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Los
uruguayos tenemos cierta tendencia a creer que nuestro país
existe, pero el mundo no se entera. Los grandes medios de comunicación,
los que tienen influencia universal, jamás mencionan a está
nación chiquita y perdida al sur del mapa
Por excepción, la prensa británica se ocupó
de nosotros, en vísperas de la visita del príncipe
Carlos. Entonces, el prestigioso diario "THE TIMES" informó
a sus lectores que la ley uruguaya autoriza al marido traicionado
a cortar la nariz de la esposa infiel y a castrar al amante. THE
TIMES atribuyó a nuestra vida conyugal esas malas costumbres
de las tropas
coloniales británicas: se agradece la gentileza, pero la
verdad que tan bajo no hemos caído. Este país bárbaro,
que abolió los castigos corporales en las escuelas ciento
veinte años antes que Gran Bretaña, no es lo que parece
ser cuando se lo mira desde arriba para abajo y desde lejos. Si
los periodistas se bajaran del avión, podrían llevarse
algunas sorpresas.
Los uruguayos somos poquitos, nada más que tres millones.
Cabemos, todos, en un solo barrio de cualquiera de las grandes ciudades
del mundo.
Tres millones de anarquistas conservadores: no nos gusta que nadie
nos mande, y nos cuesta cambiar. Cuando nos decidimos a cambiar,
la cosa va en serio.
Ahora soplan, en el país, buenos vientos de cambio. Ya va
siendo hora de que nos dejemos de ser testigos de nuestras desgracias.
Uruguay lleva mucho tiempo estacionado en su propia decadencia,
desde las épocas en que supimos estar en la vanguardia de
todo. Los protagonistas se habían vuelto espectadores. Tres
millones de ideólogos políticos, y la política
práctica en manos de los politiqueros que han convertido
los derechos ciudadanos en favores del poder; tres millones de directores
técnicos de fútbol, y el fútbol uruguayo viviendo
de la nostalgia; tres millones de críticos de cine, y el
cine nacional no ha pasado de ser una esperanza.
El país que es, vive en perpetua contradicción con
el país que fue.
La jornada de trabajo de ocho horas se impuso por ley, en Uruguay
un año
antes que en Estados Unidos y cuatro años antes que en Francia;
pero hoy en día encontrar trabajo es un milagro, y más
milagro es llenar la olla trabajando nada más que ocho horas:
sólo Jesús podría, si fuese uruguayo y si fuera
capaz de multiplicar los panes y los peces.
Uruguay tuvo ley de divorcio setenta años antes que España,
y voto femenino antes que Francia; pero la realidad sigue tratando
a las mujeres peor que los tangos, lo que ya es decir, y las mujeres
brillan por su ausencia en el poder político, escasas islas
femeninas en un mar de machos.
Este sistema, cansado y estéril, no sólo traiciona
su propia memoria: además, sobrevive en contradicción
perpetua con la realidad.
El país depende de ventas de carne al exterior, cueros, lanas
y arroz, pero el campo está en manos de pocos. Esos pocos,
que predican las virtudes de la familia cristiana pero echan a los
peones que se casan, acaparan todo.
Mientras tanto, quien quiere tierra para trabajar recibe un portazo
en las narices; y quien alguna tierrita consigue, depende de créditos
que l pocos, que predican las virtudes de la familia cristiana pero
echan a los peones que se casan, acaparan todo. Mientras tanto,
quien quiere
tierra para trabajar recibe un portazo en las narices; y quien alguna
tierrita consigue, depende de créditos que los bancos otorgan
siempre al que tiene, y jamás al que necesita. Harto de recibir
un peso por cada producto que vale diez, los pequeños productores
rurales terminan buscando mejor suerte en Montevideo. A la capital
del país, centro del poder
burocrático y de todos los poderes, acuden los desesperados,
esperando el trabajo
que niegan las fábricas cubiertas de telarañas. Muchos
terminan recogiendo
basura; y muchos siguen viaje desde el puerto o aeropuerto.
En materia de contradicciones entre el poder y la realidad, ganamos
los campeonatos mundiales que el fútbol nos niega. En el
mapa, rodeado por sus grandes vecinos, el Uruguay parece enano.
No tanto. Tenemos cinco veces más tierra que Holanda, y cinco
veces menos habitantes. Tenemos más tierra cultivable que
Japón, y una población cuarenta veces menor. Sin embargo,
son muchos los uruguayos que emigran, porque aquí no encuentran
su lugar bajo el sol. Una población escasa y envejecida;
pocos niños
nacen, en las calles se ven más sillas de ruedas que cochecitos
de bebés.
Cuando esos pocos niños crecen, el país los expulsa.
Exportamos jóvenes. Hay
uruguayos hasta en Alaska y Hawai. Hace veinte años, la dictadura
militar arrojó a
mucha gente al exilio. En plena democracia, la economía condena
al destierro a mucha gente más. La economía está
manejada por los banqueros, que practican el socialismo socializando
sus fraudulentas bancarrotas y practican el capitalismo ofreciendo
un país de servicios. Para entrar por la puerta de servicio
al mercado mundial, nos reducen a un
santuario financiero con secreto bancario, cuatro vacas atrás,
y vista al mar.
En esa economía, la gente sobra, por poca que sea. Modestia
aparte, todo hay que decirlo, también por buenos motivos
merecíamos figurar en la guía de los GUINNESS. Durante
la
dictadura militar, no hubo en Uruguay ni un solo intelectual importante,
ni científico relevante, ni artista representativo, ni uno
solo, dispuesto a aplaudir a los mandones. Y en los tiempos que
corren, ya en democracia, Uruguay fue el único país
en el mundo que derrotó las privatizaciones en consulta popular:
En el plebiscito del 92, el 72 por ciento de los uruguayos decidió
que los servicios públicos esenciales seguirán siendo
públicos. La noticia no mereció ni una sola línea
en la prensa mundial, aunque era una insólita prueba de sentido
común. La experiencia de otros países latinoamericanos
nos enseña que las privatizaciones pueden engordar las cuentas
privadas de algunos políticos, pero duplican la
deuda externa, como ocurrió en Argentina, Brasil, Chile y
México en los últimos diez
años; y las privatizaciones humillan, a precio de banana,
la soberanía. El habitual silencio de los grandes medios
de comunicación evitó cualquier mínima posibilidad
de que el plebiscito contagiara su ejemplo fuera de fronteras. Pero,
fronteras adentro, aquel acto colectivo de afirmación nacional
a contraviento, aquel sacrilegio contra la dictadura
universal del dinero, anunció que estaba viva la energía
de dignidad que el terror militar había querido aniquilar.
Ojalá las urnas confirmen, en las elecciones venideras, que
la
vocación responde en este paradójico país,
donde yo nací y volvería a nacer:
"AHORA SOPLAN, EN EL PAÍS, BUENOS VIENTOS DE CAMBIO.
YA VA SIENDO HORA QUE NOS DEJEMOS DE SER TESTIGOS
DE NUESTRAS DESGRACIAS"
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