, intentando recordar, pero nada más supimos.

Doña Ofelia se portó muy bien con nosotros, quizás intuyendo algo. La comida fue muy completa y sabrosísima. Los hongos y la mota nos hacían percibir todavía mejor los sabores.

Mientras preparaba la comida habíamos ido a las duchas, que estaban fuera de la casa, y después de comer nos fuimos a dormir.

A media tarde salimos a pasear. En unos dos minutos estábamos fuera del pueblo. Los paisajes eran hermosísimos. Los árboles, las montañas y los pájaros parecían recibirnos y saludarnos.

Cuando estábamos pensando en regresar, nos llamó una pareja que estaba a la puerta de su cabaña. Nos invitaron a tomar un té con ellos.

La cabaña era de madera, mucho más acogedora que las de Huautla. Nos dijeron que la habían alquilado por unos días. Era muy limpia y amplia. Por las ventanas entraba mucha luz.

Me sorprendió ver un retrato de Osho en la pared. Osho parecía acompañarme en todos los viajes. En India, en Nepal, en Sudamérica, y ahora en México.

—Sois sannyasins, ¿no?—les pregunté.

—Sí, ella es Prem, y yo soy Satya.

Después de presentarnos, me dijeron que les alegraba que supiera quién era Osho, y nos preguntaron si éramos también sannyasins. Nos aceptaron alegremente a pesar de que respondimos que no.

Ella era morena, con el pelo rizado y la piel algo oscura. Su mirada siempre era risueña. El era rubio, de ojos azules, de piel clara, y también risueño. Aparentaban unos cuarenta años. Nos dijeron que eran argentinos, y que se hablan hecho sannyasins en India, en la comuna de Puna, cuando Osho no había dejado todavía su cuerpo. Me sentí bien allí con ellos. A pesar de que no me agradaba la organización y el comercio espiritual, siempre habla tenido la suerte de conocer sannyasins que eran grandes personas, con las que había conectado profundamente. Y Osho siempre había aparecido en mis viajes para darme claridad. Intuía que ahora seria igual.

Mientras tomábamos el té, Lucia y yo les contamos lo que nos había pasado junto a la placeta de la iglesia. Teníamos ganas de compartirlo con alguien, y sabíamos que con ellos podíamos hacerlo.

Les agradó mucho lo que les dijimos, y se rieron bastante imaginando qué hubiera ocurrido si nos hubiesen sorprendido los vecinos del pueblo.

—Ese lugar es un lugar muy poderoso—dijo Prem—. Tened en cuenta que las iglesias normalmente no están situadas en cualquier sitio. Ésta además parece abandonada, por lo que no estará corrompida su energía.

—Ayer estuvimos allí y no pudimos entrar—dijo Satya.

—A mi me ha llamado la atención cómo os sentisteis, y coincide con algo que estamos trabajando los dos ahorita—dijo Prem.

—Sí -confirmó Satya—. Hemos descubierto que los hongos, en dosis bajas, son empatógenos, y parece por vuestra experiencia, que combinados con la mota, su poder es mayor—concluyó Satya, sonriendo con complicidad, mientras miraba a Prem, que también sonreía.

—¿A qué llamáis empatógeno?—preguntó Lucía.

—Queremos decir que producen simpatía, más que visiones, como hacen en dosis mayores—respondió Pram—. Si no fuera por las razones legales que imagináis, usaríamos a partir de ahora los hongos para terapia de pareja, que es nuestro trabajo en Buenos Aires.

—Tenéis tanta razón—les dije—. Me alegra que estéis trabajando así con los Honguitos. Desgraciadamente no tengo tiempo de hacer todo lo que querría, pero estuve investigando las diferentes posibilidades del hongo con una amiga mía de Granada, y os puedo incluso decir las dosis necesarias de Stropharia cubensis, según el fin que se busque.

—¿Del hongo san isidro?—preguntó Satya. —Eso mismo—respondí.

—Cuenta, cuenta—me pidió Prem.

