Julián Marías
Cuando se habla de violencia, se piensa ante todo en la violencia física ejecutada de manera más o menos sangrienta; en España, esta expresión trae a la memoria los recuerdos de la guerra civil, o hace pensar en los síntomas que pudieran llevar de nuevo a una discordia parecida. Pero hay otras formas menos espectaculares, más solapadas; y cuyo riesgo mayor es que conduzcan, aun sin querer, a la discordia manifiesta y explosiva. Cuando se habla de violencia en la guerra civil, se piensa en la ejercida por un bando contra el otro, en la lucha armada entre ambos beligerantes; a lo sumo, en la represión --más violenta aún que los combates - de los enemigos interiores, reales o supuestos, de los «disidentes>> dentro de cada zona. Pero no fue la única forma de violencia.
Hay que traer a la memoria la que se ejerció dentro de cada zona, dentro de cada bando, al identificarlo con ciertas posiciones políticas minoritarias dentro de él. En la zona republicana, lo único políticamente lícito y aceptable fue el Frente Popular; todos los demás grupos fueron eliminados y perseguidos; y aún dentro del Frente Popular, el poder efectivo residió en sus fracciones extremes, ya qué las demás eran a lo sumo «toleradas>, y no siempre. En la otra zona, esta tendencia fue aún más acusada: el papel de los falangistas fue abrumadoramente importante, y solo los tradicionalistas tuvieron influencia reconocida; la unificación política se hizo a base de estos dos grupos, con exclusión de los demás, aunque fuesen adictos. Ahora bien, Falange era una exigua minoría, que nunca pudo elegir un solo diputado (José Antonio Primo de Rivers fue elegido a las Cortes Constituyentes en 1931 dentro de la candidatura de derechas y con los votos de estas), y los diputados tradicionalistas no pasaron de un puñado. Lo mismo podría decirse de los comunistas, que tuvieron un diputado en las Cortes de 1931, otro en las de 1933, y quince o dieciséis en las de 1936, esta vez con los votos de republicanos y socialistas, dentro de la alianza del Frente Popular.
Es decir, que la violencia empezó dentro de cada zona, desfigurando el espectro político real de una y otra en beneficio de grupos particulares y minoritarios. Esto puede ser «aceptable>> dentro de los supuestos de una discordia, es decir, como manifestación de sistemas que consisten en violencia; y por eso no se trató solo de una guerra entre dos contendientes, sino que en cada una de las dos zonas se pretendía estar llevando a cabo una «revolución», es decir, la imposición de una fracción sobre el conjunto. Pero es enteramente inadmisible como solución política normal, especialmente si se habla de democracia y no se quiere profanar demasiado esta noble palabra.
Es sorprendente hasta qué punto nuestros contemporáneos han perdido el sentido de lo que es verdadero y lo que no lo es, el grado en que están dispuestos a admitir las manipulaciones. Cuando se protesta de las impaciencias, las violencias o los desmanes, todos parecen aquietarse cuando se propone la «vía democrática al socialismo». Esta expresión a mí me parece asombrosa. Si esa vía es democrática, ¿cómo se sabe que va a llevar al socialismo? Llevará a él o a otra solución: exactamente, a donde los lectores quieran. Si el destino final está ya determinado, dónde queda la democracia, que además consiste en la capacidad de rectificar cuantas veces la opinión quiera? La democracia es precisamente la fórmula de lo reversible, esa es su gran virtud, lo que hace de ella la solución política más inteligente y civilizada. (Y es también lo que hace que la democracia tenga muy poco que hacer fuera de la política, en tantas zonas de la vida humana que son estrictamente irreversibles, aunque el hombre contemporáneo se resista a verlo y aceptarlo.)
La guerra civil española no fue solo una lucha sangrienta de media España contra otra media; fue además a imposición de una décima parte o una cuarta parte de cada una de las mitades sobre el resto de ella. Por eso fue - y sigue siendo - tan frecuente la «mala conciencia» en los que se adscribieron sin restricciones a una posición: muchos saben que ejercieron esa imposición; otros, que se doblegaron insinceramente a ella, por temor o interés. Esto ha engendrado una singular mala salud moral, un complejo descontento que se manifiesta de mil formas y amenaza comprometer el futuro. Porque la falsedad engendra falsedad, y se trata de disimular la vieja con una nueva.
Considérese la actitud frecuente entre los que inequívocamente tomaron partido por los vencedores, contribuyeron a la derrota de la República y han ejercido el poder en una a otra forma; o entre los que, nacidos a la vida pública después de la guerra, han aceptado con entusiasmo y sin reservas durante muchos años el sistema establecido y se han incorporado a él. A estas alturas, el mundo está muy lejos de aquellas fechas, y con el mundo España, por muchas ficciones que se hayan querido acumular. El inmovilismo es inútil cuando el suelo se desplaza bajo los pies del que no quiere moverse: ya no está donde estaba.
Pues bien, una fracción de las personas a que me refiero, lejos de reconocer su porción de error o injusticia, las razones parciales del adversario o, en todo caso, los cambios objetivos, se aferran a las formas más extremadas y anacrónicas de su posición inicial, convirtiéndose en caricaturas de sí mismos, destinadas a desvanecerse con el tiempo - con muy poco tiempo -, siempre que no se les haga demasiado caso, que se los envuelva en una saludable indiferencia.
¿Y los otros, los que quieren aprestarse a los cambios y sobrevivir en el futuro? Parecería normal que reivindicaran la parte de razón que originalmente tuvieron, lo que puede ser la justificación de su pasado --y por tanto de su personalidad--, frente a la parcial sinrazón de sus adversarios, frente a los excesos que en su mayoría éstos rechazaron hace muchos años. No es así. En su avidez - un poco grotesca- de «cambiar de campo>>, reniegan de lo que podría salvarlos, de la parte de razón que deberían intentar compartir con sus enemigos de ayer, y abrazan precisamente las posiciones que, al poner en peligro algunas dimensiones sustanciales del país, dieron al menos una sombra de justificación a lo que hasta ahora han sido.
Y unos y otros se excluyen, al ejercer tal violencia sobre la realidad, de la España real, que es, naturalmente, la de todos los españoles, con derecho a ser ellos mismos y no lo que les manden ser.