Juan
Rodolfo WilCOCK, nacido
en Buenos Aires. Ha publicado en castellano e italiano libros de poesía y de
prosa. Entre ellos citaremos: Libro de poemas y canciones (1940); Ensayos
de Poesía Lírica (1945); Persecución de las Musas Menores (1945); Paseo
Sentimental (1946); Sexto (1953); Il Caos (1960); Fatti
Inquietanti (1961); Luoghi Comuni (1961); Teatro in prosa e versi (1962).
Suspendida
verticalmente del gris como esas cortinas de cadenitas que impiden la entrada de
las moscas en las lecherías sin cerrar el paso al aire que las sustenta ni a
las personas, la lluvia se elevaba entre la Cordillera y yo cuando llegué a
Mendoza, impidiéndome ver la montaña aunque presentía su presencia en las
acequias que parecían bajar todas de la misma pirámide.
Al
día siguiente por la mañana subí a la terraza del hotel y comprobé que
efectivamente las cumbres eran blancas bajo las aberturas del cielo entre las
nubes nómades. No me asombraron en parte por culpa de una tarjeta postal con
una vista banal de Puente del Inca comprada al azar en un bazar que luego resultó
ser distinta de la realidad; como a muchos viajeros de lejos me parecieron las
montañas de Suiza.
El
día del traslado me levanté antes de la aurora y me pertreché en la humedad
con luz de eclipse. Partimos a las siete en automóvil; me acompañaban dos
ingenieros, Balsa y Balsocci, realmente incapaces de distinguir un anagrama de
un saludo. En los arrabales el alba empezaba a alumbrar cactos deformes sobre
montículos informes: crucé el río Mendoza, que en esta época del año se
destaca más que nada por su estruendo bajo el rayo azul que enfocan hacia el
fondo del valle las luces nítidas de verano, sin mirarlo, y luego penetramos
en la montaña.
Balsocci
hablaba con Balsa como un combinado y dijo en cierto momento:
—Barnaza
come más que un dongui.
Balsa
me miró de costado y después de otra selección de noticias del exterior
pretendió sonsacarme:
—¿A
usted le han explicado, ingeniero, por qué motivo construimos el hotel
monumental de Punta de Vacas?
Yo
sabía pero no me lo habían explicado: contesté:
—No.
Y
les ofrecí esta miseria adicional:
—Supongo
que lo construyen para fomentar el turismo.
—Sí,
fomentar el turismo, ja, ja. Cola de paja, ja, ja, diga mejor (Balsocci).
No
dije mejor, pero entendiendo les dije:
—No
entiendo.
—Después
le comunicaremos ciertos detalles secretos —me explicó Balsa— que se
relacionan con la construcción y que por lo tanto le serán comunicados
cuando lo pongamos en posesión de los planos, pliegos de condiciones y demás
detalles de construcción. Por ahora permita que abusemos un poco de su
paciencia.
Supongo
que entre los dos no habrían conseguido ni en catorce años formar un misterio.
Su única honradez —involuntaria— consistía en mostrar todo lo que pensaban,
por ejemplo en vez de disimular poner cara de disimulo, etcétera.
Miré mi valiente nuevo mundo. Ciertos instantes se proyectan sobre las horas y los días subsiguientes, de modo que cuando uno vuelve por ejemplo por segunda vez a la plaza cóncava de Siena y entra por el otro lado cree que la entrada que utilizó primero ya es famosa. Móvil entre dos rocas altas como el obelisco, una negra y una colorada, capté una visión memorable y me dediqué a la toma de posesión de otro gran paisaje: junto al estrépito fluvial recapacité que el momento era un túnel y que emergería cambiado.
Proseguimos
como un insecto veloz entre planos verdes, amarillos y violetas de basalto y
granito por un camino peligroso. Balsa me preguntó:
—¿Tiene
la familia en Buenos Aires, ingeniero?
—No
tengo familia.
—Ah,
comprendo —contestó, porque para ellos siempre existía la posibilidad de
no comprender, ni siquiera eso.
—¿Y
piensa quedarse mucho tiempo por aquí? (Balsocci).
—No
sé; el contrato mencionaba la construcción de indefinidos hoteles
monumentales, lo que naturalmente puede prolongarse un tiempo indefinido.
—Mientras
la altura no le caiga mal... (Balsocci, esperanzado).
—2.400
metros ni se sienten, menos un muchacho (Balsa, con la misma esperanza).
