LABIO

Laboratório Sobre as Novas Formas de Inscrição do Objeto



SESSÃO COORDENADA

 

Asesinatos adolescentes:
más allá de los crímenes del superyó1

 

 

 

Frank-Herr Rico-Barbosa
Maestrando Departamento Psicoanálisis
Universidad de Antioquia (Medellín,  Colombia)
e-mail: [email protected]

 

 

Comencemos narrando las circunstancias de los asesinatos ejecutados por dos adolescentes 2

 

Raúl, un adolescente que recién había cumplido su mayoría de edad (18 años), se encontraba en una esquina del centro de Medellín junto con otros jóvenes. En medio del consumo de alcohol y psicofármacos, situación que se había vuelto cotidiana desde hace aproximadamente un año, se presenta una discusión con otro adolescente que llega al grupo en que se encontraba. Después de ser “ retado ” a pelear. Raúl responde a la provocación sin vacilación, confronta primeramente a su oponente sin armas, dado que no portaba alguna, posteriormente su rival lo enfrenta con un puñal, pasa un tiempo (no determinado) mientras que recibe un arma blanca de alguna persona del público que hizo ronda a la pelea y con certeza lanza un ataque sobre su rival, dando como resultado una lesión fatal en el pecho … como consecuencia, queda aturdido frente a su actuar! Paso seguido, los amigos del oponente corren a socorrerlo, informando su muerte y reaccionan contra Raúl, por lo cual él debe huir. No obstante, no se aleja mucho del lugar de los hechos, siendo capturado posteriormente por parte de la policía.

 

 

Por otra parte tenemos a Óscar, quien había cumplido 37 años de edad, luego de 11 años de condena

 

Se había incorporado a un grupo armado ilegal a los 11 años, como forma de escape ante situaciones de severo maltrato experimentadas en su infancia. En la pubertad empezó a experimentar, al observar a una chica que inicialmente le atraía eróticamente, unos fenómenos que él mismo describe de la siguiente manera: “ se me colocaba la cara caliente, y las cosas empezaban a cambiar, ya no veía a la muchacha, sino a una calavera, yo me miraba y me veía ensangrentado como un “ monstruo ” . No soportaba ver a nadie feliz, entonces me daban ganas de buscar mi arma y matar ” . Si no podía ejecutar su acto de manera inmediata, Óscar se proponía para ejecutar misiones altamente peligrosas en las cuales podía dar rienda suelta a su sed mortífera y en las que, de igual forma, quedaba expuesto a un alto riesgo de muerte. Así pasaron más de 15 años en los cuales Óscar, entregado a la causa armada, encontraba en la guerra, y en la vida civil, el mejor espacio para la puesta en acto de sus tendencias mortíferas. Después de este periodo es capturado y enviado a una prisión de máxima seguridad.

 

Aunque nos ocuparemos luego más extensamente de estas historias, por el momento diremos que nos permiten ilustrar la relación intrínseca que teóricamente se ha hallado entre las modificaciones psíquicas que conlleva la adolescencia y la actuación 3 (Levi, 1995). Para entender la función que la actuación puede desempeñar en este momento, es necesario primero establecer algunos elementos comunes en el entendimiento de la adolescencia en psicoanálisis. Nos podemos acercar a ella, como noción, a partir de dos flancos:

a)La adolescencia como retorno de lo inconsciente pulsional: Si se hace una revisión por los textos freudianos sobre la histeria (y en general sobre las neurosis), se podrá evidenciar que la adolescencia es el momento del manifestación del síntoma 4. ¿A qué nos remite esto? A la licitud de comprenderla como el momento propicio del après-coup y, por ende, como regresión a estados de funcionamiento psíquico anteriores y como actualización y progresión de los contenidos mnémicos no transcritos (Laplanche, 1992).

