JOSÉ
BIANCO, escritor argentino, nacido en Buenos Aires. En 1932 publicó un libro de
Cuentos, La pequeña
Gyaros. De 1943 es su novela Las ratas.
El relato que publicamos, editado por los Cuadernos de la Quimera (Emece),
apareció por primera vez en la revista "Sur" en octubre de 1941.
El
sueño, autor de representaciones,
en
su teatro sobre el viento armado
sombras
suele vestir de bulto bello.
GÓNGORA.
—Lo
echaré de menos; lo quiero como a un hijo —dijo doña Carmen.
Le
contestaron:
—Sí,
usted ha sido muy buena con él. Pero es lo mejor.
En
los últimos tiempos, cuando iba al inquilinato de la calle Paso, rehuía la
mirada de doña Carmen para no turbar esa vaga somnolencia que había llegado a
convertirse en su estado de ánimo definitivo. Hoy, como de costumbre, detuvo
los ojos en Raúl. El muchacho ovillaba una madeja de lana dispuesta en el
respaldo de dos sillas; podía aparentar veinte años, a lo sumo, y tenía esa
expresión atónita de las estatuas, llena de dulzura y desapego. De la cabeza
de Raúl pasó al delantal de la mujer; observó los cuatro dedos tenaces,
plegados sobre cada bolsillo; paulatinamente llegó al rostro de doña Carmen.
Pensó con asombro: "Eran ilusiones mías. Nunca la he odiado, quizá."
Y
también pensó, con tristeza: "No volveré a la calle Paso."
Había
muchos muebles en el cuarto de doña Carmen; algunos pertenecían a Jacinta: el
escritorio de caoba donde su madre hacía complicados solitarios o escribía
cartas aun más complicadas a los amigos de su marido pidiéndoles dinero; el
sillón, con el relleno asomando por las aberturas... Observaba con interés el
espectáculo de la miseria. Desde lejos parecía un bloque negro, reacio; poco a
poco iban surgiendo penumbras amistosas (Jacinta no carecía de experiencia) y
se distinguían las sombras claras de los nichos donde era posible refugiarse.
La miseria no estaba reñida con momentos de intensa felicidad.
Recordó
una época en que su hermano no quería comer. Para conseguir que probara algún
bocado necesitaban esconder un plato de carne debajo del ropero, en un cajón
del escritorio... Raúl se levantaba por la noche: al día siguiente aparecía
el plato vacío, donde ellas lo dejaron. Por eso, después de comer, mientras el
muchacho tomaba fresco en la vereda, madre e hija discurrían algún escondite.
Y Jacinta evocó una mañana de otoño. Oía gemidos en la pieza contigua. Entró,
se aproximó a su madre, sentada en el sillón, le separó las manos de la cara
y le vio el semblante contraído, deformado por la risa.
La
señora de Vélez no podía recordar dónde había ocultado el plato la noche
anterior.
Su
madre se adaptaba a todas las circunstancias con una jovial sabiduría infantil.
Nada la tomaba de sorpresa y, por eso, cada nueva desgracia encontraba el
terreno preparado. Imposible decir en qué momento había sobrevenido, a tal
punto se hacía instantáneamente familiar, y lo que fue una alteración, un
vicio, pasaba de manera insensible a convertirse en ley, en norma, en propiedad
connatural de la vida misma. Como un político y un guerrero famosos,
conversando en la embajada de Inglaterra, eran para Delacroix dos pedazos
rutilantes de la naturaleza visible, un hombre azul al lado de un hombre rojo,
las cosas, contempladas por su madre, parecían despojarse de todo significado
moral o convencional, perdían su veneno, se sustituían las unas por las
otras y alcanzaban una especie de categoría metafísica, de pureza trascendente
que las nivelaba.
Pensaba
en el aire secreto y un poco ridículo que adoptó doña Carmen cuando la
condujo a casa de María Reinoso. Era un departamento interior. En la puerta había
una chapa de bronce que decía: Reinoso. Comisiones. Antes de entrar,
mientras caminaban por el largo pasillo, doña Carmen balbuceó unas palabras:
le aconsejaba que no hablara de María Reinoso con su madre, y Jacinta, al
vislumbrar un destello de inocencia en esa mujer tan astuta, reflexionó en la
capacidad de ilusión, en la innata afición al melodrama que tienen las
llamadas “clases bajas”. Pero ¿le hubiera importado tan poco a su madre, en
realidad? Nunca lo sabría. Ya
era imposible decírselo.
Empezó
a ir a casa de María Reinoso. Doña Carmen no tuvo que mantenerlos (desde hacía
más de un año sin que nadie supiera por qué, subvenía a las necesidades de
la familia Vélez ). Sin embargo, no era tan fácil evitar a la encargada del
inquilinato. Jacinta tropezaba con ella, conversando con los proveedores en el
amplio zaguán a que daban las puertas, o la encontraba instalada en su
propio cuarto. ¿Cómo sacarla de allí? Por lo demás, gracias a la encargada
del inquilinato había un poco de orden en las tres habitaciones que ocupaban
Jacinta, su madre y su hermano. Doña Carmen, una vez por semana, lanzaba sobre
la familia Vélez el embate de su actividad: abría las puertas, fregaba el piso
y los muebles con una suerte de rabia contenida; en el patio, ante los ojos de
los vecinos, salía a relucir el impudor de los colchones y de la dudosa ropa de
cama. Ellos se sometían, entre agradecidos y avergonzados. Pasada esa ráfaga,
el desorden comenzaba a envolverlos en su tibia, resistente complicación.
Jacinta
la encontraba tejiendo, sentada junto a su madre. El primer día que Jacinta
conoció a María Reinoso, doña Carmen trató de cambiar impresiones con ella.
Jacinta contestó con monosílabos. Pero la presencia aun silenciosa de la
encargada del inquilinato tenía la virtud de transportarla a la otra casa, de
donde acababa de salir. Y Jacinta, aquellas tardes, después de apaciguar los
deseos de algún hombre, también necesitaba apaciguarse, olvidar; necesitaba
perderse en ese mundo infinito y desolado que creaban su madre y Raúl. La señora
de Vélez hacía el Metternich o el Napoleón. Barajaba los naipes
y cubría la mesa de números rojos y negros, de parejas de hombres y mujeres
sin cuello, llenos de coronas y estandartes, que compartían su melancólica
grandeza en la breve cartulina. De tiempo en tiempo, sin dejar de jugar, aludía
a minucias cuya posesión nadie hubiera deseado disputarle, o a sus parientes y
amigos de otra época que no la trataban desde hacía veinte años y quizá
la creían muerta. A veces, Raúl se detenía junto a su madre. De pie, con la
mejilla apoyada en una mano y el codo sostenido en la otra, seguían la lenta
trayectoria de las cartas. La señora de Vélez, para distraerlo, lo hacía
intervenir en un afectuoso monólogo entrecortado por silencios jadeantes dentro
de los cuales sus palabras parecían prolongarse y perder
todo sentido. Decía:
—Barajemos.
Aquí está la reina. Ya podemos sacar el valet. De perfil, con el pelo negro,
el valet de pique se te parece. Un joven moreno de ojos claros, como diría doña
Carmen, que echa tan bien las cartas. Una vuelta mas, esta vez muy despacio. En
fin, el Napoleón va en camino de salir. Y es difícil. ¿Nos sucederá
algo malo? Una vez, en Aix-les Bains, lo saqué tres veces en la misma noche y
al día siguiente se declaró la guerra. Tuvimos que escapar a Génova y tomar
un buque mercante, "tous feux éteints" Y yo seguía haciendo el Napoleón
—trébol sobre trébol ocho sobre nueve. ¿Dónde está el diez de
pique?— con un miedo horrible de las minas y los submarinos. Tu pobre
padre me decía: "Tienes la esperanza de sacar el Napoleón para
que naufraguemos. Confías, pero en tu mala suerte..."
El
narcótico empezaba a operar sobre los nervios de Jacinta. Se aquietaba el
tumulto de impresiones recientes formado por tantas partículas atrozmente
activas que luchaban entre sí y aportaban cada una su propia evidencia, su
minúscula realidad. Jacinta sentía el cansancio apoderarse de ella, borrar los
vestigios del hombre con quien estuvo dos horas antes en casa de María Reinoso,
nublar el pasado inmediato con sus mil imágenes, sus gestos, sus olores, sus
palabras, y empezaba a no distinguir la línea de demarcación entre ese
cansancio al cual se entregaba un poco solemnemente y el descanso supremo.
Entreabriendo los ojos, miró a sus dos queridos fantasmas en esa atmósfera
gris. La señora de Vélez había terminado de
jugar. La lámpara iluminaba sus manos inertes, todavía apoyadas en la
mesa. Raúl continuaba de pie, pero las barajas, diseminadas sobre el tafilete
amarillento, habían dejado de interesarlo. Doña Carmen estaría a su lado,
posiblemente a su derecha. Jacinta, para verla, hubiese necesitado volver
la cabeza. ¿Estaba doña Carmen a su lado? Tenía la sensación de haber
eludido su presencia, tal vez para siempre. Había entrado en un ámbito que la
encargada del inquilinato no podía franquear. Y la paz se hacía por momentos más
íntima, más aguda, más punzante. En plena beatitud, con la cabeza echada para
atrás hasta tocar con la nuca en el respaldo, los ojos ausentes, las comisuras
de los labios distendidos hacia arriba. Jacinta mostraba la expresión de un
enfermo quemado, purificado por la fiebre, en el preciso instante en que la
fiebre lo abandona y deja de sufrir.
Doña
Carmen continuaba tejiendo. De cuando en cuando el vaivén de las agujas imprimía
un temblor subrepticio, casi animal, a través del largo hilo imperceptible,
al grueso ovillo de lana que yacía junto a sus pies. Como el sopor de los
leones de piedra que guardan los portales, con una bocha entre las patas, su
indiferencia tenía algo de engañoso y parecía destinada a descargarse en
una súbita actividad. Jacinta, de pronto, advierte que la atmósfera se llena
de pensamientos hostiles. Doña Carmen la recupera, y María Reinoso, y los diálogos
que sostienen las dos mujeres.
