Saki
(H.
H. Munro), escritor inglés, nació en Akyab (Birmania); murió en 1916, en el
ataque de Beaumont Hamel. Su
obra comprende: The Rise of the Russian Empire (1900); Not So Stories (1902);
When William Came (1913); Beasts and Super-Beasts (1914); The
Stories of Saki (1930).
Conradín tenía diez años y, según la opinión del médico, no iba a vivir cinco años más. El médico era suave, ineficaz, y no se lo tomaba en cuenta, pero su opinión estaba respaldada por la señora de Ropp, a quien debía tomarse en cuenta. La señora de Ropp, prima de Conradín, era su tutora, y representaba para él esos tres quintos del mundo que son necesarios, desagradables y reales; los otros dos quintos, en perpetuo antagonismo con los anteriores, estaban concentrados en su imaginación. Conradín suponía que de un día para otro iba a sucumbir a la dominante presión de las cosas necesarias: la enfermedad, las prohibiciones propias de los mimos y el interminable aburrimiento. Su imaginación, estimulada por la soledad, le impedía sucumbir.
La
señora de Ropp, ni en los momentos de mayor franqueza, se confesaba que no quería
a Conradín, aunque hubiera podido darse cuenta de que al contrariarlo "por
su bien" cumplía con un deber que no era particularmente penoso. Conradín
la odiaba con una desesperada sinceridad, que sabía disimular perfectamente.
Las pocas diversiones que inventaba acrecían con la perspectiva de molestar a
su tutora. La señora de Ropp estaba excluida del dominio de su imaginación
como un objeto sucio, que no podía tener entrada.
En
el triste jardín, vigilado por tantas ventanas listas a entreabrirse para
recordarle la obligación de tomar una medicina o para decirle que no hiciera
esto o aquello, encontraba poco encanto. Los escasos árboles frutales le
estaban celosamente vedados; sin embargo, hubiera sido difícil descubrir un
comprador que ofreciera diez chelines por su producción de todo el año. En
un rincón, casi completamente escondida por un arbusto, había una casilla de
herramientas abandonada; bajo su techo, Conradín halló un refugio, algo que
participaba de los variados aspectos de un cuarto de juguetes y de una catedral.
La había poblado de fantasmas familiares, algunos sacados de la historia,
otros de su propia imaginación; pero la casilla ostentaba también dos huéspedes
de carne y hueso. En un rincón vivía una gallina del Houdán, de áspero
plumaje, a la que el chico dedicaba un cariño que casi no tenía otra salida. Más
atrás, en la penumbra, había un cajón. Estaba dividido en dos
compartimientos, uno de ellos con travesaños de fierro en el frente. Era la
morada de un gran hurón de los pantanos; el muchacho de la carnicería se lo
había dado de contrabando, con jaula y todo, por unas pocas monedas de plata.
Conradín tenía mucho miedo de ese animal flexible y de garras afiladas, pero
era su más preciado tesoro. Su presencia en la casilla era para Conradín una
secreta y terrible felicidad; debía mantenerlo escondido de La Mujer (así
denominaba a su prima). Un día, quién sabe cómo, urdió para la bestia un
nombre maravilloso, y desde ese momento el hurón de los pantanos fue un dios y
una religión.
A
la religión condescendía La Mujer una vez por semana, en una iglesia de los
alrededores; la acompañaba Conradín. Pero todos los jueves, en el musgoso y
oscuro silencio de la casilla de herramientas, el niño oficiaba con místico y
elaborado ceremonial ante el cajón de madera, santuario de Sredni Vashtar, el
Gran Hurón. Adornaba su altar con flores coloradas y frutas escarlatas, pues
era un dios que favorecía el impaciente lado feroz de las cosas (la religión
de La Mujer, según Conradín, estaba dirigida en sentido opuesto). En las
grandes fiestas; echaba ante el cajón nuez moscada en polvo. Necesitaba robar
la nuez moscada: eso daba mayor valor a su ofrenda. Las fiestas eran variables y
tenían por objeto celebrar algún acontecimiento pasajero. En ocasión de un
agudo dolor de muelas que por tres días padeció la señora de Ropp, Conradín
prolongó los festivales durante todo ese tiempo y casi llegó a persuadirse de
que Sredni Vashtar era personalmente responsable del dolor.
La
gallina del Houdán jamás intervino en el culto de Sredni Vashtar. Conradín
había decidido que era Anabaptista. No pretendía tener el más remoto conocimiento
de lo que era un Anabaptista, pero tenía una íntima esperanza de que fuera
algo audaz y no muy respetable. Para Conradín, la señora de Ropp encarnaba la
odiosa imagen de toda respetabilidad.
Después
de un tiempo, las permanencias de Conradín en la casilla empezaron a llamar la
atención de su tutora. “No puede ser bueno para él pasarse el día allí,
cuando hace frío”, decidió prontamente, y una mañana, a la hora del
desayuno, anunció que la gallina del Houdán había sido vendida la noche
anterior. Con sus ojos miopes escrutó a Conradín, esperando un ataque de rabia
y de tristeza que estaba lista a reprimir con la fuerza de excelentes preceptos.
