Por lo que se conoce del Sabbat y a través de otras evidencias, muchos expertos contemporáneos han llegado a la conclusión de que la brujería constituía la reliquia de determinados aspectos de una antigua religión popular, esencialmente un culto a la fertilidad, que existía por toda Europa antes de la llegada del cristianismo. Según esta teoría, dicha antigua religión convivió con el cristianismo durante la época medieval, aunque poco a poco fue perdiendo adeptos e importancia.

Al tiempo que el cristianismo fue ganando importancia, la mayoría de la gente empezó a considerar a los dioses de la antigua religión como demonios. Aquellos que practicaban la antigua religión acabaron convirtiéndose en brujos a los ojos de las autoridades eclesiásticas y de los cristianos ortodoxos.

En el mundo antiguo

En la antigüedad, la creencia en las prácticas mágicas a través de la intervención de espíritus y demonios fue casi universal. Los escritos egipcios hablan de conjuradores y adivinos que obtenían sus poderes de los demonios y los dioses extranjeros. En el relato egipcio del enfrentamiento entre Moisés y el faraón, para que los israelitas puedan salir de Egipto, Moisés aparece como un practicante de la brujería y sus seguidores como siervos de un dios extranjero y detestable, que, por lo tanto, son brujos. En el relato bíblico del mismo episodio, los sacerdotes egipcios que compiten con Moisés aparecen como hechiceros malignos. El mandato bíblico: "No permitirás la vida de los hechiceros" (Éxodo 22,18) fue una de las principales justificaciones para las persecuciones de brujos en tiempos posteriores. En el Código de Hammurabi se encuentra una prohibición aún más antigua sobre la brujería. A pesar de todo, ésta continuó floreciendo, y tanto los caldeos y los egipcios como otros pueblos occidentales fueron famosos por sus conocimientos de la brujería.

La hechicería y la magia también se desarrollaron en Grecia antigua, baste recordar a figuras como Medea y Circe, prácticas que pasaron a Roma y que fueron bien asimiladas por la población. En el siglo II, Apuleyo escribió mucho sobre los poderes y ritos de las hechiceras y en la Apología afirma que en la región helénica de Tesalia había muchas brujas y que éstas podían incluso dominar la naturaleza. Sin embargo, otros escritores, como Petronio y Horacio, se habían burlado de estas creencias y las consideraban propias de gente inculta y vulgar. Con la llegada del cristianismo y el rechazo de esta comunidad religiosa a aceptar las divinidades oficiales, los cristianos sufrieron persecución, pero con su triunfo, a partir del emperador Constantino, se atacó al paganismo y especialmente a sus ritos. A lo largo del siglo IV se desarrolló el Código Teodosiano, en el que se condenaba explícitamente el culto idolátrico y cualquier aspecto de la magia. Una de estas leyes condenaba con la pena capital a quienes celebraran sacrificios nocturnos en honor de los demonios, y por demonio se podía entender cualquier cosa: la persecución a las brujas había comenzado.

De todas maneras, la Iglesia cristiana fue indulgente con cierta brujería, por lo arraigada que estaba en la población, sobre todo la relativa a supuestos hechizos o bebedizos acompañados de oraciones que tanto servían para curar un catarro como para despertar una pasión amorosa, y que en definitiva no eran otra cosa sino hierbas medicinales y afrodisíacos. A las personas convictas por estas prácticas sólo se las condenaba a hacer penitencia. Los sacerdotes luchaban por erradicar la fe pagana y el elemento mágico o milagrero que se atribuía a lo que era un remedio medicinal. Pero para consolidar su poder, la Iglesia no podía ni plantear un conflicto global con los numerosísimos devotos de la religión antigua, ni tolerar los viejos ritos, pues además, según fuentes dignas de confianza, muchos cristianos también creían en estos hechizos. Así es que lo que se hizo fue perseguir los auténticos ritos mágicos.

