MACEDONIO
FERNÁNDEZ,
metafísico y humorista argentino, nacido en Buenos Aires, en 1874, muerto en
1952. Su obra, originalísima, se distingue por el fervor y las continuas
invenciones. Recordemos: No toda es Vigilia la de los Ojos Abiertos (1928);
Papeles de Recienvenido (1930).
El
mundo es de inspiración tantálica.
Primer
momento: El cuidador de una plantita.
Él
acaba por convencerse de que su sentimentalidad, aptitud de simpatía, que viene
desde tiempo luchando por recuperar, está enteramente agotada, y, en los sufrimientos
de este descubrimiento, cavila y halla por fin que quizá el cuidado de una
plantita endeble, de una mínima vida, de lo más necesitado de cariño, debiera
ser el comienzo de la reeducación de su sentimentalidad.
Ocurre
que pocos días después de esta meditación y proyectos en suspenso, Ella, sin
sospechar tales cavilaciones, pero movida por una aprensión vaga que había
tenido del empobrecimiento afectivo que ocurría en él, le envía de regalo una
plantita de trébol.
Él
resuelve adoptarla para iniciar el procedimiento entrevisto. La cuida con
entusiasmo durante un tiempo y cada vez se percata más de la infinidad
de atenciones y protecciones, expuestas a un descuido fatal, exigidas para la
seguridad de la vida de un ser tan débil, al que un gato, una helada, un golpe,
sed, calor, viento, amenazan. Se siente intimidado por la posibilidad de verla
morirse un día por mínimo descuido; pero no es sólo el temor de perderla para
su cariño, sino que conversando con Ella, cavilosos como todos los que están
en la pasión, y más cuando en esa pasión uno decae, llegan a la obsesión
de que exista algún nexo de destinos entre el vivir de la plantita y el vivir
de ellos o de su amor. Fue Ella la que un día vino a decirle que ese trébol
fuera el símbolo del vivir del amor de ellos.
Empiezan
a temer que la plantita muera y muera con ella uno de ellos y lo que es más: el
amor de ellos, única muerte que hay. Se ven sucesivamente, meditando en
coloquios, creciendo el pavor a que se ven sujetos. Deciden entonces anular la
identidad reconocible de esa plantita para que, eludiendo el mal presagio de
matarla, nada haya identificable en el mundo a cuyo existir esté supeditada la
vida y amor de ellos; y al par así, sitúanse en la asegurada ignorancia de no
saber nunca si aquel existir vegetal que tan singularmente se había hecho parte
en las vicisitudes de una pasión humana, se muere o vive. Resuelven entonces,
de noche, en un paraje no reconocible para ellos, perderla en un vasto
trebolar.
Segundo
momento: Identidad
de una mata de trébol.
Pero
la excitación que iba creciendo desde algún tiempo en Él, y el desencanto de
ambos por haber tenido que renunciar a la comenzada tentativa de reeducación de
su sensibilidad y al hábito y cariño de cuidar a la plantita que alboreaba en
él, se traduce en un acto oculto que realiza al retorno de esa labor de
olvidación en las sombras. En el trayecto, sin que lo advirtiera de fijo pero
con algún pulso de zozobra en Ella sin embargo, Él se inclinó y cogió otra
mata de trébol.
—¿Qué
haces?
—Nada.
Ambos
se separaron al amanecer, quedando en Ella algo de sobresalto, en ambos el
alivio de no reconocerse ya dependientes del vivir simbólico de esa plantita, y
en ambos también la pavura que nos viene de todas las situaciones de lo
irreparable, cuando acabamos de crear un imposible cualquiera, como en este caso
el imposible de saber jamás si vivía y cuál era la plantita que fuera al
principio obsequio de amor.
"Por
múltiples modos y males me veo sin placeres ni de inteligencia o arte ni
sensuales, que se brindan en torno. Me voy quedando sordo habiendo sido la música
mi mayor goce; los largos paseos entre los cercos se hacen imposibles por mil
detalles de decadencia fisiológica. Y así en las demás cosas...
"Esta
plantita de trébol ha sido elegida por mí para el Dolor, entre otras muchas:
¡elegida! ¡pobrecita! Veré si puedo hacerle un mundo de Dolor. Veré si su
Inocencia y su Tortura llegan a tanto que estalle algo en el Ser, en la
Universalidad, que clame y logre la Nada para ella y para el todo, la total
Cesación, pues el mundo es tal que no hay siquiera muerte individual; el cesar
del Todo o la eternidad inexorable para todos. La única cesación inteligible
es la del Todo; la particular de que el que ha sentido una vez cese de sentir,
quedando existente, cesado él, la restante realidad, es una contradicción
verbal, una concepción imposible.
