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Los malos pensamientos.
Fernando Da Cunha.
No, padre, por los tiros no se preocupe que el combate ya terminó,
el pueblo ya es nuestro, toditito nuestro por primera vez. No se
preocupe padre, y confiéseme, que por eso he venido. Yo me
quiero acusar de malos pensamientos, pero no son nuevos, vienen
de cuando era pequeño y me han acompañado siempre.
¿Sabe?, yo nací en este pueblo y me acuerdo hasta
del día en que usted llegó aquí. No, no se
preocupe, no es nada raro que usted no se acuerde, éramos
tantos muchachos los que andábamos correteando sucios por
el pueblo que no me extraña que usted no me ubique.
Pero, como le digo, yo sí me acuerdo. Y recuerdo, por ejemplo,
cómo nos reíamos de usted, de su forma de hablar,
usted apenas balbuceaba el español y nos decía que
éramos brutos porque no le entendíamos.
Los primeros dulces que probé los trajo usted al pueblo.
Era muy ingenioso su modo de repartirlos, nunca me olvidé
de eso, nos juntaba a todos los muchachos junto al muro de la iglesia
y desde arriba usted los tiraba. Siempre coincidía que había
menos dulces que niños y por supuesto se armaban grandes
trifulcas, y mientras nos golpeábamos por las golosinas usted
se reía desde el muro y nos llamaba animalitos salvajes.
No es que yo me resintiera por no poder agarrar dulces, no, yo era
de los que más pegaba y a lo mejor fue por eso que usted
se encariñó tanto conmigo. Me llevaba todas las tardes
a la iglesia y me hablaba de muchísimas cosas, fue por usted
que supe que había existido el Duque, y de todas las cosas
buenas que había hecho por Italia. ¿Verdad que ya
se empieza a acordar de mí?
Usted me contó que había sido piloto y, de sus aventuras
en España, me relató cómo habían exterminado
a los últimos comunistas en el puerto de Barcelona. Sí,
padre, si hasta me describió cómo se tiraba con su
avión sobre las lanchitas...
Yo, la verdad que muchas tardes no quería ir a la iglesia
porque algunas de las cosas que usted me decía no me gustaban.
No todas, porque lo de las guerras y los aviones me entusiasmaba
bastante, pero no me gustaba cómo hablaba de los vecinos
del pueblo, ¿se acuerda?, los salvajes, los llamaba. De mi,
usted decía que yo era
tan inteligente y fuerte que debía haber nacido italiano,
pero a pesar de eso yo me sentí siempre incluido dentro de
los salvajes y fue ahí donde empezaron a despertar mis malos
pensamientos.
Recuerdo el día que me hizo subir al muro con usted y tirar
los dulces a los demás muchachos, para luego mirarme señalando
la gran trifulca y confirmarme: ves que son salvajes. Fue ese día
que me tiré del muro y empecé yo también a
golpear, a golpear como nunca, con más rabia que nunca, mientras
usted se reía y me gritaba que siguiera, que les demostrara
quiénes éramos los italianos. Pero yo no peleaba por
dulces ni por mostrarme más fuerte, yo pegaba porque sentía
rabia, una rabia incontenible y no sabía porqué.
Poco tiempo después fue que don Lupe nos echó de la
tierra y tuvimos que abandonar San José de las Flores, de
eso hace ya como 15 años. Anduvimos meses dando vueltas por
esos rumbos en busca de una manzana de tierra donde poder cultivar.
Mientras, hacíamos de todo para conseguir una tortilla, acarreos
de lefia, cortes de café y hasta de buey hicimos, arrastrando
de una carreta.
Por allá cerca de El Limón encontramos uno que nos
alquiló una manzana y empezarnos a trabajar. La vida no cambió
mucho, pero por lo menos ya no andábamos como perros salvajes
sin un lugar donde dormir.
Por esa zona comenzó a llegar Nico, que era un campesino
corno nosotros pero que sabía muchas más cosas que
nosotros. Nos hablaba de la tierra, nos dijo que Dios la había
creado para todos los hombres y para que todos nos ganáramos
el pan con el sudor de nuestra frente. Y yo me empecé a acordar
de usted, de sus sermones, de cuando nos decía que siempre
habían habido ricos y pobres, que ese era el deseo de Dios.
¿Así que no se acuerda?, pues sí, era usted
el que nos enseñaba que rebelamos era pecado mortal y protestar
se pagaba con el purgatorio.
Sí, claro que yo entiendo que eran otros tiempos. Pero como
le decía, tanto me gustó lo que Nico nos contaba,
que iba a todas las reuniones para escucharlo. Yo nunca hablaba,
pero un día que él empezó a contarnos de la
guerra que vendría, yo le hablé de lo que usted me
contó, de España, de Italia y del Duque. Ese día
nos
quedamos hasta el amanecer conversando solos Nico y yo. El me
explicó lo que había pasado en Europa y me contó
quién era Mussolini, y, no me va a creer, pero a los que
lo mataron, a los que usted llamaba perros desagradecidos, Nico
los llamaba patriotas.
Gracias a Nico pude empezar a entender, y no sólo a España
o Italia, gracias a él pude entender incluso mi rabia de
aquel día en que salté M muro y empecé a golpear
a los demás muchachos. ¿Sabe,padre?, fue por esos
días que mis malos pensamientos tomaron forma, se hicieron
carne y hueso.
Después mi vida tomó el mismo camino que Nico, y estuvimos
juntos hasta que a él la mataron en una emboscada.
De vez en cuando tuve noticias suyas, me decían que en los
sermones amenazaba a los campesinos que ayudaran a la "bestia"
con excomulgarlos, por supuesto que la bestia" éramos
nosotros, los alzados, los de la montaña. Y en mi cabeza
seguía vivo el recuerdo de Italia y de España pero
no encontraba a nadie que supiera un poco mas de lo que Nico ya
me había contado. Fue entonces que me dieron el balazo en
la pierna.
Después de muchas vueltas me sacaron del país para
que me curaran la herida. Si usted viera con qué respeto
nos trataban allí, con cuánto cariño ... Y
otra vez me vino a la cabeza lo que usted me contaba, pues los que
me cuidaban eran comunistas como los de Barcelona y muchos eran
negros como los de Abisinia.
Sí, padre, yo sé que usted no estuvo en Etiopía,
porque así se llama ahora... ¿no lo sabía?.
No, yo me enteré porque mientras estuve en curación
leí, leí con mi constancia de campesino terco. Nunca
le voy a poder agradecer todo lo que se merece Nico por haberme
enseñado las primeras letras, pues gracias a eso pude tragarme
cuanto libro encontré sobre el fascismo, sobre la guerra
civil española, sobre Mussolini. Fue en esos días
que mis malos pensamientos, mis malos pensamientos que ya eran de
carne y hueso, tomaron vida, tuvieron alma.
Sí, padre, yo sé que debe estar arrepentido, pero
no hace falta que rece por los asesinados de España o de
Italia, por ellos rezamos nosotros, les rezamos en la montaña,
con dolor, con rabia, con sangre.
No, padre, mejor rece por su propia alma, rece para que Dios lo
perdone. Rece, padre, aproveche los segundos que le quedan porque
mis malos pensamientos ya están apretando el gatillo.
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