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EN BUSCA DEL HONGO MAGICO
En la noche del 29 de junio de 1955, y en una aldea mexicana tan lejana que la mayoría de habitantes no hablan español, mi amigo Allan Richardson y yo compartimos con una hospitalaria familia india una "comunión sagrada", en la cual se adoraron, primero, y se consumieron, luego, ciertos hongos "divinos". En la ceremonia religiosa los indios mezclaron ritos cristianos y paganos en forma desconcertante para el cristiano, pero natural para los indígenas. Dirigieron el ritual dos mujeres, madre e hija, ambas curanderas; y el oficio se celebró en lengua mixeteca. Los hongos producen visiones a quienes los comen. Mi amigo y yo masticamos y tragamos las setas, tuvimos alucinaciones, y salimos aterrados del trance. Habíamos venido de muy lejos para participar en la ceremonia, mas no esperábamos nada tan asombroso como la pericia de las curanderas oficiantes y los estupefacientes efectos de los hongos. Richardson y yo fuimos los primeros blancos que comimos los hongos divinos, cuyas propiedades guardan en secreto, desde hace muchos siglos, varios grupos de indígenas que viven al margen del progreso en el sur de México. Ningún antropólogo ha descrito hasta hoy la escena que allí presenciamos.
Richardson es fotógrafo de la sociedad neoyorquina y director de educación visual en la Escuela Brearley, y yo soy banquero. Pero no fue obra del azar nuestro encuentro en la cámara subterránea de una pequeña choza indígena con paredes de adobe y techo de paja. Por cuarta vez hacíamos un viaje a México, a la sierra de Oaxaca, atraídos por el rito de los hongos. Para mi esposa -que llegaría con nuestra hija al día siguiente- y para mí, aquella aventura sería la culminación de casi 30 años de estudio del extraño empleo de hongos alucinantes en las culturas de primitivas de Europa y Asia.
Así fue como cierta noche del mes de junio mi amigo Allan Richardson y yo nos encontramos en las sierras del sur de México, alojados en la choza de una familia aborigen de la sierra Mixeteca, a 18.095 m. de altura. (aquí debería poner pies, pero la traducción pone metros)
Como nuestra estada sólo podía durar más o menos una semana, no había tiempo que perder. Fui a la municipalidad donde, sentado a solas frente a una gran mesa, encontré al "síndico", un indio como de 35 años llamado Filemón, que hablaba español. Aprovechando su actitud amistosa, me incliné sobre la mesa y le pregunté en voz baja si podía hablarle con absoluta confianza. Lleno de curiosidad, me alentó a continuar. "¿Puede ayudarme a conocer los secretos del hongo divino?", le dije, empleando el nombre mixeteco de la planta sagrada, 'nti sheeto, pronunciando con exactitud el "saltillo" que precede la voz y los tonos musicales de las sílabas. Cuando se repuso de la sorpresa, me contestó con amabilidad que nada le sería más fácil, y me invitó a "pasar por su casa" a la hora de la siesta.
Allan y yo llegamos allí a eso de las 3 p.m. La casita de Filemón está en la falda de una montaña, entre una vereda que pasa al nivel del piso superior, y un profundo barranco. Filemón nos guió enseguida, barranco abajo, a un lugar donde abundan los hongos divinos. Después de tomar fotografías recogimos y guardamos unos cuantos en una caja de cartón y regresamos, trepando con dificultad por el barranco, bajo el intenso calor húmedo de aquella tarde tórrida. Sin darnos tiempo para descansar, Filemón nos despachó monte arriba, para que conociéramos a Eva Méndez, la curandera que oficiaría el rito de los hongos. La mujer, amiga de Filemón, es una "curandera de primera categoría", "una señora sin mancha". La encontramos en la casa de su hija -que tiene la misma vocación de la madre- recostada sobre una estera y descansando de las fatigas de una ceremonia celebrada la noche anterior. Eva, una mujer madura, tiene una expresión espiritual y una presencia que nos impresionaron. Les mostramos los hongos a las dos mujeres y ambas elogiaron, con exclamaciones de júbilo, la firmeza, lozanía y abundancia de aquellos tiernos ejemplares. Por medio de un intérprete preguntamos si podríamos utilizarlos aquella misma noche. Dijeron que sí.
LA CASA donde se celebraron los ritos con hongos es de adobe, y techo saliente de paja. A la derecha, abajo, está la puerta del cuarto de ceremonias.
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UNAS 20 personas nos congregamos en la sala del piso bajo de la casa de Filemón, poco después de las 8. Allan y yo éramos los únicos extranjeros, y los únicos de toda la concurrencia que no sabíamos hablar mixeteco.