Una
tarde, cuando salían de casa de María Reinoso, las había sorprendido
conversando desde una puerta entreabierta. Ambas callaron, pero Jacinta tuvo
la certeza de que hablaban de ella. Los ojos de doña Carmen eran pequeños, con
el iris tan oscuro que se confundía con la pupila. Al observar a las personas,
éstas se advertían escudriñadas sin que pudieran defenderse, observando a
su vez, porque esos ojos opacos interceptaban el tácito canje de impresiones
que es una mirada recíproca. La tarde que las sorprendió, los ojos de doña
Carmen se habían concedido un descanso: brillaban, muy abiertos, y a esas dos
rejillas complacientes iban a parar los comentarios de María Reinoso, que
alargaba hasta la encargada del inquilinato su rostro anémico, con la boca aún
torcida por las palabras obscenas que acababa de pronunciar.
No aborrecía sus encuentros en casa de María Reinoso. Le permitieron independizarse de doña Carmen, mantener a su familia. Además, eran encuentros inexistentes: el silencio los aniquilaba. Jacinta sentíase libre, limpia de sus actos en el plano intelectual. Pero las cosas cambiaron a partir de esa tarde. Comprendió que alguien registraba, interpretaba sus actos; ahora el silencio mismo parecía conservarlos, y los hombres anhelosos y distantes a los cuales se prostituía, empezaron a gravitar extrañamente en su conciencia. Doña Carmen hacía surgir la imagen de una Jacinta degradada, unida a ellos; quizá la imagen verdadera de Jacinta; una Jacinta creada por los otros y que por eso mismo escapaba a su dominio, que la vencía de antemano al comunicarle la postración que nos invade frente a lo irreparable. Entonces, en vez de terminar con ella, Jacinta se dedicó a sufrir por ella, como si el sufrimiento fuera el único medio que tenía a su alcance para rescatarla, y a medida que sufría obraba de tal modo que conseguía infundirle una exasperada realidad. Abandonó toda aspiración a cambiar de género de vida. Ya no hizo más esfuerzos. Había empezado a traducir una obra del inglés. Eran capítulos de un libro científico, en parte inédito, que aparecían conjuntamente en varias revistas médicas del mundo. Una vez por semana le entregaban alrededor de treinta páginas impresas en mimeógrafo, y cuando ella las devolvía traducidas y copiadas a máquina (compró una máquina de escribir en un remate del Banco Municipal), le entregaban otras tantas. Fue a la agencia de traducciones, devolvió los últimos capítulos, no aceptó otros.
Le
pidió a doña Carmen que vendiera la máquina de escribir.
Llegó
el día en que la señora de Vélez se acostó entre un fragante desorden de
junquillos, varas de nardos,
fresias y gladiolos. El médico de barrio, a quien doña Carmen arrancó de la
cama esa madrugada, diagnosticó una embolia pulmonar. La ceremonia fúnebre se
llevó a cabo en el primer departamento, al lado de la puerta de calle, que con
ese fin cedió una vecina. Los inquilinos entraban al cuarto de puntillas y una
vez junto al ataúd dejaban caer sus miradas sobre el rostro de la señora de Vélez
con todo el estrépito que habían contenido en sus pasos. Pero a la señora de
Vélez no parecían molestarle esas miradas, ni los cuchicheos de los
condolientes (sentados en torno a Jacinta y Raúl) ni el ir y venir de doña
Carmen que distribuía con sigilo infructuoso tazas de café, arreglaba coronas
de palmas o disponía nuevos ramitos al pie del ataúd. En un momento dado,
Jacinta salió de la rueda fue a la portería, marcó un número en el teléfono.
Después
dijo en voz muy baja:
—¿No
ha preguntado nadie por mí?
—Ayer
—le contentaron— habló Stocker para verla a usted hoy a las siete. Quedó
en hablar de nuevo. Me pareció inútil llamarla.
—Dígale
que voy a ir. Gracias.
Fue
el comienzo de una tarde difícil de olvidar. Primero, en el cuarto de su madre,
Jacinta permaneció largo rato con los sentidos anormalmente despiertos, ajena a
todo y a la vez de todo muy consciente, cernida sobre el propio cuerpo y
los objetos familiares que se animaban con
una vida ficticia en honor a
ella, refulgían, ostentaban sus planos lógicos, sus rigurosas tres
dimensiones. “Quieren ser mis
amigos —no pudo menos de pensar— y hacen esfuerzos para que yo los vea”,
porque este aspecto inesperado parecía corresponder a la identidad secreta de
los objetos mismos y a la vez coincidir con su yo recóndito. Dio algunos pasos
por el cuarto mientras perduraba en sus labios, con toda la agresividad de una
presencia extraña, el gusto del café. “Y yo no los miraba. La costumbre me
alejaba de ellos. Hoy los veo por primera vez”.
Y,
sin embargo, los reconocía. Ahí estaba ese extravagante mueble barroco (los
dos mazos de naipes sobre el tafilete amarillento) que terminaba en una repisa
con un espejo incrustado. Ahí estaban las medicinas de su madre, un frasco de
digital, un vaso, una jarra con agua. Y ahí estaba ella en el espejo, con su
cara de planos vacilantes, sus rasgos inocentes y finos. Todavía joven. Pero
los ojos, de un gris
indeciso, habían
envejecido antes que el resto de su persona. “Tengo ojos de muerta”.
Pensó en los
ojos de
su madre, guarecidos bajo
una doble cortina de párpados venosos, en los de Raúl. “No; son
miradas distintas, no tienen nada en común con la mía.” Había en sus ojos
el orgullo de los que son señores y dueños de su propio rostro, pero ya
la estrofa final asomaba en ellos: azucenas que se
pudren, una especie de clarividencia inútil que se complace en su
falta de aplicación. Le traían reminiscencias de otras personas, de alguien,
de algo. ¿Dónde había visto una mirada igual? Durante un segundo su memoria
giró en el vacío. En un cuadro, tal vez. El vacío se fue llenando, adquirió
tonalidades azules, rosadas. Jacinta apartó los ojos del espejo y vio
abrirse ante ella un balcón sobre un fondo nocturno,
vio ánforas, perros extáticos,
más animales: un pavo real, palomas blancas y grises. Era Las
dos cortesanas, del Carpaccio.
Y
ahí estaba Stocker, en el departamento de María Reinoso. Tenía una cara
percudida y un cuerpo juvenil muy blanco, que la ropa falsamente modesta parecía
destinada esencialmente a proteger.
Cuando se la quitaba sin prisa, doblándola
con esmero, verificando el lugar en
que dejaba cada prenda de vestir, conquistaba la infancia. Surgía más desnudo
que los otros hombres, más vulnerable: un niño casi
desinteresado de Jacinta que
acariciaba las distintas partes del cuerpo de ella sin preocuparse por el nexo
humano que las vinculaba entre sí,
como quien toma objetos de acá y de allá para celebrar un culto sólo por él
conocido y después de usarlos los va dejando cuidadosamente en su sitio. Una
atención casi dolorosa se reflejaba en su semblante: lo contrario del deseo de
olvidar, de aniquilarse en el placer. Se hubiera dicho que buscaba algo, no en
ella sino en sí mismo, y también, a pesar del ritmo mecánico que ya no podía
graduar a voluntad, se lo hubiera tenido por inmóvil, a tal punto su expresión
era contenida, vuelta hacia dentro, al acecho de ese segundo fulgurante de cuya
súbita iluminación esperaba la respuesta a una pregunta insistentemente
formulada.
Él
había recobrado su aire perplejo. Ella pensaba con amargura en el retorno a los
vecinos, al olor de las flores, al ataúd. Pero el hombre no mostraba deseos
de irse. Caminó por el cuarto, se instaló en un sillón, a los pies de la
cama. Cuando Jacinta quiso dar por terminada la entrevista, la obligó a
sentarse de nuevo apoyando sus manos en los hombros de ella.
—Y
ahora —dijo—, ¿qué piensa usted hacer? ¿No le queda nadie más?
—Mi
hermano.
—Su
hermano, es verdad. Pero es...
Aunque
no las hubiera pronunciado, las palabras idiota o imbécil flotaban en el aire.
Jacinta sintió necesidad de disiparlas. Repitió una frase de su madre:
—Es
un inocente, como el de L'Arlésienne.
Y
se echó a llorar.
Estaba
sentada en el borde de la cama. El cobertor doblado en cuatro y, debajo, las sábanas
que momentos antes habían rechazado ellos mismos con los pies, formaban un
montículo que la obligaba a encorvar las espaldas, siguiendo una línea un
poco vencida, a fijar los ojos en el fieltro gris que cubría el piso, y
desaparecía debajo de la cama, de un gris muy claro, bañado de luz, en el
centro del cuarto. Tal vez esta posición de su cuerpo motivó sus lágrimas.
Sus lágrimas resbalaban por sus mejillas, la arrastraban cuesta abajo, la
impulsaban solapadamente a confundirse con el agua gris del fieltro, en un
estado de disolución semejante al que sentía por las tardes cuando su madre
hacía solitarios y hablaba sin cesar, dirigiéndose a Raúl. Y en la nuca, en
las espaldas, sentía también el leve peso de una lluvia dulce, penetrante.
El hombre le decía:
—No
llore. Escúcheme: le propongo algo que puede parecerle extraño. Yo vivo solo.
Véngase a vivir conmigo.
Después,
como respondiendo a una objeción:
—Habremos
de entendernos. En fin, lo espero, quiero creerlo. Hay serpientes, ratones y
buhos que fraternizan en la misma cueva ¿Qué nos impide fraternizar a nosotros?
Y
después, cada vez más insistente:
—Contésteme
¿Vendrá usted? No llore, no
se preocupe por su hermano. De momento, que ahí
quede, donde está. Ya veremos, más adelante, lo que
puedo hacer por él.