La transformación del cuerpo acaecida en la pubertad puede trastornar y repercutir en la diferenciación preconsciente-inconsciente y en la relación con la realidad material externa e interna (fisiológica), en la medida en que la barrera mental, que permitía antaño relacionarse y distanciarse de estos elementos, se ve agujereada por el re-surgimiento de lo pulsional y por sus efectos desbordantes para el funcionamiento psíquico. Estos fenómenos pueden, en algunos casos, devenir en la inscripción de un “real interno-externo” que atrae más “ reales psíquicos ” no tramitados, surgiendo así un efecto traumático para el aparato anímico.

Inicialmente, la adolescencia fue entendida en la historia del psicoanálisis como resurgimiento de lo edípico y, posteriormente, como reactivación de conflictos pregenitales y narcisistas (Blos, 1969, p. 229). Sea de lo que sea, esta irrupción de lo inconsciente tiene un efecto traumático que obstaculiza los procesos y mecanismos ya establecidos para la regulación pulsional, por lo cual durante la adolescencia se experimenta un estado de tensión psíquica que, debido a las circunstancias descritas, parece dejarse tratar muy bien por la vía de la actuación. Idea ésta que encontramos también en los primeros textos de Freud, concretamente en una de sus cartas a Filess:

 

la evocación de un recuerdo sexual de un período anterior en otro ulterior introduce en el psiquismo un exceso de sexualidad que ejerce efecto inhibidor sobre el pensamiento y presta al recuerdo y a sus derivados el carácter compulsivo que los torna inaccesibles a la inhibición (Freud, 1986:3545).

 

b) La adolescencia a partir de sus dos tareas fundamentales: Ella nos remite a “ el hallazgo del objeto sexual exogámico ” (Freud, 1905, p. 1216-9) y “ el desasimiento de la autoridad parental ” (Freud, 1914b, p. 1892-4) . El logro de estos objetivos permite la vinculación del sujeto con objetos e ideales exogámicos, bajo leyes colectivizadas. Pasaje de la familia al lazo social que implica un conflicto de valores que, a su vez, repercute en la modificación de la forma de concebirse a sí-mismo y al semejante ( Rassial, 1996) .

Con base en estas dos dimensiones de la adolescencia, diremos que la actuación expresaría tanto una deficiencia del funcionamiento psíquico como un conflicto en el proceso de re-constitución subjetiva. Dos aspectos a diferenciar que, sin embargo, confluyen en la idea de concebir a la adolescencia como momento de surgimiento de la angustia, frente al cual podrán desplegarse diversos procesos mediadores.

Ante tal irrupción de angustia, el psiquismo puede recurrir a los procesos defensivos, como por ejemplo la conversión, o la transposición del afecto (Freud, 1896), o, de otra forma, a ciertas reacciones caracterológicas, dentro de las que se destaca el comportamiento delictivo (Freud, 1916). No obstante, sin importar qué vía se elija, encontramos que la actuación tiene una función respecto de este proceso, en la medida en que representa, al tiempo, una forma de reactivación de lo reprimido y de respuesta a ello.

El carácter concretante de la acción (Blos, 1969) es más afín a la lógica primaria de lo inconsciente (dentro de la cual se destacan los procesos de condensación y desplazamiento), a diferencia del pensamiento y el lenguaje que requieren de los procesos secundarios para dar continuidad a la función sintética del yo. Sin embargo, dentro de las diversas actuaciones que se llevan acabo en la adolescencia, es posible encontrar unas que conducen a la re-significación del material inconsciente, y otras que, en cambio, obturan el funcionamiento del psiquismo y, por ende, el camino que llevaría a la trascripción del contenido conflictivo a otro sistema psíquico.

Respecto a los actos delictivos, tenemos en Freud un ensayo de 1916 que, a pesar de lo corto, constituyó para sus discípulos una especie de paradigma interpretativo del delito. Allí habla de una fijación del sentimiento inconsciente de culpa en la realidad exterior como medio para mitigar la tensión interna (Freud, 1916, p. 252) . Freud aclara que tal conducta delictiva, al igual que el síntoma neurótico, tiene por raíz el conflicto edípico no liquidado, es decir, relacionó directamente este tipo de comportamiento ilícito con la patología del superyó que da paso a esta modalidad inconsciente de conciencia moral.