Sólo Filemón y su esposa podían hablarnos en español. Nunca se nos había dispensado, entre campesinos indígenas, una acogida como la que allí nos tributaron. No nos trataron fríamente, como blancos intrusos, sino como sí fuéramos de los suyos. Se presentaron luciendo su mejor ropa: las mujeres, de huipiles trajes indígenas; los hombres, de pantalón blanco, sujeto con cuerdas a la cintura, y un vistoso sarape sobre la camisa blanca y limpia. Nos instaron, algo ceremoniosamente, a beber chocolate, y recordé de pronto que un antiguo cronista español ya había explicado que antes de servirse los hongos, se tomaba chocolate. Imaginé lo que nos esperaba. Al fin comprobaríamos que aún subsistía el antiguo ritual indígena de la comunión, y nosotros íbamos a ser testigos. Los hongos, que estaban en su caja, eran mirados con acatamiento, aunque sin solemnidad. Son sagrados: jamás se los emplea para dar incentivo a un regocijo vulgar, como, a menudo, el blanco hace con el alcohol.
A eso de las 10:30 p.m. Eva Méndez limpió los hongos y luego, entre oraciones, los pasó por el humo del incienso de copal que ardía en el suelo. Hizo esta operación sentada en una estera, ante una rústica mesa convertida en altar y adornada con imágenes cristianas del Niño Jesús y el Bautizo en el Jordán. Después repartió los hongos entre los adultos, reservando 13 pares para ella y otros tantos para su hija. (Los hongos se cuentan siempre por pares.) En suspenso esperé hasta que la curandera, volviéndose hacia mí, me dio seis pares en una taza. No podía sentirme más feliz: había sonado la hora decisiva tras muchos años de investigación. Allan recibió también seis pares, agitado por encontradas emociones. Mary, su esposa, había consentido en que me acompañara sólo con la condición de que no probaría aquellos detestables hongos. Ahora, ante el dilema, le oí musitar con angustia: "Dios mío. ¿Qué dirá Mary?" A continuación todos comimos los hongos, masticándolos lentamente, por espacio de media hora. Tenían un sabor desagradable, amargo, y un olor rancio y penetrante. Allan y yo estábamos decididos a resistir los efectos que pudieran causarnos para observar mejor lo que allí aconteciera aquella noche. Sin embargo, nuestra resolución se desvaneció ante el poderío de los hongos.
RECIBIENDO los hongos, Wasson toma la ración nocturna de manos de la curandera Eva Méndez. Atrás (derecha) se ve al antropólogo francés que lo acompañó, Guy Stresser-Péan, que ya ha comenzado a masticar su porción.
COMIENDO los hongos lentamente, como es costumbre, Wasson los saca de una taza que contiene su ración. Entre tanto, la curandera reza ante un altar doméstico. Wasson tardó media hora en comer los doce hongos.
Antes de la medianoche, "la señora" (como llaman a Eva Méndez) arrancó una flor de un ramo que estaba sobre el altar y con ella apagó la llama de la única vela que aún ardía. Quedamos a obscuras y a obscuras permanecimos hasta oír el canto del gallo. Por espacio de media hora, aguardamos en silencio. Allan sintió frío y se envolvió en una frazada. Pocos minutos después se inclinó y me dijo al oído: "Gordon, estoy viendo visiones." Le aconsejé que no se preocupara pues yo también las veía. Las alucinaciones, que ya habían comenzado, alcanzaron mayor intensidad a altas horas de la noche, y continuaron con la misma fuerza hasta alrededor de las 4 a.m. Las piernas nos flaquearon ligeramente y al principio sentimos náuseas. Nos echamos sobre una estera, pero nadie deseaba dormir, con excepción de los niños, que no habían comido hongos.
Jamás habíamos estado tan despiertos, y las visiones aparecían, tuviéramos los ojos cerrados o abiertos: brotaban del centro del campo visual y se extendían conforme se acercaban, vertiginosa o pausadamente, según el ritmo que nuestra voluntad eligiera. De vivos colores, eran siempre armoniosas. Empezaban como motivos artísticos, angulares, como los que podrían adornar una alfombra, una tela, un tapiz o la mesa de trabajo de un arquitecto. Luego se convertían en palacios, con patios, arquerías y jardines, palacios esplendorosos, recamados de piedras semipreciosas. Vi luego una bestia mitológica tirando de una carroza real.
Más tarde tuve la impresión de que las paredes se habían disuelto y yo, suspendido en el vacío y con el espíritu ya liberado, contemplaba panoramas montañosos, cordilleras escalonadas que llegaban hasta el mismo cielo y por las cuales cruzaban unas caravanas de camellos.