“Más
adelante” había sido el sanatorio.
El
sufrimiento ajeno le inspiraba
demasiado respeto para intentar consolarlo. Bernardo Stocker no se atrevía
a ponerse del lado de la víctima y sustraerla al dominio del dolor. Por un poco
más se hubiera conducido como esos indígenas
de ciertas
tribus africanas
que cuando algunos de entre
ellos cae accidentalmente al agua golpean al infeliz con los remos y alejan la
chalupa, impidiendo que se salve. En la corriente y los reptiles reconocen
la cólera divina ¿es posible luchar con las potencias invisibles? Su
compañero ya está condenado ¿prestarle ayuda
no significa colocarse, con
respecto a ellas, en
un temerario pie de
igualdad? Así, llevado por sus escrúpulos, Bernardo Stocker aprendió a
desconfiar de los impulsos generosos. Más tarde había conseguido reprimirlos.
Compadecemos al prójimo, pensaba en la
medida en que somos capaces
de auxiliarlo. Su dolor nos halaga con
la conciencia
de nuestro
poder, por un instante nos equipara a los dioses. Pero el dolor verdadero
no admite
consuelo. Como este
dolor nos humilla,
optamos por ignorarlo. Rechazamos el estímulo que originaría en nosotros un
proceso análogo, aunque de signo inverso, y el orgullo, que antes alineaba nuestras
facultades del lado del corazón y nos inducía fácilmente a la ternura,
ahora se vuelve hacia la inteligencia para buscar argumentos con qué sofocar
los arranques del corazón. Nos cerramos a la única tristeza que al herir
nuestro amor propio lograría realmente entristecernos.
Su
impasibilidad le permitía a Bernardo Stocker vislumbrar la magnitud de la
aflicción ajena. Sin embargo, ante el dolor de Jacinta reaccionó de manera
instantánea, poco frecuente en él. ¿No era ello debido, precisamente, a que
Jacinta no sufría?
Jacinta
se trasladó a vivir a un departamento de la plaza Vicente López. Ese invierno
no se anunciaba particularmente frío, pero al despertar, no bien entrada la
mañana, Jacinta oía el golpeteo de los radiadores y un leve olor a fogata
llegaba hasta su cuarto: Lucas y Rosa encendían las chimeneas de la biblioteca
y del comedor. A las diez, cuando Jacinta salía de su dormitorio, ya los
sirvientes se habían refugiado en el ala opuesta de la casa.
Bernardo
Stocker heredó de su padre esta pareja de negros tucumanos, así como heredó
sus actividades de agente financiero, sus colecciones de libros antiguos y su no
desdeñable erudición en materia de exégesis bíblica. El viejo Stocker,
suizo de origen, llegó al país setenta años atrás: la ganadería, el
comercio y los ferrocarriles empezaban a desarrollarse, el Banco de la Provincia
estaba en trance de ocupar el tercer lugar del mundo, y el Comptoir d'Escompte,
Baring Brothers, Morgan & Company trocaban en relucientes francos oro y
libras esterlinas los cupones del gobierno. El señor Stocker trabajó, hizo
fortuna, pudo olvidar diariamente sus tareas en la Bolsa, después de un rato de
charla en el Club de Residentes Extranjeros, con el estudio del Antiguo y del
Nuevo Testamento. En religión también era partidario del libre examen, de la
libertad cristiana, de la liberalidad evangélica. Había participado en los
tempestuosos debates en torno a Bibel und Babel, pertenecía a la Unión
Monista Alemana, rechazaba toda autoridad y todo dogmatismo.
Fue
en un viaje por Europa. Bernardo (tenía entonces dieciséis años) acompañó
a su padre durante dos noches consecutivas al Jardín Zoológico de Berlín. Los
profesores laicos, los rabinos, los pastores licenciados y los teólogos
oficiales se arrancaban la palabra en el gran salón de actos: discutían sobre
cristianismo, evolucionismo, monismo; sobre la Gottesbewusstsein y la
influencia liberadora de Lutero; sobre tradición sinóptica y tradición
juanina. ¿Había o no existido Jesús? Las epístolas de San Pablo ¿eran
documentos doctrinales o escritos de circunstancia? El rugido nocturno de los
leones aumentaba la efervescencia de la asamblea. El presidente recordaba al
público que la Unión Monista Alemana no se proponía inflamar las pasiones y
que se abstuviera de manifestar su aprobación o su vituperio. Vanamente:
cada discurso terminaba entre una barahúnda de aplausos y silbidos. Las mujeres
se desmayaban. Hacía mucho calor. A la salida, padre e hijo desfilaron ante los
pabellones egipcios, los templos chinos, las pagodas indias. Transpusieron la
Gran Puerta, de los Elefantes. El señor Stocker se detuvo, le dio el bastón a
su hijo, se enjugó las gafas, las barbas y los ojos con un pañuelo a
cuadros. Había sudado o llorado, había contenido decorosamente su
entusiasmo. "¡Qué noche! —murmuraba—. ¡Y luego se habla de la
moderna apatía religiosa! El estudio de la Biblia, la crítica de los textos
sagrados y la teología no es nunca inútil, querido Bernardo. Recuérdalo
bien. Hasta si nos hace pensar que Cristo no ha existido como personalidad
puramente histórica. Hoy lo hemos hecho vivir en cada uno de nosotros. Con
ayuda de su espíritu se ha transformado el mundo, con ayuda de su espíritu
lograremos transformarlo aún, crear una tierra nueva. Discusiones como la de
hoy no pueden sino enriquecernos."
Así,
acompañado por el espíritu de Cristo y por su hijo Bernardo, en cuyo brazo se
apoyaba, continuó discurriendo de esta suerte. Tomaron un coche de punto
dejaron atrás la hojarasca cárdena del Tiergarten, entraron en
Friedrichstrasse, llegaron
al hotel.
Habían
transcurrido muchos años, pero Bernardo continuaba asentando sus pasos en las
huellas del señor Stocker, haciendo todo lo que aquel hizo en vida. Obraba sin
convicción, quizá, pero de una manera no menos fiel. Se puso por delante ese
ejemplo como hubiera podido elegir cualquier otro: las circunstancias se lo suministraron.
A decir verdad, no le fue difícil adaptarse a la imagen de su padre. Se casó
muy joven y al poco tiempo enviudó, como el señor Stocker. Su mujer todavía
habitaba la casa (o mejor dicho el escritorio de la biblioteca) desde un marco
de cuero. Por las mañanas, en la oficina, Bernardo leía los diarios y
conversaba con los clientes, mientras su socio, Julio Sweitzer, despachaba la
correspondencia, y el empleado, tras un tabique de vidrios azules, anotaba en
los libros las operaciones del día anterior. También a Sweitzer lo había
modelado el señor Stocker. En otra época llevó la contabilidad de la casa,
fue ayudante del padre, hoy era el socio del hijo, y los admiraba como se admira
a una sola persona. Don Bernardo, después de morir, acudió puntualmente a la
oficina (¿veinte, treinta, cuántos años más joven?), afeitado y hablando
español sin acento extranjero, pero la sustitución era perfecta cuando
Bernardo y su actual socio (ahora le había tocado el turno a Sweitzer de que lo
llamaran don Julio), discutían temas bíblicos en francés o en alemán.
A
las doce y media los socios se separaban, Sweitzer regresaba a su pensión,
Bernardo almorzaba en un restaurante próximo o en el Club de Residentes
Extranjero"; por la tarde, era generalmente Bernardo quien iba a la Bolsa.
Y mientras tanto se va viviendo, como decía Stocker padre. En el edificio de la
calle 25 de Mayo los hombres corren de una pizarra a otra, descifran a la
primera ojeada los dividendos de los valores por cuya suerte se preocupan y
reciben como una confidencia, entre
el opaco aullido de las voces, las palabras que deben dirigirse expresamente a
sus oídos. En torno a Bernardo los hombres dialogan y gesticulan y trabajan y
se agitan con mayor o menor fortuna, pero aquellos que se han hecho solidarios
de la escrupulosa prosperidad de “Stocker y Sweitzer” (Agentes Financieros,
Sociedad Anónima Bancaria) pueden destinarse a otro género de atención,
pueden dejar que los recuerdos, los días, los paisajes los maduren, y atisbar
el milagro imperceptible de las nubes fugaces, del viento y de la lluvia.
Casi
todas las mañanas iba Jacinta al inquilinato de la calle Paso. A menudo Raúl
había salido con otros muchachos del barrio, Jacinta, a punto de marcharse, lo
veía desde la puerta avanzar hacia ella con su paso irregular, un poco
separado del grupo, más alto que los otros. Entraba de nuevo al inquilinato,
esta vez acompañada por Raúl, sentada a su lado, se atrevía a rozarlo tímidamente
con los dedos. Tenía miedo de que el muchacho se irritara, porque se mostraba más
esquivo cuanto mayores esfuerzos hacía para comunicarse con él. En una ocasión,
desalentada por tanta indiferencia, Jacinta dejó de visitarlo. Al volver, al
cabo de una semana, el muchacho le dijo: “¿Por qué no has venido estos días?”
Parecía
alegrarse de verla.
Jacinta
abandonó su afán de dominación y llegó a sentir por Raúl una necesidad
puramente estética ¿A qué buscar en él las estériles reacciones de los
humanos, la connivencia de las palabras, el fulgor sentimental de una mirada? Raúl
estaba ahí, sencillamente, y la miraba sin fijar la vista en ella, la miraban
su frente recta y dorada por el sol, sus manos anchas con los dedos separados,
cuya forma recordaba los calcos de yeso que sirven de modelo en las academias de
dibujo, su costumbre de andar de un lado a otro y detenerse insólitamente
en el vano de las puertas, su destreza para ovillar las madejas de doña Carmen.
Cargada de su presencia, Jacinta salía del inquilinato, atravesaba lentamente
la ciudad.
