JORGE
LUIS BORGES, nacido en Buenos
Aires. Autor de Fervor de Buenos Aires (1923); El Idioma de los
Argentinos (1928); Cuaderno San Martín (1929), Evaristo Carriego (1930);
Discusión (1932) Historia Universal de la Infamia (1935); Historia
de la Eternidad (1936), El jardín de senderos que se bifurcan (1941);
Ficciones (1944); El Aleph (1949), Otras inquisiciones (1952);
El hacedor (1960), Obra poética (1964).
Debo
a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de
Uqbar. El espejo inquietaba el fondo de un corredor en una quinta de la calle
Gaona, en Ramos Mejía; la enciclopedia falazmente se llama The
Anglo-American Cyclopaedia (New York, 1917) y es una reimpresión literal,
pero también morosa, de la Encyclopaedia Britannica de 1902. El hecho se
produjo hará unos cinco años. B¡oy Casares había cenado conmigo esa noche
y nos demoró una vasta polémica sobre la ejecución de una novela en primera
persona, cuyo narrador omitiera o desfigurara los hechos e incurriera en
diversas contradicciones, que permitieran a unos pocos lectores —a muy pocos
lectores— la adivinación de una realidad atroz o banal. Desde el fondo remoto
del corredor, el espejo nos acechaba. Descubrimos (en la alta noche ese
descubrimiento es inevitable) que los espejos tienen algo monstruoso. Entonces
Bioy Casares recordó que uno de los heresiarcas de Uqbar había declarado que
los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los
hombres. Le pregunté el origen de esa memorable sentencia y me contestó que The
Anglo-American Cyclopaedia la registraba, en su artículo sobre Uqbar. La
quinta (que habíamos alquilado amueblada) poseía un ejemplar de esa obra. En
las últimas páginas del volumen XLVI dimos con un artículo sobre Upsala; en
las primeras del XLVII, con uno sobre Ural-Ataic Languages, pero ni una
palabra sobre Uqbar. Bioy, un poco azorado, interrogó los tomos del índice.
Agotó en vano todas las lecciones imaginables Ukbar, Ucbar, Ooqbar, Ookbar,
Oukbahr. Antes de irse, me dijo que era una región del Irak o del Asia Menor.
Confieso que asentí con alguna incomodidad. Conjeturé que ese
país
indocumentado y ese heresiarca anónimo eran una ficción improvisada por la
modestia de Bioy para justificar una frase. El examen estéril de uno de los
atlas de Justus Perthes fortaleció mi duda.
Al
día siguiente, Bioy me llamó desde Buenos Aires. Me dijo que tenía a la vista
el artículo sobre Uqbar, en el volumen XLVI de la Enciclopedia. No constaba el
nombre del heresiarca, pero sí la noticia de su doctrina, formulada en palabras
casi idénticas a las repetidas por él, aunque —tal vez—
literariamente inferiores. Él había recordado: Copulation and
mirrors are abominable. El texto de la Enciclopedia decía: Para uno de
esos gnósticos, el visible universo era una ilusión o (más precisamente) un
sofisma. Los espejos y la paternidad son abominables (mirrors and
fatherhood are abominable) porque lo multiplican y lo divulgan. Le dije,
sin faltar a la verdad, que me gustaría ver ese artículo. A los
pocos días lo trajo. Lo cual me sorprendió, porque los escrupulosos índices
cartográficos de la Erdkunde de Ritter ignoraban con plenitud el nombre
de Uqbar.
El
volumen que trajo Bioy era efectivamente el XLVI de la Anglo-American
Cyclopaedia. En la falsa carátula y en el lomo, la indicación alfabética
(Tor-Ups) era la de nuestro ejemplar, pero en vez de 917 páginas constaba de
921. Esas cuatro páginas adicionales comprendían el artículo sobre Uqbar no
previsto (como habrá advertido el lector) por la indicación alfabética.
Comprobamos después que no hay otra diferencia entre los volúmenes. Los
dos (según creo haber indicado) son reimpresiones de la décima Encyclopaedia
Britannica. Bioy había adquirido su ejemplar en uno de tantos remates.
Leímos
con algún cuidado el artículo. El pasaje recordado por Bioy era tal vez el único
sorprendente. El resto parecía muy verosímil, muy ajustado al tono general
de la obra y (como es natural) un poco aburrido. Releyéndolo, descubrimos bajo
su rigurosa escritura una fundamental vaguedad. De los catorce nombres que figuraban
en la parte geográfica, sólo reconocimos tres —Jorasán, Armenia,
Erzerum—, interpolados en el texto de un modo ambiguo. De los nombres históricos,
uno solo: el impostor Esmerdis el mago, invocado más bien como una metáfora.
