MI MAESTRA
Hellen Séller se sobrepuso al infortunio ( a los 19 meses de nacida se quedó ciega y sorda). En este relato ella evoca el recuerdo de Ana Sullivan, la querida maestra y amiga que la sacó de las tinieblas.
Por: Hellen Séller
Condensado del Libro Teacher
Publicado originalmente en Julio de 1956
Revista “Selecciones” – Antología 2000.
Más de una persona, antes que Ana Sullivan viniera a nuestra casa en Tuscumba, Alabama, le había dado a entender a mi madre que yo era una idiota, cosa explicable por cierto, pues se referían a un pequeño ser humano que, repentinamente, había quedado sumido en las tinieblas y el silencio. No tardó en marchitarse mi escasísimo vocabulario, la oscuridad encadenó mi mente, y aquel cuerpo, que seguía creciendo, se gobernaba casi exclusivamente por los impulsos animales.
De las cadenas que sujetaban mi mente no me libró ningún hecho fortuito, sino los dones de una maestra nata. Anita Sullivan no era el tipo tradicional de la maestra de escuela que describen algunos artículos, era una mujer joven y vivaz que soñaba en transformar a una criatura sorda y ciega en un ser humano útil y normal.
Jamás mujer de sentimientos tan nobles se enfrentó antes a una situación tan penosa. Recuerdo los vanos esfuerzos de Anita por deletrear las palabras en la palma de mi mano que nada significaban para mí. Por fin, el 5 de abril de 1887, aproximadamente un mes después de su llegada, logró penetrar en mi conciencia con la palabra “agua”. El incidente ocurrió en el brocal del pozo. Yo estaba sosteniendo una taza debajo del chorro mientras Ana le daba a la bomba. Cuando el agua se derramó y cayó sobre mi mano. Ana deletreó insistentemente con sus dedos la palabra a-g-u-a en la palma de mi otra mano. De repente capté la idea y ello produjo mi primera alegría desde mi enfermedad. Con verdadera ansiedad así la mano siempre pronta de Anita para indicarle que me enseñara otras palabras con las cuales pudiera identificar todos los objetos que tocaba. Destello tras destello de conocimientos se trasmitieron de una a otra mano, y así comenzó, en forma milagrosa, un afecto imperecedero. Aquel día dos seres felices se alejaron del pozo pidiéndose identificar con sus respectivos nombres de “Helen” y “Maestra”.
Esas primeras palabras que fueron los primeros rayos cálidos que comienzan a derretir, tramo por tramo, la nieve del invierno. Luego vinieron los adjetivos, después los verbos, y el invierno se alejaba de mi mente cada vez con mayor rapidez. Todo lo que tocaba a mi alrededor se transformaba: tierra, aire y agua adquirían vitalidad a través de las manos inspiradas de “Mi Maestra”, la vida se me presentaba plena de significados.
La Maestra comenzó por enseñarme toda clase de juegos. Jamás había yo vuelto a reír desde que perdí el oído. Recuerdo el día que entró en mi habitación riendo alegremente. Colocó mi mano sobre su cara brillante y expresiva para que yo captara el significado de “risa”; luego, haciéndome cosquillas, provocó una explosión de hilaridad que alegró los corazones de mi familia. Me enseñó a corretear, a subirme a los columpios, a retozar, a saltar y bailar; y siempre deletreaba la palabra correspondiente a cada actividad. A los pocos días era yo otra criatura, e iba en pos de nuevos descubrimientos guiada por la magia del deletreo al tacto de Mi Maestra.
En su cuarto solía tener una jaula con palomas para que, al abrir la puertecilla y emprender las aves su vuelo, pudiera yo sentir el aire que producía el aleteo y aprender algo sobre el vuelo de los pájaros y concebir la gloria de las alas. Las palomas venían a posarse sobre mis hombros y cabeza; aprendí cómo alimentarlas y a interpretar su arrullo, picoteo y aleteo. Por eso las aves, aun cuando yo jamás las haya visto, han sido, como las flores y las piedras, parte de mi mundo conocido.