La oposición cristiana

La actitud de la Iglesia empezó a endurecerse conforme fue fortaleciéndose lo suficiente como para luchar abiertamente contra la ya decadente antigua fe. Por otra parte, la creciente inquietud social durante la edad media tardía y comienzos de la época moderna, encontró su expresión en la brujería así como en la herejía y el secularismo. Como estas tendencias amenazaban con socavar la autoridad eclesiástica, los prelados de la Iglesia consideraron el secularismo como herejía, identificaron herejía con brujería e intentaron destruir las tres a la vez. La bula papal más influyente contra la brujería fue la Summis Desiderantes, promulgada por Inocencio VIII en 1484. Con el fin de ejecutarla, nombró inquisidores regionales.

La fiebre de la caza de brujas obsesionó a Europa desde el año 1050 hasta finales del siglo XVII, apaciguándose ocasionalmente para resurgir después con furia renovada. Los hijos eran obligados a denunciar a sus padres, los maridos a sus mujeres y los familiares y vecinos entre sí. Se pagaba a los testigos para que declararan. Se inflingieron torturas inhumanas para forzar la confesión y los inquisidores no dudaban en traicionar sus promesas de perdón a aquellos que reconocían su culpa. Surgió una clase profesional de cazadores de brujas que reunían las acusaciones y después ponían a prueba a los sospechosos de brujería. Se les pagaba una recompensa por cada fallo condenatorio. La prueba más común consistía en el punzamiento. Se suponía que todos los brujos y brujas tenían marcas en alguna parte de su cuerpo, hechas por el diablo, que eran insensibles al dolor. Si se encontraba alguna de ellas, se consideraba muestra de brujería. Entre otras pruebas estaban los pezones extra, que supuestamente servían para amamantar a los espíritus siervos, la imposibilidad de llorar y el fallo en la prueba del agua. En esta última, si una mujer se hundía cuando era arrojada en un tonel de agua, se la considerada inocente; si flotaba, era culpable.

La persecución

En el nombre de Dios y, precisamente por eso, considerando que todos los procedimientos son válidos y justos, la Santa Inquisición vino a poner orden en los asuntos del diablo y a llenar de espanto todos los rincones de  Europa.

Fue un tribunal nefasto, injusto y  por supuesto,  inhumano. Algo de lo que la Iglesia nunca podrá arrepentirse suficientemente.

Pues su planteamiento, en  principio, era ya absolutamente inmoral: no eran los  acusadores quienes debían demostrar que los cargos imputados al acusado eran verdad; sino que eran los  pobres prisioneros, insertados en algún teórico delito  horrible de herejía o brujería, los que debían demostrar fehacientemente que ellos no habían hecho nada condenable. Cosa que obviamente, resultaba muy difícil. Una simple denuncia de un vecino, enemigo por roces de convivencia, en el sentido de que uno era blasfemo y practicaba ciertas relaciones diabólicas, aspectos y prácticamente imposibles de probar llevaba al acusado a las mazmorras, a los interrogatorios interminables  y crudelísimos de aquellos sádicos justicieros y fanáticos, a las torturas y a las vejaciones más humillantes y  finalmente, a la confesión que se pretendía. Y no había remedio.

El argumento teológico básico de los tribunales de la  Inquisición era verdaderamente indiscutible y sumamente fiable: "Dios no podía permitir que unos jueces  que andaban persiguiendo a sus detractores, a los adoradores del diablo y de la superstición, cayeran en el  error". De modo que no había solución favorable para  el reo en casi ningún caso. Si el Santo Tribunal recono­cía que no existía motivo de procesamiento, el acusado,  tras varios años de cárcel, era puesto en libertad sin nin­gún tipo de compensación ni disculpa; Dios lo había  querido así. Pontífices, teólogos y gobernantes, en feliz  contubernio, tomaron cartas en el asunto de las brujas.