La nota parecía precisar las fronteras de Uqbar, pero sus nebulosos puntos de
referencia eran ríos y cráteres y cadenas de esa misma región. Leímos,
verbigracia, que las tierras bajas de Tsai Jaldún y el delta del Axa definen la
frontera del sur y que en las islas de ese delta procrean los caballos salvajes.
Eso, al principio de la página 918. En la sección histórica (página 920)
supimos que a raíz de las persecuciones religiosas del siglo XIII, los
ortodoxos buscaron amparo en las islas, donde perduran todavía sus obeliscos y
donde no es raro exhumar sus espejos de piedra. La sección idioma y
literatura era breve. Un solo rasgo memorable: anotaba que la literatura de
Uqbar era de carácter fantástico y que sus epopeyas y sus leyendas no se referían
jamás a la realidad, sino a las dos regiones imaginarias de Mlejnas y de Tlön.
La bibliografía enumeraba cuatro volúmenes que no hemos encontrado hasta
ahora, aunque el tercero — Silas Haslam: History of the land called Uqbar, 1874—
figura en los catálogos de librería de Bernard Quaritch1.
El primero, Lesbare und iesenswerthe Bemerkungen über das Land Ukkbar in
Klein-Asien, data de 1641 y es obra de Johannes Valentinus Andreä. El hecho
es significativo, un par de años después, di con ese nombre en las inesperadas
páginas de De Quincey (Writings, volumen decimotercero) y supe que era
el de un teólogo alemán que a principios del siglo XVII describió la
imaginaria comunidad de la Rosa-Cruz, que otros
luego fundaron, a imitación de lo prefigurado por él.
Esa noche visitamos la Biblioteca Nacional. En vano fatigamos atlas, catálogos, anuarios de sociedades geográficas, memorias de viajeros e historiadores nadie había estado nunca en Uqbar. El índice general de la enciclopedia de Bioy tampoco registraba ese nombre. Al día siguiente, Carlos Mastronardi (a quien yo había referido el asunto) advirtió en una librería de Corrientes y Talcahuano los negros y dorados lomos de la Anglo-American Cyclopaedia... Entró e interrogó el volumen XLVI. Naturalmente, no dio con el menor indicio de Uqbar.
Algún
recuerdo limitado y menguante de Herbert Ashe, ingeniero de los ferrocarriles
del Sur, persiste en el hotel de Adrogué, entre las efusivas madreselvas y en
el fondo ilusorio de los espejos. En vida padeció de irrealidad, como tantos
ingleses; muerto, no es siquiera el fantasma que ya era entonces. Era alto y
desganado y su cansada barba rectangular había sido roja. Entiendo que era
viudo, sin hijos. Cada tantos años iba a Inglaterra: a visitar (juzgo por unas
fotografías que nos mostró) un reloj de sol y unos robles. Mi padre había
estrechado con él (el verbo es excesivo) una de esas amistades inglesas que
empiezan por excluir la confidencia y que muy pronto omiten el diálogo. Solían
ejercer un intercambio de libros y periódicos, solían batirse al ajedrez,
taciturnamente... Lo recuerdo en el corredor del hotel, con un libro de matemáticas
en la mano, mirando a veces los colores irrecuperables del cielo. Una tarde,
hablamos del sistema duodecimal de numeración (en el que doce se escribe 10).
Ashe dijo que precisamente estaba trasladando no sé qué tablas duodecimales a
sexagesimales (en las que sesenta se escribe 10). Agregó que ese trabajo le había
sido encargado por un noruego: en Río Grande do Sul. Ocho años que lo conocíamos
y no había mencionado nunca su estadía en esa región... Hablamos de vida
pastoril, de capangas, de la etimología brasilera de la palabra gaucho
(que algunos viejos orientales todavía pronuncian gaúcho) y nada
más se dijo —Dios me perdone— de funciones duodecimales. En setiembre de
1937 (no estábamos nosotros en el hotel) Herbert Ashe murió de la rotura de un
aneurisma. Días antes, había recibido del Brasil un paquete sellado y
certificado. Era un libro en octavo mayor. Ashe lo dejó en el bar, donde
—meses después— lo encontré. Me puse a hojearlo y sentí un vértigo
asombrado y ligero que no describiré, porque esta no es la historia de mis
emociones sino de Uqbar y Tlön y Orbis Tertius. En una noche del Islam que se
llama la Noche de las Noches se abren de par en par las secretas puertas del
cielo y es más dulce el agua en los cántaros; si esas puertas se abrieran, no
sentiría lo que en esa tarde sentí. El libro estaba redactado en inglés y ¡o
integraban 1001 páginas. En el
amarillo lomo de cuero leí estas curiosas palabras que la falsa carátula repetía:
A first Encyclopaedia of Tlön. Vol. XI. Hlaer
to Jangr. No
había indicación de fecha ni de lugar. En la primera página y en una hoja de
papel de seda que cubría una de las láminas en colores había estampado un óvalo
azul con esta inscripción: Orbis Tertius. Hacía dos años que yo había
descubierto en un tomo de cierta enciclopedia pirática una somera descripción
de un falso país; ahora me deparaba el azar algo más precioso y más arduo.
