1.
Historia
Viejas
como el miedo, las ficciones fantásticas son anteriores a las letras. Los
aparecidos pueblan todas lar literaturas: están en el Zendavesta,
en la Biblia, en Homero, en Las Mil y una Noches. Tal
vez los primeros especialistas en el género fueron los chinos. El admirable Sueño
del Aposento Rojo y hasta novelas eróticas y realistas, como Kin P'ing
Mei y Sui Hu Chuan, y hasta los libros de filosofía, son ricos en
fantasmas y sueños. Pero no sabemos cómo estos libros representan la
literatura china; ignorantes, no podemos conocerla directamente, debemos
alegrarnos con lo que la suerte (profesores muy sabios, comités de acercamiento
cultural, la señora Perla S. Buck), nos depara. Ateniéndonos a Europa y a América,
podemos decir: como género más o menos definido, la literatura fantástica
aparece en el siglo XIX y en el idioma inglés. Por cierto, hay precursores;
citaremos: en el siglo XIV, al infante Don Juan Manuel; en el siglo XVI, a
Rabelais; en el XVII, a Quevedo; en el XVIII, a De Foe1
y a Horace Walpole2;
ya en el XIX, a Hoffmann.
2.
Técnica
No
debe confundirse la posibilidad de un código general y permanente, con la
posibilidad de leyes. Tal vez la Poética
y la Retórica de Aristóteles no sean posibles; pero las leyes
existen; escribir es, continuamente, descubrirlas o fracasar. Si estudiamos la sorpresa
como efecto literario, o los argumentos, veremos cómo la literatura va
transformando a los lectores y, en consecuencia, cómo éstos exigen una
continua transformación de la literatura. Pedimos leyes para el cuento fantástico;
pero ya veremos que no hay un tipo, sino muchos, de cuentos fantásticos. Habrá
que indagar las leyes generales para cada tipo de cuento y las leyes especiales
para cada cuento. El escritor deberá, pues, considerar su trabajo como un
problema que puede resolverse, en parte, por las leyes generales y
preestablecidas, y, en parte, por leyes especiales que él debe descubrir y
acatar.
a)
Observaciones generales:
El
ambiente o la atmósfera. Los primeros argumentos eran simples —por
ejemplo: consignaban el mero hecho de la aparición de un fantasma— y
los autores procuraban crear un ambiente propicio al miedo. Crear un ambiente,
una "atmósfera”, todavía es ocupación de muchos escritores. Una
persiana que se golpea, la lluvia, una frase que vuelve, o, más abstractamente,
memoria y paciencia para volver a escribir cada tantas líneas, esos leitmotive,
crean la más sofocante de las atmósferas. Algunos de los maestros del género
no han desdeñado, sin embargo, estos recursos. Exclamaciones como ¡Honor! ¡Espanto!
¡Cuál no sería mi sorpresa!, abundan en Maupassant. Poe —no, por
cierto, en el límpido M. Valdemar— aprovecha los caserones
abandonados, las histerias y las melancolías, los
mustios otoños.
Después
algunos autores descubrieron la conveniencia de hacer que en un mundo plenamente
creíble sucediera un solo hecho increíble; que en vidas consuetudinarias y domésticas,
como las del lector, sucediera el fantasma. Por contraste, el efecto resultaba más
fuerte. Surge entonces lo que podríamos llamar la tendencia realista en la
literatura fantástica (ejemplo: Wells). Pero con el tiempo las escenas de
calma, de felicidad, los proyectos para después de las crisis en las vidas de
los personajes, son claros anuncios de las peores calamidades; y así, el
contraste que se había creído conseguir, la sorpresa, desaparecen.
La
sorpresa. Puede ser de puntuación, verbal, de argumento. Como todos los
efectos literarios, pero más que ninguno sufre por el tiempo. Sin embargo,
pocas veces un autor se atreve a no aprovechar una sorpresa. Hay excepciones:
Max Beerbohm, en Enoch Soames, W.W. Jacobs, en La Pata de Mono. Max
Beerbohm deliberadamente, atinadamente, elimina toda posibilidad de sorpresa
con respecto al viaje de Soames a 1997. Para el menos experto de los lectores
habrá pocas sorpresas en La Pata de Mono; con todo, es uno de los
cuentos más impresionantes de la antología. Lo prueba la siguiente anécdota,
contada por John Hampden: Uno de los espectadores dijo3
después de la representación que el horrible fantasma que se vio al abrirse
la puerta, era una ofensa al arte y al buen gusto, que el autor no debió
mostrarlo, sino dejar que el público lo imaginara; que fue, precisamente, lo
que había hecho.
