“Introducción” de De la edad conflictiva

Américo Castro

La presencia del motivo de la honra en el teatro de Lope de Vega y la razón de existir aquel teatro son dos aspectos de una misma conciencia colectiva. La Comedia, como entonces decían, no era simplemente un espectáculo para salvar el aburrido vacío de unas cuantas horas. De haber sido esto así, el genial imaginador de aquellos placeres no hubiera escrito que “Los casos de la honra son mejores, porque mueven con fuerza a toda gente.”

¿En virtud de qué circunstancias y por cuáles vías se hizo posible una innovación artística tan sorprendente y tan sin paralelo fuera de España? Los «casos de la honra», dramáticamente estructurados, venían al encuentro de situaciones angustiosas, sin duda reales, dentro de la fluencia sin arte y sin orillas del vivir cotidiano. Lope redujo a «casos» - limitó y temporalizó - situaciones humanas, tensas al máximo, en las cuales se debatía conflictivamente la conciencia del existir de la persona, escindida en un sentirse siendo y a la vez en trance de no ser. El destello genial consistió en concebir el problema no como una generalidad humana, sino como una singularidad española, una singularidad que, en tal coyuntura, iba a mover «con fuerza» el alma de una persona colectiva. Es por lo mismo necesario ponerse en contacto con esa personalidad colectiva, ya manifestada a nosotros, sin perfil limitado y único, antes de que surgiesen los casos literarios de la honra. La busca de la realidad de aquella situación - antigua, amplia y genérica - lleva hacia campos ajenos a la literatura, mientras que en ciertas creaciones literarias habremos de enfrentarnos con vértices terminales de valía estética, con expresiones estructuradas de imaginaria humanidad, irreductibles, en cuanto a su valor expresivo, a nada que no sea ellas mismas: Peribáñez, Pedro Crespo, la Laurencia de Fuente Ovejuna; o también por otras vías, Sancho Panza. Por simbólicas que sean sus figuras, el espectador o el lector no las sienten como entidades abstractas - un hipócrita, un avaro (Tartuffe, Harpagon).

La honra, es decir, la vivencia del honor, es destacada en ciertos casos decisivos como la razón activa de existir los personajes (así en Peribáñez, en El Alcalde de Zalamea y en Fuente Ovejuna). Todos ellos han de manifestar su calidad honrosa como españoles, no como genéricos seres humanos (una idea esta última aquí ineficaz); y han de mostrar también su derecho a mantenerla cuando algo pone en riesgo aquella su razón de existir. Los personajes de más alto rango (señores, caballeros, hidalgos) poseían honra individualmente reconocida, y les era lícito y posible vengarse en secreto ante un público, y así acontece en ciertos dramas de Calderón. Pero no les cabía hacerlo a los villanos ofendidos, de baja clase y de alta casta, pues su condición había ido haciéndose honrosa a causa de las sospechas levantadas por cualquier rango a ocupación que no fueran como los del labriego (los judíos no labraban el campo en los reinos cristianos). Era, por tanto, necesario recalcar ostensiblemente que el labriego no era sospechoso. El conflicto había ido alcanzando dimensiones inmanejables a lo largo del siglo XVI; y lo reciente de tal conflicto se manifiesta en la necesidad de poner los labriegos bien de manifiesto; que ellos eran indiscutibles miembros de la casta excelsa.

Estamos muy lejos de la concepción aristotélica del honor: «galardón concedido a los buenos por su virtud» (Etica, IV, 3, 15). De ahí que la persona dotada de grandeza de alma (el «megalópsyjos») pudiera aceptar o rechazar el honor: «Si el reconocimiento honroso viene de un cualquiera, lo desdeñará por juzgarlo inferior a sus merecimientos» (IV, 3, 17). Los españoles de la comedia lopesca, hidalgos o pecheros, no aparecen en la mente y fantasía del dramaturgo como autores de acciones grandiosas. Son altos ejemplares de español per se, por ser como son de sangre cristiana que se pierde en la antigüedad del tiempo.

Se trata, por tanto, de dos órdenes diferentes de realidad : lo colectivo y lo resoluble en conceptos, de un lado; lo personalmente vital, lo abiertamente problemático, de otro. La tragedia (o drama) y la novela fueron clamorosas y esperanzadas respuestas a las latentes demandas de quienes se sentían muy oprimidos, es decir, en una muy prolongada y conflictiva situación social, que el artista dejó fuera del ámbito de su obra. Tan lejos de esas obras quedó, que no nos habíamos dado cuenta de la motivación histórico social de tal conflicto. Ignorábamos cómo en verdad fue posible que unos toscos labriegos se alzaran a la cima del prestigio literario. Y esto sólo aconteció en la literatura de España, dentro de la cual no se halla, por fortuna, la razón explicativa de tales personajes.

Nada en el pasado español, provisto de gran dimensión significativa, es comprensible ni valorable si no se tiene presentes a sus protagonistas, a los españoles, abarcados en la totalidad de su existir. Cada momento de éste es inseparable del fluir íntegro de la vida española, de la conciencia de estar siendo español y actuando como tal, frente a un destino que era condición ineludible del mismo proceso de estar existiendo. E1 español no era un ente ingrávido, temporal y existencialmente, en relación exterior con los movimientos literarios de eso que se llama «su tiempo», como si este «tiempo» no fuera aquél en que se movía y hallaba sus orientaciones la gente española, integrada y desgarrada por cristianos, judíos y moros, en ese momento que, en este caso, se llama, inadecuadamente, el Renacimiento; o en el previo a él, Edad Media. A ese «tiempo» lo vamos a afincar ahora en la tierra de la vida, de «su» vida. Lo cual exige salir fuera de la obra literaria y del problema de honra y dignidad planteado en ella, a fin de penetrar en la misma situación del vivir de los cristianos viejos y de los nuevos en el siglo XVI.

El conflicto angustioso contra el cual las gentes de entonces se enfrentaban, se resolvía no en razones formulables, sino en la imposibilidad de hallar ninguna razón o salida. Las vías para entrar en sí, dentro de sí, eran múltiples, y vivísimas eran las luces en el interior de las almas - un castillo de ahí irás, y de ahí no saldrás -. En tal situación se hicieron posibles el drama y la tragedia, hoy inexistentes, con plena autenticidad, al menos. No faltan ahora por cierto estados conflictivos y desolados, pero están muy patentes sus motivos; los causantes de las desventuras no están respaldados por tradiciones sacras, respetables a ineludibles. La economía, la psicología, la psiquiatría han desvelado todas las faces, y no hay respeto por el fundamento de lo humano, por ningún indemostrable más allá. El padecer actual es un hecho atroz, motivado por fuerzas ya sin ningún prestigio. Lo tremendo en el siglo XVI y en el XVII era que los principios y los fundamentos en nombre de los cuales el alma se sentía torturada, no podían todavía ser derrocados por la mente ni por la voluntad. Cuando los dioses dejaron de funcionar con eficacia en la Grecia antigua, se extinguió la tragedia y apareció Aristófanes. Pero en la España de fines del siglo XV y en la del XVI se obligaba al bautismo a judíos y a moros, a causa de la virtud indiscutible de aquel sacramento; no se añadía, sin embargo, que éste de nada serviría si el bautizado no cambiaba radical a inmediatamente sus creencias y sus hábitos de vida. Lo incomprensible es la fatua insistencia en reducir la historia sólo a cifras de población, a economía y a estadísticas, y en prescindir del carácter mágico de la España ritual en los siglos XVI y XVII. La carne de los toros lidiados en la festividad del santo patrón de un pueblo servía para conjurar los pedriscos.

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