Ahora tenía en las manos un vasto fragmento metódico de la historia total de
un planeta desconocido, con sus arquitecturas y sus barajas, con el pavor de sus
mitologías y el rumor de sus lenguas, con sus emperadores y sus mares, con sus
minerales y sus pájaros y sus peces, con su álgebra y su fuego, con su
controversia teológica y metafísica. Todo ello articulado, coherente, sin
visible propósito doctrinal o tono paródico.
En
el "onceno tomo" de que hablo hay alusiones a tomos ulteriores y
precedentes. Néstor Ibarra, en un artículo ya clásico de la N. R. F., ha
negado que existen esos aláteres; Ezequiel Martínez Estrada y Drieu La
Rochelle han refutado, quizá victoriosamente, esa duda. El hecho es que hasta
ahora las pesquisas más diligentes han sido estériles. En vano hemos
desordenado las bibliotecas de las dos Américas y de Europa. Alfonso Reyes,
harto de esas fatigas subalternas de índole policial, propone que entre todos
acometamos la obra de reconstruir los muchos y macizos tomos que faltan: ex
ungue leonem. Calcula, entre veras y burlas, que una generación de tlönistas
puede bastar. Ese arriesgado cómputo nos retrae al problema fundamental ¿Quiénes
inventaron a Tlön? El plural es inevitable, porque la hipótesis de
un solo inventor —de un infinito Leibniz obrando en la tiniebla y en la
modestia— ha sido descartada unánimemente. Se conjetura que este brave new
world es obra de una sociedad secreta de astrónomos, de biólogos, de
ingenieros, de metafísicos, de poetas, de químicos, de algebristas, de
moralistas, de pintores, de geómetras... dirigidos por un oscuro hombre de
genio. Abundan individuos que dominan esas disciplinas diversas, pero no los capaces
de invención y menos los capaces de subordinar la invención a un riguroso plan
sistemático. Ese plan es tan vasto que la contribución de cada escritor es
infinitesimal. Al principio se creyó que Tlön era un mero caos, una
irresponsable licencia de la imaginación, ahora se sabe que es un cosmos y las
íntimas leyes que lo rigen han sido formuladas, siquiera en modo provisional. Básteme
recordar que las contradicciones aparentes del Onceno Tomo son la piedra
fundamental de la prueba de que existen los otros: tan lúcido y tan justo es el
orden que se ha observado en él. Las revistas populares han divulgado, con
perdonable exceso, la zoología y la topografía de Tlön, yo pienso que sus
tigres transparentes y sus torres de sangre no merecen, tal vez, la continua
atención de todos los hombres. Yo me atrevo a pedir unos minutos para su
concepto del universo.
Hume
notó para siempre que los argumentos de Berkeley no admitían la menor réplica
y no causaban la menor convicción. Ese dictamen es del todo verídico en su
aplicación a la tierra, del todo falso en Tlön. Las naciones de ese planeta
son —congénitamente— idealistas. Su lenguaje y las derivaciones de su
lenguaje. —la religión, las letras, la metafísica— presuponen el
idealismo. El mundo para ellos no es un concurso de objetos en el espacio, es
una serie heterogénea de actos independientes. Es sucesivo, temporal, no
espacial. No hay sustantivos en la conjetural Ursprache de Tlön, de la
que proceden los idiomas “actuales” y los dialectos: hay verbos
impersonales, calificados por sufijos (o prefijos) monosilábicos de valor
adverbial. Por ejemplo no hay palabra que corresponda a la palabra luna, pero
hay un verbo que sería en español lunecer o lunar. Surgió la luna
sobre el río se dice hlör u fang axaxaxas mlö o sea en su orden:
hacia arriba (upward) detrás duradero fluir luneció (Xul Solar traduce
con brevedad: upa tras perfluye lunó. Upward
bebind onstreaming in mooned).