Para
que la sorpresa de argumento sea eficaz, debe estar preparada, atenuada. Sin
embargo, la repentina sorpresa del final de Los
caballos de Abdera es eficacísima; también la que hay en este soneto de
Banchs:
Tornasolando
el flanco a su sinuoso
paso
va el tigre suave como un verso
y
la ferocidad pule cual terso
topacio
el ojo seco y vigoroso.
Y
despereza el
músculo alevoso
de
los ijares, lánguido y
perverso,
y
se recuesta lento en el disperso
otoño
de las hojas El reposo...
El
reposo en la selva silenciosa.
La
testa chata entre las garras finas
y
el ojo fijo, impávido custodio.
Espía
mientras bate con nerviosa
cola
el haz de las férulas vecinas,
en
reprimido acecho... así
es mi odio.4
El
Cuarto Amarillo y el Peligro Amarillo. Chesterton señala con esta fórmula
un desiderátum (un hecho, en un lugar limitado, con un número limitado
de personajes) y un error para las tramas policiales, creo que puede aplicarse,
también, a las fantásticas. Es una nueva versión —periodística,
epigramática— de la doctrina de la tres
unidades. Wells hubiera caído en
el peligro amarillo si hubiera hecho, en vez de un hombre invisible, ejércitos
de hombres invisibles que invadieran y dominaran el mundo (plan tentador para
novelistas alemanes), si en vez de insinuar sobriamente que Mr. Lewisham podía
estar "saltando de un cuerpo a otro" desde tiempos remotísimos y de
matarlo inmediatamente, nos hiciera asistir a las historias del recorrido por
los tiempos, de este renovado fantasma.
b)
Enumeración de argumentos fantásticos
Argumentos
en que aparecen fantasmas. En nuestra antología hay dos5,
brevísimos y perfectos: el de Ireland y el de Loring Frost. El fragmento de
Carlyle (Sartor Resartus), que incluimos, tiene el mismo argumento, pero
al revés.
Viajes
por el tiempo. El ejemplo clásico es La Máquina del Tiempo. En
este inolvidable relato, Wells no se ocupa de las modificaciones que los viajes
determinan en el pasado y en el futuro, y emplea una máquina que él mismo no
se explica. Max Beerbohm, en Enoch Soames emplea al diablo, que no
requiere explicaciones, y discute, aprovecha, los efectos del viaje sobre el
porvenir.
Por
su argumento, su concepción general y sus detalles —muy
pensados, muy estimulantes del pensamiento y de la imaginación—, por
los personajes, por los diálogos, por la descripción del ambiente literario de
Inglaterra a fines del siglo pasado, creo que Enoch Soames es uno de los
cuentos largos más admirables de la antología.
"El
Más Hermoso Cuento del Mundo”, de Kipling es también de riquísima
invención de detalles. Pero el autor parece haberse distraído en cuanto a uno
de los puntos más importantes. Nos afirma que Charlie Mears estaba por
comunicarle el más hermoso de los cuentos pero no le creemos, si no recurría a
sus "invenciones precarias", tendría
algunos datos fidedignos o, a lo más, una historia con toda la imperfección de
la realidad, o algo equivalente a un atado de viejos periódicos, o —según
H. G. Wells— a
la obra de Marcel Proust. Si no esperamos que las confidencias de un botero del
Tigre sean la más hermosa historia del mundo, tampoco debemos esperarlo de las
confidencias de un galeote griego que vivía en
un mundo menos civilizado,
más pobre.
En
este relato no hay propiamente, viaje en el tiempo; hay recuerdos de pasados muy
lejanos. En El
Destino es Chambón de Arturo Cancela y Pilar de Lusarreta el viaje es
alucinatorio.