Los
cielos de gran lujo se transformaban en mercados de nubes congestionadas entre
los cerros: al rato llovía entre arcos-iris, al otro rato la lluvia era nieve.
Bajamos para tomar café con leche en casa de un eslavo amigo de ellos de 50 años
casado con una argentina de 20 años y encargado de mantener el ferrocarril y de
cambiar las vías de lugar, esos trabajos fútiles de los pobres. La mujer
apenas visible parecía sufrir meramente de vivir pero me dio semejante deseo
que tuve que salir afuera para no mirarla como un mono. Hundí los pies en esa
materia nueva; me quité los guantes y apreté un ovillo, lo probé con los
labios, lo mordí con los dientes, arranqué de las ramas pedazos de escarcha,
oriné, me resbalé y me caí sobre una acequia congelada.
Cuando
nos fuimos la nieve emplumaba los vidrios del coche y la humedad me penetró en
las botas. A veces pasábamos al lado del río y a veces lo veíamos en el fondo
de un precipicio.
—Los
que se caen al agua los arrastra lejísimo y cuando los encuentran están
desnudos y pelados (Balsa).
—¿Por
qué? (Yo).
—Porque
el agua los golpea contra las piedras (Balsa).
—Siete
metros por segundo, dispara el agua. Hace unos días se cayó un capataz de la
pasarela, Antonio, la mujer está en Mendoza esperando el cuerpo y no podemos
encontrarlo (Balsocci).
—Cierto, tendríamos que mirar de vez en cuando a ver si se lo ve (Balsa).
En
el fondo del valle se abrió un cuadro sencillo al sol. De un lado Uspallata con
álamos y sauces sin hojas, del otro el camino que seguía subiendo por una garganta
colorada, entre ríos solitarios.
Esos
ríos de la Cordillera, rápidos, más claros que el aire, con sus piedras
redondas, verdes, violetas, amarillas y veteadas, siempre lavados, sin bichos
y sin ninfas entre bloques sin edad que algo raro trajo y dejó, ríos modernos
porque no tienen historia. A veces los escucho parado sobre una roca, bajo el
cielo invisible sin nubes ni pájaros; entre manantiales, oyendo torrentes,
pensando en la misma nada.
Tienen
nombres de colores, Blanco, Colorado y Negro; algunos aparecen de frente,
otros de un salto (dicen que hay guanacos, pero hasta ahora no vi ninguno);
todos vienen al valle y en verano engordan, cambian de lugar y de color,
transportan cantidades increíbles de barro.
Pasamos
una elevación aluvional amarilla geológicamente interesante denominada
Paramillo de Juan Pobre y llegamos a la obra a la hora de almorzar. No queda
exactamente en Punta de Vacas sino unos dos kilómetros antes; esto me
enfureció porque pensé que en invierno la nieve podía dejarme sin mujeres,
suponiendo que me gustara alguna. Después me tranquilicé porque comprendí que
de todos modos siempre podía llegar a pie, aunque se cayeran los rodados —son
unos conos de detritos minerales que periódicamente se escurren cubriendo los
caminos y las vías.
La
construcción ocupa una especie de plataforma a buena distancia de los
derrumbes. El terreno es inclinado y a un lado está limitado por un arroyo que
después de formar una noble cascada de 7 metros cae al valle miserablemente
como un chorro de canilla. En este lugar todo lo que no vino sobre ruedas es
basalto, pizarra o jarilla y yuyos parecidos. Un cerro como un serrucho colorado
o el techo de una iglesia o más bien la estación de Saint Pancrase en Londres
cierra la quebrada del otro lado; el cielo es tan angosto aquí que el sol se
asoma a las nueve y media y se pone a las cuatro y media, rápido, como
avergonzado por el frío y el viento que van a hacer.
¡El
viento! ¿Cómo harán para vivir aquí las mujeres ricas de Buenos Aires,
siempre tan atentas con sus peinados, entre estos vientos que hacen rodar las
piedras como nada? Ya las oigo decir el dolor de cabeza que les da y eso en
cierto modo me alienta a terminar pronto el primer hotel y a perfeccionar un
tipo de ventana sencilla que una vez abierta no se puede cerrar. Dentro de
unos días inauguraremos la sección provisoria, si no aparece Enrique el
fastidioso.
