Guy
DE Maupassant, cuentista
francés, nacido en el castillo de Miromesnil, en 1850, muerto en Auteuil, en
1893. Ha escrito varias novelas y doscientos quince cuentos. Entre sus libros,
citaremos: La Maison Tellier (1881); Les Saeurs Rondoli (1884); Bel
Ami (1885); Contes du Jour et de la Nuit (1885); Monsieur Parent (1888);
Le Horla (1887); La Main Gauche (1889); Notre Coeur (1890);
Le Lit (1895). Todos han
sido traducidos.
¡Dios
mío! ¡Dios mío! ¿Escribiré al fin lo que me ha pasado? ¿Podré? ¿Seré
capaz? ¡Es tan extraño, tan inexplicable, tan incomprensible!
Si
no estuviera seguro de lo que he visto, seguro de que en mis razonamientos no ha
habido ningún desmayo, ningún error en mis comprobaciones, ningún hiato en la
inflexible serie de mis observaciones, me creería un simple alucinado,
juguete de una extraña visión. Al fin de todo, ¿quién sabe?
Estoy
ahora en un sanatorio; pero he ingresado voluntariamente, por prudencia, por
miedo. Una sola persona conoce mi historia. El médico de aquí. Voy a escribirla.
¿Por qué? Para librarme de ella, porque la siento como una intolerable
pesadilla.
He
sido siempre un solitario, un soñador, una especie de filósofo aislado, benévolo,
satisfecho con poco, sin amargura para los hombres, sin rencor para el cielo.
He
vivido solo, continuamente, a causa de la incomodidad que la presencia de
otros me inspira. ¿Cómo explicarlo? No sé. No rehuyo la sociedad, el diálogo,
las cenas con los amigos, pero al rato de estar con ellos, hasta con los más
familiares, me cansan, me fatigan, me irritan, y siento un deseo creciente de
que se vayan o de irme, de estar solo. Este deseo es una irresistible necesidad.
Si durara la presencia de las personas con quienes estoy, si me obligaran, no ya
a escuchar sino simplemente a seguir oyendo sus conversaciones, me sobrevendría,
sin duda alguna, un accidente.
Me
agrada de tal modo la soledad, que ni siquiera puedo soportar que otros duerman
bajo mi techo; no puedo vivir en París, porque allí agonizaría indefinidamente.
Muero moralmente y me martiriza también el cuerpo y los nervios esa inmensa
muchedumbre que pulula, que vive a mi alrededor, hasta cuando duerme. Ah, el sueño
de los otros me es todavía más penoso que su palabra. Y nunca puedo descansar
cuando presiento, cuando siento, del otro lado de una pared, existencias
interrumpidas por esos regulares eclipses de la razón.
Algunos
están capacitados para vivir hacia afuera, otros para vivir hacia adentro; en
cuanto a mí, pronto se me agota la atención exterior, y cuando alcanza a su límite,
siento en todo el cuerpo y en toda la inteligencia un malestar intolerable.
De
ahí mi afecto por los objetos inanimados que tienen, para mí, la importancia
de seres, y la transformación de mi casa en un pequeño mundo que yo habitaba
solitaria y activamente, rodeado de cosas, de muebles, de adornos familiares,
amables para mí como rostros. La había llenado poco a poco y me sentía
satisfecho, contento como entre los brazos de una mujer cuya caricia habitual
es una serena y dulce necesidad.
Había
hecho construir esa casa en un bello jardín que la alejaba de los caminos y en
las afueras de una ciudad, capaz de ofrecerme la compañía que a veces
necesitaba.
Los
sirvientes dormían en un edificio alejado, atrás de la huerta. El oscuro
amparo de las noches, en el silencio de mi casa perdida, escondida, ahogada bajo
las hojas de los grandes árboles, me era tan grato y apacible, que yo solía
acostarme muy tarde, para prolongar ese goce.
Aquel
día, habían representado Sigurd en el teatro de la ciudad. Era la
primera vez que oía ese hermoso drama musical y fantástico, y me había
agradado intensamente. Volvía a pie, la cabeza llena de frases sonoras y la
vista poblada de bellas imágenes. Era una noche muy oscura: me costaba
distinguir el camino, y estuve a punto de caer en la zanja. Desde las barreras
hasta casa hay, más o menos, un kilómetro, tal vez un poco más, unos veinte
minutos de marcha, lenta. Era la una de la mañana, la una o la una y media; el
cielo se aclaró un poco y apareció la luna creciente.
