BASES PARA UNA CONSTRUCCIÓN INTEGRA DE LA IDENTIDAD CULTURAL

 

   La identidad cultural de una ciudad, entendida como la cultura internalizada en sujetos, subjetivada, apropiada bajo la forma de una conciencia de sí en un campo ilimitado de significaciones compartidas con otros, es no sólo la sumatoria  de las sub -  culturas que la integran sino también el reconocimiento y la interacción entre las mismas, entendiendo como cultura al conjunto de respuestas colectivas a las necesidades vitales, las soluciones acumuladas de un grupo humano, que tienen una estructuración interna frente a las condiciones del ambiente natural y social, y que todas las sociedades desarrollan cultura. Es necesario reconocer todas las fragmentaciones de la ciudad para lograr una construcción  de la identidad con un sentido integrador.

 La aceptación de la diversidad cultural en el seno de una comunidad y la conciliación entre pluralismo cultural y unidad nacional constituyen algunos de los mayores desafíos que habrán de afrontar las políticas culturales en el porvenir.

 El museo puede elegir una serie de objetos para que formen una colección, al tiempo que discrimina otros al seguir un determinado criterio de valoración.   Esto significa según Crimp que el museo puede convertirse también en un espacio de exclusión y confinamiento.

 El museo , como educador no formal y herramienta ideológica, actúa como “aparato fragmentador” de la sociedad o como “conciliador”, no existiendo una alternativa intermedia. Si optamos por su potencialidad conciliadora, debe presentar al espectador un recorte representativo del patrimonio cultural, teniendo en cuenta que el patrimonio esta constituido por el conjunto de bienes y deudas; no es solo el conjunto de los monumentos históricos sino la totalidad dinámica y viva de la creación del hombre y que la cultura definida únicamente a partir de criterios estéticos no expresa la realidad de otras formas culturales.  Algunos bienes de nuestra sociedad son acervo de nuestros museos, pero las deudas, y, puntualmente aquellas expresiones materiales de la pobreza, difícilmente las encontremos en ellos,  situación esta que nos permitiría tener un conocimiento más global (y real) de nuestra identidad. Si reconocemos al museo como sistema de comunicación, este actúa como un potente instrumento mediador que torna invisibles ciertas prácticas, identidades y actores sociales, mientras da exhaustiva visibilidad a otras. De tal modo, si sostenemos la importancia del carácter reflexivo de la cultura y al museo como mediador entre esta y el publico la no-presentación de la cultura en un aspecto completo e integro, necesariamente conducirá a una reflexión incorrecta o por lo menos parcializada, mutilada e incompleta.

 Surge entonces la necesidad de incluir a las expresiones  de la pobreza dentro de nuestro patrimonio cultural, trayendo como consecuencia esto una revisión en las actividades a realizar para con el patrimonio, donde la primera instancia pasaría a ser el Reconocimiento, documentación (como pilar fundamental para las resoluciones a tomar),difusión, preservación, destrucción o modificación según sea el caso.

 La aceptación de la pobreza dentro del patrimonio contribuye a construir una idea acabada y completa de nuestra identidad cultural y  abre aún más el abanico de responsabilidades del museo así como también la utilidad del mismo por lo menos en países en “vías de  desarrollo”, “mercados emergentes”,  “ del Tercer Mundo “, “periféricos”o “subdesarrollados”, como el nuestro.

  Solo reconociendo nuestro patrimonio en un sentido integrador, podremos desarrollar una política cultural en beneficio de todos y proteger así nuestros bienes culturales y saldar nuestras deudas.

 

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