7

7

7

7

Enteógenos Psicodélicos

Robert G. Wasson

EN BUSCA DEL HONGO MAGICO

Un rito raro y solemne,
y éxtasis en las tinieblas...

Durante dos noches extrañas, infinitas, tenebrosas, Wasson y Richardson permanecieron sentados en un cuarto subterráneo con la curandera Eva Méndez. La primera, ambos probaron los hongos sagrados y tuvieron alucinaciones. La segunda, Richardson se abstuvo de comerlos e instaló su flash, y apuntando en la obscuridad la cámara hacia el sitio en que se producían los ruidos, fotografió algunos aspectos de la ceremonia. 
En letanía solemne y cadenciosa, Eva Méndez cantó una invocación al hongo en nombre de Jesucristo, proclamó sus buenas intenciones y conjuró a los espíritus. Conforme avanzaba el rito, Wasson se perdía en un laberinto de fantasías. "Por primera vez, dijo, comprendí el significado de la palabra éxtasis. Por primera vez fue algo más que la descripción del estado mental de otra persona."

SOSTENIENDO una vela de cera virgen ante las humeantes brasas de copal, el milenario incienso de los indios, Eva Méndez invoca a los santos. Los niños permanecieron en el cuarto, aunque no tomaron parte activa en la ceremonia.

EL MOMENTO CULMINANTE llega a eso de las 3:30 a.m., cuando Eva Méndez "cura" a su hijo enfermo, de 17 años. Mientras éste, sonriendo, se extasía con las visiones evocadas por los hongos, la madre pide consejo al cielo. El niño de la drecha, arrullado quizás por las rítmicas invocaciones, duerme tranquilo durante el rito. Unos 12 indios de rostro impasible, sentados o acostados sobre petates, pasaron la noche en el cuarto subterráneo de 6 por 6 metros. 

EN UNA LETANÍA al empezar la noche, la curandera recita sus múltiples cualidades: "¿No soy virtuosa? Soy creadora, soy estrella, galgo, mujer celestial. Soy personificación femenina de la nube y del rocío que cubre la hierba."

EN MEDITACIÓN silenciosa, Eva Méndez se sienta ante el jarro de hongos. Aunque comió una ración doble, permaneció tranquila, en actitud digna, pronunciando invocaciones poéticas, impaciente a veces con los espíritus tardíos.

De las muchas ceremonias con hongos sagrados que he visto, nueve en total, he sacado en claro que deben hacerse en congregación, por lo menos en la región mixeteca. Y como la costumbre de congregarse a fin de participar en la ceremonia debe de provenir de la tradición aborigen, los indios tienen que superar mucho en número a los blancos. Empero, esto no significa que los hongos pierdan sus virtudes cuando no se los come en grupo. Mi esposa y nuestra hija Masha, de 18 años, se reunieron con nosotros un día después de la ceremonia, y el 5 de julio, arrebujadas en bolsas de dormir, comieron hongos sin más compañía que la mía y la de Allan. Ellas también fueron presa de alucinaciones y vieron visiones multicolores como nosotros. Mi esposa asistió a un baile en el Palacio de Versalles, en el que personajes ataviados con trajes de época, bailaban un minué de Mozart. Nuevamente, el 12 de agosto de 1955 -seis semanas después de haber recogido los hongos en México- comí algunos, ya secos, en mi casa de Nueva York y descubrí entonces que el poder alucinante de las setas, lejos de disminuir, había aumentado bastante.
 
 


P
OR LA MAÑANA, después de comer hongos, Wasson y su esposa revisan las notas que él tomó a obscuras. Los frascos contienen hongos para Heim. 