Divisé
a lo lejos el oscuro bulto de mi jardín y no sé por qué la idea de entrar ahí
me produjo un extraño malestar. Caminé más despacio. La noche era suave. El
grupo de árboles parecía una tumba donde estuviera sepultada mi casa. Abrí el
portón y entré a la larga avenida de sicómoros que se dirigía a la casa,
arqueada como un túnel, atravesando céspedes oscuros, manchados pálidamente
de flores. Cerca de la casa sentí una extraña inquietud. Me detuve. No se oía
nada. El aire estaba inmóvil entre las hojas. ¿Qué me ocurre? Hace años que
vivo aquí, sin que me toque la menor inquietud. No tenía miedo, nunca tuve
miedo, de noche. La presencia de un vagabundo, de un ladrón, me hubiera enardecido
y lo hubiera enfrentado sin vacilar. Por lo demás, estaba armado. Tenía mi revólver.
No lo saqué; quería resistir a ese miedo que surgía en mí.
¿Qué
era? ¿Un presentimiento? ¿El misterioso presentimiento que se apodera de los
hombres que están por ver lo inexplicable? A medida que avanzaba sentía un estremecimiento
y cuando estuve frente al muro, a las persianas cerradas de mi casa, sentí que
tendría que esperar unos minutos antes de abrir la puerta y de entrar.
Entonces, me senté en un banco debajo de las ventanas de la sala. Me
quedé, un poco trémulo, la cabeza apoyada contra la pared, los ojos fijos en
la sombra del follaje. Durante esos primeros momentos no observé nada insólito
a mi alrededor. Me zumbaban los oídos; pero no era el habitual zumbido de las
arterias: era un ruido muy particular, muy confuso, que debía de provenir del
interior de la casa. A través de la pared distinguí ese ruido, más bien una
inquietud que un ruido, un vago desplazarse de muchas cosas, como si arrastraran
suavemente todos mis muebles. Dudé un rato de la fidelidad de mi oído; pero
acercándome a una ventana llegué a la certidumbre de que algo incomprensible y
anormal ocurría en casa. No tenía miedo, pero estaba —¿cómo
expresarlo?— despavorido de asombro. No amartillé el revólver. Presentí que
era inútil. Esperé. Esperé largamente. No podía resolverme a nada.
Ansioso, con el ánimo lúcido, esperé, oyendo siempre el ruido que aumentaba
con una intensidad violenta, que parecía transformarse en un sordo trueno de
impaciencia, de ira, de misterioso motín. Luego, bruscamente avergonzado de mi
cobardía; hice girar dos veces la llave en la cerradura y entré. Sonó el
portazo como una detonación; toda mi casa respondió con un formidable tumulto.
Fue tan súbito, tan terrible, tan ensordecedor, que retrocedí algunos pasos.
Aun sintiéndolo inútil, saqué el revólver. Volví a esperar. Ah, muy poco.
Percibí un ruido de extraordinarias pisadas en los peldaños de la escalera,
en la madera, en las alfombras, pisadas, no de zapatos, no humanas, sino de
muletas, muletas de madera, muletas de hierro, que vibraban como címbalos. Vi
de golpe, en el umbral de la puerta, un sillón, mi gran sillón de lectura, que
salía contoneándose. Se fue por el jardín. Otros lo seguían, los de la
sala, luego los bajos divanes, deslizándose como cocodrilos, luego todas las
sillas, con saltos de cabras, y los taburetes trotando como conejos.
¡Qué
emoción! Tuve que hacerme a un lado ante ese brusco desfile de muebles. Todos
iban saliendo, unos tras otros, con rapidez o lentitud, según el tamaño o el
peso. Mi piano, mi gran piano de cola, pasó como un caballo desbocado, con un
rumor de música en el flanco. Los objetos menudos se deslizaban sobre la granza
como hormigas; los cepillos, la cristalería, las copas, donde la luz de la luna
encendía fosforescencias de luciérnaga, los géneros, se arrastraban, se
desplegaban como pulpos marinos. Vi mi escritorio, una curiosa pieza del siglo
XVIII, que contenía todas las cartas que he recibido, toda la historia de mi
corazón, la vieja historia que me ha hecho sufrir tanto. También guardaba
fotografías.