Como señala Julio Caro Caroja, "de todas las disposiciones pontificias, la que más fama ha tenido, la considerada como básica durante mucho tiempo en las actuaciones de jueces eclesiásticos y civiles, es la bula  "Summis desiderantes affectibus" de Inocencio VIII,  fechada a 9 de diciembre de 1484 y dirigida a varios prelados alemanes, en cuyas diócesis estaba muy extendido  el mal". En la bula se fijan los poderes de los inquisido­res para reprimirlo. Pero la parte más curiosa de ella es  la consagrada a describir los actos de los brujos: "Re­cientemente ha venido a nuestro conocimiento dice,  no sin que hayamos pasado por un gran dolor, que en  algunas parte de la alta Alemania, en las provincias,  villas, territorios, localidades y diócesis de Mayenza,  Colonia, Treves, Salzburgo y Brema, cierto número de  personas de uno y del otro sexo, que olvidando su propia salud y apartándose de la fe católica, se dan a los demonios íncubos y súcubos y, por sus encantos, hechizos, conjuros, sortilegios, crímenes y actos infames, destruyen y matan el fruto en el vientre de las mujeres, ganados y otros animales de especies diferentes; destruyen las cosechas, las vides, los huertos, los prados y pastos, los trigos, los granos y otras plantas y legumbres de la tierra; afligen y atormentan con dolores y males atroces, tanto interiores como exteriores, a estos mismos hombres, mujeres, bestias, rebaños y animales e impiden que los hombres puedan engendrar y las mujeres concebir y que los maridos cumplan el deber conyugal con sus mujeres y las mujeres con sus maridos; con boca sacrílega reniegan de la fe que han recibido en el Santo Bautismo; no temen cometer y perpetrar, a instigación del enemigo, del género humano, otros muchos excesos y crímenes abominables, con peligro de sus almas, desprecio de la Divina Majestad y peligroso escándalo de muchos".

Los autores del Código de la Brujería.

Dos hermanos predicadores, nombrados para hacer inquisición en aquellas tierras, habían encontrado cierta hostilidad ante el clero y la gente, allá donde fueron a ejercer su menester. En vista de ello, recurrieron al Papa, que escribió al arzobispo de Strasburgo para que se les dieran facilidades, ya que de él tenían concedidos poderes omnímodos.

La actuación de estos dos hermanos predicadores fue memorable. Pero más memorable aún fue el resultado intelectual de ella. En colaboración, escribieron el "Malleus maleficarum", un Código especialmente consagrado a los delitos de Brujería, que se imprimió por primera vez en 1486, que se reimprimió muchas veces desde entonces y que, en épocas modernas, ha sido publicado por eruditos como curiosidad.

Sus autores, los dominicos Jacobo Sprenger y Enrique Institoris, dividieron la obra en tres partes.

En la primera de ellas se discute la posibilidad teórica, desde la perspectiva de la Filosofía, la Teología y las Sagradas Escrituras, de la existencia de brujas y, sobre todo, de sus manifestaciones como agentes del diablo en la tierra.

La primera cuestión a plantear es si el brujo obra como tal por su propia voluntad o por influencia del demonio. Como razonamiento previo, se ha de tener en cuenta que el hombre está guiado, según su cuerpo, por los astros; según su inteligencia, por los ángeles y, según su voluntad, por la inspiración de Dios. Como está claro entonces que el diablo no puede mover el libre albedrío, estrechamente ligado a la voluntad, se concluye que el brujo se degrada por su propio pecado, al desoír la inspiración divina que sopla sobre él. Y a modo de sentencia final, se cita a San Agustín: "Cada uno es causa de su propia maldad".

Pasa después al tema de los demonios íncubos y súcubo, citados ya en la bula de Inocencio VIII y que, como dijimos son demonios súcubos los que, adoptando forma de mujer, reciben el semen dé los hombres. A continuación pasan a actuar como demonios íncubos, cuando transmiten el semen tan engañosamente obtenido a las mujeres que se les entregan en las ceremonias orgiásticas.

Consecuencia de lo anterior es la grave interrogante de si podría haber procreación a través de estos demonios íncubos y súcubos. Aquí, los autores del Malleus se lavan las manos, citando razonamientos opuestos. A saber:

Quienes aducen que la procreación fue instituida por Dios antes del pecado, cuando formó a Eva de una costilla de Adán y les dijo: Creced y multiplicaos. Por tanto, no puede existir otra manera de hacer hombres que ésta, anterior al pecado, e instituida por Dios. Y los otros que aseguran no sólo que puede haber hijo, sino que resuelven la gravísima cuestión de otorgar la paternidad. En efecto, se plantea entonces la duda de si ésta corresponde al ignorante que hizo tan peregrina donación de semen o al propio demonio. La resuelven sentenciando que el dar vida es sobre todo una cuestión de alma y no de elementos materiales. Por lo tanto, el padre legítimo sería sin lugar a dudas el demonio.