Lo
anterior se refiere a los idiomas del hemisferio austral. En los del hemisferio
boreal (de cuya Ursprache hay muy pocos datos en el Onceno Tomo) la célula
primordial no es el verbo, sino el adjetivo monosilábico del sustantivo se
forma por acumulación de adjetivos. No se dice luna se dice aéreo
claro sobre oscuro-redondo o anaranjado-tenue-del-cielo o cualquier
otra agregación. En el caso elegido la masa de adjetivos corresponde a un
objeto real, el hecho es puramente fortuito. En la literatura de este hemisferio
(como en el mundo subsistente de Meinong) abundan los objetos ideales, convocados
y disueltos en un momento, según las necesidades poéticas. Los determina, a
veces, la mera simultaneidad. Hay objetos compuestos de dos términos, uno de carácter
visual y otro auditivo: el color del naciente y el remoto grito de un pájaro.
Los hay de muchos: el sol y el agua contra el pecho del nadador, el vago rosa trémulo
que se ve con los ojos cerrados, la sensación de quien se deja llevar por un río
y también por el sueño. Esos objetos de segundo grado pueden combinarse con
otros, el proceso, mediante ciertas abreviaturas, es prácticamente infinito.
Hay poemas famosos compuestos de una sola enorme palabra. Esa palabra integra un
objeto poético creado por el autor. El hecho de que nadie crea en la
realidad de los sustantivos hace, paradójicamente, que sea interminable su número.
Los idiomas del hemisferio boreal de Tlön poseen todos los nombres de las
lenguas indoeuropeas, y otros muchos mas.
No
es exagerado afirmar que la cultura clásica de Tlön comprende una sola
disciplina: la psicología. Las otras están subordinadas a ella. He dicho que
los hombres de ese planeta conciben el universo como una serie de procesos
mentales, que no se desenvuelven en el espacio sino de modo sucesivo en el
tiempo. Spinoza atribuye a su inagotable divinidad los atributos de la extensión
y del pensamiento; nadie comprendería en Tlön la yuxtaposición del primero
(que sólo es típico de ciertos estados) y del segundo, que es un sinónimo
perfecto del cosmos. Dicho sea con otras palabras: no conciben que lo espacial
perdure en el tiempo. La percepción de una humareda en el horizonte y después
del campo incendiado y después del cigarro a medio apagar que produjo la quemazón
es considerada un ejemplo de asociación de ideas.
Este
monismo o idealismo total invalida la ciencia. Explicar (o juzgar) un hecho es
unirlo a otro; esa vinculación en Tlön, es un estado posterior del sujeto, que
no puede afectar o iluminar el estado anterior. Todo estado mental es
irreducible: el mero hecho de nombrarlo –id est, de clasificarlo-
importa un falseo. De ello cabría deducir que no hay ciencia en Tlön, ni
siquiera razonamientos. La paradójica verdad es que existen, en casi
innumerable número. Con las filosofías acontece lo que acontece con los
sustantivos en el hemisferio boreal. El hecho de que toda filosofía sea de
antemano un juego dialéctico, una Philosophie des Als Ob, ha contribuido
a multiplicarlas. Abundan los sistemas increíbles, pero de arquitectura
agradable o de tipo sensacional. Los metafísicos de Tlön no buscan la verdad
ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro. Juzgan que la metafísica es
una rama de la literatura fantástica. Saben que un sistema no es otra cosa que
la subordinación de todos los aspectos del universo a uno cualquiera de ellos.
Hasta la frase “todos los aspectos” es rechazable, porque supone la
imposible adición del instante presente y de los pretéritos. Tampoco es lícito
el plural “los pretéritos”, porque supone otra operación imposible... Una
de las escuelas de Tlön llega a negar el tiempo: razona que el presente es
indefinido, que el futuro no tiene realidad sino como esperanza presente, que el
pasado no tiene realidad sino como recuerdo presente1.
Otra escuela declara que ha transcurrido ya todo el tiempo y que nuestra
vida es apenas el recuerdo o reflejo crepuscular, y sin duda falseado y
mutilado, de un proceso irrecuperable. Otra, que la historia del universo –y
en ella nuestras vidas y el más tenue detalle de nuestras vidas- es la
escritura que produce un dios subalterno para entenderse con un demonio. Otra,
que el universo es comparable a esas criptografías en las que no valen todos
los símbolos y que sólo es verdad lo que sucede cada trescientas noches. Otra,
que mientras dormimos aquí, estamos despiertos en otro lado y que así cada
hombre es dos hombres.