De
las narraciones de viajes en el tiempo, quizá la de invención y disposición más
elegante sea El
Brujo Postergado, de Don Juan Manuel.
Los
Tres Deseos. Hace más de diez siglos empezó a escribirse este cuento;
colaboraron en él escritores ilustres de épocas y de tierras distantes, un
oscuro escritor contemporáneo ha sabido acabarlo con felicidad.
Las
primeras versiones son pornográficas; las encontramos en el Sendebar,
en Las Mil y Una Noches (Noche 596: El hombre que quería ver la
noche de la omnipotencia), en la frase “más desdichada que Banús”
registrada en el Kamus, del persa Firuzabadi.
Luego,
en Occidente, aparece una versión chabacana. Entre
nosotros —dice Burton— (el cuento de los tres deseos) ha sido
degradado a un asunto de morcillas.
En
1902, W. W. Jacobs, autor de sketches
humorísticos, logra una tercera versión, trágica, admirable.
En
las primeras versiones, los deseos se piden a un dios o a un talismán que
permanece en el mundo. Jacobs escribe para lectores más escépticos. Después
del cuento no continúa el poder del talismán (era conceder tres deseos a tres
personas y
el cuento refiere lo que sucedió a quienes pidieron los últimos tres
deseos). Tal vez lleguemos a encontrar la pata de mono —Jacobs no la
destruye— pero no
podremos utilizarla.
Argumentos
con acción que sigue en el infierno. Hay dos en la antología, que no se
olvidarán: el fragmento de Arcana Coelestia, de Swedenborg, y Donde
su Fuego Nunca se Apaga, de May Sinclair. El tema de este último es el del
Canto V de La Divina Comedia:
Questi,
che mai,
da me,
non fia
diviso,
La
bocca mi
bacio tutto tremante.
Con
personaje soñado. Incluimos: El impecable Sueño Infinito de Pao Yu, de
Tsao Hsue Kin; el fragmento de Through the Looking-Glass, de Lewis
Carrol;. La Última Visita del Caballero Enfermo, de Papini.
Con
metamorfosis. Podemos citar La Transformación, de Kafka; Sábanas
de Tierra, de Silvina Ocampo; Ser Polvo, de Dabove;
Lady into Fox, de
Garnett.
Acciones
paralelas que obran por analogía. La Sangre en el Jardín, de Ramón Gómez
de la Serna: La Secta del Loto Blanco.
Tema
de la inmortalidad, Citaremos El Judío Errante; Mr. Elvisham. de
Wells. Las Islas Nuevas, de María Luisa Bombal; She. de Rider
Haggard; L´Atlantide. de Pierre Benoit.
Fantasías
metafísicas. Aquí lo fantástico está, más que en los hechos, en el
razonamiento. Nuestra antología incluye: Tantalia. de Macedonio Fernández;
un fragmento de Star Maker. de Olaf Stapledon; la historia de Chuang Tzu
y la mariposa, el cuento de la negación de los milagros; Tlön, Uqbar,
Orbis Tertius, de Jorge Luis Borges.
Con
el Acercamiento
a Almotásim.
con Pierre
Menard, con Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, Borges ha creado un
nuevo género literario, que participa del ensayo y de la ficción; son
ejercicios de incesante inteligencia y de imaginación feliz, carentes de
languideces, de todo elemento humano, patético o sentimental, y
destinados a lectores intelectuales, estudiosos de filosofía, casi especialistas
en literatura.
Cuentos
y novelas de Kafka. Las obsesiones del infinito, de la postergación
infinita, de la subordinación jerárquica, definen estas obras; Kafka, con
ambientes cotidianos, mediocres, burocráticos, logra la depresión y el
horror; su metódica imaginación y su estilo incoloro nunca entorpecen
el desarrollo de los argumentos.
Vampiros
y castillos. Su paso por la literatura no ha sido feliz: recordemos a Drácula,
de Bram Stoker (Presidente de la Sociedad Filosófica y Campeón de
Atletismo de la Universidad de Dublín), a Mrs. Amworth, de Benson. No
figuran en esta antología.