Durante un paseo por el bosque, hace muchos años, mi esposa y yo decidimos lanzarnos por el mundo en busca del hongo misterioso. Nos casamos en Londres en el año 1926. Ella, de estirpe rusa, nacida y educada en Moscú, acababa de graduarse en medicina en la Universidad de Londres. Yo soy de Great Falls, Montana, y desciendo de anglosajones. A fines del verano de 1927 pasamos una vacación en las montañas de Catskill de Nueva York. Durante la tarde del primer día salimos a caminar por una encantadora senda que atravesaba varios bosquecillos en los que se filtraban los rayos oblicuos de un sol poniente. Eramos jóvenes enamorados sin preocupaciones. De pronto mi esposa se alejó. Había visto unos hongos silvestres en la espesura y, corriendo sobre la alfombra de hojas secas, se arrodilló, en actitud reverente, ante varios grupos de aquellas plantas. Extasiada, les dio todo género de nombres cariñosos en ruso. Los acarició y aspiró su aroma agreste. Yo, como buen anglosajón, nada conocía del mundo de las setas, y consideraba que cuanto menos supiera de esas traicioneras excrecencias, tanto mejor. Para ella, eran dechados de gracia de infinito atractivo para una mente perceptiva. Insistió en recoger algunos ejemplares, riéndose de mis protestas y mofándose de mi horror. Regresó a la cabaña con la falda llena de hongos, y los limpió y cocinó. Esa misma noche se los comió, ella sola, mientras yo, su flamante marido, me imaginaba ya convertido en viudo a la mañana siguiente.
Aquel hecho desconcertante y penoso para mí, dejó en ambos una huella perdurable. Desde entonces buscamos explicación a la diferencia cultural que nos separaba en ese minúsculo sector de nuestras vidas. El método que seguimos consistió en recopilar cuanto dato existiera acerca del aprecio que los pueblos indoeuropeos y sus vecinos tenían a los hongos silvestres. Procuramos determinar las variedades conocidas por cada pueblo, cómo las usaban y los nombres vernáculos que les daban. Hurgamos en la etimología de dichos nombres hasta llegar a las metáforas ocultas en sus raíces. Buscamos alusiones a los hongos en mitos, leyendas, baladas y proverbios, en obras de escritores inspirados en el folklore, en frases estereotipadas del habla común, en la jerga y hasta en los reveladores recovecos del vocabulario obsceno. Buscamos su rastro en las páginas de la historia, en el arte y en las Escrituras Sagradas. No nos interesaba lo que se pudiera estudiar en los libros acerca de los hongos, sino lo que la gente del campo aprende, sin mentores, desde la infancia, la herencia folklórica del círculo hogareño. Habíamos dado sin proponernos con un campo de investigación que todavía no había sido explorado.
A medida que ampliábamos nuestros conocimientos descubrimos en la información reunida la existencia de un hecho constante. Cada pueblo indoeuropeo es, por herencia cultural, "micófobo" o "micófilo": o rechaza y desconoce totalmente el mundo de los hongos, o lo conoce y aprecia en forma sorprendente. Las pruebas abundantes y a menudo graciosas de esta teoría abarcan muchas secciones de un nuevo libro en el cual exponemos el caso y lo sometemos al juicio de los eruditos. Los rusos son grandes micófilos, como también los catalanes, quienes poseen más de 200 vocablos para designar a los hongos. Los antiguos griegos, celtas y escandinavos eran micófobos, como los anglosajones. Otro fenómeno que cautivó nuestra atención es que desde las épocas más remotas los hongos silvestres aparecen rodeados del aura sobrenatural que los antropólogos llaman maná. Incluso el nombre en inglés de tales hongos, toadstool (literalmente asiento de sapo), significó quizás originalmente demonic stool (asiento del demonio) y se aplicó en concreto a un hongo alucinante de Europa. En la Grecia y Roma antiguas se creía que ciertas variedades eran procreadas por el rayo. Nuestras investigaciones acerca de este mito, carente de todas base científica, demostraron que tiene aún creyentes entre los pobladores de países separados entre sí por grandes distancias, como los beduinos, hindúes, persas y pamirios, tibetanos, chinos, filipinos, maorís de Nueva Zelandia y hasta zapotecos mexicanos... Este cúmulo de pruebas nos llevó hace muchos años a formular una premisa audaz: quizás en tiempos prehistóricos remotos nuestros antepasados hayan adorado un hongo divino, lo que explicaría la aureola de poder sobrenatural que parece envolver al hongo. Nosotros fuimos los primeros en exponer la hipótesis de la existencia de un hongo divino en la cultura primigenia de Europa, y esta conjetura, a su vez, planteó otra interrogación: ¿Qué clase de hongo adoraron aquellos pueblos y por qué?
Nuestra hipótesis no resultó demasiado desacertada. En Siberia existen seis pueblos primitivos (tanto que los antropólogos los consideran reliquias de museo, ideales para el estudio de la cultura primitiva) que celebran ritos mágicos con hongos alucinantes. Los dayacas de Borneo y los aborígenes del monte Hagen de Nueva Guinea emplean unos hongos similares. En China y Japón, según una antigua tradición, hay un hongo divino "de la inmortalidad"; y en la India, conforme a cierta escuela, después de comer hongos en su última cena, Buda se sumió inmediatamente en el Nirvana.
Cuando Hernán Cortés conquistó a México, sus acompañantes relataron que los aztecas usaban determinada clase de hongos en sus festividades, sirviéndolos, según decían los primeros frailes misioneros, en una comunión diabólica, con el nombre de teonanacatl o "carne de Dios". Nadie se preocupó entonces por estudiar esta costumbre, y los antropólogos le han concedido poca atención hasta ahora. Movidos por nuestro interés en la materia, nosotros aprovechamos la oportunidad de conocer el rito que se nos presentó en México; y en el curso de los años hemos invertido nuestras escasas horas de ocio en la búsqueda del hongo divino, tanto en ese país como en la América Central. Creemos haber descubierto sus vestigios en unos frescos del valle de México que datan más o menos del año 400, y en los "hongos de piedra" labrados por los mayas de las sierras de Guatemala, cuyos orígenes se remontan, en uno o dos casos, por lo menos, hasta el año 1000 a. de J.C.
 