Entre
las doctrinas de Tlön, ninguna ha merecido tanto escándalo como el
materialismo. Algunos pensadores lo han formulado, con menos claridad que
fervor, como quien adelanta una paradoja. Para facilitar el entendimiento de esa
tesis inconcebible, un heresiarca del undécimo siglo2
ideó el sofisma de las nueve monedas de cobre, cuyo renombre escandaloso
equivale en Tlön al de las aporías eleáticas. De ese “razonamiento
especioso” hay muchas versiones, que varían el número de monedas y el número
de hallazgos; he aquí la más común:
El
martes, X atraviesa un camino desierto y pierde nueve monedas de cobre. El
jueves, Y encuentra en el camino cuatro monedas, algo herrumbradas por la lluvia
del miércoles. El viernes, Z descubre tres monedas en el camino. El viernes de
mañana, X encuentra dos monedas en el corredor de su casa. El
heresiarca quería deducir de esa historia la realidad –id est, la
continuidad- de las nueve monedas recuperadas. Es absurdo (afirmaba)
imaginar que cuatro de las monedas no han existido entre el martes y el
jueves, tres entre el martes y la tarde del viernes, dos entre el martes y la
madrugada del viernes. Es lógico pensar que han existido —siquiera de
algún modo secreto, de comprensión velada a los hombres— en todos
los momentos de esos tres plazos.
El
lenguaje de Tlön se resistía a formular esa paradoja; los más no la
entendieron. Los defensores del sentido común se limitaron, al principio, a
negar la veracidad de la anécdota. Repitieron que era una falacia verbal,
basada en el empleo temerario de dos voces neológicas, no autorizadas por el
uso y ajenas a todo pensamiento severo: los verbos encontrar y perder,
que comportaban una petición de principio, porque presuponían la
identidad de las nueve primeras monedas y de las últimas. Recordaron que todo
sustantivo (hombre, moneda, jueves, miércoles, lluvia) sólo tiene un valor
metafórico. Denunciaron la pérfida circunstancia algo herrumbradas por
la lluvia del miércoles, que presupone lo que se trata de demostrar: la
persistencia de las cuatro monedas, entre el jueves y el martes. Explicaron
que una cosa es igualdad y otra identidad y formularon una especie
de reductio ad absurdum, o sea el caso hipotético de nueve hombres que
en nueve sucesivas noches padecen un vivo dolor. ¿No sería ridículo
—interrogaron— pretender que ese dolor igual es el mismo?1
Dijeron que al heresiarca no lo movía sino el blasfematorio propósito de
atribuir la divina categoría de ser a unas simples monedas y que a
veces negaba la pluralidad y otras no. Argumentaron, si la igualdad comporta la
identidad, habría que admitir asimismo que las nueve monedas son una sola.
Increíblemente,
esas refutaciones no resultaron definitivas. A los cien años de enunciado el
problema, un pensador no menos brillante que el heresiarca pero de tradición
ortodoxa, formuló una hipótesis muy audaz. Esa conjetura feliz afirma que hay
un solo sujeto, que ese sujeto indivisible es cada uno de los seres del universo
y que estos son los órganos y máscaras de la divinidad. X es Y y es Z. Z
descubre tres monedas porque recuerda que se le perdieron a X; X encuentra dos
en el corredor porque recuerda que han sido recuperadas las otras... El onceno
tomo deja entender que tres razones capitales determinaron la victoria total de
ese panteísmo idealista. La primera, el repudio del solipsismo; la segunda, la
posibilidad de conservar la base psicológica de las ciencias; la tercera, la
posibilidad de conservar el culto de los dioses. Schopenhauer (el apasionado y lúcido
Schopenhauer) formula una doctrina muy parecida en el primer volumen de Parerga
und Paralipomena.
La
geometría de Tlön comprende dos disciplinas algo distintas: la visual y la táctil.
La última corresponde a la nuestra y la subordinan a la primera. La base de la
geometría visual es la superficie, no el punto. Esta geometría desconoce
las paralelas y declara que el hombre que se desplaza modifica las formas que lo
circundan. La base de su aritmética es la noción de números indefinidos.
Acentúan ¡a importancia de los conceptos de mayor y menor, que nuestros matemáticos
simbolizan por > y por <. Afirman que la operación de contar modifica las
cantidades y las convierte de indefinidas en definidas. El hecho de que varios
individuos que cuentan una misma cantidad logran un resultado igual, es para los
psicólogos un ejemplo de asociación de ideas o de buen ejercicio de la
memoria. Ya sabemos que en Tlön el sujeto del conocimiento es uno y eterno.