Una revisión de los aportes postfreudianos acerca de la criminología, la cual no es pertinente desarrollar ahora en extensión, nos mostraría una tendencia a separarse cada vez más del inicial paradigma del delincuente por sentimiento de culpa y, en este sentido, a indagar sobre la particularidad de este fenómeno psíquico que lo diferenciaría de la formación del síntoma neurótico.

August Aichhorn (1925), Kate Freidlander (1947) y en general la orientación que se desprende de Anna Freud (1957) verán en el delito juvenil el resultado de una fijación libidinal que dificulta la función impeditiva del superyó, dejando al Yo a merced de su regresión y, por ende, del principio de placer. Destacándose así la debilidad relativa de la instancia superyoica.

Alexander y Staub (1928) retomarían la pulsión de muerte (Freud, 1920a) y el masoquismo moral (Freud, 1924a) en relación con el delito neurótico, adhiriéndose de esta manera al planteamiento freudiano sobre el delito de 1916, el cual hace responsable a la severidad del superyó de la culpa inconsciente que motiva al delito. No obstante, en los desarrollos teóricos presentados en el análisis de sus casos, observamos la descripción de procesos psíquicos mucho más primitivos, al punto de rayar con la psicosis, bastante distantes de los mecanismos de los delitos propiamente neuróticos; así, por ejemplo, en el abordaje de Bonaparte del caso de Madame Lefebvre, que ellos retoman (Alexander & Staub, 1928, p. 208-24).

Por su parte Melanie Klein (1927 y 1934) representa un segundo gran paradigma con sus ideas sobre la relación entre las fantasías sádicas primitivas y un superyó precoz. Al analizar crímenes atroces plantea que en ellos se presenta un funcionamiento psíquico motivado por angustias primitivas (propias del superyó tiránico) que, gracias a su intensidad y máxima represión, no se dejan tramitar en la fantasía o el pensamiento sino que compelen al sujeto a su ejecución en la realidad (Klein, 1927, p. 187).

Lacan (1932 y 1950) se solidariza en cierta forma con la tesis kleiniana, sobre un superyó tiránico, cuando en su análisis de los crímenes autopunitivos, afirma que el castigo se haría evidente en el efecto terapéutico que el acto acarrea a posteriori, por ejemplo, en la disminución del sistema delirante paranoico. Precisamente fue a partir de esta interpretación que propuso su categoría de “ crimen del superyó ” . Posteriormente (Lacan, 1962-1963), modificará su enfoque, centrándose en las diferencias de funcionamiento psíquico halladas entre tipos de actos. Desarrollo del cual se desprende la noción de acting out para hacer referencia a un acto que se establece en medio de la escena significante y que, por ende, requiere de otro y del Otro (del lenguaje) como medio de hallar sentido al enigma que dio lugar al acto, y la noción de paso al acto, que remite a la salida del registro simbólico y por tanto al borramiento subjetivo que resulta de la identificación con el objeto “ a ” .

Winnicott alude a la enfermedad del sentimiento de seguridad en sí mismo, que debió establecerse en la temprana infancia como medio de fortalecimiento del Self, y al hecho de que su déficit repercutiría en la falla del “marco bajo el cual se concibe la existencia” (Winnicott, 1946: 139). La conducta antisocial, por consiguiente, la entiende como una forma de responder a la amenaza de locura que tal coyuntura crea y como un medio para re ­-stablecer el equilibrio psíquico que, eventualmente, daría paso a la posibilidad de experimentar el sentimiento de culpa y los procesos reparadores. Posibilidad que está menoscabada en la medida en que el comportamiento antisocial sea producto de la “de-fusión de los instintos”, es decir, de una agresividad desligada de los aspectos libidinales ( Winnicott, 1956, p. 150).