A
esa hora las personas habían entrado a almorzar y dejaban la calle tranquila.
Jacinta, después de caminar en dirección al Este, se encontraba en un barrio
propicio y modesto, de veredas sombreadas. Y se internaba en ese barrio como
obedeciendo a una oscura protesta de su instinto. Tomaba una calle, torcía por
otra, leía los nombres de los letreros, seguía la inclinada tapia del Asilo de
Ancianos, presidida de vez en cuando por estatuas amarillas, a donde iba a
morir un parque sombrío; doblaba a la izquierda, se resistía al llamamiento de
las bóvedas terminadas en cruces o desaforados ángeles marmóreos. De
pronto, el aspecto de una casa sólida y firme, provista de un amplio cancel y
dos balcones a cada lado, con las paredes pintadas al aceite, un poco
desconchadas, la llenaba de felicidad. Encontraba cierto espiritual parecido
entre esa casa y Raúl. Y también los árboles le hacían pensar en su hermano,
los árboles de la plaza Vicente López. Antes, de cruzar, desde la vereda de
enfrente, Jacinta hacía suya la plaza con una mirada que abarcaba césped,
chicos, bancos, ramas, cielo. Los troncos negros y sinuosos de las tipas
emergían de la tierra como una desdeñosa afirmación. ¡Había tal caudal de
indiferencia en ese impulso un poco petulante, desinteresado de todo lo que no
fuera su propio crecimiento y destinado a sostener contra las nubes, como
un pretexto para justificar su altura, el follaje estremecido y ligero, casi
inmaterial! Cuando Jacinta subía al tercer piso observaba de cerca el dibujo
alternado de las hojitas verdes. Entonces abría las ventanas y dejaba que el
aire puro enfriara el dormitorio.
Sobre
una mesa la esperaban un termo con caldo, fuentes con avellanas, nueces. Jacinta
se quedaba allí; otros días descansaba un momento, bajaba de nuevo a la calle,
tomaba un taxi y se hacía conducir al restaurante donde almorzaba Bernardo.
Lo
encontraba con la cabeza inclinada sobre el plato, masticando reflexivamente.
Bernardo levantaba los ojos cuando Jacinta ya estaba sentada a la mesa.
Entonces, saliendo de su ensimismamiento,
pedía para
ella una ostentosa ensalada y le servía una copa de vino, en la que
Jacinta apenas mojaba los labios.
Se
lo notaba turbado por esas entrevistas. Siempre lo sorprendían. Trataba de
animar la conversación, temiendo el momento en que habrían de separarse. Le
preguntaba en qué había ocupado ella la mañana. ¿Y en qué había ocupado
ella la mañana? Caminó, miró una casa pintada de verde, miró los árboles,
estuvo con Raúl. Él le pedía noticias de Raúl. Otras veces, intentando
reconstruir la vida anterior de Jacinta, conseguía arrancarle algunos detalles
materiales que hacían destacar los grandes espacios desérticos donde ambos se
perdían. Porque tenía la sensación de que Jacinta había perdido su pasado, o
estaba en vías de perderlo. Le preguntaba:
—¿Qué
tipo de hombre era tu padre?
—Un
hombre de barba.
—Como
el mío.
—Mi
padre se dejó crecer la barba porque ya no se tomaba el trabajo de afeitarse.
Era alcohólico.
Sí,
esos detalles no le servían de gran cosa. El padre de Jacinta no pasaba de ser
un viejo fracasado, como tantos otros. Y Bernardo, continuaba preguntando, ya
sumergido en plena futilidad,
—¿Le
gustaban los solitarios como a tu madre? ¿No? Dime, ¿cómo se hace el Napoleón?
—Ya
te expliqué.
—Es
verdad. Tres hileras de diez cartas tapadas, tres sin tapar; se apartan los
ases... Pero, ahora que pienso, se hace con dos barajas...
—No
hablemos de solitarios. Únicamente a mi madre podían divertirla.
—No
hablaremos si te aburre, pero una de estas noches, cuando tengas ganas, lo
haremos juntos, ¿quieres?
Tampoco
podía precisar el carácter de la señora de Vélez. Bernardo no era riguroso
en cuestiones de moral y simpatizaba con la pobre señora. Sin embargo, con el
propósito de que Jacinta fuera sobre ella más explícita, se sorprendía
censurando sus costumbres.
—Pero
¿qué clase de mujer era tu madre? No podía ignorar que traías el dinero de
algún lado, y si no trabajabas ni hacías más traducciones...
—No
sé.
—Es
tan raro lo que cuentas...
—No
cuento —respondía Jacinta—. Respondo a tus preguntas. ¿Para qué quieres
saber cómo era mi madre? ¿Para qué quieres saber cómo vivíamos? Vivíamos,
sencillamente. Al principio, mi madre pedía dinero prestado. Después no se
lo daban, pero siempre encontró alguna persona que arreglara la situación. En
los últimos tiempos, antes que yo conociera a María Reinoso, fue doña
Carmen.
—Doña Carmen es una buena mujer.
—Sí.
—Pero
la odias.
—Tenía
celos —contestaba Jacinta—. Hasta llegué a reprocharle que me hubiera
presentado a María Reinoso, como si yo...
Se
interrumpía. Bernardo, bloqueado por aquel silencio, acudía a nuevos temas de
conversación. Ahora se esforzaba en resucitar
su miserable pasado común.
—¿Recuerdas
la primera vez que nos encontramos? Siempre nos hemos visto en el mismo cuarto.
¿Y la última? Yo te esperé mucho tiempo, media hora, tres cuartos de hora.
Nunca llegabas. Creo que mis deseos te hicieron venir. Y ahora mismo creo que
mis deseos te vencen, te retienen. Temo que un día desaparezcas, y si te fueras
no me quedaría nada de ti, ni una fotografía. ¿Por qué eres tan insensible?
En una sola ocasión te has entregado a mí por completo. Estabas indefensa.
Llorabas. Lograste conmoverme. Por eso comprendí que no sufrías. Fue nuestro
último encuentro en casa de María Reinoso.
Su
aspecto era lamentable. Aunque Jacinta apenas lo escuchaba, continuaba hablando.
—En
casa de María Reinoso eras humana. En aquella época tenías un carácter
atormentado. Me contabas lo que te sucedía. A veces me gustaría verte de nuevo
ahí. ¿Cómo eran los demás cuartos? Tú has estado en esos cuartos, con otros
hombres. ¿Quiénes eran esos hombres ¿Cómo eran?
Y
ante el silencio de Jacinta:
—Me
intereso en esos hombres porque han estado mezclados a tu vida, como me intereso
en mí mismo, en el yo de antes, con una especie de afecto retrospectivo. Antes,
yo te inspiraba algún sentimiento. Quiero a esos hombres como quiero a tu
madre, a Raúl, a doña Carmen... aunque la detestes. El odio es lo único que
subsiste en ti.
—Me
gustaría —dijo Jacinta— que Raúl fuera a vivir a un sanatorio.
—¿Para
alejado de doña Carmen?
—Ayer
—continuó Jacinta, sin responder a su pregunta— he visitado un sanatorio
en Flores, en la calle Boyacá. Hay hombres parecidos a Raúl. Caminan entre los
árboles, juegan a las bochas.
—Hará
mucho frío.
—Raúl
no siente el frío.
Bernardo
consultaba su reloj. Eran las tres pasadas, tenía que ir a la Bolsa. Y se
despedía con la sensación de haberse conducido mal. Jacinta no volvería a
reunirse con él a la hora del almuerzo. Y así fue. Pocas semanas después, al
entrar ella al restaurante y verlo en su mesa de costumbre, tuvo un momento de
vacilación. Retrocedió, tomó por el lado interno del pasillo y se encontró
junto al extremo de salida, pero separada de la calle por las vidrieras
divididas por losanges y adornadas con el escudo inglés. Dos personas se
levantaron de una mesa. Jacinta optó por sentarse allí. Pero los mozos no se
le acercaron. Creían, acaso, que había terminado de almorzar. Jacinta se
quedó un rato, pellizcó unos restos de pan y se marchó. Nadie pareció
advertir su presencia.
La
tarde de ese día Bernardo volvió a su casa en una excelente disposición de
espíritu. Jacinta estaba recostada. Bernardo entró al dormitorio y le dijo
desde la puerta:
—Estuve
en el sanatorio de Flores. Puedes llevar a Raúl. Pero ¿querrá ir?
—Lo
buscaremos juntos —contestó Jacinta, acentuando la última palabra—. Tienes
que hablar con doña Carmen. Sólo tú puedes hacerlo.
Bernardo
se tendió a su lado.
—Tenías
razón —dijo—. El lugar es simpático y Raúl llegará a sentirse contento,
si se consigue que vaya, claro está. (Hablaba con los labios pegados al cuello
de Jacinta, casi sin moverlos, como tratando de que esas palabras fueran
caricias que pasaran inadvertidas.) El director, un hombre muy solícito, me
mostró el edificio central y los pabellones. Paseamos por el parque. Hay varios
gomeros magníficos y unas tipas altas, sin hojas. Pierden las hojas antes que
las de nuestra plaza. El jardín está un poco descuidado.
Después,
sin transición:
—Desde
el pabellón que ocuparía Raúl la vista era siniestra. Esos canteros de pasto
largo, negro, esas ramas escuetas... Sólo
faltaba un ahorcado.
Se
incorporó. De un tranco, pasando las piernas por encima del cuerpo de Jacinta,
quedó de pie, junto a la cama. Se arregló el cuello y la corbata, se echó
agua de Colonia.
—Esta
noche viene Sweitzer a comer —dijo—. No me dejes solo con él toda la noche.
Te lo suplico.
—Ni
iré a la mesa.
—No
me dejes solo —repitió—. Te lo suplico.
—¿A
qué viene?
—Quiere
que escribamos una carta.
—¿Una
carta?
—Una
carta sobre Jesús.
Jacinta
no entendía.