Tres días después, al repetir el experimento en el mismo cuarto y con las mismas curanderas en lugar de montañas vi aguas diáfanas que fluían por un juncal infinito y hacia un mar inconmensurable bajo la luz pálida del sol poniente. En esta ocasión apareció un ser humano, una mujer de vestidura primitiva que de pie contemplaba el horizonte; una mujer enigmática, bella como una escultura, pero una escultura viva y cubierta con prendas bordadas y multicolores. Me parecía estar al margen de un mundo del cual yo no formaba parte, un mundo con el cual no podía establecer contacto. Ahí estaba yo, suspendido en el espacio, ojo penetrante, invisible, incorpóreo, que veía sin ser visto. De contornos claramente definidos, de líneas y colores precisos, las visiones parecían más reales que cualquier objeto visto hasta entonces con los propios ojos. Tuve la sensación de distinguirlo todo con absoluta claridad, sin las distorsiones de la visión corriente. Veía los arquetipos, las "ideas platónicas" que fundamentan las imperfectas imágenes de la vida cotidiana. En mi mente surgió un pensamiento: ¿Encerrarían estos hongos milagrosos el secreto recóndito de los antiguos misterios? ¿Sería aquella asombrosa movilidad de que yo gozaba la explicación del mágico vuelo de las brujas en el folklore de los pueblos nórdicos de Europa? Desfilaban estas reflexiones por mi cerebro mientras las visiones poblaban mis retinas, pues por efecto de los hongos se produce una escisión del espíritu, un desdoblamiento de la personalidad, una especie de esquizofrenia en que lo racional continúa razonando y observando las sensaciones de que lo perceptivo disfruta. La mente se mantiene ligada, como por una cuerda elástica, a los sentidos errabundos.
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ALLAN RICHARDSON come hongos, aunque prometió a su esposa no hacerlo.
La señora y su hija no permanecían inactivas. Cuando las alucinaciones se encontraban aún en su fase inicial, notamos que la madre movía rítmicamente los brazos tarareando en voz baja algo incoherente. Las palabras se transformaron pronto en sílabas sueltas y precisas que parecían horadar las tinieblas. Luego, por etapas, la curandera empezó a entonar un cántico con tonalidades de música primitiva. Me pareció un preludio a la aparición del "Anciano de Muchos Días". Bien avanzada la noche, la hija hizo coro a la madre. Cantaban bien, con firmeza, aunque en voz baja, un canto de indescriptible emotividad y ternura, fresco, vibrante y melodioso. Nunca había imaginado que la lengua mixeteca se prestara a tanta poesía. Si el encanto de aquella hora se debió en parte a la ilusión causada por los hongos, las alucinaciones deben ser auditivas, además de visuales. Por no ser musicólogo, ignoro si el cántico era de inspiración europea o, en parte, indígena. De vez en cuando el salmo llegaba a su culminación, cesaba de pronto, y la curandera barbotaba algunas palabras violentas, febriles, rotundas, que caían en la obscuridad como puñaladas. Eran los hongos que por su mediación transmitían -según creencia de los indios- la respuesta de Dios a los problemas planteados por los participantes en el rito. A intervalos, tal vez cada media hora, había un corto intermedio. Descansaba la señora y algunas personas encendían cigarrillos.
En cierto momento, mientras la hija cantaba, la señora se puso de pie en un lugar despejado del aposento e inició una danza cadenciosa, con aplausos o palmadas. No sé exactamente cómo logró ese efecto. Los aplausos o palmadas producían un ruido resonante y real. No pareció emplear ningún artificio, fuera de golpear una palma contra la otra o quizás ambas contra el cuerpo. Aplausos y palmadas poseían un tono peculiar; su ritmo era complejo a veces, y su insistencia y volumen variaban sutilmente. Supongo, mas sin seguridad porque nos hallábamos en la obscuridad, que la señora miraba sucesivamente hacia los cuatro puntos cardinales. De todos modos, estoy seguro de que aquellos misteriosos sonidos de percusión se producían por ventriloquia; procedían de lugares y distancias imprevisibles, y resonaban tan pronto cerca como lejos de mis oídos, arriba, abajo, aquí, allá, a la manera del fantasma de Hamlet, hic et ubique. Estábamos hechizados y atónitos.
Recostados en la estera, y en la obscuridad, hablábamos en voz baja y tomábamos notas, con el cuerpo inerte y pesado como plomo, mientras nuestros sentidos flotaban libremente en el espacio, acariciados por la brisa, contemplando vastos panoramas o explorando jardines de belleza inefable. Al mismo tiempo llegaba a nuestros oídos el canto de la curandera joven y las palmadas delicadas, ultraterrenas, de criaturas invisibles que se deslizaban en derredor.
Los indios que habían comido hongos hacían coro. En momentos culminantes proferían exclamaciones de asombro y adoración, en tono suave, como en respuesta a las cantantes y en armonía con sus voces. Eran exclamaciones espontáneas y de calidad artística.
En aquella primera ocasión el sueño nos venció a todos alrededor de las 4 de la mañana. Allan y yo despertamos a las 6, descansados, con la mente despejada, y emocionados por la experiencia hecha. Los amables dueños de la casa nos sirvieron café y pan. Después nos despedimos y regresamos a pie a la casa donde nos habíamos alojado, a unos dos kilómetros de distancia.