A mediados de siglo hallamos numerosos desarrollos en los cuales se destaca la “conciencia psicopática” caracterizada, precisamente, por la ausencia de culpa, de conciencia moral y de consideración por el objeto (Greenacre, 1945; Zac, 1963) .

Recientemente encontramos que Otto Kernberg (1994) se opone a reconocer la presencia y la posibilidad de desarrollar sentimientos de culpa en algunos criminales con ciertos trastornos narcisistas de personalidad . Claude Balier (1996) por su parte, propone diferenciar entre conductas perversas motivadas por el deseo inconsciente y otros tipos de acto criminal en los que la fantasía y el deseo se verían fuertemente menoscabados, quedando así el psiquismo enfrentado a intensas angustias arcaicas (amenazas de aniquilación psíquica) que borran el límite entre lo interno y lo externo, dando como resultado una agresividad desligada de los componentes eróticos y de la mediación psíquica.

Como vemos, el inicial modelo freudiano, que plantea el mecanismo de fijación en la realidad externa de la tensión psíquica, continúa presente hasta los desarrollos contemporáneos. No obstante, entre los cambios de los enfoques explicativos, retenemos aquellos que tienen relación con los distintos tipos de angustia, los cuales, a su vez, remiten a diversas modalidades de funcionamientos psíquicos y de actuaciones delictivas o criminales, según sea el caso.

En la medida en que la angustia surja ligada a una forma de representación psíquica, como por ejemplo la culpa en forma de reproche, observamos que su tramitación se hará más viable por medio de procesos transaccionales, los cuales, en cierta medida, conservan una analogía con la formación del síntoma neurótico. Distinguiéndosele por su carácter aloplástico. De forma parecida, si el afecto displacentero es experimentado en la consciencia , en forma de odio, podremos ver desplegarse el acto agresivo como un medio de responder a la afrenta narcisista mediante actos de reafirmación omnipotente. Si por el contrario, la angustia surge en sus modalidades arcaicas y atormentadoras, será posible que el aparato psíquico recurra a reacciones que eluden los procesos mediadores y, por tanto, dé paso a una fuerza, poco o nulamente simbolizada, que compele al sujeto a la actuación en la realidad.

Con la ayuda de esta base conceptual pasemos ahora a examinar el material clínico obtenido en algunas entrevistas que hicimos a los sujetos mencionados al inicio.

 

 

Análisis de las viñetas clínicas 5

Respecto del primer caso, en el que el acto asesino se presenta una única vez, destacaremos el efecto de perplejidad que sobrevino en Raúl inmediatamente después de consumarlo y el reto proferido por el rival, como elemento motivador. Llama también la atención la justificación dada por Raúl: “ en la calle la gente quiere montársela a uno ” , con la cual da razón de su respuesta al reto, puesto que renunciar a la pelea configuraba para él una situación de pasividad frente al rival que no podría soportar.

En la información recolectada en las sucesivas consultas, encontramos elementos fundamentales para la comprensión de dicho acto. En la primera infancia Raúl es privado de los cuidados de la madre a causa de las afecciones anímicas de ésta. Durante la edad escolar registramos un viraje del amor hacia el padre, junto con la aparición de síntomas somáticos enmarcados en crisis asmáticas, las cuales atendía su padre en las noches, separándose incluso del lecho conyugal.

Ya en la pubertad encontramos una primera experiencia de encuentro con lo sexual y con la mujer que le produjo una fuerte “ ansiedad ” e insatisfacción (según sus propias palabras) y desde la cual se instaló una eyaculación precoz. Subrayamos sus palabras a este respecto: “ en ese tiempo uno no sabe qué es el sexo y cómo tener relaciones sexuales ” . Posteriormente, entra en un periodo de masturbación compulsiva y de evitación del encuentro sexual con la mujer, hasta los 14 años, cuando tendrá nuevamente relaciones sexuales esporádicas con mujeres desvalorizadas, que le generaban auto-reproches por su sexualidad impulsiva y no amorosa. Paralelamente, para este tiempo su padre se separa de la madre y se muda a otra ciudad. Poco después lo hace igualmente su hermano mayor, del cual dice que para entonces era su modelo de cómo ser un “ hombre ” .