“Elegida
entre millones, te tocó a ti serlo, ¡serlo para el Dolor! Aún no, ¡desde mañana
seré contigo un artista en Dolor!
"Durante
tres días, sesenta, setenta horas, el viento del verano estuvo constante
oscilando dentro de un corto ángulo, fue y volvió de un acento y de una
dirección a una pequeña variante de un acento y dirección, y la puerta de mi
habitación retenida en su batir entre el quicio y una silla que puse para
acortar su oscilar, batía sin cesar, y el postigo de mi ventana golpeaba también
sin cesar sometido al viento. Sesenta, setenta horas la hoja de la puerta y el
postigo cediendo minuto a minuto a su distinta presión, y yo al par, sentado o
columpiándome en la silla de la hamaca.
"Parece
entonces que yo me dije esto es la Eternidad Parece que fue por esto que veía
yo, por esa formulación de hastío, de no sentido de las cosas, de no
finalidad, de todo es lo mismo, dolor, placer crueldad, bondad, que hubo nacido
el pensamiento de hacerme el torturador de una plantita.
“Ensayare
—me repetía— sin intentar ya amar de nuevo, torturar lo más endeble e
indefenso, la forma más mansa y herible de la vida: seré el torturador de esta
plantita. Esta es la pobrecita elegida entre miles para soportar mi ingenio y
empeño torturador. Ya que cuando fue mi ánimo hacer la felicidad de un trébol
tuve que renunciar al intento y desterrarlo de mí bajo sentencia de
irreconocibilidad, el péndulo de mi pervertida y descalabrada voluntad
transportó al otro extremo, surgiendo de súbito en una mutación opuesta, en
el malquerer, y alumbro prestamente la idea de martirizar la inocencia y
orfandad a fin de obtener el suicidio del Cosmos por vergüenza de que en su
seno prosperaba una escena tan repulsiva y cobarde. ¡Al fin y al cabo, el
Cosmos también me ha creado a mí!
“Yo
niego la Muerte, no hay la Muerte aun como ocultación de un ser para otro,
cuando para ellos hubo el todo amor; y no la niego solamente como muerte para sí
mismo. Si no hay la muerte de quien sintió una vez, ¿por qué no ha de haber
el dejar de ser total, aniquilamiento del Todo? Tú sí eres posible,
Cesación eterna. En ti nos guareceríamos todos los que no creemos en la Muerte
y no estamos tampoco conformes con el ser, con la vida. Y creo que el Deseo
puede llegar a obrar directamente, sin mediación de nuestro cuerpo, sobre el
Cosmos, que la Fe puede mover montañas, creo yo aunque nadie otro creyera.
“No
puedo reavivar el lacerante recuerdo de la vida de dolor que sistematicé,
ingeniándome cada día en nuevos modos crueles para hacerla padecer sin
matarla.
"Como
por sobre ascuas tendré que decir que la colocaba todos los días próxima e
intocada de los rayos del sol y tenía la prolijidad de crueldad de alejarla con
el avanzar de la mancha del sol. Apenas la regaba para que no muriera y en
cambio la rodeaba de recipientes de agua y había inventado fieles rumores de
lluvia y lloviznas vecinas que no llegaban a refrescarla. Tentar y no dar. El
mundo es una mesa tendida de la Tentación con infinitos, embarazos interpuestos
y no menor variedad de estorbos que de cosas brindadas. El mundo es de inspiración
tantálica, despliegue de un inmenso hacerse desear que se llama Cosmos, o
mejor, la Tentación. Todo lo que desea un trébol y todo lo que desea un hombre
le es brindado y negado. Yo también pensé, tienta y niega. Mi consigna
interior, mi tantalismo, era buscar las exquisitas condiciones máximas de sufrimientos
sin tocar a la vida, procurando al contrario la vida más plena, la sensibilidad
más viva y excitada para el padecer. Y logré que en esto el dolor de privación
tantálica la estremeciera. Mas no podía mirarla ni tocarla, me vencía de
repulsión mi propia obra (cuando la arranqué, en aquella noche tan negra a mi
espíritu, no miré hacia donde estaba y su contacto me fue por demás odioso).
El rumor de lluvia sin alcanzarle su húmedo frescor hacíala retorcerse.
"¡Elegida
entre millones para un destino de martirio! ¡Elegida! ¡Pobrecita! ¡Oh, tu
Dolor ha de saltar el mundo! Cuando te arranqué ya estabas elegida por mi ansia
de atormentar."
Cuarto
momento: Nuevo sonreír.
La
fórmula radical, íntima, de lo que Él estaba haciendo miserablemente, era la
ambición y ansiedad de lograr el reemplazo por la Nada de la Totalidad, de todo
lo que hay, lo que hubo, lo que es, de toda la Realidad material y espiritual.