Los
cuentos fantásticos pueden clasificarse, también, por la explicación:
a)
Los que se explican por la agencia de un ser o de un hecho sobrenatural.
b)
Los que tienen explicación fantástica, pero no sobrenatural ("científica"
no me parece el epíteto conveniente para estas intenciones rigurosas, verosímiles,
a fuerza de sintaxis).
c)
Los que se explican por la intervención de un ser o de un hecho sobrenatural,
pero insinúan,
también, la posibilidad de una explicación natural (Sredni
Vashtar de Saki); los que admiten una explicativa alucinación. Esta
posibilidad de explicaciones naturales puede
ser un acierto,
una complejidad mayor; generalmente es
una debilidad, una
escapatoria del autor, que no ha sabido proponer con verosimilitud lo fantástico.
3.
La antología que presentamos
Para
formarla hemos seguido un criterio hedónico; no hemos partido de la intención
de publicar una antología. Una noche de 1937 hablábamos de literatura fantástica,
discutíamos los cuentos que nos parecían mejores; uno de nosotros dijo que si
los reuniéramos y agregáramos los fragmentos del mismo carácter anotados en
nuestros cuadernos, obtendríamos un buen libro. Compusimos este libro.
Analizado
con un criterio histórico o geográfico parecerá irregular. No hemos
buscado, ni rechazado, los nombres célebres. Este volumen es, simplemente, la
reunión de los textos de la literatura fantástica que nos parecen mejores.
Omisiones.
Hemos debido resignarnos, por razones de espacio, a algunas omisiones. Nos
queda material para una segunda antología de la literatura fantástica.
Deliberadamente
hemos omitido: a E. T. W. Hofmann, a Sheridan Le Fanu, a Ambrose Bierce, a M.
R. James, a Walter de la Mare.
Aclaración.
La narración titulada El Destino es Chambón perteneció a una
proyectada novela de Arturo Cancela y Pilar de Lusarreta sobre la revolución
del 90.
Gratitudes.
A la señora Juana González de Lugones y al señor Leopoldo Lugones (hijo),
por el permiso de incluir un cuento de Leopoldo Lugones.
A
los amigos, escritores y lectores, por su colaboración.
Adolfo
Bioy Casares, Buenos
Aires, 1940
Veinticinco
años después, la favorable fortuna permite una nueva edición de nuestra Antología
de la literatura fantástica de 1940, enriquecida de textos de Acutagawa, de
Bianco, de León Bloy, de Cortázar, de Elena Garro, de Murena, de Carlos
Peralta, de Barry Perowne, de Wilcok. Aun relatos de Silvina Ocampo y de Bioy se
nos deslizaron, pues entendimos que su inclusión ya no pecaba de impaciente.
El editor se opone a la supresión del prólogo de la edición original y me
pide que escriba otro. Dejaré que me persuada, redactaré siquiera una
postdata, porque en aquel prólogo hay afirmaciones de las que siempre me he
arrepentido. Para consolarme argumenté alguna vez que si un escritor vive
bastante descubrirá en su obra una variada gama de yerros y que no resignarse
a tal destino entrañaría soberbia intelectual. Trataré, sin embargo, de no
desperdiciar la oportunidad de enmienda.
En
el prólogo, para describir los relatos de Borges, encuentro una fórmula
admirablemente adecuada a los más rápidos lugares comunes de la crítica.
Sospecho que no faltan pruebas de su eficacia para estimular la deformación
de la verdad. Lo deploro. En otro párrafo, llevado por el afán de análisis
o por la voluntad de las frases, detenidamente señalo un presunto error en el
relato de Kipling. Tal reparo, ni una palabra sobre méritos, configuran una
opinión que no es la mía. Probablemente el párrafo en cuestión estaba
maldito. No sólo ataco en él un cuento predilecto; también hallo el modo, a
despecho del ritmo natural del lenguaje, que no tolera paréntesis tan largos,
de agregar una referencia a Proust, no menos arbitraria que despreciativa. Me
avengo a que mucho quede sin decir; no a decir lo que no pienso. Ocasionales
irreverencias resultan saludables, pero ¿por qué dirigirlas entre lo que más
admiramos? (Ahora creo recordar que hubo un momento en la juventud en que el
sacrificio incomprensible me llenaba de orgullo.)