Por último, antes de pasar a la segunda parte, se clasifican los males que puede sufrir el hombre, como pertenecientes a cuatro especies bien diferentes:

Ministeriales: Aquellos que vienen por el ministerio de los ángeles buenos. Por ejemplo, las diez plagas que Moisés logró se enviaran sobre Egipto, para convencer al reacio Faraón. Aquí no se especifica cómo catalogarían estos males los pobres egipcios, quienes desde luego no calificarían precisamente de ángeles buenos a los causantes de los desaguisados.

Dañosos: Vienen por la acción de los malos espíritus. En las Sagradas Escrituras se llaman incursiones de los ángeles malos, como las que golpean al pueblo elegido en su tránsito por el desierto.

Maléficos: Son los que, a través de magos y brujos, se producen por intervención diabólica.

Naturales: Son, por último, los causados por influjo de cuerpos celestes y de la misma Naturaleza: pedriscos, terremotos, etc.

Y llegamos a la segunda parte del Malleus, que constituye un amplio recetario de remedios, algunos enormemente pintorescos, amén de un muestrario de casos prácticos. Como ejemplo de unos y otros, valgan los siguientes:

"Es público y notorio, como refiere Pedro, juez de Boltigen, que en el territorio de Berna, trece niños habían sido devorados por las brujas y la justicia pública había sido ejercitada con singular dureza sobre tales infanticidas. Cuando Pedro preguntó a una de las brujas capturadas de qué manera se comían los niños, respondió ésta: Sobre todo, procuramos capturar niños aún no bautizados o ya bautizados, cuando se encuentran protegidos por la señal de la cruz y las oraciones. Por medio de encantamientos, los matamos en sus cunas, incluso cuando duermen de lado de sus padres. Estos, tras de ello, piensan haberlos asfixiado o que han muerto por otras causas; después, nosotras los robamos secretamente de sus tumbas, los ponemos a cocer en una caldera hasta que toda la carne se desprende de los huesos y se pone casi liquida. Del elemento más sólido hacemos un ungüento que nos sirve para nuestros artificios, nuestros placeres y nuestros transportes. Con el elemento más liquido llenamos un recipiente como un odre: aquel que beba de él, acompañando varias ceremonias, adquiere inmediatamente un conocimiento universal y se convierte en maestro de nuestra secta".

"En la ciudad de Ratisbona, un joven mantenía relaciones con una muchacha. Cuando quiso abandonarla, perdió su miembro viril bajo los efectos de algún sortilegio, hasta el punto de no tocar ni ver más que una superficie aplastada. Angustiado por ello, se fue a una taberna para adquirir vino. Sentándose un momento, se puso a hablar con una mujer para contarle con detalle la causa de su tristeza y le mostraba cómo así ocurría en su cuerpo. Astuta, ella le preguntó si sospechaba dé alguna mujer. El le dijo que sí y le dio el nombre de ella, contándole, además, lo que había pasado. La mujer le dijo entonces: Si para decidirla a devolverte la salud, no es bastante utilizar buenos modales, convendrá usar de alguna violencia. Así, el joven, al llegar el crepúsculo, se apostó en el camino por el que habitualmente pasaba la bruja. Cuando la vio, le rogó devolviese la salud a su cuerpo. Ella se declaró inocente y afirmó que no sabia nada del asunto. Entonces, arrojándose sobre ésta, le rodeó el cuello con una toalla y la ahogaba diciendo: Si no me devuelves la salud, morirás a mis manos. Como no podía hablar, ya que tenía la cara tumefacta, abrió la boca y, entonces el joven aflojó la presión. La vieja gritó: Líbrame y te curaré. La bruja, en efecto, tocó al hombre entre las piernas y le dijo: Ya tienes lo que deseas. Como el joven contaba después, él había sentido perfectamente, antes de asegurarse por medio de la vista y el tacto, cómo su miembro le era devuelto, con sólo el tocamiento de la bruja".