—Esta amiga mía de Granada y yo descubrimos por casualidad las virtudes de dosis pequeñas de esta especie. Fue cuando tomamos en la Alpujarra, en la sierra granadina, unos san isidro que le había enviado una amiga que los cultivaba en su casa. Un día había recibido 3 gramos, y decidimos tomarlos entre los dos. Cuando tomamos un gramo y medio descubrimos que producía esos efectos que vosotros llamáis empatógenos. La sensibilidad aumentaba mucho, y bueno, ya imagináis que además de terapéutico era muy placentero.

—Sí—dijo Prem, sonriendo nuevamente con complicidad—. Nosotros usamos ese estado tántricamente.

Eso me interesa mucho—dijo Lucía—. ¿Por qué no nos contáis vuestra experiencia?

—Más tarde. Ahora, Juanjo, dinos qué sucedía con dosis mayores cuando los tomabais tu amiga y vos dijo Satya dirigiéndose a mi.

—Un día recibimos 6 gramos—dije—. Con dosis de 3 gramos descubrimos que ya no podíamos interactuar mucho en el plano físico, aunque en una dimensión inmaterial nos encontrábamos. Más adelante comprobamos que a partir de 3 gramos el viaje era ya tan poderoso, que cada uno estaba tumbado, aparentemente en su mundo, separados físicamente; aunque alguna vez nos encontramos en una dimensión que no os puedo describir, quizás en el origen y final del tiempo. Nos encontramos desde luego en una dimensión inmaterial. No teníamos cuerpo.

—Eso es muy interesante, Juanjo—dijo Prem—. Nosotros acabamos de comenzar a trabajar en esto, y nos sirve de mucho—me enseñó su libreta, y vi que había anotado todo lo que les había dicho . Nosotros descubrimos las grandes posibilidades terapéuticas el otro día, cuando tomamos hongos con una pareja argentina amiga nuestra. Antes de tomar el tecito de hongos tenían muchos problemas entre ellos, pero cuando tomaron ese té, que no era muy fuerte por cierto, los resolvieron todos.

—Vos nos confirmas lo que vimos—dijo Satya—. Temíamos que pasados los efectos, perderían esa comprensión que tuvieron cuando estaban juntos y prendidos, pero al menos los días que todavía estuvieron acá, continuaron unidos. Hablan superados sus problemas transcendiéndolos.

—Escucha—dijo Lucía—. ¿No tenían problemas sexuales?

—Sí—dijo Prem—, pero los resolvieron. Al estar tan sensibles, también expresaron todos los deseos que tenían dentro, y resolvieron algo que les separaba. Hasta ese día no se habían atrevido a hablar de sus deseos y fantasías. Cuando se fueron a la otra habitación—y señaló hacia una puerta que daba a la sala donde estábamos—, parece que se sinceraron, 0 más bien, expresaron todo lo que los dos tenían dentro.

—Reprimir el sexo en toda su amplia dimensión es uno de los grandes problemas entre las parejas que vienen a nosotros—dijo Satya—. No entienden que no hay que quedarse atrapado ahí. Finalmente hay que trascender también la necesidad del sexo, pero no reprimiéndolo, sino conociendo su dimensión sagrada.

—Acá en México están algo reprimidos, ¿no Lucía?—preguntó Prem.

Lucia me miró, parecía que se sentía incluida.

—No vos, ya lo sé—anadió Prem al darse cuenta, y todos reímos—, pero mucha gente acá, sobre todo las mujeres, no viven libremente su sexualidad, ¿no es verdad?

—En D.F. y en algunas ciudades norteñas y costeras no tanto—respondió Lucía—, pero en los pueblos hay mucha represión. Si acá no nos mataron fue porque no nos vieron.

—No creo que hubieran llegado a tanto—dije yo—. En Huautla si me hablaban mucho del sexo como algo impuro, y unas mexicanas del norte que conocí allí me contaron sus problemas, pero aquí en San José, quién sabe, quizás tomar el hongo sin tantas normas anticuadas les ha abierto la mente, y nos hubieran dejado tranquilos.

—No sé. hay personas a quienes simplemente tomar el hongo u otra planta chamánica no parece haberles servido para algunas cosas—dijo Satya.