Después
de almorzar los dos ingenieros me mostraron los planos y la obra. Estaban muy
satisfechos de que no interviniera en ella ningún arquitecto y habían encomendado
la decoración del edificio a una marmolería de Mendoza con la que actualmente
existe un conflicto por una partida de ciento veintiocho cruces destinadas a los
dormitorios cuyo tamaño no está estipulado en ningún pliego de condiciones.
Las cruces enviadas son de "granitit" negro y un metro de alto; yo que
las concebí insisto en colocarlas pero Balsocci les teme. En realidad me excedí,
pero hasta ahora se han dejado, pobres, notoriamente manejar y, exceptuando la
menor del correo y esta crónica, me cuesta entretenerme: en una de las columnas
principales de hormigón del anexo para la servidumbre conseguí intercalar
cuando la llenaban una cámara de pelota inflada pero al sacar el encofrado se
veía la cámara donde había apoyado contra la madera; hubo que rellenar el
hueco con una inyección de cemento y el incidente es ahora una leyenda confusa
que periódicamente provoca despidos de personal. La pelota pertenecía a
Balsocci.
Volvimos
a la oficina y los colegas abordaron la parte secreta de mi iniciación. No tuve
que simular curiosidad porque me interesaba oírselo contar a ellos.
Balsocci.
—¿Usted
no advirtió nada raro últimamente en Buenos Aires?
Yo.
—No, nada.
Balsa.
—Vamos
al grano (como si decidiera rápidamente chupar un grano en un cráneo
frondoso). ¿No oyó nunca hablar de los donguis?
Yo.—No.
¿Qué son?
Balsa.
—Usted
habrá visto en el subterráneo de Constitución a Boedo que el tren no llega
hasta la estación de Boedo porque no está terminada, se para en una estación
provisoria con piso de tablas. El túnel sigue y donde interrumpieron la
excavación el hueco está cerrado con tablas.
Balsocci.
—Por
ese hueco aparecieron los donguis.
Yo.
—¿Qué son?
Balsa.
—Ahora
le explico...
Balsocci.
—Dicen
que es el animal destinado a reemplazar al hombre en la Tierra.
Balsa.
—Espere
que le explico. Hay unos folletos de circulación restringida y prohibida que le
condensan la opinión de los sabios extranjeros y de los sabios argentinos. Yo
los leí. Dicen que en distintas épocas predominaron distintos animales en el
mundo, por H o por B. Ahora predomina el hombre porque tenemos muy desarrollado
el sistema nervioso que le permite imponerse a los demás. Pero este nuevo
animal que le llama dongui...
Balsocci.
—Lo
llaman dongui porque el que los estudió primero fue un biólogo francés
Donneguy (lo escribe en un papel y me lo muestra) y en Inglaterra le
pusieron Donneguy Pig pero todos dicen dongui.
Yo.—¿Es
un chancho?
Balsa.
—Parece
un lechón medio transparente.
Yo.
—¿Y qué hace el dongui?
Balsa.
—Tiene
tan adelantado el sistema digestivo que estos bichos pueden digerir cualquier
cosa, hasta la tierra, el fierro, el cemento, aguas vivas, qué sé yo, tragan
lo que ven. ¡Qué porquería de animal!
Balsocci.
—Son
ciegos, sordos, viven en la oscuridad, una especie de gusano como un lechón
transparente.
Yo.
—¿Se reproducen?
Balsa.
—Como
la peste. Por brotes, imagínese.
Yo.
—¿Y son de Boedo?
Balsocci.
—Cállese,
allí empezaron, pero después empezaron también en otras estaciones, sobre
todo si hay túneles de vía muerta o depósitos subterráneos, Constitución
está plagado, en Palermo, en el túnel empezado de la prolongación a Belgrano
hay montones. Pero después empezaron en las otras líneas, habrán hecho un túnel,
la de Chacarita, la de Primera Junta. Hay que ver lo que es el túnel del Once.
Balsa.—¡Y
el extranjero! Donde había un túnel se llenaba de donguis. En Londres hasta se
reían parece porque tienen tantos kilómetros de túnel; en París, en Nueva
York, en Madrid. Como si repartieran semillas.
Balsocci.
—No
permitían que los barcos que llegaban de un puerto infectado atracara en esos
puertos, temían que trajera donguis en la bodega. Pero no por eso se salvaron,
están mejor que nosotros.
Balsa.
—En
nuestro país tratan de no asustar a la población, por eso no le dicen nunca
nada, es un secreto que le confían solamente a los profesionales, y también a
algunos no profesionales.