En medio de la mala relación con su madre, Raúl da inició a sus acting outs: primero se fuga de la casa materna y sin dinero se embarca en busca de su padre. Al encontrarse con las fuertes ocupaciones que mantenían éste y su hermano, deduce que allí no encontraría el refugio anhelado, y surge en él una agresividad inhibida respecto a este hermano que le hace competencia por el amor del padre. Nuevamente actúa impulsivamente y se fuga hacia la ciudad de origen.

Al llegar, tiene una nueva experiencia sexual, con una mujer que describe como “ de mucha experiencia en el amor ” , la cual revive su ansiedad. La mujer lo cuestiona diciéndole: “ ¿es que es su primera vez o es que todavía es un niño? ” Estas palabras quedaron fuertemente arraigadas en la memoria de Raúl, causando otra vez reproches ante la imposibilidad de satisfacer a la mujer. De aquí en adelante registramos un periodo de más o menos un año en que Raúl, lejos de presentar síntomas inhibitorios, se entrega a la promiscuidad sexual y al consumo excesivo de psicofármacos. En medio de estas circunstancias, y sin antecedentes penales o de conducta agresiva, Raúl ejecuta el asesinato ya narrado.

A partir de esta serie de momentos históricos inferimos que los afectos penosos que ellos suscitan en Raúl, remiten a sus dificultades para acceder al estatuto de ser un hombre, tanto en el sentido de la masculinidad sexual como de la realización social. Situación que causaba el rechazo de su percepción de “ ser aún un niño, dependiente, incapaz de mantenerse por sí mismo y de satisfacer a una mujer ” . No obstante, las reacciones frente a estas irrupciones de angustia son diferentes en cada momento. Primero tenemos el síntoma psicosomático de la infancia, luego la eyaculación precoz, posteriormente la masturbación compulsiva y la evitación de las relaciones sexuales con la mujer, más adelante la sexualidad impulsiva y reprochable, posteriormente los acting outs, sucedidos por la conducta hedonista en la cual asumía una posición denegatoria frente a su conflicto y, finamente, el acto asesino.

De lo anterior podemos deducir que un conflicto inicial configurado en torno al Ideal del yo, es decir, un conflicto enmarcado en la imposibilidad de “ ser un hombre ” , que movilizaba angustias en forma de reproches, fue tramitado gradualmente por medio del recurso al Ideal narcisista omnipotente que le permitió anticiparse en la elaboración de su conflicto adolescente, transformando sus iniciales reproches en odio. De igual forma, más que encontrar en este caso la motivación del acto en la necesidad inconsciente de castigo, lo que podemos observar es un acto que además de la nombrada reafirmación narcisista, le sirvió, por sus efectos posteriores, para re-encontrar un medio que le brindara el control externo de su excitación pulsional, internamente indomeñable. Es patente que, en lugar de expresar su culpa por el asesinato cometido, Raúl manifestaba en consulta las consecuencias positivas de llegar a prisión, dado que con esto ¡recuperó al padre de los cuidados de la infancia! y, de algún modo, le permitió recuperar metas para su vida que en la calle se habían desvanecido. Pero todo esto lo hemos de comprender como un a posteriori del acto, no como su causa.

Pasemos ahora al segundo caso, en éste el acto asesino se nos presenta en medio de un circuito de repetición y como resultado de un severo déficit en el funcionamiento psíquico. Óscar nunca conoció a su padre, fue abandonado en sus primeros años por la madre y recogido por una abuela campesina que le infringía severos maltratos tanto morales como físicos. Respecto de estas vivencias destacamos las siguientes verbalizaciones dadas en las consultas: “ en esa casa todos me odiaban, me trataban como un animal, como si yo fuera un monstruo ”, resaltando con esto la idea que se había construido acerca del placer que estas personas manifestaban con los maltratos que le infringían.

