SANTIAGO
DABOVE, escritor argentino,
nacido en Morón, provincia de Buenos Aires, en 1889; muerto en 1951. La
muerte y su traje, volumen publicado póstumamente, reúne sus cuentos fantásticos.
¡Inexorable
severidad de las circunstancias! Los médicos que me atendían tuvieron que
darme, a mis pedidos insistentes a mis ruegos desesperados, varias inyecciones
de morfina y otras sustancias para poner como un guante suave a la garra con que
habitualmente me torturaba la implacable enfermedad: una atroz neuralgia del
trigémino.
Yo,
por mi parte, tomaba más venenos que Mitrídates. El caso era poner una sordina
a esa especie de pila voltaica o bobina que atormentaba mi trigémino con su
corriente de viva pulsación dolorosa. Pero nunca se diga: he agotado el
padecimiento, este dolor no puede ser superado. Pues siempre habrá más
sufrimiento, más dolor, más lágrimas que tragar. Y no se vea en las quejas y
expresión de amargura presentes otra cosa que una de las variaciones sobre este
texto único de terrible dureza: “¡no hay esperanza para el corazón del
hombre!” Me despedí de los médicos y llevaba la jeringa para inyecciones
hipodérmicas, las píldoras de opio y todo el arsenal de mi farmacopea
habitual.
Monté
a caballo, como solía hacerlo, para atravesar esos cuarenta kilómetros que
separaban los pueblos que con frecuencia recorría.
Frente
mismo a ese cementerio abandonado y polvoriento que me sugería la idea de una
muerte doble, la que había albergado y la de él mismo, que se caía y se
transformaba en ruinas, ladrillo por ladrillo, terrón por terrón, me ocurrió
la desgracia. Frente mismo a esa ruina me tocó la fatalidad lo mismo que a
Jacob el ángel que en las tinieblas le tocó el muslo y lo derrengó, no
pudiendo vencerlo. La hemiplejía, la parálisis que hacía tiempo me amenazaba,
me derribó del caballo. Luego que caí, éste se puso a pastar un tiempo, y al
poco rato se alejó. Quedaba yo abandonado en esa ruta solitaria donde no pasaba
un ser humano en muchos días, a veces. Sin maldecir mi destino, porque se había
gastado la maldición en mi boca y nada representaba ya. Porque esa maldición
había sido en mí como la expresión de gratitud que da a la vida un ser
constantemente agradecido por la prodigalidad con que lo mima una existencia
abundante en dones.
Como
el suelo en que caí, a un lado del camino, era duro, y podía permanecer mucho
tiempo allí, y poco me podía mover, me dediqué a cavar pacientemente con mi
cortaplumas la tierra alrededor de mi cuerpo. La tarea resultó más bien fácil
porque, bajo la superficie dura, la tierra era esponjosa. Poco a poco me fui
enterrando en una especie de fosa que resultó un lecho tolerable y casi
abrigado por la caliente humedad. La tarde huía. Mi esperanza y mi caballo
desaparecieron en el horizonte. Vino la noche, oscura y cerrada. Yo la esperaba
así, horrorosa y pegajosa de negrura, con desesperanza de mundos, de luna y
estrellas. En esas primeras noches negras pudo el espanto contra mí. ¡Leguas
de espanto, desesperación, recuerdos! No, no, ¡idos, recuerdos! No he de
llorar por mí, ni por... Una fina y persistente llovizna lloró por mí. Al
amanecer del otro día tenía bien pegado mi cuerpo a la tierra. Me dediqué a
tragar, con entusiasmo y regularidad "ejemplares", píldora tras píldora
de opio y eso debe de haber determinado el "sueño" que precedió a
“mi muerte”.
Era
un extraño sueño-vela y una muerte-vida. El cuerpo tenía una pesadez mayor
que la del plomo, a ratos, porque en otros no lo sentía en absoluto, exceptuando
la cabeza, que conservaba su sensibilidad.
Muchos
días, me parece, pasé en esa situación y las píldoras negras seguían
entrando por mi boca y sin ser tragadas descendían por declive, asentándose
abajo para transformar todo en negrura y en tierra.
La
cabeza sentía y sabía que pertenecía a un cuerpo terroso, habitado por
lombrices y escarabajos y traspasado de galerías frecuentadas por hormigas. El
cuerpo experimentaba cierto calor y cierto gusto en ser de barro y de
ahuecarse cada vez más. Así era, y, cosa extraordinaria, los mismos brazos que
al principio conservaban cierta autonomía de movimiento, cayeron también a la
horizontal. Tan sólo parecía quedar la cabeza indemne y nutrida por el barro
como una planta. Pero como ninguna condición tiene reposo, debió defenderse
a dentelladas de los pájaros de presa que querían comerle los ojos y la carne
de la cara. Por el hormigueo que siento adentro, creo que debo de tener un nido
de hormigas cerca del corazón. Me alegra, pero me impele a andar y no se puede
ser barro y andar. Todo tiene que venir a mí; no saldré al encuentro de ningún
amanecer ni atardecer, de ninguna sensación.
