“El barroco del Nuevo Mundo” de El espejo enterrado

Carlos Fuentes

Los altos ideales del Renacimiento fueron puestos a prueba durante una de las más prolongadas épocas de violencia de la historia europea: las guerras de religión.

Entre la Reforma y la paz de Westfalia, los ideales y la realidad vuelven a divorciarse. La respuesta a esta separación es, nuevamente, de orden sensual. La Reforma protestante expulsó a las imágenes de sus iglesias, considerándolas pruebas de idolatría papista. Pero semejante puritanismo fue trascendido por una forma extraordinaria de la compensación sensual en la música, sobre todo la gloriosa música de Juan Sebastián Bach. La rígida contrarreforma católica también hubo de hacer una concesión a la sensualidad. Ella fue el arte del barroco, la excepción expansiva y dinámica a un sistema religioso y político que quería verse a sí mismo unificado, inmóvil y eterno. El barroco europeo se convirtió en el arte de una sociedad mutante, de cambios inmensos agitándose detrás de la rígida máscara de la ortodoxia. Pero si esto fue cierto en la Europa católica, habría de serlo mucho más en las nacientes sociedades del Nuevo Mundo, donde los obstáculos opuestos al cambio eran, quizás, mayores aún que en Europa.

He insistido en que el descubrimiento de América se tradujo, para el Renacimiento, en el hallazgo de un lugar para la utopía. Pero rápidamente, en el Nuevo Mundo como en Europa, la distancia entre los ideales y la realidad no hizo sino aumentar. El paraíso americano pronto se convirtió en un infierno. Los europeos trasladaron a América los sueños de sus propias utopías fracasadas, y éstas se convirtieron en pesadillas a medida que el poder colonial se extendió, y en vez de ser los beneficiarios de la utopía, los pueblos aborígenes de las Américas se convirtieron en las víctimas del colonialismo, despojados de su antigua fe y de sus tierras hereditarias, y obligados a aceptar una nueva civilización y una nueva religión, mientras el Renacimiento europeo seguía soñando en una utopía cristiana en el Nuevo Mundo. La utopía fue destruida por las duras realidades del colonialismo: el saqueo, la esclavitud e incluso el exterminio. Igual que en Europa, entre el ideal y la realidad apareció el barroco del Nuevo Mundo, apresurándose a llenar el vacío. Pero, en el continente americano, dándole también a los pueblos conquistados un espacio, un lugar que ni Colón ni Copérnico podían realmente otorgarles; un lugar en el cual enmascarar y proteger sus creencias. Pero sobre todo, dándonos a todos nosotros, la nueva población de las Américas, los mestizos, los descendientes de indios y españoles, una manera para expresar nuestras dudas y nuestras ambigüedades.

¿Cuál era nuestro lugar en el mundo? ¿A quién le debíamos lealtad? ¿A nuestros padres europeos? ¿A nuestras madres quechuas, mayas, aztecas o chibchas? ¿A quién deberíamos dirigir ahora nuestras oraciones? ¿A los dioses antiguos o a los nuevos? ¿Qué idioma íbamos a hablar, el de los conquistados, o el de los conquistadores? El barroco del Nuevo Mundo se hizo todas estas preguntas. Pues nada expresó nuestra ambigüedad mejor que este arte de la abundancia basado sobre la necesidad y el deseo; un arte de proliferaciones fundado en la inseguridad, llenando rápidamente todos los vacíos de nuestra historia personal y social después de la Conquista con cualquier cosa que encontrase a la mano.

Arte de la paradoja: arte de abundancia, prácticamente ahogándose en su propia fecundidad, pero arte también de los que nada tienen, de los mendigos sentados en los atrios de las iglesias, de los campesinos que vienen a la misma iglesia a que se les bendigan sus animales y pájaros, o que invierten los ahorros de todo un año de dura labor, a incluso el valor de sus cosechas, en la celebración del día de su santo patrono. El barroco es un arte de desplazamientos, semejante a un espejo en el que constantemente podemos ver nuestra identidad mutante. Un arte dominado por el hecho singular e imponente de que la nueva cultura americana se encontraba capturada entre el mundo indígena destruido y un nuevo universo, tanto europeo como americano.

En el barrio indígena de la gran capital minera de Potosí, en el Alto Perú, la leyenda dice que vivió una vez un huérfano indio proveniente de las bajas tierras tropicales del Chaco. El mito le dio a este niño un nombre: José Kondori, y en Potosí aprendió a trabajar la madera y las artes del estofado y de la carpintería. Hacia 1728, este arquitecto indio autodidacta estaba construyendo las magníficas iglesias de Potosí, sin duda la más brillante ilustración sobre lo que significa el barroco en la América Latina. Pues entre los ángeles y las viñas de la fachada de San Lorenzo, aparece una princesa incásica, con todos los símbolos de su cultura derrotada animados por una nueva promesa de vida. La media luna indígena agota la tradicional serenidad de la viña corintia, el follaje de la selva americana y el trébol mediterráneo se entrelazan. Las sirenas de Ulises tocan la guitarra peruana. Y la flora, la fauna, la música e incluso el sol del antiguo mundo indígena, se reafirman con fuerza. No habría cultura europea en el Nuevo Mundo a menos que éstos, nuestros símbolos nativos, sean admitidos en pie de igualdad. Más allá del mundo del imperio, el oro y el poder; más allá de las guerras entre religiones y dinastías, un valiente mundo nuevo se estaba formando en las Américas, con manos y voces americanas. Una nueva sociedad, una nueva fe, con su lenguaje propio, sus propias costumbres, sus propias necesidades. Esta realidad constituyó un nuevo desafío para España, el de renovar su misión cultural, que siempre consistió en ser centro de incorporaciones y no de exclusiones culturales.

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