En
los hábitos literarios también es todopoderosa la idea de un sujeto único. Es
raro que los libros estén firmados. No existe el concepto del plagio: se ha
establecido que todas las obras son obra de un solo autor, que es intemporal y
es anónimo. La crítica suele inventar autores: elige dos obras disímiles -el
Tao Te King; y las 1.001 Noches,
digamos—, las atribuye a un mismo escritor y luego determina con probidad la
psicología de ese interesante homme de lettres...
También
son distintos los libros. Los de ficción abarcan un solo argumento, con todas
las permutaciones imaginables. Los de naturaleza filosófica invariablemente
contienen la tesis y la antítesis, el riguroso pro y el contra de una doctrina.
Un libro que no encierra su contralibro es considerado incompleto.
Siglos
y siglos de idealismo no han dejado de influir en la realidad. No es
infrecuente, en las regiones más antiguas de Tlön, la duplicación de objetos
perdidos. Dos personas buscan un lápiz, el primero lo encuentra y no dice nada,
el segundo encuentra un segundo lápiz no menos real, pero más ajustado a su
expectativa. Esos objetos secundarios se llaman hrönir y son, aunque de
forma desairada un poco más largos.
Hasta hace poco, los hrönir fueron hijos casuales de la distracción y
el olvido. Parece mentira que su metódica producción cuente apenas cien años
pero así lo declara el Onceno Tomo. Los primeros intentos fueron estériles.
El modus operandi, sin embargo, merece recordación. El director de una
de las cárceles del estado comunicó a los presos que en el antiguo lecho de
un río había ciertos sepulcros y prometió la libertad a quienes trajeran un
hallazgo importante. Durante los meses que precedieron a la excavación les
mostraron láminas fotográficas de lo que iban a hallar. Ese primer intento
probó que la esperanza y la avidez pueden inhibir; una semana de trabajo con la
pala y el pico no logró exhumar otro hrön que una rueda herrumbrada,
de fecha posterior al experimento. Este se mantuvo secreto y se repitió después
en cuatro colegios. En tres fue casi total el fracaso, en el cuarto (cuyo
director murió casualmente durante las primeras excavaciones) los discípulos
exhumaron —o produjeron— una máscara de oro, una espada arcaica, dos o tres
ánforas de barro y el verdinoso y mutilado torso de un rey con una inscripción
en el pecho que no se ha logrado aún descifrar. Así se descubrió la
improcedencia de testigos que conocieran la naturaleza experimental de la
busca... Las investigaciones en masa producen objetos contradictorios, ahora
se prefiere los trabajos individuales y casi improvisados. La metódica
elaboración de hrönir (dice el Onceno Tomo) ha prestado servicios
prodigiosos a los arqueólogos. Ha permitido interrogar y hasta, modificar el
pasado, que ahora no es menos plástico y menos dócil que el porvenir. Hecho
curioso: los hrönir de segundo y de tercer grado —los hrönir derivados
de otro hrön, los hrönir derivados del hrön de un hrön—
exageran las aberraciones del inicial, los de quinto son casi informes, los de
noveno se confunden con los de segundo, en los de undécimo hay una pureza de líneas
que los originales no tienen. El proceso es periódico: el hrön de duodécimo
grado ya empieza a decaer. Más extraño y más puro que el hrön es
a veces el ur: la cosa producida por sugestión, el objeto deducido por
la esperanza. La gran máscara de oro que he mencionado es un ilustre
ejemplo.
Las
cosas se duplican en Tlön; propenden asimismo a borrarse y a perder los
detalles cuando los olvida la gente. Es clásico el ejemplo de un
umbral que perduró mientras lo visitaba un mendigo y que se perdió de
vista a su muerte. A veces unos pájaros, un caballo, han salvado las ruinas
de un anfiteatro.
1940,
Salto Oriental.
Postdata
de 1947 —
Reproduzco el artículo anterior tal como apareció en la Antología de la
Literatura Fantástica, Editorial Sudamericana, 1940, sin otra escisión
que algunas metáforas y que una espacie de resumen burlón que ahora
resulta frívolo. Han ocurrido tantas cosas desde esa fecha... Me limitaré a
recordarlas.