Cosa
curiosa: el cuerpo está atacado por las fuerzas roedoras de la vida y es un
amasijo donde ningún anatomista distinguiría más que barro, galerías y
trabajos prolijos de insectos que instalan su casa y, sin embargo, el cerebro
conserva su inteligencia.
Me
daba cuenta de que mi cabeza recibía el alimento poderoso de la tierra, pero en
una forma directa, idéntica a la de los vegetales. La savia subía y bajaba
lenta, en vez de la sangre que maneja nerviosamente el corazón. Pero ahora ¿qué
pasa? Las cosas cambian. Mi cabeza estaba casi contenta con llegar a ser como
un bulbo, una papa, un tubérculo, y ahora está llena de temor. Teme que alguno
de esos paleontólogos que se pasan la vida husmeando la muerte, la descubra. O
que esos historiadores políticos que son los otros empresarios de pompas fúnebres
que acuden después de la inhumación, echen de ver la vegetalización de mi
cabeza. Pero, por suerte, no me vieron.
...
¡Qué tristeza! Ser casi como la tierra y tener todavía esperanzas de andar,
de amar.
Si
me quiero mover me encuentro como pegado, como solidarizado con la tierra. Me
estoy difundiendo, voy a ser pronto un difunto. ¡Qué extraña planta es mi cabeza!
Difícil será que dure su singularidad incógnita. Todo lo descubren los
hombres, hasta una moneda de dos centavos embarrada.
Maquinalmente
se indinaba mi cabeza hacia el reloj de bolsillo que había puesto a mi lado
cuando caí. La tapa que cerraba la máquina estaba abierta y una hilera de
hormigas pequeñas entraba y salía. Hubiera querido limpiarlo y guardarlo, pero
¿en qué harapo de mi traje, si todo lo mío era casi tierra?
Sentía
que mi transición a vegetal no progresaba mucho porque un gran deseo de fumar
me torturaba. Ideas absurdas me cruzaban la mente ¡Deseaba ser planta de tabaco
para no tener la necesidad de fumar!
...El
imperioso deseo de moverme iba cediendo al de estar firme y nutrido por una
tierra rica y protectora.
...Por
momentos me entretengo y miro con interés pasar las nubes. ¿Cuántas formas
piensan adoptar antes de no ser ya más, máscaras de vapor de agua? ¿Las
agotarán todas? Las nubes divierten al que no puede hacer otra cosa que mirar
el cielo, pero, cuando repiten hasta el cansancio su intento de semejar formas
animales, sin mayor éxito, me siento tan decepcionado que podría mirar impávido
una reja de arado venir en derechura a mi cabeza.
...Voy
a ser vegetal y no lo siento, porque los vegetales han descubierto eso de su
vida estática y egoísta. Su modo de cumplimiento y realización amorosos, por
medio de telegramas de polen, no puede satisfacernos como nuestro amor carnal y
apretado. Pero es cuestión de probar y veremos cómo son sus voluptuosidades.
...Pero
no es fácil conformarse y borraríamos lo que está escrito en el libro del
destino si ya no nos estuviera acaeciendo.
...De
qué manera odio ahora eso del "árbol genealógico de las
familias"; me recuerda demasiado mi trágica condición de regresión a un
vegetal. No hago cuestión de dignidad ni de prerrogativas; la condición
de vegetal es tan honrosa como la de animal, pero, para ser lógicos, ¿por qué
no representaban las ascendencias humanas con la cornamenta de un ciervo?
Estaría más de acuerdo con la realidad y la animalidad de la cuestión.
...Solo
en aquel desierto, pasaban los días lentamente sobre mi pena y aburrimiento.
Calculaba el tiempo que llevaba de entierro por el largo de mi barba. La notaba
algo hinchada y, su naturaleza córnea igual a la de la uña y epidermis, se
esponjaba como en algunas fibras vegetales. Me consolaba pensando que hay árboles
expresivos tanto como un animal o un ser humano. Yo recuerdo haber visto un álamo,
cuerda tendida del cielo a la tierra. Era un árbol con hojas abundantes y ramas
cortas, muy alto, más lindo que un palo de navío adornado. El viento, según
su intensidad, sacaba del follaje una expresión cambiante, un murmullo, un
rumor, casi un sonido, como un arco de violín que hace vibrar las cuerdas con
velocidad e intensidad graduadas.