—Conocemos personas que se autocalifican de chamanes—dijo Prem—que llevan años tomando plantas chamánicas y están totalmente atrapados por su ego, buscando el poder y el dinero como máximo objetivo en sus vidas, y te aseguro que conocen las plantas bien, y dominan además varios medios de acceder a otras realidades y las conocen extensamente. No me explico que luego en este mundo puedan ser tan miserables, porque hacen daño sabiendo que están haciéndolo.

—Sin amor y compasión no sirve de nada el poder—dijo Satya—. En India imagino que verías—y me miró a mí—a muchos yoguis y gurus usar erróneamente sus poderes. Obtener poder puede ser una trampa espiritual.

—Tendríamos que empezar a hablar de transchamanismo—dije, como si hubiera tenido una revelación.

—¿Trans qué?—dijo Satya, que se había levantado a poner agua a calentar, y no había escuchado bien.

—Transchamanismo—repetí—. Sería el uso de las técnicas chamánicas para transcender o trasmutar el ego, y no para fortalecerlo o regresar a estados anteriores al ego.

—¿Conocéis la falacia pre/trans que descubrió Ken Wilber?—preguntó Prem. Explica todo esto muy bien.

—Me parece fundamental comprenderla—dijo Satya.

—Estoy de acuerdo—dije—. Lo que tenemos que recordar es que no es un proceso tan lineal. Tras momentos de trascender el ego, volvemos a estados donde es dueño y señor, porque volvemos a entregarle el poder.

—En la evolución individual también tenemos momentos de regreso a estados preegoicos—dijo Satya.

—Pero ya no es igual—dijo Prem—. Tienes más experiencia para saber lo que está sucediendo, y poder salir de allí. Tanto la evolución individual como colectiva es en espiral, y cuando volvemos a un mismo punto, estamos en un estado más elevado de conciencia. Tenemos más madurez para saber dónde estamos y continuar el ritmo de la evolución de nuestra conciencia. El problema es cuando no se evoluciona, y no se asciende. Entonces solo se dan vueltas en círculo, repitiendo una y otra vez las mismas historias y errores. Si queremos transformarnos realmente, hemos de ir más allá con lucidez.

Antes de que volviéramos a hablar, Satya dijo:

—Bueno, basta de plática, no nos vayan a atrapar las palabras. ¿Apetece un té de derrumbes?

—Ay, para mi flojito—dijo Lucía. —Y para mí—dije yo.

—Uy, vosotros queréis empatía—nos dijo Prem sonriendo, con picardía en la mirada—, ¿no?

Lucía y yo nos miramos sonriendo, y coincidimos al responder juntos:

—Pues no estaría nada mal.

Prem dijo a Satya, sonriendo también:

—Ya están juntos hasta para platicar.

—La verdad es que apetece un viaje tranquilo—dije yo—. Uno realmente no puede con viajes profundos continuamente, y más al día siguiente del anterior. Anoche tuvimos un viaje fuerte los dos.

—Yo hay necesito descansar del nagual—dijo Lucía—. Es verdad que anoche fue muy fuerte el viaje. Me prendió totalmente.

—Todos tenemos nuestro ritmo—dijo Prem—, y debemos respetarlo.

—Podemos hacer uno flojito para los cuatro—sugirió Satya—. Tenemos acá una familia de derrunbes. Para los cuatro estaría bien.

—Así veremos si ocurre algo malo por haber tenido sexo antes de tomar los hongos— dijo Lucia, sonriendo—. Nunca me habla atrevido antes a tomarlos después de coger. La verdad es que me asustaron ya cuando era una chamaca, cuando tomé hongos por primera vez.

—Eso de que el sexo es malo es una boludez—opinó Prem—. Nosotros no solo no hemos tenido abstinencia estos días, sino que hemos hecho el amor estando prendidos, y ha sido maravilloso.

—Queríamos explorar el sexo en esos estados—dijo Satya—, y es algo grande. — Quizás si quieres explorar alguna otra dimensión diferente—dijo Prem— mantener la energía sexual es necesario.

—Cada cual puede hacer lo que quiera, pero no es liberador meter el miedo a las personas—dijo Satya.

