La generación del 98 es una generación histórica, y por lo tanto, tradicional. Su empresa es la continuidad. Y viniendo a continuar se produce la pugna entre lo anterior y lo que se trata de imponer. El hecho es lógico. No hay verdadera y fecunda continuación sin que algo sea renovado. En este renovarse de las cosas, cobran las cosas mayor vitalidad. A lo largo de la Historia--en este caso la Historia de España- han existido diversos y múltiples momentos de renovación, es decir, de cambio. Han cambiado las costumbres y ha cambiado la manera literaria. Lo que interesa, en cada caso, es ver en qué se funda la pugna entre lo que venía viviendo y lo posterior.
“Las leyes de la Historia- dice don Juan de Ferreras- son referir sin pasión lo próspero y lo adverso, sin dejarse cegar del amor de la Patria.” Estas palabras de Ferreras son comentadas por Fray Jacinto Segura en la segunda parte, discurso octavo, de su Norte crítico con las reglas más ciertas para la discreción en la historia. La imparcialidad es esencial en la Historia. El historiador debe ser un espectador sereno. La más provechosa lección que pueda emanar de un libro de historia, será acaso, no lo que se nos enseñe en él, sino ese considerar ecuánime del historiador y ese su producirse serenamente. Pero es tan reprobable la inclinación a un lado, como la parcialidad en el otro. Y si la exaltación hiperbólica desplaza en la Historia y daña en cierto sentido a lo que se exalta, del mismo modo debe evitarse la proclividad en opuesto sentido. No queremos averiguar ahora, por ejemplo, si Saavedra Fajardo tiene razón en su República literaria al decir que Mariana "desapasionado con las demás naciones, no perdona a la suya, y la condena en lo dudoso".
¿Cómo no iban a reaccionar los escritores de 1898 contra el énfasis, el superlativo elogioso y la hipérbole desmandada? Y ese era, desde luego, un motivo de pugna. Pero había otra causa de discrepancia. En este punto entramos en lo verdaderamente esencial. De la historia pasamos a la estética en general. No se trata ya nuevamente de escribir la Historia, sino de ver la vida, que es materia historiable. La divergencia con lo que se venía predicando es, en punto de materia historiable, fundamental. ¿Qué es lo historiable para Baroja? ¿Cómo. entiende Unamuno la Historia? ¿De qué modo Baroja ha trazado el cuadro de la España contemporánea? Los grandes hechos son una cosa y los menudos hechos son otra. Se historia los primeros. Se desdeña los segundos. Y los segundos forman la sutil trama de la vida cotidiana. "Primores de lo vulgar", ha dicho elegantemente Ortega y Gasset. En eso estriba todo. Ahí radica la diferencia estética del 98 con relación a lo anterior. Diferencia en la historia y diferencia en la literatura imaginativa. Cuando el historiador citado arriba, don Juan Ferreras, nos pinta la entrevista de Carlos I y Francisco, el rey de Francia, en la prisión de éste en Madrid, ¿qué hace sino poner en práctica la norma de primores de lo vulgar? La página es verdaderamente deliciosa. Los pormenores vulgares con que se nos pinta el cuadro hacen que la escena quede grabada en nuestra memoria.
Lo que no se historiaba, ni novelaba, ni se cantaba en la poesía, es lo que la generación del 98 quiere historiar, novelar y cantar. Copiosa y viva y rica materia nacional, española, podía entrar, con tales propósitos, la de la generación del 98, en el campo del arte. Unamuno, en una de sus cartas a Ganivet escribe:
"La historia, la condenada historia, que es en su mayor parte una imposición del ambiente, nos ha celado la roca viva de la constitución patria: !a historia, a la vez que nos ha revelado gran parte de nuestro espíritu en nuestros actos, nos ha impedido ver lo más íntimo de ese espíritu. Hemos atendido más a los sucesos históricos que pasan y se pierden, que a los hechos subhiistóricos, que permanecen y van estratificándose en profundas capas. Se ha hecho más caso del relato de tal cual hazañosa empresa de nuestro siglo de caballerías, que a la constitución rural de los repartimientos de pastos en tal o cual olvidado pueblecillo."
La estética de los primores de lo vulgar la había ya definido en 1651 un agudo tratadista español de historia: el carmelita Fray Jerónimo de San José. En su precioso libro Genio de la historia, capítulo VIII, escribe Fray Jerónimo de San José:
"A los que sabemos y vemos hoy las cosas, y las tocamos y traemos entre las manos, nos cansa y parece superfluo el referirlas con mucha particularidad. Como si se trata de una ciudad, de una religión y convento en que vivimos, el decir sus ritos y usos ordinarios, y representar sus edificios, campos, huertas y otras cosas tales, por ser ya muy sabidas, aun del vulgo. Pero al que vive en muy remotas tierras, o a los venideros de los siglos futuros. que ni saben ni verán lo que sabemos y vemos ahora los presentes, todo aquello que a nosotros es muy vulgar, será muy raro, y lo que nos parece poco y pequeño, será para ellos mucho y muy grande."