Análogamente, al hablar del momento que antecedía al surgimiento de su compulsión a matar recurría a estas palabras: “ veía a una mujer que me gustaba y entonces empezaba a sentir que se me calentaba el cuerpo, las cosas empezaba a cambiar, miraba y ya no veía a la mujer que me gustaba sino a una calavera, miraba a todos lados y no soportaba ver a nadie feliz, especialmente si era una mujer, me miraba a mí mismo y me veía como un monstruo, ensangrentado ” , describiendo así la imagen de un “ cuerpo desollado ” , sin piel, sin eso que, precisamente, pensamos nosotros, le da su estatuto de humano.

A partir de esto, no podríamos hablar de un acto que se realiza en respuesta al narcisismo afrentado, como en Raúl, sino del retorno abrupto de imágenes fragmentadas y fragmentadoras del funcionamiento psíquico que compelían a Óscar a matar. De lo cual podemos inferir que muy posiblemente se experimentó en la infancia una fuerte dificultad en el proceso de consolidación yoica. Hablando en términos del estadio del espejo (Lacan, 1936) podríamos decir que el Ideal originario que permite la formación del Yo(je) sufrió fuertes dificultades en su configuración. Por lo tanto, puede decirse que en su pubertad se revive el fallo de la imagen narcisista primaria, a causa del retorno de estas imágenes arcaicas de desfiguración y destrucción que, a su vez, conducían a romper los límites entre lo interno y lo externo.

Mientras que en Raúl encontramos la participación de la proyección de la causa de la angustia en el rival, por medio de la identificación de éste con aquello que le recordaba de lo que él carecía ( “ ser un hombre ” ), junto con el mecanismo pulsional de la transformación en lo contrario (Freud, 1915) que permitió pasar de la pasividad hallada en el hecho de sentirse aún niño a la posición activa encontrada en el acto mortífero, en contraste, hallamos en Óscar que los actos asesinos estaban soportados en la imperativa necesidad de colocar fuera la tensión interna que amenazaba con la desintegración psicótica, sin ninguna otra posibilidad de detener el empuje mortífero ni forma de re-significarlo. Circuito de compulsión a la repetición que, al establecerse sobre un estado de indiferenciación, permitía a Óscar bascular entre el ataque al objeto y la pulsión de muerte vuelta sobre sí mismo. Recordemos sus “ arrojos incalculados ” en la guerra que devenían en fuertes heridas, actos que llevaba a cabo cuando no podía matar en su vida civil.

En las sucesivas consultas era llamativo asistir a la presentación de su cuerpo, lleno de cicatrices, que parecía servirle como “ museo ” sobre el cual narrar su vida. A falta de historización sobre la cual soportar la existencia subjetiva, recurrió al grupo armado que le ofrecía una “ identidad ortopédica ” con la cual concebirse a sí mismo, cierto tipo de vínculo con el objeto y, especialmente, le ofrecía una organización jerárquica bajo la cual acceder enajenadamente a la autoridad. No obstante, vemos al tiempo de qué modo este aparataje ideal prestado se hacía insuficiente en el momento en que el primer movimiento de investimento erótico del objeto re-activaba imágenes insoportables imposibles de tramitar simbólicamente.

Creemos que la posible causa de estas diferencias se puede hallar en las bases narcisistas de la simbolización (Jeammet, 1989). Aunque podemos hablar de un Edipo invertido en el caso de Raúl, tendremos que aceptar que éste le permitió sentar unas bases para el Ideal del Yo, aun cuando se desvaneciera luego durante la pubertad, dando paso gradualmente al Ideal narcisista omnipotente y finamente al asesinato. A diferencia de Raúl, Óscar parecía carecer de estos procesos secundarios de tramitación psíquica, por lo cual las herramientas simbólicas para enfrentar el remezón pulsional de la pubertad no estaban presentes, facilitándose así los fenómenos ya descritos.

