LOS OLVIDADOS


Conviene no dejar pasar la oportunidad de apreciar la meditada devastación que el equipo comandado por Ruben Coletto emprendió en la parte alta de los arruinados esplendores del Cervantes para alojar a los personajes concebidos por Fernando Arrabal. El delirio, la locura y también la ternura y el amor rondan en torno a cuatro seres marginales asediados por dos figuras robóticas llamadas a encarnar el materialismo, el poder o la autoridad ejercida de manera discriminatoria. La mención frecuente del triciclo que ya no está funciona para el cuarteto en la medida del recuerdo de un pasado que esperan -como a otro Godot- sin mayor esperanza de volver a vivirlo. De dicha prolongada e inútil vigilia, pautada por las apariciones repentinas de los vigilantes, se nutre el texto que el autor español propone en clave poética. El absurdo de un lenguaje vacío, la contradicción de los razonamientos que impiden la acción o de la existencia de idiomas diferentes que comunican a algunos hombres mientras incomunican a otros se vuelven piezas fundamentales del aparentemente errático discurso de Arrabal en pos de la salvación de estos vagabundos solitarios y abandonados, tan asimilables a buena parte de una humanidad en trance.

 

Entrega y convicción reina en las labores de Iván Solarich, Laura Schneider, Mario Santana, Nelson Flores, Hugo Arturo y el propio Coletto, moviéndose todos en la vastedad de un espacio que el escenógrafo Adán Torres se encargó de tapizar con cajas de cartón semidestruidas. Mérito especial del director resulta, antes que nada, el equilibrio conseguido entre la resolución de los desplazamientos -inspiración e inventiva se conjugan con facilidad en el trabajo- de los actores a lo largo y a lo ancho del lugar y las caracterizaciones que crecen en su individualidad a medida que transcurre una puesta en donde el sentido de la desolación se fortalece con pinceladas de lirismo y hasta de humor. A poco de concluir el espectáculo se perfila, asimismo, la coherencia de la concepción de Coletto con respecto a la lectura de la obra de Arrabal y a la forma de entregarla a una platea con pleno dominio de la suma de las cartas en juego, un ejemplo de lo cual resulta el admirable vestuario de Ismael Moreno apostando a elementos impares y asimétricos que enriquecen el dibujo de las distintas siluetas con hallazgos particulares. La curiosidad y la intriga tejen así su red, atrayendo la atención del espectador desconcertado para buscar conmoverlo con los estallidos de un nuevo calvario, fenómeno que la versión propone pendular y desprovisto de cruces, aunque tan perceptible como cada uno pueda permitirlo.

Alvaro Loureiro - 3 / 8 / 01
Semanario Brecha
suplemento El ocho, pág. 7


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