—Oh,
si necesito darte explicaciones... En fin, se está representando una obra de
teatro que se llama La familia de Jesús. Un católico ha enviado una
carta al periódico, protestando porque Jesús no tuvo nunca hermanos.
Sweitzer quiere escribir otra diciendo que sí, que Jesús tuvo muchos hermanos.
—¿Y
es cierto?
—Todo
se puede afirmar. Pero ¿por qué te extraña?
¿Has leído los Evangelios? ¿Cuándo hiciste la
primera comunión y estudiabas la doctrina? ¿No? En la doctrina no enseñan los
Evangelios sino el catecismo... ¿Y también el libro de Renan? ¡Qué me
dices! Nunca lo hubiera supuesto.
Las
contestaciones de Jacinta eran reticentes. Bernardo no podía saber con
exactitud si era ella quien había leído los Evangelios y la Vie de Jésus, o
su madre, la señora de Vélez.
—Bueno,
¿vienes a la mesa? Mañana vamos juntos al inquilinato, pero esta noche comes
con nosotros. Te lo pido especialmente. Es lo único que te pido. ¿Me lo prometes?
—Sí.
Sweitzer
lo esperaba en la biblioteca, examinando una reproducción en colores de Las
dos cortesanas que habían colocado sobre el escritorio, en un marco de
cuero. Bernardo, mientras lo saludaba, reflexionaba en la ambigüedad de
Jacinta. Y de pronto comenzó a entristecerse consigo mismo al pensar que
semejantes nimiedades pudieran preocuparlo, y su tristeza se manifestó en un
exasperado desdén hacia Jacinta, la señora de Vélez, los Evangelios, la Vie
de Jésus. La emprendió con Renan:
—Con
razón se ha dicho que la Vie de Jésus es una especie de Belle Hélène
del cristianismo. ¡Qué concepción de
Jesús tan característica del Segundo
Imperio!
Y
repitió un sarcasmo sobre Renan. Lo había leído días antes hojeando unas
colecciones viejas del "Mercure de France".
—Renan
tuvo en su vida dos grandes pasiones: la exégesis bíblica y Paul de Kock. A
esta costumbre sacerdotal, que contrajo en el seminario, debía su afición
por el estilo sencillo, la ironía suave, el sous-entendu mi-tendre,
mi-polisson, pero también adquirió en Paul de Kock el arte de las hipótesis
novelescas, de las deducciones caprichosas o precipitadas. Parece que hasta en
los últimos tiempos la mujer de Renan tenía que valerse de verdaderas astucias
para arrancar de las manos de su ¡lustre marido La femme aux trois culottes
o La pucelle de Belteville. "Ernest —le decía—, sé complaciente,
escribe primero lo que te ha pedido M. Buloz y luego te devolveré tu
juguete."
El
señor Sweitzer concedió una sonrisa estricta: no le hacían gracia las
irreverencias. Y Bernardo, dirigiéndose a Jacinta:
—Paul
de Kock es un escritor licencioso.
Escuchó
la voz de Jacinta. Hablaba de unas novelas en inglés que había leído, pero de
sus palabras parecía colegirse que se trataba de novelas pornográficas, para
gente de puerto.
—Tenían
tapas de colores violentos, rojas, amarillas, azules. Se compraban en el Paseo
de Julio y los vendedores las escondían en sus armarios portátiles, tras una
hilera de zuecos, con los cigarrillos de contrabando.
Pasaron
al comedor.
Jacinta
ocupó la cabecera. Cuando Lucas entró con la fuente había un cubierto de
menos. Bernardo le hizo señas: apenas podía contener su impaciencia. Lucas
tuvo que dejar la fuente, volvió instantes después trayendo una bandeja y
dispuso el cubierto que faltaba con impertinente lentitud.
El
señor Sweitzer, muy confuso, sacó de la cartera un recorte y unos papeles
escritos con su letra bonapartina. "He borroneado una respuesta",
dijo. Empezó a leer:
—No
es sólo en el cap. XIII, 55, de Mateo, como parece entenderlo el señor
X, donde se trata este asunto que ha motivado tantas discusiones (aquí, para
mayor claridad, transcribo los demás pasajes alusivos de Mateo, Marcos,
Lucas, Juan, de los Corintios y los Gálatas). De la lectura
de estos textos han surgido tres teorías: la elvidiana a que se refiere el señor
X: sostiene que los hermanos y hermanas de Jesús nacieron de José y María,
después de él; la epifánica: nacieron de un primer matrimonio de José; la
hierominiana, a que se adhiere San Jerónimo: eran hijos de Cleofás y de una
hermana de la Virgen llamada también María. Es la doctrina sustentada por la
Iglesia y defendida por sus grandes pensadores.
Al
leer se llevaba de cuando en cuando a la boca una almendra o trocitos de nueces
o avellanas, colocados en un plato a su izquierda. A veces, con la mano en el
aire, hacía girar entre los dedos el trozo de nuez hasta despojarlo de su
telilla leonada. Con el pretexto de servirse, Bernardo puso el plato fuera de su
alcance, entre Jacinta y él. Sweitzer lo miró con asombro. Bernardo le preguntó:
—¿Por
qué no cita los Hechos de los Apóstoles?
—Es
verdad; después de comer, si usted me presta una Biblia...
—No
se necesita Biblia. Apunte: I, 14: ...perseveraban unánimes en oración y
ruego, con las mujeres y con María, la madre de Jesús, y con sus hermanos.
Bueno, aquí finaliza el preámbulo. Y ahora, ¿a cuál de las tres teorías
piensa usted adherirse?
—A
la primera, qué duda cabe. ¿Cómo empezaría usted?
Bernardo
no pudo resistir al afán de
lucirse.
—Yo
empezaría diciendo —contestó con aire profesoral—: Es verdad que en
hebreo y arameo existe una sola voz para designar los términos hermano y primo,
pero no es esa razón suficiente para torcer el significado de los textos.
Porque nos encontramos en presencia de un idioma como el griego, rico en
vocablos, que tiene una palabra para decir hermano (adelphos), otra para
decir primo hermano (adelphidus) y otra para decir primo (anepsios). La
comunidad de Antioquía era un medio bilingüe y allí se efectuó el piso de la
forma aramea a la forma griega de la tradición. Goguel cita un versículo de
Pablo (Colosenses, IV, 10) donde se dice: "... y Marcos, sobrino de
Bernabé”. Si Pablo en sus otros escritos habla de los hermanos de Jesús, no
hay motivo para que se confunda un término con otro.
Hizo
una pausa. Continuó:
—Habría
tanto que agregar... Tertuliano acepta que María tuvo de José muchos hijos.
También lo afirmaba la secta de
los Ebionitas y
Victorio de Patau, mártir cristiano, muerto en el año 303. Hegesipa
dice que Judas era hermano, según la carne, del Salvador. La Didascalia
dice que Jacobo, Obispo de Jerusalén, era según la carne hermano de
Nuestro Señor. Epifano reprocha la ceguera de Apolonio, quien enseñaba que
María había tenido hijos después del nacimiento de Jesús.
El
señor Sweitzer tomaba algún apunte en su carnet. Bernardo continuaba
exponiendo. Con las palabras desaparecía su mal humor de los primeros
momentos. Se había vuelto a encontrar a sí mismo, estaba satisfecho de su
seguridad, de su memoria, de su erudición. Recibía como un homenaje el
respetuoso silencio de Sweitzer. Buscó la aprobación de Jacinta.
Jacinta
permanecía ajena a todo, vaga, remota, como disuelta en la atmósfera del
comedor. Bernardo tartamudeó, tomó vino, inclinó la cabeza; aún quedaba
una pinta rosada en la copa. Levantó la cabeza; ante sus ojos las llamas de la
chimenea bailaban en los respaldos verdes de las sillas vacías, apoyadas contra
la pared, las maderas de cedro tallado y la cara de Lucas palpitaban con
una especie de vida intermitente, descubriendo trozos rojizos e imprevistos, y
las gotas de cristal de la araña vienesa parecían aumentar de tamaño, más grávidas
que nunca, y de un instante a otro amenazaban con deshacerse sobre el mantel.
(Se hubiera dicho que Lucas, al acercarse a la mesa, no salía de la penumbra
con el designio de retirar los platos sino de incorporarse a ese óvalo
resplandeciente de humano bienestar.) Pero Bernardo había perdido el hilo de
su discurso. Quiso sobreponerse:
—Hay
motivos para pensar —dijo haciendo un esfuerzo— que en los primeros siglos
de la Era Cristiana se hablaba con frecuencia de los hermanos de Jesús.
Guignebert...
Sweitzer
lo interrumpió:
—Con
esto basta y sobra. Es una mera respuesta.
Bernardo
agregó todavía:
—Como
es católico el que ha escrito la carta, para
terminar conviene una cita católica. Algo así: Recordemos la ejemplar
sinceridad del Padre Lagrange, quien reconoce que históricamente no está
probado que los hermanos de Jesús sean sus primos.
Se
fue a sentar junto a la chimenea, llevándose su taza de café. Dos gruesos
troncos ardían con entusiasmo. Distinguía la llama ondulante y roja, el
rojo ocre, casi anaranjado, de los tizones y el delicado matiz azul que se
insinuaba hasta contaminar la blancura de una montañita de ceniza. A Jacinta le
repugnaba el espectáculo del fuego. ¡Y él, que hubiera deseado consumirse
como esos troncos, desaparecer de una vez por todas! Se acercaba más y más a
la chimenea, parecía dispuesto a quemarse los pies. "Soy demasiado
friolento." Se levantó para entreabrir una ventana. El señor Sweitzer,
despegándose trabajosamente del sillón, empezó a despedirse.
—Muchas
gracias. Mañana redactaré la contestación. Si usted pasa por el escritorio, a
la salida de la Bolsa, podrá firmarla.