Antes de pasar a relatar algunos de los remedios pro­puestos, conviene detenernos en un punto del Malleus, en el que se advierte cómo para lanzar maleficios suelen valerse las brujas de elementos como instrumentos de los sacramentos o algunas otras cosas consagradas a Dios. Los demonios lo hacen por tres razones, así tam­bién cuando escogen para realizar sus maleficios, los días santos del año: la primera razón . es que los hombres, no sólo se hacen apostatas, sino también sacrílegos, manchando todo lo posible las cosas divinas y así ofenden más intensamente al Creador, condenan­do más profundamente sus almas. La segunda consiste en que, sintiéndose Dios mucho más ofendido, deja a los demonios mayor poder para hacer daño a los hombres. Y la tercera es que, así, bajo la apariencia del bien, el diablo equivoca más y mejor a los sencillos, que creyendo hacer prácticas sagradas, en busca de los bene­ficios de Dios, han cometido sacrilegio, excitando su cólera.

Y en cuanto a los remedios, he aquí, a modo de ejemplo, un singular método empleado, bien para anu­lar el maleficio, bien para vengarse del que lo causó:

"Alguno, herido en sí mismo o en los suyos, va a buscar a una bruja, deseando conocer a su malhechor. Entonces, la bruja vierte varias veces plomo fundido en el agua hasta que se forma, mediante el poder del diablo, una imagen en el metal solidificado. Sobre ella pregunta la bruja a su cliente dónde quiere herir al causante de sus desgracias. Y una vez el cliente ha esco­gido el lugar de la herida, inmediatamente, en el mismo lugar de la imagen que ha aparecido sobre el plomo solidificado, hace una marca de la lesión e indica el lugar en el que se encontrará al culpable, sin decir jamás su nombre. Y la experiencia muestra que se descubre a la bruja malhechora con una herida precisamente del mismo carácter y en el mismo lugar que se señaló sobre el plomo".

Naturalmente, este remedio se califica de ilícito, unas líneas más abajo, no obstante la clara incitación a utili­zarlo que se desprende de su lectura. Tal vez para com­pensar se citan también métodos mucho más ortodoxos: la confesión sacramental, la señal de la cruz, la saluta­ción angélica, el uso de exorcismos, el traslado de lugar y la. prudente excomunión lanzada por algún santo. Pero, no obstante, la mayor parte dé ellos son del tipo del ¡licito, eso si, con una enorme gama de variantes.

Y llegamos a la tercera y última parte del Malleus Maleficarum. En ella se trata de agotar el aspecto jurídico del tema. Se sugieren métodos de interrogatorio o de procedimiento inquisitorial, pretendiendo enseñar en pocas lecciones cómo tratar debidamente a las brujas. Un caso típico de esta tercera parte el el debate acerca del comportamiento que ha de seguirse con una acusada. En primer lugar han de concordar tres cosas: mala fama, indicios del hecho y deposiciones de los testigos. En esto todo se muestran de acuerdo. Pero, a partir de aquí, surgen las discordias, al suponer que. la acusada persista en su negativa.

Unos se inclinan por dejarla en libertad con pre­cauciones; otros dicen que hay que mantenerla en pri­sión y no dejarla libre bajo ningún concepto, teniéndo­sela por manifiestamente sorprendida en herejía, al coincidir los tres citados elementos de prueba. Hay quienes prefieren tenderle una trampa, dejándola en li­bertad, a la espera de que se traicione reincidiendo en sus malvadas prácticas; por último, aparecen los más prudentes, quienes aseguran no sea acertado el dar una regla infalible y hasta los que aconsejan en estos casos se guíe el juez de la costumbre más seguida hasta entonces. Estos últimos recomiendan que en el momento de la de­tención se lleve a la presunta bruja en volandas, sin per­mitirle tocar el suelo, metiéndola en una cesta o cajón, para impedirle llevar a cabo algún maleficio que interfiera la acción de la justicia. Y concluyen todos, muy ufanos: "Cualquier cosa que hagamos, cualquier cosa que digamos, sea hecha y dicha en el nombre del Señor".