 


U
N DIBUJO MEXICANO del siglo XVI muestra tres hongos mágicos, un hombre comiéndolos y, atrás, un dios que le habla por medio de las setas.

E
L HONGO de piedra, de Guatemala, esculpido durante el siglo V a. de J.C.

Al día siguiente de nuestra aventura nocturna, Allan y yo no hicimos otra cosa que hablar de ella. Habíamos asistido a una ceremonia ritual, con canto y danza, jamás descrita por antropólogos del Nuevo Mundo, ceremonia notablemente parecida, en varios aspectos, a las celebradas por algunos arcaicos pueblos paleo-siberianos. Pero quizás el significado de lo que habíamos presenciado tuviera una trascendencia mayor. Los hongos alucinantes son productos naturales, teóricamente al alcance del habitante de muchos parajes del planeta, incluso Europa y Asia. En el curso de su evolución, mientras buscaba a tientas el remedio de su pobre condición, el hombre debe haber llegado a descubrir el secreto de los hongos alucinantes. El efecto que le produjeron no pudo ser sino profundo y actuar como una especie de detonador de nuevas ideas. Debieron de revelarle, por medio de las alucinaciones, mundos situados más allá de los horizontes por él conocidos, en el espacio y el tiempo; mundos de diversos niveles de existencia, un paraíso quizás, tal vez hasta un infierno. En la mente crédula del ser primitivo, los hongos deben haber fortalecido el concepto de lo milagroso. El hombre comparte con el animal muchas emociones, pero las de glorificación, veneración y temor de Dios son privativas del género humano. Al rememorar el beatífico asombro, el éxtasis y el caritas engendrados por los hongos divinos, nos atrevemos a formular la hipótesis de que quizás a ellos se deba la idea misma de Dios en el hombre primitivo.
No por mera casualidad, tal vez, el indio Filemón contestó así a mi pregunta acerca del efecto de los hongos: "Lo llevan ahí donde Dios está." Oí repetidas veces la misma respuesta, casi como si se tratara de un catecismo, de labios de indios de diversas zonas culturales. En todo tiempo han existido almas extraordinarias -los místicos y los poetas- que sin ayuda de drogas han tenido acceso al reino de quimeras cuya llave es el hongo alucinante. William Blake conocía el secreto: "Si la visión de la imaginación -decía- no es más fuerte y más clara que la de los ojos mismos, se puede decir que en verdad, la imaginación no existe." Pero es innegable que los hongos ponen tales visiones al alcance de un gran número de mortales. Las visiones debieron de surgir sin duda de nuestro propio ser. Mas no recordaban nada que hubiéramos visto previamente con nuestros propios ojos. En algún lugar recóndito del ser existe tal vez un repositorio donde tales visiones permanecen hasta ser conjuradas. ¿Son mutaciones subconscientes de cosas leídas, vistas e imaginadas, transmutadas de tal manera que al ser invocadas emergen con formas que no se pueden reconocer? ¿O es que los hongos agitan abismos mucho más profundos, los abismos de lo Desconocido?