Pero
Bernardo le contestó que prefería no hacerlo, y como el otro le preguntara por
qué:
—Estas
discusiones son inútiles —dijo—. Y ¿quién sabe? tal vez fomenten el
error. Cada día que pasa, la humanidad (pronunciemos la palabra: la
"historicidad") de Jesús me parece más dudosa.
Iba
y venía por el cuarto, con los ojos secos, ardientes. Salió y entró casi
enseguida, trayendo un libro de noble y apolillada encuadernación; abrió el
libro: el lomo, desprendiéndose de las tapas pardas, se le quedó en las manos.
Sweitzer miró el título:
—Antiquities
of the Jews. Ah,
la edición de Havercamp... ¿Piensa usted leerme la dichosa interpolación? No
vale la pena.
Pero
nadie podía detenerlo. Bernardo leyó la cita interpolada y desarrolló,
esta vez penosamente, la tesis de que el cristianismo era anterior a Cristo.
Habló de Flavio Josefo, de Justo de Tiberíades... El señor Sweitzer escuchaba
con sorna su apasionada incoherencia.
—Pero
es otra cuestión —decía—. Además, esos argumentos están muy manoseados.
Y no me parecen convincentes.
—No
me fundo en ellos —contestaba Bernardo—. Mi convicción pertenece a un orden
de verdades que acatamos con el sentimiento, no con el raciocinio.
Después,
como si hablara para sí:
—Pienso
en la famosa historia del cuadro... ¿Cómo era?
Oyó
que Jacinta le decía con su voz monótona:
—Ya
lo sabes. El cuadro se vino al suelo y descubrimos que Cristo no era Cristo.
“Contada
así no se entiende”, pensó Bernardo. Refirió él mismo la historia.
—Era
una estampa antigua, un collage de la época colonial adornado en los
bordes con terciopelo azul, arrugado, cubierto con un vidrio convexo. Al
romperse el vidrio se
pudo ver
que la
imagen era
una Dolorosa. Le habían dibujado a pluma rizos y barba, le agregaron la
corona de espinas, el manto estaba disimulado por el terciopelo.
Añadió
en un
susurro:
—Jacinta
Vélez era chica y tuvo una terrible decepción. De entonces data su
incredulidad. De nuevo escuchó la voz monótona:
—No
—dijo Jacinta—, ahora creo.
Cristo
se había sacrificado por los hombres, por esos hombres que mientras más
perfectos, menos se parecían a su Redentor: turbulentos, eruditos, complicados,
astutos, destructores, insatisfechos, sensuales, débiles, curiosos. Y al margen
de aquel rebaño vegetaban otros seres en un estado de misteriosa
bienaventuranza, desasidos de la realidad y despreciados por los demás hombres.
Pero Cristo los amaba. Eran los únicos, en el mundo, con posibilidades de
salvación.
Bernardo
se despedía del señor Sweitzer. Jacinta pensaba en Raúl. Tenía urgencia de
estar a su lado, rodeada de árboles, en el sanatorio de Flores.
El
señor Sweitzer releyó la carta de Bernardo desde un estrepitoso automóvil de
alquiler. Estaba escrita en papel azul, telado, y en el membrete se reproducía
la fachada de un edificio con techo de pizarra e innumerables ventanas. Decía
la carta:
Estimado
don Julio: En los últimos tiempos no puedo interesarme en los negocios.
Cualquier esfuerzo me fatiga. Resolví pues consultar a un médico, y
actualmente, bajo su asistencia, estoy haciendo una cura de reposo. Esta cura
puede prolongarse varios meses. Por eso le propongo a usted dos soluciones:
busque un hombre de confianza para que desempeñe mis tareas, fijándole un
sueldo conveniente y un tanto por tiento que descontará usted de los ingresos
que me corresponden, o liquidemos la sociedad.
A
continuación, como para desmentir el párrafo en que aludía a su actual
desinterés por los negocios, Bernardo hacía algunas observaciones muy
sagaces, a juicio de don Julio, sobre una inversión de títulos que había
quedado pendiente en esos días. Agregaba, al terminar: No
se moleste en verme. Contésteme
por escrito.
Don
Julio pensaría después en esta última frase.
Llegó
al sanatorio, preguntó por Bernardo, pasó su tarjeta. Lo hicieron esperar en
un salón con grandes ventanas que no se abrían al jardín en toda su altura
sino, únicamente, en su parte superior. Al cabo de diez minutos entró un
hombre alto, de rostro sanguíneo.
—¿El
señor Sweitzer? —dijo—. Yo soy el director. Acabo de llegar.
Y
se ajustaba, alrededor de las muñecas, las presillas de su guardapolvo.
—¿Puedo
ver al señor Stocker? — preguntó Sweitzer.
—Usted
es su socio, ¿verdad? “Stocker y Sweitzer”, sí, conozco la firma.
Al señor Stocker tuve ocasión de tratarlo en marzo de 1926. Recuerdo
exactamente la fecha. Yo tenía algunos fondos disponibles, poca cosa, pero el
señor Stocker me recomendó la segunda emisión de consolidados de la
"Lignito San Luis Company": nunca olvidaré ese nombre. Los valores,
en manos de ustedes, se liquidaron muy bien. Con esa base instalé mi sanatorio.
—¿Puedo
ver a mi socio? —insistió
Sweitzer.
—Por
supuesto, señor Sweitzer. El señor Stocker no es un enfermo, como usted sabe.
Vino al sanatorio trayendo a un muchacho de su relación, Raúl Vélez. Aquí se
respira un ambiente de tranquilidad que debió seducirlo. Un buen día se
apareció con sus valijas; me dijo: "Doctor, he resuelto tomar un descanso
e internarme yo también. Pero guárdeme el secreto. No quiero que me
molesten, no deseo hablar con nadie, ni siquiera con los médicos." Usted
debe ser la única persona a quien ha comunicado su dirección.
—Me
ha escrito.
—Lo
hemos alojado en el último pabellón, el más independiente. El señor Stocker
ocupa un cuarto. Raúl Vélez el otro.
Vaciló
un momento.
—...
este muchacho es un caso doloroso —continuó—. Los médicos somos discretos,
señor Sweitzer. Hay cosas que no tenemos por qué saber, que no queremos saber,
pero insensiblemente llegamos a enterarnos de ciertas circunstancias familiares.
En fin, sea lo que fuere, el señor Stocker siente por este muchacho un afecto
verdaderamente paternal. ¿Me puede decir usted por qué ha demorado
tanto tiempo en confiarlo a un psiquiatra?
—¿Ya
no es posible curarlo?
—preguntó Sweitzer.
—No
se trata de curar sino de adaptar. La adaptación importa un proceso muy
delicado por parte del enfermo y del medio que lo rodea. Hay que adaptarse al paciente,
es cierto, pero a la vez exigirle un pequeño esfuerzo y que sea él, en
realidad, quien se vaya adaptando a los demás. Lograr ponerlo en comunicación
con sus semejantes. Claro está que nunca se logrará una verdadera comunicación
intelectual, como
la que nosotros sostenemos
en este momento, pero sí una comunicación primaria. Hacer que el enfermo
comprenda y obedezca ciertas formas de vida corriente. El progreso debe marchar
en ese sentido.
—Y
ahora es demasiado tarde...
El
otro lo miró con desconfianza.
—Nunca
es demasiado tarde —contestó—. Raúl Vélez está en el sanatorio desde
hace quince días.
El diagnóstico
diferencial de
la demencia
precoz ebefrenocatatónica
con la
debilidad mental
es muy
difícil. En ambos casos hay ausencia de signos
físicos, el
enfermo, conserva una
fisonomía inteligente,
pero parece
vivir al margen
de sí
mismo, indiferente
a todo
y a
todos. Y sin embargo es dócil,
suave, de apariencia afectuosa. Necesita verse rodeado de bondad, pero de
una bondad firme, cuyos límites siente. Ahora bien, a este muchacho se
lo ha descuidado
de una
manera lamentable.
Estaba en manos de una
mujer ignorante, que lo quiere mucho,
sin duda,
pero con
un cariño
en el
cual no
entra el menor
discernimiento. Se plegaba a
todos sus caprichos, y el muchacho abusaba, se hundía deliberadamente en la
locura. Esa, en ellos,
es la
línea de
menor resistencia. Al
principio, la mujer estaba
indignada con nosotros. Hasta tuvo la osadía de afirmar que iría a quejarse a
la justicia, porque Stocker no tenía derecho para internarlo en
nuestro sanatorio.
Sweitzer,
esta vez,
hizo un
gesto de
asombro. Preguntó,
sin embargo
—¿Y
es verdad?
—Parece
que Stocker no lo ha reconocido legalmente. Pero ella tiene menos derecho aun
para disponer del muchacho. Se trata de un demente sin familia ni bienes de
ninguna clase. ¿Quién, mejor que Stocker, para ocuparse de él? Yo hablé con
el Defensor de Menores y obtuve del juez que nombrara a Stocker curador del
incapaz. A la mujer, como no quería oír sus historias, le prohibí la entrada
al sanatorio. Ahora le permitimos que venga, a pedido del mismo Stocker. He
accedido, pero no estoy conforme. Hay
que alejar de Raúl Vélez todas las
influencias que puedan
recordarle, prolongar en su
espíritu el antiguo desorden en que vivía.
Se
detuvo.
—Estoy
entreteniéndolo —agregó—. Usted deseaba ver a Stocker. Yo mismo lo acompañaré.
Precedido
por el médico, que se excusaba de pasar
antes, Sweitzer llegó a una terraza, descendió una escalinata en forma de
abanico, atravesó un jardín con canteros bordeados de caracoles,
donde crecía
un largo césped
enmarañado, de vez
en cuando, algún
gomero de hojas barnizadas por la lluvia reciente, otros árboles, sin
hojas, levantaban
al cielo
sus ramas
gesticulantes. Sweitzer pisaba con cuidado para no embarrarse. Alrededor
del jardín se veían casitas de ladrillo, separadas unas de otras por
laberintos de boj.