Mi maestra no permitía que el mundo que me rodeaba permaneciera en silencio. “Oía” en mi mano el relincho de Prince, el caballo, el mugido de las vacas, el chillido de los lechoncitos. Me puso al tacto con todo lo que podía alcanzarse o sentirse, la luz solar, el burbujeo de las pompas de jabón, el crujido de la seda, la furia de una tormenta, los ruidos de los insectos, el chirrido de una puerta, la voz de los míos. Aún hoy no puedo “servirme de mis recursos espirituales”, ni animar mi voluntad para la acción, sin acordarme de la sensación que me producían los dedos casi eléctricos de Mi Maestra.
Me impuso la misma disciplina que si hubiera sido una niña con pleno dominio de la vista y el oído, y tan pronto como el acopio de mi vocabulario pudo distinguir entre el bien y el mal, me castigaba con meterme en la cama cuando me portaba mal. La pereza, el descuido, el desaseo y la autocompasión constituían faltas que combatió con ingenio, humorismo y brillante sarcasmo.
Sin empeñar la alegría del movimiento perpetuo tan característico de los niños, Mi Maestra me enseñó a manejar todo con suavidad: un canario, un gatito, una rosa con gotas de rocío en sus pétalos, mi hermanita menor Mildred. Era yo torpe y desgarbada, y, sin Ana Sullivan, hubiera sido incontables los delicados fragmentos de vida dañados por mí, o al menos espantados por mi brusquedad.
Al recordar aquellos primeros años, no deja de asombrarse la confianza con que Mi Maestra hacía frente a los problemas que nos presenta la vida. Debe de haber tenido que vencer a los problemas que nos presenta la vida. Debe de haber tenido que vencer enormes obstáculos para poder alcanzar los fines que se había propuesto.
Hija de inmigrantes irlandeses, Anita Sullivan nació, en medio de la mayor pobreza, el 4 de abril de 1866, en Massachussets. Desde que tuvo uso de razón sufría de la vista. Cuando Anita tenía ocho años murió su madre, dejando huérfano a tres niños. Dos años después su padre los abandonó y Anita jamás volvió a saber de él. Unos parientes recogieron a María, su hermana menor, Anita y su hermano Jaime, de siete años, fueron enviados al orfanato de Tewksbury, donde Jaime murió de tuberculosis a los pocos meses. Nadie se interesaba por Anita, no tenía amigas, salvo sus compañeras de orfanato. Sólo al cabo de cuatro años logró salir de esa institución. Estando de visita en el orfanato un grupo de trabajadores de asistencia social, corrió hacia ellos gritando: “Yo quiero ir al colegio”.
Anita fue al Instituto Perkins para Ciegos y aprendió el sistema Braile y el alfabeto manual. Más tarde una operación quirúrgica le restauró parcialmente la vista, pero permaneció allí seis años más, hasta graduarse con los más altos honores de su clase. En aquella escuela estudió los informes del doctor Samuel Gridley Howe sobre la educación de Laura Bridgman, niña ciega y sorda. Cuando llegó la oferta de mi padre, ya Anita sabía que el caso de Laura era el ejemplo que había de seguir; ninguna persona ciega y sorda había alcanzado un desarrollo mental tan elevado. Sin embargo, Laura, ya mujer en aquella época, seguía clausurada en el Instituto Perkins, incapaz de adaptarse a otra clase de vida.
Ana fue una de las primeras en comprender el daño que, a través de todas las épocas, ha causado a los ciegos la actitud de lástima y aislamiento con que se les mira. Si una persona gravemente impedida no recibe el trato debido a un ser humano normal ni el estímulo necesario para modelar su propia vida, jamás podrá descubrir su propia fuerza interna. Anita consideraba a los ciegos como seres humanos, con el derecho a la educación, recreación y trabajo, y siempre se esforzó por encausar mi vida conforme a estas normas. Nunca me alabó, salvo en aquellas ocasiones en que mis esfuerzos eran tan intensos como los de cualquier niño o adulto normal.