Súbitamente
perdí el miedo. Me arrojé sobre el escritorio. Lo agarré como se agarra a
un ladrón, a una mujer que huye. Pero era incontenible su ímpetu. A pesar de
mis esfuerzos y de mi enojo, no pude detener su fuga; me derribó. Luego me
arrastró por la granza; los otros muebles me pisaron, me magullaron; me
arrollaron como una carga de caballería a un jinete caído.
Loco
de espanto, pude alcanzar los bordes del camino y guarecerme entre los árboles.
Vi desaparecer los objetos mínimos, los más modestos, los más ignorados.
Luego escuché a lo lejos, en mi casa, que ahora tenía una sonoridad de objeto
vacío, un ensordecedor estampido de puertas que se cerraban. Las oí golpearse,
de arriba abajo, hasta la última, la que yo mismo —insensato— había
abierto para facilitar esta fuga.
Volví
corriendo a la ciudad. En las calles, recuperé mi sangre fría. Fui a un
hotel conocido. Dije que había perdido las llaves de la quinta y que avisaran a
la gente de casa que yo estaba ahí.
Pasé la noche en vela. A las siete llegó mi mucamo. Aterrado, me anunció que había sucedido una gran desgracia.
—¿Qué
ha pasado? —le pregunté.
—Han
robado todos los muebles del señor. Todo, todo, hasta los más pequeños
objetos.
Esta
noticia me alegró, quién sabe por qué. Me sentía seguro de mí mismo, capaz
de disimular, de no revelar a nadie lo que había visto, de esconderlo, de
enterrarlo en mi conciencia como un horrible secreto. Contesté:
—Entonces,
serán los mismos que me robaron las llaves. Hay que avisar
inmediatamente a la policía. —Esperamos, luego salimos juntos. La pesquisa
duró cinco meses. No se descubrió nada. Ni el más pequeño objeto. Ni el más
leve rastro de ladrones. Si hubiera dicho mi secreto... si lo hubiera dicho...
me habrían encerrado, no a los ladrones, a mí, al hombre que había visto
semejante cosa.
Supe
callar. Pero no amueblé mi casa; era inútil; hubiera recomenzado; siempre. No
quise volver a casa; no volví, no quise verla.
Fui
a París, a un hotel. Consulté médicos, sobre mi estado nervioso. Me
aconsejaron viajar. Seguí el consejo.
Empecé por una excursión a Italia. El sol me hizo bien. Durante seis meses, erré de Génova a Venecia, de Venecia a Florencia, de Florencia a Roma, de Roma a Nápoles. Luego recorrí la Sicilia, tierra admirable por su naturaleza y por sus monumentos, reliquias de los griegos y de los normandos. Pasé al África, atravesé pacíficamente ese gran desierto amarillo y tranquilo, donde erran camellos, gacelas y árabes vagabundos, ese desierto cuyo aire transparente y ligero ignora de noche y de día las obsesiones.
Regresé
a Francia por Marsella, y pasé a la alegría provenzal, me entristeció la
disminuida claridad del cielo. Sentí, de vuelta al continente, la impresión de
un enfermo que se cree curado y a quien un dolor sordo anuncia que persiste el
foco de su mal.
Luego
volví a París. Al cabo de un mes, me aburría. Era otoño y quise emprender,
antes del invierno, una excursión a través de Normandía, que me era desconocida.
Empecé,
naturalmente, por Rouen y durante ocho días erré distraído, encantado,
entusiasmado, en esa ciudad medieval, en ese sorprendente museo de monumentos góticos.
Una tarde, a eso de las cuatro, al bajar por una calle inverosímil, donde corre
un arroyo negro como tinta, llamado Eau de Robec, mi atención, absorta
por la fisonomía extraña y antigua de las casas, se detuvo en una serie
de tiendas de antigüedades que se seguían de puerta en puerta.