—Aquí
lo abandono —dijo el médico—. Siga derecho por este sendero. A la
derecha, en el último pabellón, vive Stocker.
Se
le apareció bruscamente, al pisar el umbral de la puerta abierta de par en par.
Bernardo Stocker, en cambio, lo había visto venir desde lejos. Estaba sentado,
envuelto en dos mantas escocesas: una sobre los hombros, la otra fajándole las
piernas. “Don Julio, ni puedo levantarme para saludarlo. Esta manta...” Lo
reprendió por haberse molestado: “Me hubiera escrito”. Después, mirándolo
en los ojos:
—¿Estuvo
con el directorr?
—Sí.
—¡Qué
lata le habrá dado! Lo compadezco.
—¿Tiene
frío? —preguntó Stocker— ¿Quiere que cerremos la puerta?
—No,
he descubierto que el frío es saludable. Me gusta.
Se
hizo un silencio. Sweitzer había olvidado el motivo de su visita, o no quería
confesárselo a sí mismo. Quedó consternado. Buscaba algo que decir, una
trivialidad cual quiera que le permitiera salir del paso. Recordaba el párrafo
de la carta: No se moleste en verme. Contésteme por escrito, y recurrió
a la carta como a un pretexto para justificar su presencia en el sanatorio. Pero
se limitaba a repetir las proposiciones de
Bernardo tomo si a él, Julio Sweitzer, se le hubieran ocurrido en ese
instante. Era un
poco absurdo. Bernardo vino
en su ayuda e iniciaron un diálogo de inesperada fluidez. Empezaba Bernardo, no
bien Sweitzer había terminado de hablar y
su interlocutor, entre tanto, asentía con la cabeza, murmuraba “sí”,
“claro”, “es lo mejor”, “perfectamente...”. Temerosos de un nuevo
silencio, no prestaban fe ni
atención a
lo que decían.
Bernardo fue
el primero en callar. El
señor Sweitzer había distinguido, más allá del tabique de boj, a un muchacho
alto, corpulento, en compañía de una anciana. De pronto el muchacho avanzó
hacia ellos y al llegar al tabique, en vez de dar la vuelta, tomó directamente
el sendero, escurriéndose por entre las ramas del boj con sorprendente
agilidad. Caminaba con los ojos fijos en Bernardo. Bernardo lo miraba a su vez.
Una sonrisa lenta y profunda se había dibujado en
su rostro. Pero sucedió un incidente imprevisto. El viento hacía
volar un papel de diario que fue a
caer a los
pies del
muchacho. Este se
detuvo a pocos
metros de ambos hombres, recogió el papel, lo miró con la expresión de
alguien que piensa “es demasiado importante para leerlo ahora”, lo dobló
cuidadosamente, lo guardó en el
bolsillo y, girando sobre sus talones, se alejó.
Esta vez, al llegar al tabique, en lugar de atravesar el boj, dio la
vuelta, siguió por el sendero. Los dos hombres lo perdieron de vista.
Bernardo
quedó con los labios entreabiertos, el señor Sweitzer no pudo contenerse y
preguntó con una voz débil, anhelante, que apenas reconocía, a tal punto sonaba
extrañamente en sus oídos.
—¿Es
Raúl Vélez?
—Sí
—dijo Bernardo— Ya ve usted: acude espontáneamente a mí. Pero siempre
habrá de interponerse algo entre nosotros. Ahora ha sido ese maldito papel.
Después,
muy deprisa, en la misma tesitura con que habían conversado momentos antes:
—Yo
he tenido relaciones con Jacinta Vélez, la hermana de este muchacho. Ha
vivido varios meses en casa. Me pidió que me ocupara de Raúl. Antes de irse,
ella misma eligió este sanatorio.
—Antes
de irse... ¿a dónde?
—No
sé. Discutíamos. Yo le hacía preguntas, la exasperaba. Uno siempre exaspera
a las personas que quiere. Se fue.
—¿No
le ha escrito?
—En
el inquilinato, donde vivió hasta
la muerte de su madre, revisé un escritorio y encontré varias cartas. Pero
eran cartas escritas por la señora de Vélez y que el correo había devuelto.
Estaban dirigidas a personas cuyo domicilio se ignora. La numeración de las
calles ha cambiado y no coincide con las direcciones de los sobres, o en
esas direcciones han levantado nuevos edificios. No contento con eso, he visto a
muchas personas de apellido Vélez. Nadie los conoce. Sin embargo, un hombre
con quien conversé, mayor que yo, que se llama Raúl Vélez Ortúzar, me dijo
que en su familia existía un personaje un poco mitológico, la tía
Jacinta, a la cual solía referirse su madre. Parece que esta Jacinta era una
mujer de mala conducta, que murió en Europa.
—Pero
no puede ser Jacinta —contestó inmediatamente el señor Sweitzer. Su espíritu
de investigador ya estaba sobre aviso.
—No,
pero podía ser la señora de Vélez. Además, él no estaba seguro de que
hubiese muerto.
—¿Y
usted espera
que Jacinta vuelva?
—Vendrá
al sanatorio a ver a su hermano. Lo quiere mucho. El “autismo” de Raúl,
como dicen los médicos, no es para ella una tara. Se le antoja un signo de superioridad.
Trata de parecerse a él.
—¿Pero
es enferma? —preguntó Sweitzer, cada vez más intrigado.
—Enferma
o no, yo la necesito. ¿Cree usted que vendrá, don Julio? Yo antes creía, pero
ahora dudo de todo. ¿No cree usted en los sueños, don Julio? Yo un poco creía,
pero últimamente...
—¿Se le apareció a usted en sueños?
—Sí...
y no. Pude ver únicamente sus pies, como si estuviera frente a mí y yo mirara
al suelo. Es extraño hasta qué punto los pies son expresivos, inconfundibles.
Le veía los pies como si la estuviera mirando a la cara. Entonces, cuando
levanté los ojos, no pude seguir adelante. Todo se disolvió en una atmósfera
gris.
"Anoche
volví a soñar con la misma atmósfera. Es gris, pero a ratos blanca, translúcida.
Quedé en suspenso. Temía despertarme. Entonces, comprendiendo que Jacinta
estaba ahí, le dije que me había engañado, que me utilizó como un pretexto
para que internara a Raúl en el sanatorio. Le supliqué que nuevamente se
dejara ver. Hablamos de cosas íntimas, de nosotros dos, de una mujer de quien
Jacinta tenía celos. Yo temblaba de rabia. Pero Jacinta se burlaba en lugar de
enojarse. Me decía, observando mi temblor: Friolento como todos los hombres. De
pronto, empezó a hacerme reproches. En una ocasión yo le atribuí sentimientos
que ella reprueba. Afirmé haberla visto llorar. Eso la ha herido. Nosotros no
lloramos, me decía, aludiendo a ella y a Raúl. Le hice notar que las lágrimas
no correspondían a su verdadero estado de ánimo, que más tarde yo se lo había
explicado de una manera verosímil. Mis explicaciones, sobre todo, la pusieron
fuera de sí. `Tú también has hecho trampa´,
me decía en alemán.
—¿Habla
alemán?
—Ni
una palabra, pero le oía pronunciar distintamente: Auch du hast betrogen! Entonces
me encontré haciendo un solitario y sentí que alguien me aplastaba la mano
contra la mesa en momentos en que yo iba a destapar indebidamente una carta.
Me desperté.
El señor Sweitzer lo alentó. Jacinta volvería a ver a su hermano. Era lo más lógico. No había que dejarse sugestionar por los sueños.
Con
estas palabras se despidieron.
El
señor Sweitzer caminaba distraídamente. Tomó por un sendero equivocado y por
dos veces se encontró rodeado de boj, en el patiecillo de otros pabellones. No
podía llegar, a ese jardín que tenía ante su vista. Al fin se abrió paso y
anduvo entre los árboles, atento a las ventanas iluminadas del edificio
principal. De pronto se llevó por delante un bulto imponente y oscuro, más
oscuro que las sombras. Retrocedió sobresaltado.
—No
soy una enferma —le dijeron—. Soy Carmen, la encargada del inquilinato.
Necesito hablar con usted.
Caminaron
hasta la verja. Era una anciana erguida, de cabellos blancos. El señor Sweitzer
la observó bajo los focos de luz, aureolados de insectos, de la puerta de
entrada, un sombrero alto y cilíndrico, una esclavina y un manguito de piel
(los hocicos de las nutrias hincaban sus dientes puntiagudos en las propias
colas, un poco marrones). Después buscó el taxi que lo esperaba. La mujer
cruzó la calle, el señor Sweitzer se adelantó, abrió instintivamente la
portezuela y la ayudó a subir.
—Deseaba
pedirle... —dijo su compañera, y adoptó una voz quejumbrosa que contrastaba
con la dignidad de su aspecto y no parecía sincera, como si copiara el estilo
de las personas cuyos ruegos tenía por costumbre escuchar—. Usted es bueno.
Influya sobre Stocker. Que a Raúl lo dejen en paz y le permitan volver al
inquilinato. Lo quiero como a un hijo.
—Entonces
debería agradecerle al señor Stocker lo que hace por él. En el sanatorio podrán
curarlo.
—¿Curarlo?
—gritó la mujer—. Raúl no es un enfermo. Es distinto, nada más. En el
sanatorio lo hacen sufrir. La primera noche lo encerraron. Como el muchacho me
echaba de menos, se quiso escapar. Le pegaron: al día siguiente tenía
moretones en el cuerpo. Raúl nunca se cae. Y ayer...
—¿Qué
sucedió ayer?
—¡Ayer
yo lo he visto, tirado en el suelo, con la boca llena de espuma! Y el enfermero
que me decía: "No es nada, es la reacción de la insulina. Un ataque de
epilepsia provocado." ¡Provocado! ¡Canallas!
—Los
médicos saben de estas cosas más que nosotros—protestó débilmente el señor
Sweitzer—. Espere los resultados del tratamiento. Por ahora, confórmese con
visitarlo en el sanatorio.