—El problema para mí—dijo Prem—es impedir, al introducir el miedo, explorar el sexo en otras dimensiones de la conciencia.

—Vamos p'allá—dijo Lucia cuando Satya trajo las tazas con el té.

Mientras esperábamos los efectos, Prem y Satya estuvieron hablándonos de sus experiencias con el tantra y los hongos. Nos dijeron que era mejor tener sexo con personas limpias energéticamente, porque al hacer el amor, los cuerpos y las energías se mezclan, y se corre el peligro de quedarse con energías y desequilibrios del otro, que entran si uno se abre a ellos en la intimidad.

Ellos hablaban de sus encuentros como momentos de fusión entre las energías de ambos, como instantes donde transcendían sus cuerpos gracias al sexo y al uso consciente de su deseo.

Pronto dejamos de hablar, y comenzaron las caricias, muy suavemente, apenas roces en la piel. Era increíble la sensibilidad que se alcanzaba en esos momentos.

Lucia me pidió que fuéramos a la habitación que nos habían ofrecido antes por si queríamos estar solos.

—Soy mexicana al fin y al cabo—dijo mientras sonreía—. Todavía no soy tan libre como vosotros.

A Prem y Satya no parecía importarles nuestra presencia, o quizás contaban con que nos iríamos a la otra habitación.

Cuando nos fuimos habían comenzado a bailar juntos, muy despacio. Se despidieron de nosotros con un gesto y una amplia sonrisa.

Los Honguitos nos hicieron un efecto leve, pero tal y como esperábamos, aumentaron enormemente nuestra sensibilidad. Una sola caricia producía unas sensaciones increíbles; un beso o un abrazo nos hacia sentir nuestros cuerpos fundidos; la unión sexual era una unión total, más allá de los cuerpos.

El tiempo parecía dilatarse. No tanto porque variara nuestra percepción de él, sino porque cada detalle era tan profundo, que cada gesto tenía toda nuestra atención, y eso hacia que actos mínimos se prolongasen más de lo habitual.

Eran todos los sentidos los que se acrecentaron. Las sensaciones del tacto eran mayores, y aunque muy llamativas, no eran tan nuevas para nosotros después de los sucesos de la mañana. También eran muy apreciables la mejora de la vista o el oído, pero el aumento que más nos llamó la atención fue el del olfato y el del gusto. Jamás hablamos percibido con tanta riqueza los olores y sabores del encuentro amoroso. Quizás eran los sentidos que los occidentales tenemos más aletargados.

En un primer momento este encuentro con Lucia tuvo una consecuencia imprevista en mi. La sensación de unión fue tan grande, que me planteé dejar de lado el itinerario que tenía ante mi a partir de ese momento para continuar con ella, siempre que ella tuviera el mismo deseo.

Recuerdo que estábamos abrazados, a punto de dormirnos tras haber transcurrido unas cuatro horas desde que bebimos el té, cuando sentí que no podría descansar sin ir antes al cuarto de baño. La psilocibina estaba todavía en mi cuerpo, y me mantenía despierto.

Me deshice del abrazo y salí de la habitación. Lucía, casi dormida, no parecía tener problemas para conciliar el sueño, y sólo alcanzó a decirme que volviese pronto. En el cuarto de baño comencé a sentir que aunque desease tanto continuar junto a Lucia, de algún modo me traicionaba a mi mismo al hacerlo.

Al salir, en la sala vi algo encima de la mesita junto a la que habíamos estado sentados. Era una carta perteneciente al Osho Neo-Tarot. Aparecía la palabra Centrarse. Busqué en el librito la explicación de Osho sobre esa carta, y al leerla, comprendí que debía seguir mi propio camino, sin dejarme desviar de él por nadie. Soñé que Lucia me detenía en un lugar que ya conocía. Ya haíla experimentado algo similar con alguna otra mujer, y entendí qué quería decirme esa carta en ese momento.

Me sentí bien con la decisión que acababa de tomar. Esas palabras de Osho me hicieron comprender que tenía que seguir mi camino sin ninguna variación importante, por encima de todo, y a pesar del dolor de la separación.


NOTA: Este capítulo está reproducido con permiso del autor.

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