En
marzo de 1941 se descubrió una carta manuscrita de Gunnar Erfjord en un libro
de Hinton que había sido de Herbert Ashe. El sobre tenía el sello postal de
Ouro Preto; la carta elucidaba enteramente el misterio de Tlön. Su texto
corrobora las hipótesis de Martínez Estrada. A principios del siglo XVII, en
una noche de Lucerna o de Londres, empezó la espléndida historia. Una sociedad
secreta y benévola (que entre sus ahilados tuvo a Dalgarno y después a George
Berkeley) surgió para inventar un país. En el vago programa inicial figuraban
los estudios herméticos, la filantropía y la cábala. De esa primera época
data el curioso libro de Andrea. Al cabo de unos años de conciliábulos y de síntesis
prematuras comprendieron que una generación no bastaba para articular un país.
Resolvieron que cada uno de los maestros que la integraban eligiera un discípulo
para la continuación de la obra. Esa disposición hereditaria prevaleció,
después de un hiato de dos siglos la perseguida fraternidad resurge en América.
Hacia 1824, en Memphis (Tennessee) uno de los afiliados conversa con el ascético
millonario Ezra Buckley. Éste lo deja hablar con algún desdén, y se ríe de
la modestia del proyecto. Le dice que en América es absurdo inventar un país y
le propone la invención de un planeta. A esa gigantesca idea añade otra, hija
de su nihilismo1
la de guardar en el silencio la empresa enorme. Circulaban entonces los veinte
tomos de la Encyclopaedia Britannica, Buckley sugiere una enciclopedia
metódica del planeta ilusorio. Les dejará sus cordilleras auríferas, sus ríos
navegables, sus praderas holladas por el toro y por el bisonte, sus
negros, sus prostíbulos y sus dólares bajo una condición: “La obra no
pactará con el impostor Jesucristo”. Buckley descree de Dios, pero quiere
demostrar al Dios no existente que los hombres mortales son capaces de concebir
un mundo. Buckley es envenenado en Bâton Rouge en 1828, en 1914 la sociedad
remite a sus colaboradores, que son trescientos, el volumen final de la Primera
Enciclopedia de Tlön. La edición es secreta los cuarenta volúmenes que
comprende (la obra más vasta que han acometido los hombres) serían la base de
otra más minuciosa, redactada no ya en inglés, sino en alguna de las lenguas
de Tlön. Esa revisión de un mundo ilusorio se llama provisoriamente Orbis
Tertius y uno de sus modestos demiurgos fue Herbert Ashe, no sé si como
agente de Gunnar Erfjord -o como afiliado. Su recepción de un ejemplar del
Onceno Tomo parece favorecer lo segundo. Pero ¿Y los otros? Hacia 1942
arreciaron los hechos. Recuerdo con singular nitidez uno de los primeros y me
parece que algo sentí de su carácter premonitorio. Ocurrió en un departamento
de la calle Laprida, frente a un claro y alto balcón que miraba al ocaso. La
princesa de Faucigny Lucinge había recibido de Poitiers su vajilla de plata.
Del vasto fondo de un cajón rubricado de sellos internacionales iban saliendo
finas cosas inmóviles; platería de Utrecht y de París con dura fauna heráldica,
un samovar. Entre ellas —con un perceptible y tenue temblor de pájaro
dormido— latía misteriosamente una brújula. La princesa no la reconoció. La
aguja azul anhelaba el norte magnético, la caja de metal era cóncava, las
letras de la esfera correspondían a uno de los alfabetos de Tlön. Tal
fue la primera intrusión del mundo fantástico en el mundo real. Un azar que me
inquieta hizo que yo también fuera testigo de la segunda. Ocurrió unos meses
después, en la pulpería de un brasilero, en la Cuchilla Negra. Amorim y yo
regresábamos de Sant'Anna. Una creciente del río Tacuarembó nos obligó a
probar (y a sobrellevar) esa hospitalidad temeraria. El pulpero nos acomodó
unos catres crujientes en una pieza grande, entorpecida de barriles y cueros.
Nos acostamos, pero no nos dejó dormir hasta el alba: la borrachera de un
vecino invisible, que alternaba denuestos inextricables con rachas de
milongas, más bien con rachas de una sola milonga. Como es de suponer,
atribuimos a la fogosa caña del patrón ese griterío insistente. A la
madrugada, el hombre estaba muerto en el corredor. La aspereza de la voz nos había
engañado: era un muchacho joven. En el delirio se le habían caído del tirador
unas cuantas monedas y un cono de metal reluciente, del diámetro de un dado. En
vano un chico trató de recoger ese cono. Un hombre apenas acertó a levantarlo.