Pero Conradín no dijo nada; no había nada que decir. Algo, en esa cara impávida
y blanca, la tranquilizó. Esa tarde, a la hora del té, hubo tostadas: atención
generalmente excluida con el pretexto de que "eran malas para Conradín",
y también porque hacerlas daba trabajo.
—Creí
que te gustaban las tostadas —exclamó con resentimiento la señora de Ropp,
al observar que no las comía.
—A
veces —dijo Conradín.
Esa
tarde, en la casilla de las herramientas, hubo un cambio en el culto al dios del
cajón. Hasta entonces, Conradín no había hecho más que cantar sus oraciones:
ahora pidió un favor.
—Hazme
un favor, Sredni Vashtar.
El
favor no estaba especificado. Sredni Vashtar, que era un dios, no podía
ignorarlo. Conradín miró hacia el otro rincón vacío y, conteniendo un
sollozo, regresó al mundo que detestaba.
Todas
las noches, en la bienvenida oscuridad de su dormitorio, todas las tardes en la
penumbra de la casilla, proseguía la amarga letanía de Conradín:
—Hazme
un favor, Sredni Vashtar.
La
señora de Ropp advirtió que no cesaban las visitas a la casilla; una tarde
llevó a cabo una inspección más completa.
—¿Qué
guardas en ese cajón cerrado con llave? —le preguntó—. Han de ser
conejitos de la India. Los haré llevar.
Conradín
apretó los labios, pero la mujer registró su dormitorio hasta descubrir la
llave escondida, y en seguida bajó a la casilla a coronar su descubrimiento.
Era una tarde lluviosa, y a Conradín le habían prohibido salir al jardín.
Desde la última ventana del comedor podía verse la casilla; en esa ventana se
instaló Conradín. Vio entrar a La Mujer y la imaginó abriendo la puerta del
cajón sagrado y examinando con ojos miopes la espesa cama de paja donde
estaba oculto su Dios. Tal vez, con impaciencia torpe, estuviera tanteando la
paja con el paraguas. Fervorosamente, Conradín articuló su última plegaria.
Pero al rezar sentía la incredulidad. Sabía que La Mujer iba a aparecer de un
momento a otro, con la sonrisa fruncida que él tanto detestaba; dentro de una o
dos horas, el jardinero se llevaría a su prodigioso Dios, no ya un dios sino un
simple hurón de color pardo, en un cajón.
Y
sabía que La Mujer triunfaría siempre, como había triunfado hasta ahora, y
que sus persecuciones y su tiranía irían debilitándolo poco a poco hasta que
a él ya nada le importara, hasta que aconteciera lo previsto por el doctor. Y
como un desafío, en el despecho de la derrota, empezó a gritar el himno a su
ídolo amenazado:
Sredni
Vashtar acometió:
Sus
pensamientos eran pensamientos rojos, sus dientes eran blancos.
Sus
enemigos pidieron paz, pero Él les trajo muerte.
Sredni
Vashtar, el hermoso.
De
golpe dejó de cantar y se acercó a la ventana. La puerta de la casilla seguía
abierta. Los minutos pasaban. Los minutos eran largos, pero pasaban. Miraba los
gorriones que volaban y corrían por el césped. Los contó y los volvió a
contar, sin perder de vista la puerta. Una criada de expresión agria entró en
la pieza y puso la mesa para el té. Conradín, seguía esperando, vigilando.
Gradualmente, la esperanza se deslizaba en su corazón; el triunfo empezó a
brillar en sus ojos, hasta ahora sólo conocedores de la melancólica paciencia
de la derrota. Con una exultación furtiva, volvió a gritar el pean de victoria
y devastación. Sus ojos fueron recompensados. Por la puerta salió una larga
bestia amarilla y parda, baja, con ojos deslumbrados por la luz del atardecer y
oscuras manchas mojadas en la piel de las mandíbulas y del cuello. Conradín
cayó de rodillas. El Gran Hurón de los Pantanos se dirigió a una de
las acequias del jardín, bebió, atravesó un puente de tablas y se
perdió entre los arbustos. Ese fue el tránsito de Sredni Vashtar.
—Está
servido el té —dijo la criada de expresión agria—. ¿Adónde fue la señora?
—A
la casilla —dijo Conradín.
Y
mientras la criada salió a buscar a la señora, Conradín sacó de un cajón
del aparador el tenedor de las tostadas y se puso a tostar el pan.
Y
mientras lo tostaba y le ponía mucha manteca y lo saboreaba con lentitud,
escuchaba los ruidos y silencios que caían en rápidos espasmos del otro lado
de la puerta del comedor. Los chillidos tontos de la criada, el correspondiente
coro de las cocinas, los correteos, los correteos, las urgentes embajadas para
pedir auxilio y, después de una pausa, los sagrados sollozos y el deslizado
andar de quienes llevan una carga pesada.
—¿Quién
se lo dirá al pobre chico? Yo no me atrevo —dijo una voz chillona.
Y
mientras discutían el asunto entre ellas, Conradín se preparó otra tostada.
Saki:
The Toys of Peace (1919).