En
el fondo de los negros comercios se amontonaban los arcones esculpidos, las
porcelanas de Rouen, de Nevers, de Moustiers, las estatuas pintadas, los
cristos, las vírgenes, los santos, los adornos de iglesia, las casullas, las
capas pluviales, hasta vasos sagrados y un viejo tabernáculo de madera
dorada, del que se había ido el Señor.
Mi
ternura de coleccionista se despertó en esa ciudad de anticuario. Iba de tienda
en tienda, atravesando los puentes de tablas, sobre la fétida corriente del Eau
de Robec.
Uno
de mis más hermosos armarios estaba al borde de una arcada abarrotada de
objetos y que parecía la entrada de un cementerio de muebles antiguos. Me
acerqué temblando, temblando de tal modo que no me atreví a tocarlo. Estiré
la mano, vacilé. Era en verdad el mío: El armario Luis XIII, reconocible por
todo aquel que lo hubiera visto una vez. Mirando un poco más lejos, hacia las más
sombrías honduras de esa galería, divisé tres de mis sillones cubiertos de
tapicerías neerlandesas. Luego, aun más lejos, mis dos mesas Enrique II, tan
raras que de París venían a verlas. Avancé, paralítico de emoción, pero
avancé, porque soy valiente, avancé tomo un caballero de las épocas
tenebrosas penetrando en un antro de sortilegios. Encontré, uno a uno, todo lo
que me había pertenecido: mis arañas, mis libros, mis cuadros, mis telas, mis
armas, todo, salvo el escritorio lleno de cartas.
Seguí,
bajando a galerías oscuras, para subir después a los pisos superiores.
Estaba solo. Llamé, no me contestaron. Estaba solo; no había nadie, en esa
casa vasta y tortuosa como un laberinto.
Vino
la noche y tuve que sentarme, en la oscuridad, en una de mis sillas, porque no
quería irme. De tiempo en tiempo, golpeaba inútilmente las manos.
Habría
pasado una hora, cuando oí pasos, pasos ligeros, lentos, no sé dónde.
Estuve por huir; pero, decidiéndome, volví a llamar y vi una luz en la pieza
vecina.
—¿Quién
está ahí? —dijo una voz.
Respondí:
—Un
comprador.
Me
contestaron:
—Es
tarde para meterse en las tiendas.
Insistí:
—Hace
una hora que espero.
—Puede
volver mañana.
—Mañana
no estaré en Rouen.
No
me atreví a avanzar y él no se acercaba.
Veía
siempre la luz de su lámpara iluminando un tapiz en el que dos ángeles volaban
sobre los muertos en un campo de batalla. Ese tapiz también era mío. Dije:
—Y
bien, ¿usted no viene?
Respondió:
—Lo
espero.
Me
levanté y fui hacia él.
En
medio de una enorme pieza había un hombrecito muy pequeño y muy gordo, gordo y
aborrecible.
Tenía
una barba rala, despareja y amarillenta. No tenía un pelo en la cabeza. La cara
era arrugada e hinchada, los ojos imperceptibles.
Discutí
el precio de tres sillas que me pertenecían; las pagué inmediatamente: una
suma cuantiosa. Le di el número de mi pieza en el hotel. Me las entregarían a
las nueve del día siguiente. El hombre me acompañó hasta la puerta con mucha
gentileza.
Luego,
en la Comisaría Central, referí al comisario el robo de los muebles y mi
descubrimiento reciente.
Por
telégrafo pidió informes al tribunal que había fallado en el asunto del robo
y me pidió que aguardara la respuesta. Una hora después, llegó la contestación,
del todo satisfactoria para mí.
—Haré
arrestar a ese hombre. Lo interrogaré en seguida —me dijo—. Quizá
malicie algo y haga desaparecer algún objeto de su propiedad. Lo espero
dentro de un par de horas, después de la cena. El hombre estará aquí; en su
presencia, lo someteré a un nuevo interrogatorio.
—Perfectamente,
señor. Le agradezco mucho.
Fui
a cenar al hotel; comí mejor de lo que hubiera creído; a pesar de todo, estaba
bastante contento; el culpable estaba en nuestro poder. A la hora convenida me
encontré con el comisario.
—No
dieron con el hombre. Mis agentes lo han buscado en vano.