Lo
que tan reiteradamente me arrojaba en el error acaso fuera un bien intencionado
ardor sectario. Los compiladores de esta antología creíamos entonces que la
novela, en nuestro país y en nuestra época, adolecía de una grave debilidad
en la trama, porque los autores habían olvidado lo que podríamos llamar el
propósito primordial de la profesión: contar cuentos. De este olvido surgían
monstruos, novelas cuyo plan secreto consistía en un prolijo registro de tipos,
leyendas, objetos, representativos de cualquier folklore, o simplemente en el
saqueo del diccionario de sinónimos, cuando no del Rebusco
de voces castizas del P. Mir. Porque requeríamos contrincantes menos ridículos,
acometimos contra las novelas psicológicas, a las que imputábamos deficiencia
de rigor en la construcción en ellas, alegábamos, el argumento se limita a una
suma de episodios, equiparables a adjetivos o láminas, que sirven para
definir a los personajes; la invención de tales episodios no reconoce otra
norma que el antojo del novelista, ya que psicológicamente todo es posible y
aun verosímil. Véase Yet each man kills the thing he loves. porque te
quiero te aporreo, etcétera. Como panacea recomendábamos el cuento fantástico.
Desde
luego, la novela psicológica no peligró por nuestros embates: tiene la
perduración asegurada, pues como un inagotable espejo refleja rostros diversos
en los que el lector siempre se reconoce. Aun en los relatos fantásticos
encontramos personajes en cuya realidad irresistiblemente creemos: nos atrae en
ellos, como en la gente de carne y
hueso, una sutil amalgama de elementos conocidos y de misterioso destino. ¿Quién
no tropezó alguna tarde, en la Sociedad de Escritores o en el PEN Club,
con el pobre
Soames del
inolvidable cuento
de
Max
Beerbohm? Entre las mismas piezas que incluye la presente antología hay una, el
curioso apólogo de Kafka, donde la descripción de caracteres, el delicado
examen idiosincrático de la heroína y de su pueblo, importa más que la
circunstancia fantástica de que los personajes sean ratones. Con todo, porque
son ratones —el
autor nunca lo olvida— el admirable retrato resulta menos individual
que genérico.
Tampoco
peligra el cuento fantástico, por el desdén de quienes reclaman una literatura
más grave, que traiga alguna respuesta a las perplejidades del hombre —no
se detenga aquí mi pluma, estampe la prestigiosa palabra—: moderno.
Difícilmente la respuesta significará una solución, que está fuera de
alcance de novelistas y de cuentistas; insistirá más bien en comentarios,
consideraciones, divagaciones, tal vez comparables al acto de rumiar, sobre el
tema de actualidad: política y economía hoy, ayer o mañana la obsesión que
corresponda. A un anhelo del hombre, menos obsesivo, más permanente a lo largo
de la vida y de la historia, corresponde el cuento fantástico: al inmarcesible
anhelo de oír cuentos; lo satisface mejor que ninguno, porque es el cuento de
cuentos, el de las colecciones orientales y antiguas y, como decía Palmerín de
Inglaterra, el fruto de oro de la imaginación.
Perdone
el amable lector las efusiones personales. Estuvo siempre este libro —el
primero en su género en que colaboramos con Borges— muy mezclado a
nuestra vida. En la última parte de la frase hablo por fin en nombre de los
tres antologistas.
A.
B. C, Rincón Viejo, Pardo, 16 de marzo de
1965.
1 A True Relevation of the Apparition oí One Mrs. Veale, on September 8, 1705, y The Botetham Ghost, son de invención pobre; parecen, más bien, anécdotas contadas al autor por personas que le dijeron que habían visto a los aparecidos, o —después de un rato— que habían visto a las personas que habían visto a los aparecidos.
2 The Castle of Otranto debe ser considerado antecesor de la pérfida raza de castillos teutónicos, abandonados a una decrepitud en telarañas, en tormentas, en cadenas, en mal gusto.
3 El autor hizo para el teatro una adaptación de su cuento.
4 Enrique Banchs: La Urna.
5 Y uno es variación del otro.