Al cumplir 16 años, decidí cursar estudios universitarios. Quería competir con niñas que veían y oían, en el proceso de adquirir una cultura general. Me maravillo al recordar el dominio que Anita ejercía sobre sí misma cuando se sometió a las dificultades que acarreaba mi decisión.
En la Escuela Preparatoria de Gilman para Señoritas y, más tarde, durante los años que pasamos en la Universidad de Radcliffe, Anita siempre estuvo a mi lado en las clases, deletreando las palabras que pronunciaban los profesores y forzando la vista para escribir en mi mano todo aquello que estaba traducido al sistema Braile. El curso de literatura hacía referencia a una extensa bibliografía, desde Chaucer hasta nuestros días, y muchas de las obras no estaban impresas en caracteres de relieve. Ello hizo que Anita tuviera que “leerme” una multitud de libros.
La vista de Mi Maestra siempre fue un problema. “No alcanzó a ver tres centímetros más allá de las narices”, me dijo en una ocasión. Por consiguiente, escribir era para ella durísima prueba. A pesar de todo escribía en Braile todos mis problemas de física y álgebra, y trazaba figuras geométricas con perforaciones en papel grueso. Al consultar a un oculista, éste se alarmó al saber que Anita me leía cinco o más horas la día. “Una locura, señorita Sullivan”, le dijo. A veces yo fingía recordar ciertos pasajes que en realidad no había retenido en la memoria para que Anita no tuviera que leerlos nuevamente.
Mi Maestra se esforzó en enseñarme a hablar y, después de 11 lecciones con la señorita Sarah Fuller, en Boston, ella misma se hizo cargo de esta labor con sincera y característica devoción; con una paciencia que aún me parece sobrehumana, colocaba mis manos en su cara, al mismo tiempo que pronunciaba algunas palabras, para que pudiera captar simultáneamente todas las vibraciones de sus labios, garganta y faringe. Juntas repetíamos una y otra vez las palabras y frases, hasta adquirir más soltura y atrevimiento.
Por tanto Anita como la señora Fuller cometieron el trágico error de no desarrollar primero mis órganos vocales y después seguir con el problema de la articulación de los vocablos. Sin embargo, aun cuando mi dicción era trabajosa y desagradable al oído, rebosé de gozo cuando pude pronunciar palabras que comprendieron los miembros de mi familia y unos cuantos amigos. Ahora que puedo hablar, aun cuando en forma imperfecta, mis actividades se han multiplicado, y a Anita debo este inapreciable don.
Mi Maestra jamás imponía restricciones a su deseo de alcanzar la perfección. Diariamente sus pobres ojos se esforzaban para vigilar que mis labios y maxilares se movieran correctamente y que mi expresión fuera más natural. Y así continuamos luchando hasta el año en que cayó enferma. Nada me entristece tanto como el que no haya yo podido llegar a la meta a que para mí aspiraba Anita como maestra y como artista.
La personalidad de Mi Maestra estaba dotada de tantas virtudes y de una fuerza comunicativa tan grande que, después de su muerte, me empeñé en seguir buscando nuevos métodos para poder alegrar las vidas de hombres y mujeres que se encuentran envueltos en las tinieblas y el silencio. Mi Maestra siempre tuvo fe en mí, y yo me hice el propósito de jamás defraudarla.
“Pase lo que pase”, solía decirme, “siempre comienza de nuevo. Cada vez que fracases, vuelve a comenzar, y así te fortalecerás hasta lograr tu propósito. Quizá no sea el que te habías propuesto en un principio, pero el que logres alcanzar te colmará de satisfacción”.
Y ¿quién podrá contar las innumerables veces que ella intentó hace algo por mí y fracasó y al final triunfó?