La quema de brujas.

Durante muchos años, siglos, se mantuvo un silencio casi absoluto acerca de los procesos inquisitoriales; era un intento semejante al de ocultar las vergüenzas familiares a los ojos ajenos; la historia de los pueblos, como  las historias familiares, siempre tienen algo que ocultar.

Se ha escrito en numerosas ocasiones que la Inquisición no fue ni más ni menos que el producto el engendro, más bien de la simbiosis entre la Iglesia y los poderes económicos, en un juego de avance y retroceso mutuos, defendiendo cada uno de ellos sus privilegios.  La economía, Las tentaciones de San Antonio. que a la postre es la única política práctica, se unió des­de siempre a la religión; así, los hombres estamos sometidos a los dos poderes inquebrantables: nuestro trabajo, nuestra vida aquí, nuestras costumbres y nuestras leyes están dirigidas por los políticos; la posibilidad de supervivencia en una vida del más allá corresponde a las creencias religiosas.

Si ambos poderes se unen para ejercer una presión paralela y simultánea que es lo que ha ocurrido tradicionalmente, entonces estamos perdidos, porque te­nemos hipotecada nuestra vida en este mundo y en el otro, si lo hubiera. Los dividendos del contubernio Iglesia poder se cobran en esta vida; y en el caso de la Iglesia aún quedan intereses para cobrar en la otra. La política suele anticiparse a los peligros que acechan la Iglesia también. La brujería, que al fin no era sino otra forma de herejía, podía dar al traste con el sometimien­to del pueblo a las creencias religiosas eso era lo que se temía; a la vez, sin el apoyo incondicional de la Iglesia, la política podía ver cómo los súbditos escapan al control riguroso del trabajo y del servicio. No había otra solución.

La Inquisición nació como necesidad de continuar ostentando quienes lo ostentaban los privilegios tradicionales: todos al servicio del dinero y de Dios; quien se rebele será perseguido por la ley de los hombres aquí en la tierra y acabará procesado por la Inquisición, encarcelado y, luego en la vida de ultratumba, será visto con rencor por los ojos de Dios, por no haberse someti­do a sus mandatos y en un gesto de suprema justicia y benevolencia del Altísimo caerá entre las llamas de las calderas del infierno.

Existe un argumento histórico que pretende justificar el origen y establecimiento de la Inquisición en España en la necesidad de llevar a cabo la unificación de todos los territorios y todas las creencias, ejerciendo una asep­sia absoluta sobre las conciencias. Es decir, que los inquisidores y su tremendo aparato actuaron para conver­tirnos en borregos dóciles y sumisos, obedientes, respetuosos con los poderes establecidos el dinero y los clérigos e industriosos: Los reyes, que se apoyaban en ambos poderes y los toleraban de buen grado, intuyeron el mecanismo de continuidad de tan aviesas intenciones y realidades.

España había pasado luchando ocho siglos contra los moros invasores, primero retrocediendo hasta las mon­tañas del norte y luego descendiendo paulatinamente hacia el sur; oleadas de lucha que habían dejado esquilmada la población y yermos los campos. La economía, basada en la tierra y en los brazos trabajadores, se en­contraba en el grado cero de su desarrollo. Se había conseguido, al fin, después de ochocientos años intermi­nables de guerras y de muertes, arrojar del suelo patrio al Islam enemigo de Cristo; si fue a costa de la prosperi­dad y el bienestar de pueblo, no importaba. Los pendones de Castilla condeaban ya sobre la torre de la Vela de la Alhambra granadina, que era de lo que se trataba. El hecho de que el enemigo no era católico unía a los combatientes cristianos, era una causa común.