Por lo tanto, resulta interesante que nos detengamos un momento a analizar las diferencias entre los contenidos psíquicos que produjeron los actos que aquí comparamos. En Raúl observamos la tramitación conflictiva de algunas representaciones psíquicas, escindidas de la conciencia, pero susceptibles de formar lazos asociativos, así fuese de manera inconsciente. De esta forma, el paso por el Edipo constituyó un complejo representacional inconsciente que, al llegar a la pubertad, necesariamente resurgió, a causa del empuje pulsional de ese momento, pero ahora asociado a las angustias generadas frente a su masculinidad. De este modo, las iniciales vivencias de abandono obtuvieron en la adolescencia una forma de enlace con la conciencia por medio de la angustia generada ante la imposibilidad de aceptar la pérdida del objeto primario de amor y de existir autónomamente.

En Óscar los pensamientos que surgían en el momento de retorno de lo traumático se prestaban para dar un uso a las palabras o pensamientos sin su función normalmente ligadora de afectos y representaciones, es decir, la imagen se presentaba como hueca, vacía de sentido, por lo cual no remitía a ningún modo de articulación salvo al acto, en el cual no se requiere necesariamente de la mediación de los procesos simbolizadores. Vemos entonces cómo unas palabras provenientes de ese otro maltratador de la infancia ( “ monstruo ”, “animal”) se re-activaban automáticamente en la pubertad ante la imposibilidad de concebirse como un sujeto y, por ende, de acceder al otro bajo este mismo estatuto.

En las consultas, llamaba mucho la atención lo que decía sobre el entrenamiento en su grupo armado, en el que les enseñaban a concebir a la víctima no como una persona, como un ser humano, sino como, precisamente, un “ animal ” . De esta forma, la imagen real de una mujer que inicialmente intentaba investir eróticamente era reemplazada por la superposición del registro fragmentario y fragmentador hallado en esa imagen “ animal ” . Representación que conducía a su desubjetivización y, por ende, a la desobjetivación de la víctima. Esta situación devenía entonces en la desligazón de los iniciales y débiles impulsos eróticos y, por ende, al protagonismo sanguinario de una agresividad libre. De esta forma, entendemos cómo el carácter de concreción (Blos, 1969) de un acto, en este caso de un “ paso al acto ” (Lacan, 1963 p 127-44 y Miller, 1988 ) , es solidario con la naturaleza a-simbólica de las imágenes fragmentarias e invasivas, y de los efectos desligadores de la pulsión de muerte.

¿Qué estatuto podemos entonces brindarle a estas imágenes des-estructurantes? Para intentar una respuesta, vale la pena remitirse a la “ Carta 52 ” de Freud a Fliess (Freud, 1896 p. 3551-6 ) . Allí se nos presenta el “ signo de percepción ” como un elemento que quedó inscrito en el psiquismo pero no articulado a una representación psíquica inconsciente que le permitiera su posterior trascripción a un nuevo sistema de representaciones más elaborado. Esta concepción es retomada por Silvia Bleichmar (2004) a la hora de abordar el tema de “ la clínica de lo real ” . La psicoanalista describirá estos signos de la siguiente manera:

elementos psíquicos que no se ordenan bajo la legalidad del inconciente ni del preconciente, que pueden ser manifiestos sin por ello ser concientes, que aparecen en las modalidades compulsivas de la vida psíquica, en los referentes traumáticos no sepultables por la memoria y el olvido, desprendidos de la vivencia misma, no articulables. 6

Bleichmar sostiene que, además del trauma originario que funda el psiquismo, en el transcurso de la vida pueden ocurrir experiencias que “ pueden producirse … como materialidad irreductible a todo ensamblaje a partir de ser producto de experiencias traumáticas inmetabolizables ” .

Creemos pues que las imágenes que retornaban invasiva y desbordantemente para el psiquismo en la pubertad de Óscar son de esta naturaleza. Podemos hablar entonces de un real psíquico, posiblemente instituido a partir de una realidad material, que retornaba abruptamente a partir de un nuevo “ anclaje ” en la realidad externa, por medio de una percepción que en algo se emparentaba, así no fuera bajo la forma de la asociación inconsciente-preconsciente, con lo externo-interno arcaico.