Yo lo tuve en la palma de la mano algunos minutos: recuerdo que su peso era
intolerable y que después de retirado el cono, la opresión perduró. También
recuerdo el círculo preciso que me grabó en la carne. Esa evidencia de un
objeto muy chico y a la vez pesadísimo dejaba una impresión desagradable de
asco y de miedo. Un paisano propuso que lo tiraran al río correntoso; Amorim lo
adquirió mediante unos pesos. Nadie sabía nada del muerto, salvo que venía de
la frontera. Esos conos pequeños y muy pesados (hechos de un metal que
no es de este mundo) son imagen de la divinidad, en ciertas religiones de Tlön.
Aquí
doy término a la parte personal de mi narración. Lo demás está en la memoria
(cuando no en la esperanza o en el temor) de todos mis lectores. Básteme
recordar o mencionar los hechos subsiguientes con una mera brevedad de palabras
que el cóncavo recuerdo general enriquecerá o
ampliará. Hacia 1944 un investigador del diario The American (de
Nashville, Tennessee) exhumó en una biblioteca de Memphis los cuarenta volúmenes
de la Primera Enciclopedia de Tlön. Hasta el día de hoy se discute s¡ ese
descubrimiento fue casual o si lo consintieron los directores del todavía
nebuloso Orbis Tertius. Es verosímil lo segundo. Algunos rasgos increíbles
del Onceno Tomo (verbigracia, la multiplicación de los hrönir) han sido
eliminados o atenuados en el ejemplar de Memphis; es razonable imaginar que esas
tachaduras obedecen al plan de exhibir un mundo que no sea demasiado
incompatible con el mundo real. La diseminación de objetos de Tlön en diversos
países complementaría ese plan...1
El hecho es que la prensa internacional voceó infinitamente el
“hallazgo, Manuales, antologías, resúmenes, versiones literales,
reimpresiones autorizadas y reimpresiones piráticas de la Obra Mayor de los
Hombres abarrotaron y siguen
abarrotando la tierra. Casi inmediatamente, la realidad cedió en más de un
punto. Lo cierto es que anhelaba ceder. Hace diez años bastaba cualquier simetría
con apariencia de orden —el materialismo dialéctico, el antisemitismo, el
nazismo— para embelesar a los hombres. ¿Cómo no someterse a Tlön, a la
minuciosa y vasta evidencia de un planeta ordenado? Inútil responder que la
realidad también está
ordenada. Quizá lo esté,
pero de acuerdo a leyes
divinas —traduzco a leyes inhumanas— que
no acabamos nunca de percibir. Tlön será un laberinto, pero es un
laberinto urdido por hombres, un laberinto destinado a que lo descifren los
hombres.
El
contacto y el hábito de Tlön han desintegrado este mundo. Encantada por su
rigor la humanidad olvida y torna a olvidar que es un rigor de ajedrecistas, no
de ángeles. Ya ha penetrado en las escuelas el (conjetural) idioma primitivo de
Tlön; ya la enseñanza de su historia armoniosa (y llena de episodios
conmovedores) ha obliterado a la que presidió mi niñez; ya en las memorias un
pasado ficticio ocupa el sitio de otro del que nada sabemos con certidumbre, ni
siquiera qué es falso. Han sido reformadas la numismática, la farmacología y
la arqueología. Entiendo que la biología y las matemáticas
aguardan también su avatar... Una dispersa dinastía de solitarios ha
cambiado la faz del mundo. Su tarea prosigue. Si nuestras previsiones no erran,
de aquí cien años alguien descubrirá los cien tomos de la Segunda
Enciclopedia de Tlön.
Entonces
desaparecerán del planeta el inglés y el francés y el mero español. El mundo
será Tlön. Yo no hago caso, yo sigo revisando en los quietos días del hotel
de Adrogué una indecisa traducción quevediana (que no pienso dar a la
imprenta) del Urn Burial de
Browne.
Jorge
Luis Borges:
El jardín de senderos que se bifurcan (1941).
1
Haslam
ha publicado también A general history of labyrinths.
1 Russell (The Analysis of Mind, 1921, página 159) supone que el planeta ha sido creado hace pocos minutos, provisto de una humanidad que “recuerda” un pasado ilusorio.
2 Siglo, de acuerdo con el sistema duocecimal, significa un período de ciento cuarenta y cuatro años.
1 En el día de hoy, una de las iglesias de Tlön sostiene platónicamente que tal dolor, que tal matiz verdoso del amarillo, que tal temperatura, que tal sonido, son la única realidad. Todos los hombres, en el instante poderoso del coito, son el mismo hombre. Todos los hombres que repiten una línea de Shakespeare, son William Shakespeare.
1 Buckley era librepensador, fatalista y defensor de la esclavitud.
1 Queda naturalmente el problema de la materia de algunos objetos.