Y apenas terminada la reconquista del territorio peninsular a los moros, comienza la gran aventura de América. En Europa también poseía España intereses que defender. El pueblo, como se ve, andaba disperso en multitud de frentes y de afanes. La nobleza el dinero y el clero, con la corona real sobre ellos, ceden algunos privilegios a una burguesía que comienza a ser pujante y que, a la larga, va a consolidar los privilegios de aquellos. Si a todo lo que hemos expuesto añadimos la intervención en los asuntos económicos sobre todo de la raza judía y la animadversión que se sentía hacia ellos, tenemos, como suele decirse, preparado el mejor caldo de cultivo para que haga su aparición el tristemente célebre tribunal de la Santa Inquisición, que lo fiscalizó todo porque todo era susceptible de una interpreta­ción religiosa; que lo persiguió todo, todo lo que lesionaba los intereses de los que mandaban; que intentó borrar no importa con qué métodos todo lo que perturbara el buen discurrir de los acontecimientos previstos. Y que, por esas mismas razones, porque las considera­ron un peligro serio para la unión religiosa que convenía a la seguridad y la permanencia de los mismos en el po­der, quemó brujas y deshizo honras, colgó sambenitos y difamó implacablemente. Como ha escrito alguien, las brujas son el crimen de la Iglesia.

Esas Estoicas Brujas Africanas

Entre los pueblos negros de África, especialmente en  la costa occidental, existe la creencia de que las brujas  no tienen más remedio que aceptar su condición ya que les viene por herencia. Hay, es cierto, algunas excep­ciones. Una mujer que tenga ciertos talentos afines en  Ghana puede comprarle a una bruja un "desbloqueo de poderes" pagándole una razonable suma de dinero.

Pero no viven felices esas brujas negras. La plenitud  de sus poderes la alcanzan recién en la ancianidad y en­tonces han de vivir solas o en un ambiente familiar hos­til porque sus parientes desconfían de sus malas artes.

Al llegar la noche, la bruja sale a reunirse con sus compañeras para celebrar ruidosas francachelas en las que  se emborrachan a más no poder.

Están organizadas en corporaciones con número fijo  de miembros, reglas estrictas de admisión y una jerar­quía que determina quiénes ejecutarán los principales  actos.

Es común que las brujas salgan durante las noches, dejando atrás sus cuerpos como si durmiesen, para  acechar las almas descuidadas a las que, cada vez que pueden, atrapan como él águila al ratoncillo y las devo­ran al instante. Pero si alguien, mediante un hechizo  logra impedir que la bruja logre volver a su cuerpo antes de que amanezca, ésta morirá.

El Dr. G. Parrinder, de la Universidad de Londres,  refiere que, según las tradiciones, los festines caníbales  de las brujas son pantagruélicos y muy crueles. Beben la sangre de sus víctimas aún vivas, le arrancan los  miembros palpitantes y engullen golosamente sus car­nes, mientras la presa lanza alaridos de desesperación.

Claro que Parrinder agrega que estas devoraciones  no  son verdaderamente físicas y que las brujas, aunque ad­miten llanamente esos festines, parecen referirse más bien al "cuerpo astral" o cuerpo sutil de las personas  atrapadas.

Pero ello no obsta a que de vez en cuando las brujas  africanas tengan que provocar algunas muertes median­  te sus hechizos ya que continuamente, están necesitando de cadáveres frescos para elaborar sus pócimas y ungüentos que en la mayoría de los casos destinarán a fines maléficos.

Avanzando nuestro siglo parece ser que hubo una proliferación alarmante de estas hechiceras y comenzaron algunas cruzadas más o menos espontáneas apuntadas a darles caza y exterminarlas hasta donde se pudiera. La primera de estas cruzadas ya con carácter masivo fue la llamada "Bamucapi", en 1934 y movilizó guerreros de Malawi, Zambia, Rhodesia Central y parte del Congo. Los Bamucapi eran jóvenes vestidos a la moda europea que en grupos de tres a cinco recorrían el territorio en busca de brujas. Llegados a un poblado pedían al jefe que reuniera a todos y los hiciera desfilar ante ellos, mientras los espiaban a través de pequeños espejos. Todas las viejas que se escondían o se resistían a desfilar ante el espejo quedaban desenmascaradas.

Las brujas acusadas debían entonces beber una pócima jabonosa de color rojizo cuyos efectos no han sido bien explicados.

En todo caso, después de beber las desdichadas hacían entrega de sus cuernos de hechicería, huesos humanos y pócimas maléficas.