...Oí
los pasos de un hombre, planta de caminador quizá, o que por no tener con qué
pagar el pasaje en distancias largas, se ha puesto algo así como un émbolo en
las piernas y una presión de vapor de agua en el pecho. Se detuvo como si
hubiera frenado de golpe frente a mi cara barbuda. Se asustó al pronto y empezó
a huir; luego, venciéndolo la curiosidad, volvió y, pensando quizá en un
crimen, intentó desenterrarme escarbando con una navaja. Yo no sabía cómo
hacer para hablarle, porque mi voz ya era un semisilencio por la casi carencia
de pulmones. Como en secreto, le decía: ¡Déjeme, déjeme! Si me saca de la
tierra, como hombre ya no tengo nada de efectivo, y me mata como vegetal. Si
quiere cuidar la vida y no ser meramente policía, no mate este modo de existir
que también tiene algo de grato, inocente y deseable.
No
oía el hombre, sin duda acostumbrado a las grandes voces del campo, y
pretendió seguir escarbando. Entonces le escupí en la cara. Se ofendió y me
golpeó con el revés de la mano. Su simplicidad de campesino, de rápidas
reacciones, se imponía sin duda a toda inclinación de investigación o
pesquisa. Pero a mí me pareció que una oleada de sangre subía a mi cabeza, y
mis ojos coléricos desafiaban como los de un esgrimista enterrado, junto con
espadas, pedana y punta hábil que busca herir.
La
expresión de buena persona desolada y servicial que puso el hombre, me advirtió
que no era de esa raza caballeresca y duelista. Pareció que quería retirarse
sin ahondar más en el misterio... y se fue en efecto, torciendo el pescuezo
largo rato para seguir mirando... Pero en todo esto había algo que llegó a
estremecerme, algo referente a mí mismo.
Como
es común a muchos cuando se encolerizan, me subió el rubor a la cara. Habréis
observado que sin espejo no podemos ver de esta última más que un costado de
la nariz y una muy pequeña parte de la mejilla y labio correspondiente, todo
esto muy borroso y cerrando un ojo. Yo, que había cerrado el izquierdo como
para un duelo a pistola, pude entrever en los planos confusos por demasiada
proximidad, del lado derecho, en esa mejilla que en otro tiempo había
fatigado tanto el dolor, pude entrever, ¡ah!... la ascensión de un "rubor
verde". ¿Sería la savia o la sangre? Si era esta última: ¿la clorofila
de las células periféricas le prestaría un ilusorio aspecto verdoso?... No sé,
pero me parece que cada día soy menos hombre.
...Frente
a ese antiguo cementerio me iba transformando en una tuna solitaria en la que
probarían sus cortaplumas los muchachos ociosos. Yo, con esas manazas
enguantadas y carnosas que tienen las tunas, les palmearía las espaldas
sudorosas y les tomaría con fruición “su olor humano”. ¿Su olor?, para
entonces, ¿con qué?, si ya se me va aminorando en progresión geométrica la
agudeza de todos los sentidos.
Así
como el ruido tan variado y agudo de los goznes de las puertas no llegará nunca
a ser música, mi tumultuosidad de animal, estridencia en la creación, no se
avenía con la actividad callada y serena de los vegetales, con su serio reposo.
Y lo único que comprendía es precisamente lo que estos últimos no saben:
que son elementos del paisaje.
Su
tranquilidad e inocencia, su posible éxtasis, quizá equivalen a la intuición
de belleza que ofrece al hombre la "escena" de su conjunto.
...Por
mucho que se valore la actividad, el cambio, la traslación humanos, en la mayoría
de los casos el hombre se mueve, anda, va y viene en un calabozo filiforme,
prolongado. El que tiene por horizonte las cuatro paredes bien sabidas y
palpadas no difiere mucho del que recorre las mismas rutas a diario para cumplir
tareas siempre iguales, en circunstancias no muy diferentes.
Todo
este fatigarse no vale lo que el beso mutuo, y ni siquiera pactado, entre el
vegetal y el sol.
...Pero todo esto no es más que sofisma. Cada vez muero más como hombre y esa muerte me cubre de espinas y capas clorofiladas.
...Y
ahora, frente al cementerio polvoriento, frente a la ruina anónima, la tuna
"a que pertenezco" se disgrega cortado su tronco por un hachazo. ¡Venga
el polvo igualitario! ¿Neutro? No sé, pero, ¡tendría que tener ganas el
fermento que se ponga de nuevo a laborar con materia o cosa como "la mía",
tan trabajada de decepciones y derrumbamientos!
Santiago
Dabove: La
muerte y su traje (1961).