• El chamán que está en nosotros


    Es una de las revelaciones del 98. Porque "La improvisación del alma" de Ionesco, que recaló en los subsuelos de PuertoLuna, mostraba un hombre inquieto, lleno de ideas, en un resultado más que sugerente.

    Con 33 años, Ruben Coletto, este egresado de la Escuela Municipal de Arte Dramática, empieza a meterse en la piel de un Jesús apocalíptico, en un espectáculo que promete rupturas varias. "Hay que salir de la aldea para venir renovado", dice aludiendo a su viaje por América Latina al salir de la Escuela. Investigó sobre el teatro ritual, porque en definitiva, el chamán fue el primer actor. A la vuelta formó parte de "El príncipe" de Maquiavelo, fue uno de los encargados de decir con voz susurrada el "Menú de cuentos" que recorrió el país para conmover con Kafka, Chejov o Benedetti. Después vinieron "Cyrano de Bergerac", "Bartleby, el escribiente" -con el que viajó a Estados Unidos- y finalmente, "El fantasma de Canterville", donde encarnaba al protagonista de los temas del bienamado Sui Generis.

    "Soy montevideano a mil. En la ciudad hay una energía que la tienen pocas ciudades en el mundo. Y la verdad es que se está creciendo a pasos agigantados en lo artístico. Antes había una corriente teatral muy definida y lo demás era casi inexistente. Ahora los directores de muchos años empiezan a investigar nuevos caminos. Las generaciones se fusionan y hay un movimiento de gente joven queriendo hacer teatro. Claro que parece que el teatro está de moda. Eso trae a los jóvenes, pero el colador va a dejar a muy pocos, porque el mismo teatro los toma o los rechaza. Pienso que hay una forma irrespetuosa de ver lo artístico, tanto en algunos jóvenes como en algunos veteranos. Pero esos no son verdaderos artistas. Los verdaderos enseñan con el ejemplo. Los otros simplemente están ahí."

    Para Coletto, el gran problema es que aquí somos como un círculo, donde nos conocemos todos, lo que provoca que "nos cueste la sorpresa. De ahí que haya que salir, investigar y volver". Lo sorprende ver apostar a nuevas propuestas aunque, asegura, la comodidad es la que prevalece. "A veces tengo que cachetearme para intentar algo que me emocione. Ahí empieza el arte a crear con vida. El producto podrá ser bueno o malo pero será verdad, será creado a cada instante. Encontrás eso en gente que vive el teatro como forma de vida y no como pasatiempo o terapia. El teatro -ese templo- te va tomando espacios y después ya no pertenecés al mundo exterior. Lo exterior es el pasatiempo. Si se elige el pasatiempo, se saca el personaje del cajoncito, y ya está, funciona. Lo fundamental es que el actor sienta al personaje y se sorprenda", señala.

    Cuando vino del viaje por América, llegó negando el texto, después de haberlo estudiado hasta el cansancio en la Escuela. Sólamente quería usar la palabra como sonido. De a poco, la fue uniendo con el movimiento y eligió "La improvisación del alma" porque el teatro del absurdo, dice, es el teatro de estos tiempos. Empezó a enamorarse de la musicalidad del texto, los ritmos, los juegos de palabras.

    "Traté de resaltar, como Ionesco, la defensa de lo individual, el hecho del ser único e irrepetible. Estoy en contra de la masificación y por eso lo del vestuario hecho con marcas de productos, que nos siguen y no nos damos cuenta. Ionesco en la obra se autocritica muchísimo y confiesa haber caído en sus propias redes, lo que también fue una luz roja para mí. Plantea el cuidado que hay que tener a la hora de dejarse llevar por ciertas ideologías. Es una obra que habla de los críticos y pienso que no tenemos que ser complacientes frente a un espectáculo, pero sí creo en la buena o la mala energía. No hice esta obra para darle palo a nadie, tampoco a los críticos, para decir lo que está bien o lo que está mal. Lo que importa es que cada uno analice simplemente lo que vio."

    Coletto da clases de teatro, o de lo que él sabe, que no está seguro de si es teatro... Busca ese público que va más allá de los 20 mil que ya son consumados espectadores. Aspira a un teatro a la vez siempre el mismo y siempre diferente. Afirma que los artistas suelen ser malos de más con ellos mismos. Que el crítico tendría que tener una relación más cuidadosa con los artistas. Tiene fe en un teatro que fusione música, cine, acrobacia y danza. "Quiero dejar en claro que no sé nada. Siento las cosas y las tiro".

    Por ahora, mientras prepara su apocalipsis personal, se fascina con los latidos del hijo que llegará dentro de poco. "El primer sonido que existió fue la percusión, ese latido del niño en el vientre de la madre". Otra manera de confirmar, a quien quiera oirlo, la defensa de lo irrepetible. Como Ionesco lo decía hace algunas décadas.

    Alfredo Goldstein – Brecha (11 / 12 / 98)


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