Después de la segunda guerra mundial vinieron otras cruzadas más severas para la caza de brujas. Fueron los Nana Tongo, primero, y los Atinga después. Comenzaron a operar en el norte de Ghana y se extendieron al sur hasta Togo, Dahomey y Nigeria. Los encabezaba un ex Bamucapi de nombre Kamwende, quien afirmaba haber logrado retornar del mundo de los muertos. Aunque todo un lado de su cuerpo había quedado paralizado, había conseguido en cambio el secreto de una pócima que le permitía combatir la brujería.

Las mujeres que se negaban a confesar su condición de brujas eran sometidas a ordalías o pruebas en que los dioses decidirían lo justo. Ante todo debían traer una gallina, una botella de alcohol (ginebra de preferencia) y dinero. Después de verter el licor sobre el altar se cortaba a medias el cuello de la gallina que salía correteando erráticamente de un lado a otro hasta desplomarse muerta. Si caía con el buche hacia arriba, se declaraba que la mujer era inocente, pero es difícil que una gallina en tales condiciones caiga muy a menudo con el pecho hacia arriba. Para eso servía el dinero. Si la mujer era mostrada como culpable, podía comprar una segunda oportunidad y aún una tercera. Generalmente las mujeres acababan confesándolo todo. Aquellas, que, señaladas culpables por la ordalía, se negaban a confesar, eran ejecutadas a palos.

También varias sectas cristianas participaron hasta hace muy poco tiempo (se ignora de hecho si aún lo hacen) en las Cacerías de Brujas. Utilizaban un instrumento llamado el "bullroarer" (el que brama como toro) que consiste en un mango de madera, una cuerda y un objeto ahuecado al otro extremo. Haciéndolo girar con rapidez produce un ruido terrorífico, sobre todo cuando se desplaza por la selva en persecución de un puñado de viejas aterrorizadas. Los Sionistas y los Seráficos de Nigeria y Zululand les llenan la boca y garganta a las acusadas, mientras recitan trozos de la Biblia, las rociar con agua bendita e invocan a la Santísima Trinidad.

Si la bruja finalmente confiesa todo, es perdonada siempre que haga entrega de sus instrumentos maléficos, especialmente su pájaro "familiar" (equivalente al gato, al parecer) y su cuerno de hechicerías. Entregados estos elementos, consideran que la bruja está curada de su condición.

Una excepción a esta generalidad se encuentra entre los Azande. Las brujas azande son perfectamente conscientes de su condición y la adquieren libremente pues en todas las mujeres está latente el poder de la hechicería. En cambio los hombres que tienen tales poderes generalmente están inconscientes de ellos y no saben, en estado de vigilia, con quiénes se ha reunido en los aquelarres. Por eso, cuando en una ordalía un hombre resulta señalado como brujo simplemente se le somete a purificación y se le exige que haga entrega de sus instrumentos y pócimas, si forzársele a denunciar a sus compañeros.

Las confesiones de las brujas africanas son de carácter notablemente íntimo. "Soy la madre de la niña que ahora está enferma" declara una confesión. Nuestro grupo ha devorado su cuerpo. Me dieron a comer el, corazón de mi hija, pero no lo comí y se lo devolví a mi hijita".

Otra confesó: "Hemos repartido y devorado las partes del niño de modo que ahora ya no tiene remedio". En ambos casos, citados en la obra "Religión in a Swana Chiefdom" (Religión en un señorío Tswana), el antropólogo B. A. Paw acota:

"Todos los presentes sabíamos que los cuerpos de los niños enfermos estaban intactos; solamente habían devorado el "cuerpo espiritual".

A menudo el hombre occidental ha condenado las afirmaciones, las creencias y las prácticas de los primitivos. En este caso, sin duda el occidental sentirá indignación por los malos tratos y crímenes ejecutados sobre mujeres viejas y desvalidas.

Sin embargo... ¿será que los temores de esos negaros respecto de las brujas tienen algún fundamento real?

¿Qué pasaría si uno de esos niños de cuerpos intactos que las brujas afirman haber devorado, fuesen fotografiados con el sistema Kirlián, que consigue tener imágenes del envoltorio de bioenergía que rodea a los cuerpos vivos?

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