—¿Y
usted cuida del inquilinato? —respondió la mujer con insolencia—. Yo no
puedo venir en automóvil. Ya Stocker no me da más dinero. Iba por las mañanas,
revolvía cajones, se llevaba papeles, libros, cuadros. Me decía: "A Raúl
no le faltará nada en el sanatorio, doña Carmen. Y a usted tampoco. Usted ha
sido muy buena con él. Pero es lo mejor." ¡Lo mejor! ¡Cómo se ha
burlado de mí!
Sweitzer
perdía la paciencia.
—Usted
no quiere comprender. El señor Stocker ha internado a Raúl Vélez accediendo a
un pedido de la hermana del muchacho, de Jacinta Vélez.
—Sí,
ha dicho eso. Ya lo sé.
—Ella
es la única que puede arreglar la situación. Desgraciadamente, no vive más
con el señor Stocker. Usted, en vez de calumniarlo, debería prestarle ayuda,
buscar a Jacinta.
La
mujer respondió, martilleando cada sílaba:
—Jacinta
se suicidó el día que murió su madre. Las enterraron juntas.
Agregó:
—Vea,
no me interesa lo que Stocker pueda haberle dicho. A Jacinta la conoció gracias
a mí. Se la presentó una amiga mía, María Reinoso —Y le explicó con
naturalidad—: María Reinoso es una alcahueta.
Como
le pareciera que Sweitzer, al callar, pusiera en duda sus palabras, entró en un
arrebato de cólera:
—¿Qué?
¿Que no me cree? María Reinoso lo convencerá. Puede hablar con ella en
cualquier momento. Ahora mismo, si quiere.
Inclinándose
bruscamente hacia delante, le gritó al chofer una dirección; luego, al
arrinconarse en el fondo del asiento, rozó con sus cargados hombros la cara de
Sweitzer. Este sintió en la nariz el olor a moho de la esclavina de piel.
—No
me gusta —dijo— hablar mal de Jacinta, pero yo nunca la quise. No se parecía
a su madre, un pedazo de pan, ni a Raúl. A Raúl lo quiero como a un hijo.
Jacinta era orgullosa, despreciaba a los pobres. En fin, ahora está muerta. Se
tomó un frasco de digital.
El
automóvil se detuvo. Mientras Sweitzer pagaba al chofer, la anciana había
avanzado por un largo corredor. Sweitzer tuvo que apurar el paso para
alcanzarla.
Entreabrió
la puerta una mujer de edad dudosa. Doña Carmen le dijo:
--No
es lo que piensas, María. El señor viene únicamente a conversar contigo
sobre Stocker y Jacinta Vélez. Quiere que le digas la verdad.
—Pasen.
Basta que sea amigo tuyo, yo le diré lo que sepa. Pero quedará decepcionado
— contestó la otra con afectación.
Al
caminar arrastraba las chinelas. Los hizo sentarse, les ofreció de beber.
—¿El
señor era amigo de Jacinta? —preguntó— ¿No? ¿De Stocker? Ah, un hombre
muy serio, muy distinguido. Hace mucho que frecuenta
esta casa. Aquí conoció a Jacinta, pobrecita, y simpatizó con ella
enseguida. Se vieron durante un
mes, dos
o tres veces
por semana. Siempre en
mi casa. Me hablaba Stocker,
y yo le daba el mensaje a Jacinta. El
día que murió la señora de Vélez, Jacinta había quedado en venir. A mí me
pareció extraño, pero ella misma se había empeñado. Llega
Stocker, y Jacinta que no viene. Yo le explico la demora. Esperamos. Al
final, ya preocupada, hablo por teléfono y me entero de la desgracia. A
Stocker lo impresionó muchísimo. Me dijo: “María,
déjeme solo en este cuarto”. Y allí
se quedó hasta muy tarde.
Es un sentimental. Después,
ya ve
lo que ha hecho
por ese
retardado. Me parece un gesto bellísimo.
Doña
Carmen la interrumpió:
—No
hables de lo que no sabes.
La
otra sonreía.
—Está
furiosa —dijo mirándolo a Sweitzer— porque no puede verlo el día entero.
¡Carmen, Carmen, parece mentira! Una mujer seria, a tus años...
—Lo
quiero como a un hijo.
—Como
a un nieto, dirás.
El
señor Sweitzer se fue cuando el diálogo entre las dos mujeres empezada a subir
de tono. Las calles estaban desiertas. En el centro de la calzada la luz eléctrica
hacía brillar el asfalto: grandes charcos de agua donde era peligroso
aventurarse. Después la oscuridad y de nuevo, en la otra cuadra, el reflejo
ficticio del estanque. Sweitzer apenas se atrevía a cruzarlo. Así anduvo un
largo rato, vacilando al llegar a cada bocacalle pegado, confundido a las
paredes como el insecto a la hoja. De vez en cuando el boquete de un zaguán
iluminado lo ponía en descubierto. Estaba cansado, tenía frío, no podía
entrar en calor. Tampoco podía detenerse. El mismo cansancio lo
impulsaba a caminar. Llegó a una plaza, atravesó la calle. Allí vivía
Stocker. Miró el tablero con los timbres. Cuando Lucas bajó después de un
cuarto de hora, en paños menores cubierto por un sobretodo, continuaba
apretando el botón del tercer piso.
—¡Señor
Sweitzer! —exclamó el negro—.
El patrón no está.
—Ya
sé, Lucas. Tenía un mensaje para
usted. Pasé por la casa y me atreví a llamar. Discúlpeme por haberlo
despertado.
—No
es nada, señor Sweitzer. Entre, no se quede afuera. Subiremos en el ascensor de
servicio porque yo he bajado sin
llaves.
Pasaron
a la cocina. El negro abría puertas, encendía luces. “Ahora apagan la
calefacción muy temprano. Como no hay nadie, yo no encendí las chimeneas”.
Llegaron al hall. Sweitzer discurría algún mensaje para darle en nombre de su
socio.
—El
señor me ha escrito. Dice que mande las cuentas al escritorio. Él volverá el
día menos pensado.
—Pero
si me ha dejado dinero suficiente —contestó el negro.
—Le
repito lo que él me ha escrito.
—El
patrón está de viaje.
—Así
es, Lucas.
El
negro parecía deseoso de hablar. Después de un momento agregó entre dientes:
—...con
la señora Jacinta.
Sweitzer
le preguntó muy despacio.
—Dígame,
Lucas, ¿ella ha vivido aquí?
—El
señor también sabe...
—¿Está
usted seguro? ¿La vio alguna vez?
—Verla,
lo que se llama verla... La encontré en la puerta de calle. Era después de
almorzar. Ella salía del departamento en momentos en que yo entraba. Enseguida
la reconocía.
—Pero
si nunca la había visto antes.
—No
importa.
—¿Cómo
era?
—Tenía
ojos grises.
—¿Y
cómo supo que era ella? —le preguntó Sweitzer.
—Me
di cuenta —contestó el negro—. Me miraba sonriendo. Parecía decirme:
"¡Al fin me descubres!", pero con simpatía. Parecía decirme: "¡Gracias
por el caldo y la ensalada que me preparas todos los días, por las avellanas,
por las nueces! ¡Gracias por tu discreción!" Es una mujer muy bondadosa.
—¿Pero
usted no la vio nunca dentro de la casa?
—¡Tomaban
tantas precauciones! Hasta que ellos se iban, no podíamos arreglar el
dormitorio. Por la tarde, el patrón era el primero en llegar. Cerraba con llave
la puerta del hall. Cuando abría la puerta, ya la señora estaba en su cuarto.
¿El señor Sweitzer recuerda la última noche que vino a comer? El patrón
estaba muy excitado, quería que la señora Jacinta los acompañara, quería
presentársela al señor. Yo, mientras ponía la mesa, le oía la voz: "¡Jacinta,
te lo suplico! Come con nosotros. No me dejes solo esta noche." La esperó
hasta lo último. ¿El señor Sweitzer recuerda que me obligó a poner tres
cubiertos? Pero la señora Jacinta no apareció. Es una mujer muy prudente.
—En
resumidas cuentas, usted no la vio nunca dentro de la casa.
—
¡Cómo si necesitara verla! —exclamó el negro—. Ahora ni siquiera me
molesto en prepararle el caldo frío, pregúntele a Rosa, y eso que el
patrón me ha ordenado que deje comida como siempre. Pero ahora no está, lo sé,
así como sé que antes estuvo viviendo más de tres meses en esta casa.
Sweitzer
repetía:
—Pero
usted no la encontró nunca dentro de la...
Y
el otro, con insistencia:
—¡Como
si necesitara encontrarla! ¿Y el olor? Vea usted, señor Sweitzer, yo no
quisiera ofenderlo, pero la señora Jacinta no tiene ese olor tan desagradable
de los blancos. El de ella es diferente. Un olor fresco, a helechos, a lugares
sombreados, donde hay un poco de agua estancada, quizá, pero no del todo. Sí,
eso es; en la bóveda, cuando vamos al cementerio de los Disidentes, hay el
mismo olor. El olor del agua que empieza a espesarse en los floreros.
El
señor Sweitzer se acostaba. "No he comido esta noche", pensó, al
tiempo que metía la cabeza en su camisón de franela. Se acurrucó en la cama,
buscó con los pies la bolsa de agua caliente, cerró los ojos, sacó una mano,
apagó la lámpara. Pero no se disipaba la claridad de la habitación. Había
dejado encendida la araña del techo, una araña de bronce con tres brazos
puntiagudos de cuyos extremos salieron llamitas de gas y que, posteriormente,
habían adaptado a las bujías eléctricas. Se levantó. Al pasar junto al
ropero se vio reflejado en el espejo, con la papada temblorosa y más bajo que
de costumbre, porque andaba descalzo. Rechazó esta imagen poco seductora de sí
mismo, apagó la luz, buscó a tientas la cama. Después, acariciándose los
hombros por encima del camisón, trató de dormir.
José
Bianco.