Por tanto, en los asesinatos de Óscar el contenido psíquico se nos presenta más bajo la forma de un real, inconciliable con la tramitación psíquica, mientras que en el caso de Raúl el material inconsciente que motivó el asesinato se fue presentando gradualmente bajo la forma de reminiscencias, aunque al final -en el momento de la consumación del asesinato- éstas se hubiesen descualificado.

 

 

Conclusiones

1) Observamos que las dificultades en la indiferenciación inconsciente-preconsciente, al igual que el resurgimiento de un “real interno-externo”, a causa de los cambios de la pubertad, que atrae más “ reales psíquicos ” traumáticos no tramitados, junto con los obstáculos en la consecución del objeto sexual por medio de la relativización de la norma parental, están presentes en los dos casos aquí analizados. No obstante, hallamos una diferencia entre ellos en la medida en que la respuesta del sujeto frente a dichas crisis puede darse por medio o bien de los procesos fantasmáticos o bien por medio del retorno crudo de lo real psíquico en la realidad externa.

2) El mecanismo aislado por Freud en 1916 en algunos casos de comportamiento delictivo juvenil, y que hace referencia al anclaje de la angustia en la realidad externa, sigue vigente en el análisis de los casos aquí presentados. No obstante, lo que Raúl y Óscar nos permiten evidenciar es que dicho mecanismo puede darse de acuerdo con diversos grados de simbolización, los cuales dependen tanto de la naturaleza del conflicto, de la cualificación o no de la angustia que éste promueve, como de la capacidad mediadora con que cuente el psiquismo para hacerle frente a la situación traumática durante la adolescencia.

y 3) por todas las razones anteriores, encontramos que las categorías crimino-psicoanalíticas clásicas, basadas en estructuras o factores psíquicos fijos e irreversibles, ceden la importancia a la comprensión del asesinato en la adolescencia en función de los procesos de representación y de re-estructuración subjetiva que en ella se ponen en juego, destacándose así un enfoque económico, dinámico y funcional del problema.

 

 

Notas

1 Ponencia preparada a partir de la investigación Análisis conceptual acerca de la relación entre adolescencia y actuación, con énfasis en el estudio del acto asesino “ inmotivado ” . Trabajo de investigación para optar al título de Maestría en Investigación Psicoanalítica (Departamento de psicoanálisis, Facultad de Ciencias Sociales, UdeA), y gratamente reforzada por los continuos debates hechos dentro del grupo de investigación “ Estudios sobre juventud ” (Facultad de Ciencias Sociales, UdeA) a partir de la investigación Concepciones psicoanalíticas de la adolescencia. Mis agradecimientos adicionales al Dr. Mauricio Fernández, coordinador de dicho Grupo, por su asesoría en la elaboración de este escrito.

2 Casos extraídos de los archivos clínicos de algunos sujetos, con quienes se trabajo terapéuticamente en una prisión de máxima seguridad de Colombia. Formalizados y analizados en la investigación anteriormente aludida.

3 Hacemos referencia al agieren freudiano, con su doble vía de comprensión: a) como obstáculo a la elaboración vía la palabra, y b) como modo de ab-re-acción frente a lo reprimido (FREUD, 1914a, 1683-9).

4 Se pueden revisar los ejemplos dados en los casos de Emma (1895), Dora (1905b), la Joven Homosexual (1920b).

5 Antes de iniciar, una aclaración necesaria: al referirnos al material clínico como “ viñetas ” queremos dar a entender su carácter parcial, a la mutilación necesaria de alguna parte de los datos, pero también al uso de algunos fragmentos del caso, con el objetivo de ilustrar y contrastar teoría y fenómeno, así como de dar mayor validez a las conclusiones aquí propuestas.

6 Artículo obtenido de la página Internet de la psicoanalista el 13 de septiembre de 2007. Por tratarse de un artículo en formato Web, no remitiremos páginas.

 

 

Referencias

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