A medida que ampliábamos nuestro conocimiento acerca del uso de los hongos divinos en cada una de las visitas sucesivas que hicimos a los pueblos indígenas del sur de México, surgían nuevas y no menos emocionantes cuestiones. En cinco zonas culturales los indios conjuran el poder milagroso de los hongos, pero el empleo que hacen de ellos varía mucho de una región a otra. Es indispensable una investigación práctica efectuada en cada una de dichas zonas por expertos antropólogos y micólogos. Hay contados especialistas en hongos, pues la micología es un campo poco explorado de las ciencias naturales. Entre estos micólogos figura el profesor Roger Heim, director del Museo Nacional de Historia Natural de Francia, de prestigio universal, pues no sólo posee un vasto conocimiento micológico sino que es erudito en otras ramas de la ciencia y versado en humanidades. Él nos asesoró durante las primeras etapas de nuestra investigación, y en 1956, en vista del progreso que habíamos hecho, juzgó conveniente acompañarnos en la siguiente expedición. La integraban además un químico, el profesor James A. Moore de la Universidad de Delaware; un antropólogo, Dr. Guy Stresser-Péan, de la Sorbona, y nuevamente, como fotógrafo, nuestro leal amigo Allan Richardson.
 
 


C
ULTIVADOS en París los hongos recogidos en México por el profesor Heim se reproducen en el laboratorio. Estos son Psilocybe Mexicana de Heim.