—¡Ah!
Me
sentía desfallecer.
—Pero,
¿dieron ustedes con la casa?
—Por
supuesto. La tendremos bajo vigilancia, hasta que vuelva. El hombre ha
desaparecido.
—¿Ha
desaparecido?
—Suele
pasar las noches en casa de una vecina. Mueblera, también. Una bruja, la
vieja Bidoin. No lo vio esta noche; no puede darnos ningún dato. Hay que
esperar hasta mañana.
Me
fui. Las calles de Rouen me parecieron siniestras, inquietantes,
embrujadas.
Dormí
mal, con pesadillas antes de cada despertar.
Al
día siguiente, no quise parecer ni inquieto ni apresurado. Esperé hasta las
diez para ir a la comisaría.
El
hombre no había aparecido. La tienda estaba cerrada.
El
comisario me dijo:
—Hice
todas las diligencias necesarias. El tribunal está enterado; iremos juntos a
esa tienda. Usted me indicará lo que es suyo.
Un
cupé nos llevó. Un cerrajero y los agentes abrieron la puerta. Al entrar, no
vi ni el armario, ni los sillones, ni las mesas, ni nada de cuanto había
amueblado mi casa.
El
comisario, atónito, me miraba con desconfianza.
—Dios
mío —le dije—, la desaparición de los muebles coincide extrañamente con
la del mueblero.
Sonrió:
—Es
verdad. Usted hizo mal en comprar y en pagar ayer muebles suyos.
—Eso
le dio la alarma.
Proseguí:
—Lo
inexplicable es que el lugar que ayer ocupaban mis muebles, ahora está ocupado
por otros.
—Tuvo
cómplices y la noche entera. Esta casa debe comunicar con la de los vecinos. No
tema, señor: tomaré con empeño el asunto. No tardará en caer el malhechor,
ya que vigilamos la madriguera.
Permanecí
en Rouen quince días. El hombre no volvió.
El decimosexto día, a la mañana, recibí de mi jardinero, esta asombrosa carta:
"Señor,
tengo el honor de informar al señor que anoche ha sucedido algo qué nadie
entiende, ni siquiera la policía. Todos los muebles están de vuelta, sin que
falte uno, todos, hasta el objeto más diminuto. La casa está ahora como estaba
la víspera del robo. Es para volverse loco. Eso sucedió en la noche del
viernes al sábado. Los caminos están deshechos, como si hubieran arrastrado
todo, del portón a la casa. Así estaba el día de la desaparición.
"Esperamos
al señor, de quien soy el humilde servidor.
Raudin,
Felipe."
Mostré
la carta al comisario de Rouen.
—Es
una restitución habilísima —dijo—. No hagamos nada. Atraparemos al hombre
uno de estos días.
Pero
no lo atraparon. Nunca lo atraparán. Y ahora lo temo, como si fuera un animal
feroz, que me persiguiera.
Aunque
lo esperen en su casa, no lo encontrarán. Yo sólo puedo encontrarlo. Y no
quiero.
Y
si vuelve, si vuelve a su tienda, ¿quién probará que mis muebles estaban ahí?
Sólo hay mi testimonio, y me doy cuenta que empiezan a no creerme.
Así,
la vida era intolerable. No podía guardar el secreto de lo que había visto.
No podía seguir viviendo como todos, bajo el temor de que tales cosas se repitieran.
Vine
a ver al médico que dirige este sanatorio y le referí todo. Después de un
largo interrogatorio me dijo:
—¿Consentiría
usted, señor, en permanecer algún tiempo aquí?
—Encantado,
señor.
—¿Usted
dispone de medios?
—Sí,
señor.
—¿Quiere
usted un pabellón aislado?
—Sí,
señor.
—¿Desea
usted recibir amigos?
—No,
señor, a nadie.
El
hombre de Rouen puede atreverse, por venganza a perseguirme aquí...
Hace
tres meses que estoy solo. Estoy más o menos tranquilo. Sólo tengo un temor.
Si el hombre de Rouen se enloqueciera, si lo trajeran aquí...
No
hay seguridad, ni en las cárceles.
Guy
de Maupassant:
L'Inutile Beauté (1899).