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El fin del mundo no sobrevino, pero la obra "Apocalipsis" tiene fecha límite. El mes próximo Ruben Coletto interrumpirá sus funciones de teatro en Montevideo y será por una buena razón. La Embajada de Francia le otorgó una beca por la obtención del Premio Florencio como revelación de la temporada pasada por su espectáculo "La improvisación del alma". La original dirección que Coletto impuso a la obra del rumano-francés Eugène Ionesco le permitirá viajar a París a principios de setiembre. Allí intercambiará conocimientos con la Comèdie de Rèms, junto al maestro Squiaretti, y en la Asssociation de Recherche des Traditions de l’Acteur, con el Théâtre du Soleil de Arianne Mnoushkine. Coletto, que no sabía francés, está siguiendo un curso acelerado, aunque los talleres que integrará en Europa convocan a gente de todo el mundo. Entre otras actividades realizará un stage en el Taller de Mohini Attam, dirigido por los hindúes Kshemavathy y Leelaamma, con los que profundizará las danzas rituales, la relación espiritualidad-teatralidad y la esencia del actor. "No soy de la vanguardia", afirma, echando por tierra una etiqueta que le colocan a menudo. "El nivel teatral uruguayo es muy bueno. Yo vi pibes de 14 años que me partieron la cabeza.". El rótulo que le asignan a Coletto y su grupo, "La Improvisación", tiene mucho que ver con sus puestas en escena. Sin ir más lejos, su obra actual, "Apocalipsis", es la segunda que utiliza el Espacio Notariado, una especie de gran galpón con piso de hormigón y puertas de metal. "Lo pensé así, no como una obra masificada, porque no hay un gran público para lo que hacemos. Actualmente no se busca la reflexión sino el teatro pasatista", se lamenta. De todas formas, en las gradas de la sala no caben más de 80 personas. "No lo hicimos así por pobreza. El actor no es el rey, por eso está parado debajo", aclara, "pero el centro de la acción es el público". Con la de esta noche quedan cuatro funciones antes de su viaje. La reposición de la obra podría ocurrir en febrero en un sitio más que alternativo como escenario: la playa. Para ese entonces, Coletto tendrá la experiencia de Europa que, tal como su gira por Sudamérica y Cuba en 1993, lo pondrá al tanto de las nuevas corrientes y del teatro ritual. Su curiosidad por esos géneros parece no corresponder con alguien egresado de la Escuela Municipal de Arte Dramático (EMAD). "Cada estilo tiene su riqueza. La EMAD es la escuela más completa que tenemos. Hay que conocer mucho para investigar después", refuta. Entre varios encuentros, el director uruguayo, participará de uno con Peter Brook, la Comèdie Française y La Fura dels Baus en Barcelona. A su regreso planea trabajar como docente en el teatro Victoria y seleccionar el elenco para su espectáculo siguiente. "Hay latidos interiores: cada texto, cada actor, cada espectáculo tiene un latido", explica Coletto, negándose a definir una metodología de trabajo. Su grupo, el mismo con el que montó cuatro obras -inclusive una para niños- está integrado por artistas plásticos, músicos, escritores, productores y malabaristas. Son 15 personas en total y saben que el entrenamiento para una obra con este director puede llegar a parecerse a un retiro espiritual. A los 33 años de edad, Coletto asegura: "Cuanto más salís al exterior, más descubrís la energía de Montevideo. Me gusta crear acá". Su inminente partida, entonces, es casi una forma de retenerlo. Macarena Langleib – El Observador (20 / 8 / 98) |
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