Creía que el Cosmos, lo Real, no podría soportar mucho tiempo, avergonzándose
de albergar en su ámbito una escena tal de tortura ejercida sobre un primer
eslabón de lo viviente más frágil y endeble, por el mayor poder y dotación,
de lo viviente. ¡El Hombre tiranizando un trébol! ¡Era para eso que había
advenido el Hombre!
La
irritación de lo rehusado después de ofrecido enloquece de perversidad a un
hombre de máximo pensamiento. De ahí el martirio cobarde, el repugnante complacimiento
del mayor poder en una alevosía en un mínimo existir.
Su
pensamiento sabía la igual posibilidad de la Nada y el Ser, y creía plenamente
inteligible y posible una total sustitución del Todo-Ser por lo Todo-Nada. Él,
como el máximo de la Conciencia de Vida, como hombre y hombre excepcional en
dotes, era quien podría en un refinamiento último de pensamiento haber hallado
el resorte, el talismán que podría determinar la opción del Ser por la Nada,
opción o reemplazo o "empujamiento afuera" del Ser por la Nada.
Porque verdaderamente, dígaseme si no es así, si no es cierto que no hay
elemento alguno mental que pueda decidir que la Nada o el Ser difieren en su posibilidad
de darse en grado alguno; si no es totalmente posible que se diera la Nada
en lugar del Ser. Esto es cierto, evidente, porque el mundo es o no es, pero si
es, es causalístico, y así, su cesación, su no ser, es causable; aunque el
resorte buscado no determinara la cesación del Ser, quizá otro la determinaría...
Si el darse el Mundo o la Nada son de absoluta igual posibilidad, en este
equilibrio o balanza de Ser y Nada, una brizna, una gota de rocío, un suspiro,
un deseo, una idea, pueden tener eficacia para precipitar la alternativa a un
Mundo de No-Ser de un Mundo de Ser...
Vendría
un día el Salvador-de-Ser...
(Yo
lo digo comentando, teorizando lo que Él hizo, pero no soy Él.)
Pero
Ella vino un día:
—Dime,
¿qué hiciste aquella noche, porque yo sentí el opaco rumor de un desenraizar
de matita, el sonido de la tierra que apaga el arrancar de una tierna raíz? ¿Eso
es lo que yo oí?
Pero
Él se sintió de nuevo en su natural después de una larga peregrinación tras
de respuesta, y se echó a llorar en brazos de Ella y la amó de nuevo, inmensamente,
como antes. Era un llanto que hacía diez o doce años no lograba derramarse,
que hinchaba su corazón, que había querido hacerle estallar el mundo, y al
serle recordado el gritito, el murmullo abismante del dolorcillo vegetal, de
pequeña raíz arrancada ¡fue eso! lo que necesitó su naturaleza para que el
llanto, desbordándose, lavara su ser todo y lo volviera a los días de su
plenitud de amor... Un gritito sofocado de raíz doliente entre la tierra, así
como pudo decidir hacia el No-Ser toda la Realidad, pudo entonces cambiar toda
la vida interior de Él.
Yo
lo creo. Y lo que cree todo el mundo es mucho más de lo que muestro creer en
esto —¿quién se mide en el creer?—; no me digáis, pues, absurdo temerario
en el creer. Cualquier mujer cree que la vida del amado puede depender del
marchitarse del clavel que le diera si el amado descuida ponerlo en agua en el
vaso que ella le regaló otrora. Toda madre cree que el hijo que parte con su
"bendición" va protegido de males; toda mujer cree que lo que reza
con fervor puede sobre los destinos. Todo-es-posible es mi creencia. Así, pues,
Yo "lo creo.
No
me engaña el verbiario hinchado del plácido ideario de muchos metafísicos,
con sus juicios fundados en juicios. Un Hecho, un hecho que enloquezca de
humillación, de horror, al Secreto, al Ser-Misterio, el martirio de la
Inocencia Vegetal por la máxima personalización de la Conciencia: el Hombre,
por el máximo poder no mecánico. Un hecho tal, sin necesidad de verificación,
meramente concebida por una conciencia humana, creo que puede estremecer hacia
el No-Ser todo lo que es.
Concebido
está; luego la Cesación está potencialmente causada; podemos esperarla. Pero
la milagrosa recreación de amor concebida al par por el autor, batallará quizás
con aquella o triunfará más tarde después de realizado el No-Ser. En verdad
el continuo psicológico conciencial es una serie de cesaciones y recreaciones más
que un continuo.
Los
he visto amarse otra vez; pero no puedo mirarlo a él o escucharlo sin súbito
horror. Ojalá nunca me hubiera hecho su terrible confesión.
Macedonio
Fernández.