Esta vez el problema primordial consistió en identificar los hongos alucinantes y disponer el modo de abastecer de ellos a los laboratorios que los estudiarían, problema más difícil de lo que el lego puede imaginar. Aunque los primeros cronistas españoles de la época de la colonia ya hicieron referencia a los hongos divinos hace cuatro siglos, ni antropólogos ni micólogos se habían preocupado, hasta la época actual, por profundizar la materia. Los únicos que conocen tales hongos son los indios de las tribus más alejadas de nuestra cultura, aisladas de la civilización por barreras montañosas y murallas idiomáticas. El investigador debe ganarse la confianza de los aborígenes y vencer las sospechas que despierta en ellos el hombre blanco. Debe estar resuelto, además, a soportar incomodidades y a afrontar el peligro de las plagas que flagelan las aldeas en la temporada de las lluvias, época en que crecen los hongos. Durante la estación seca, se ven algunos blancos; pero al llegar las lluvias los contados extraños, misioneros, arqueólogos, antropólogos, botánicos y geólogos, desaparecen. Existen otras dificultades. Por ejemplo, de los siete curanderos que comieron hongos en mi presencia, sólo dos, Eva Méndez y su hija, son seres consagrados a la profesión. Entre los demás dimos con sujetos de carácter dudoso. Uno de esos curanderos comió sólo una dosis mínima, casi simbólica de hongos, y otro comió y nos sirvió unos de cierta variedad carente de cualidades alucinantes. Si sólo nos hubiéramos encontrado con estos simuladores, habríamos creído que las pregonadas propiedades de los hongos eran simple ilusión, un notable ejemplo del poder de la autosugestión. ¿Pero se trataba realmente de supercherías, o es que los hongos secos habían perdido, con el tiempo, su virtud peculiar? ¿O acaso (y esto encierra mayor interés antropológico) algunos curanderos substituyen deliberadamente las variedades genuinas por otras inocuas, convencidos de que los efectos espirituales de algo tan sagrado para ellos, son superiores a las fuerzas del hombre? Aun cuando se haya ganado la confianza de una practicante honesta como Eva Méndez, el ambiente debe ser propicio para que la ceremonia resulte perfecta, y se necesita además abundancia de hongos, que a veces escasean hasta en la época pluvial, como lo descubrimos por propia y gravosa experiencia.
Hoy sabemos a ciencia cierta que en México se usan siete clases de hongos alucinantes. Pero no todos los indígenas, ni siquiera los de las aldeas donde se les rinde culto, las conocen; y los curanderos, ya sea por buena fe o por complacer al visitante, a veces sirven hongos espurios. Sólo comiéndolos sale uno de dudas. Por observación directa Heim y yo hemos determinado las cualidades de cuatro especies. Fuera de la experiencia personal, como método de estudio es aconsejable obtener confirmación múltiple de informadores que no se conozcan entre sí y que, si es posible, sean nativos de diversas regiones culturales. Así procedimos nosotros con otras variedades. Hoy estamos seguros de las propiedades de cuatro especies; hasta cierto punto de las de otras dos, y nos inclinamos a aceptar las que se atribuyen a una séptima especie. Las siete pertenecen a tres géneros. Seis, por lo menos, parecen ser nuevas para la ciencia y quizás logremos descubrir otras más.
Los hongos no se emplean como agentes terapéuticos. Por sí solos, no producen curaciones. Los indios los "consultan" cuando se sienten perturbados por graves problemas. Si alguien enferma, los hongos revelan la causa del mal, pronostican si el paciente sanará o morirá y prescriben lo que debe hacerse para acelerar la recuperación. Si el veredicto es mortal, el enfermo y su familia se resignan: aquél pierde el apetito y pronto muere, mientras sus parientes empiezan a preparar el velatorio, aún antes del fallecimiento. También se puede preguntar a los hongos quién se ha robado un burro y dónde está. Y si el hijo amado salió a correr mundo -quizás en calidad de "espada mojada", como se denomina a los jornaleros que cruzan a nado el Río Grande para trabajar en los EE.UU.- los hongos hacen de servicio postal: dicen si el emigrado vive o no, si está en la cárcel, si se ha casado, si pasa apuros o prospera. Los indios creen que los hongos abren las puertas de lo que llamamos percepción extrasensoria.
Poco a poco afloran las propiedades de los hongos. Los indios que los comen no se vuelven "micoadictos". Cuando pasan las lluvias y los hongos desaparecen, su falta no les produce angustia fisiológica alguna. Cada clase de setas posee determinada fuerza alucinadora, y cuando no hay suficientes de una misma especie, los indios mezclan dos o más variedades, calculando rápidamente la dosificación correcta. Los curanderos acostumbran a tomar una porción grande, y cada cual aprende por experiencia a determinar la dosis que le conviene. Según parece, el uso repetido del hongo no obliga a aumentarla. Algunas personas requieren porciones mayores que otras. El aumento de la dosis intensifica las emociones, mas no prolonga mucho el efecto. Los hongos agudizan la memoria y anulan por completo la noción del tiempo. En la noche que he descrito, Allan y yo vivimos eternidades. Cuando suponíamos que una sucesión de imágenes había durado años, el reloj nos indicaba que sólo habían transcurrido apenas unos cuantos segundos. Teníamos las pupilas dilatadas y el ritmo del pulso lento. Parece que los hongos mágicos no producen efecto acumulativo en el organismo. Eva Méndez los come desde hace 35 años, noche tras noche, durante la temporada de lluvias.
Los hongos plantean además un problema químico: ¿Qué substancia desencadena las extrañas alucinaciones? Tenemos pruebas verosímiles de que es un agente distinto a las drogas conocidas: opio, coca, mescalina (droga extraída de un cacto mexicano), haxix, etc. Pero el químico tendrá que andar mucho para aislarlo, analizar su estructura molecular y reproducirlo sintéticamente. La solución del problema es de sumo interés en el reino de la ciencia pura. Su solución quizás pueda resultar útil para el tratamiento de perturbaciones psíquicas.
Mi esposa y yo hemos viajado y aprendido mucho desde aquel día, hace 30 años, en que durante una excursión por las Catskill notamos por primera vez la singularidad de los hongos silvestres. Pero nuestros descubrimientos han servido apenas para ensanchar horizontes. Vamos a emprender una quinta expedición a las aldeas de México, con el propósito de acrecentar y pulir nuestros conocimientos acerca del papel de los hongos en la vida de estos pueblos indígenas. Pero esto no es más que el principio. Toda prueba relacionada con el origen primitivo de las culturas europeas debe ser revisada, con objeto de averiguar si el hongo alucinante desempeña también alguna función ya olvidada por la posteridad.

Hosted by www.Geocities.ws

1