|
PERRO
PABLO LÓPEZ
Debo confesar que cuando mis padres decidieron ausentarse
de casa por algún tiempo sentí un gran regocijo al
pensar en las cosas que no tendría que soportar más,
el saber que pronto estaría en casa a mis anchas, sin dar
explicaciones a nadie de lo que hiciera o dejara de hacer, reunirme
con mis amigos sin tener otros límites que el cansancio.
Y todo esto por el módico precio de cuidar de la casa y el
perro...
El perro... cuánto tiempo esperé el
momento oportuno para ajustar cuentas con él. Lejos mi padre
y su ojo protector por fin le enseñaría al maldito
quien es el amo.
Sin embargo pasaron los días y los meses y de aquel animal
mañero solo quedaba alguna pelea esporádica con los
gatos a los que ya no correteaba por los rincones. Al decir verdad
nunca me dio un pretexto ni siquiera para atarlo, solo me incomodaba
cuando al ausentarme por unos días debía volver a
darle de comer.
Con el correr del tiempo nos fuimos acostumbrando
a convivir y a soportarnos sin mayores inconvenientes.
El perro, (así lo llamaba ya que nunca tuvo un nombre) se
iba poniendo viejo. Los cuidados elementales que le proporcionaba
no eran suficientes para detener el paso de los años que
caían implacables sobre el animal.
Poco a poco se fue deteriorando, adelgazaba a pesar de que trataba
de darle una buena alimentación, ya no se le veía
con la jovialidad de sus épocas mejores, apenas si salía
de la casa para hacer sus necesidades y ya en sus últimos
días debía asistirle en aquella rutina.
Su alergia empeoraba y un olor nauseabundo emanaba de la podrida
piel a pesar de mantenerle limpio, solo lo mantenía una respiración
cada día más dificultosa y ese afán por sobrevivir
propio de la especie.
Por fin, una mañana al entrar a la casa,
el perro descansaba sobre su costado, ahora para siempre.
Una mezcla de alivio y dolor(si dolor... por aquel animal que finalmente
había aprendido a querer) se apodero de mí, pensé
en la parte de mi vida que se marchaba con él y en la tristeza
que le causaría a mi padre saber que su compañero
de tantos años no estaría en la casa a su regreso.
Le enterré en un gran cantero que sería en un futuro
próximo una huerta, de ese modo el perro perduraría
en los frutos que cosechara mas adelante, no fue difícil
cavar un hoyo de pequeñas dimensiones en la tierra blanda,
cubrí su tumba con algunas piedras de modo que los demás
animales no le desenterrasen fácilmente.
Pasaron varios días tranquilos en los que solo se notaba
su ausencia, cuando por las mañanas no debía sacarle
al patio; pronto esto cambiaría.
Una tarde al regresar a casa encontré su
tumba revuelta aparentemente algún otro perro le escarbo
dejando los restos ya descompuestos del animal a merced de las moscas
que revoloteaban en una orgía putrefacta.
Abría nuevamente el pozo, bastante contrariado ante la desagradable
tarea, cuando de pronto la pala topó con una superficie dura,
a regañadientes escarbé con mis manos para sacar la
piedra que impedía mi labor, pronto descubrí que la
losa tenía unas dimensiones más grandes de las previstas
y me sorprendió no haberme topado antes con ella.
Debí de esforzarme para poder remover la piedra, mayor aún
sería mi sorpresa cuando descubrí que debajo de aquella
losa no había tierra como era de esperar, sino una cámara
de dimensiones regulares de la cual emergía un olor agrio.
Bajé a la cámara en la cual entraba
apenas agachado, continuaba mas allá del terreno lindante
y para poder avanzar en la oscuridad debí ayudarme con mi
encendedor... maldito sea el momento en que la curiosidad me llevo
a bajar a la cámara, al iluminar el lugar un terror demencial
se apodero de cada víscera de mí paralizado cuerpo,
allí estaba inmutable mirándome, serena, fijamente...
el perro.
Desperté sobresaltado y bañado en
un sudor frío, aunque aliviado de saber que aquella terrible
experiencia hubiese sido nada mas que una horrible pesadilla.
Sin embargo desde aquel día mi vida ya nunca será
igual, a veces cuando regreso a casa por las noches siento el olor
nauseabundo de su piel y creo ver unos ojos brillantes vigilándome
en la oscuridad.
Sin embargo lo que más me molesta es que me despierte por
las noches arañando la puerta de mi habitación, espero
que algún día me deje tranquilo, al fin y al cabo
tan mal no lo traté.
¡¡Que joder!
|
|