Balsocci.
—Hay
que matarlos pero quién los mata. Si les dan veneno se lo comen o no se lo
comen, como usted prefiera, pero no les hace nada, lo comen perfectamente como
cualquier otro mineral. Si les echan gases los degenerados tapan los túneles y
salen por otra parte. Cavan túneles en todos lados, no puede atacárselos
directamente. No se puede inundarlos o echar abajo las galerías porque se puede
hundir el subsuelo de la ciudad. Ni qué decir que andan por los sótanos y las
cloacas como Juan por su casa.
Balsa.
—Habrá
visto estos derrumbes de estos meses. Los depósitos de Lanús son ellos, por
ejemplo. Quieren dominar al hombre.
Balsocci.
—¡Oh!,
al hombre no lo dominan así nomás, no lo domina nadie, pero si se lo comen...
Yo.
—¿Se lo comen?
Balsocci.
—¡Y
cómo! Cinco donguis se comen a una persona en un minuto, todo, los huesos, la
ropa, los zapatos, los dientes, hasta la libreta de enrolamiento, si me perdona
la exageración.
Balsa.
—Les
gusta. Es la comida que más les gusta, mire qué desgracia.
Yo.
—¿Hay casos comprobados?
Balsocci.
—¿Casos?
Ja, ja. En una mina de carbón de Gales se comieron 550 mineros en una noche:
les taparon la salida.
Balsa.
—En
la capital se comieron una cuadrilla de ocho peones que arreglaban las vías
entre Loria y Medrano. Los encerraron.
Balsocci.
—Yo
propongo que hay que inocularles una enfermedad.
Balsa.
—Hasta
ahora no hay caso. No sé cómo le van a inocular una enfermedad a un aguaviva.
Balsocci.
—¡Esos
sabios! Supongo que el que inventó la bomba de hidrógeno contra nosotros
podría inventar algo también, unos pobres chanchitos ciegos. Los rusos, por
ejemplo, que son tan inteligentes.
Balsa.—Sí,
¿sabe qué están haciendo los rusos? Tratando de criar una variedad de dongui
que resista la luz.
Balsocci.
—Que
se embromen ellos.
Balsa.
—Sí,
ellos. Pero ellos no importa. Nosotros Desapareceríamos. No será cierto. Será
un rumor como tantos. Yo no creo una palabra de lo que le dije.
Balsocci.
—Primero
pensamos resolver el problema construyendo edificios sobre pilotes, pero por una
parte el gasto y, por otra siempre pueden derrumbarlos de abajo.
Balsa.
—Por
eso construimos nuestros hoteles monumentales aquí. ¡A que no socavan la
Cordillera! Y la gente que sabe está loca por venirle. Veremos cuánto duran.
Balsocci.
—Podrían
socavar también las rocas, pero tardarían mucho; y mientras me supongo que
alguien hará algo.
Balsa.
—De
todo esto ni una palabra. Total no tiene familia en Buenos Aires. Por eso nos
limitamos a un mínimo de excavaciones en los cimientos y todos los hoteles
proyectados ni tienen sótanos ni planta alta.
El
aire de Buenas Aires posee una calidad coloidal especial para la transmisión
intacta de rumores falsos. En otros lugares el ambiente deforma lo que oye pero
junto al Río las mentiras se trasmiten con pulcritud. Cada ser humano puede
inventar en sus días de extraversión rumores concretos y no requiere
proclamarlos en una esquina para que se los devuelvan idénticos una semana
después.
Por
eso cuando me anunciaron los donguis hace unos dos años y medio los relegué
con los platos voladores, pero un amigo de intereses variados que acababa; de
autorizarse en Europa me patentó la noticia. Desde el primer momento me fueron
simpáticos y esperé quererlos.
En
esa época descendía parabólicamente mi interés por aquella vendedora de una
sedería denominada Virginia y ascendía el subsiguiente por la negrita
Colette. Mi desvinculación de Virginia solía adquirir forma de noche en el
Parque Lezama aunque su estupidez prolongaba indecorosamente el proceso.
Una de esas noches en que más sufrí de ver sufrir nos acariciábamos en esa escalera doble que abarca unos depósitos excavados en la barranca del Parque donde guardan sus herramientas los jardineros. La puerta de uno de estos depósitos estaba abierta; en el hueco oscuro vi de repente ocho o diez donguis nerviosos que no se atrevían a salir por un poquito de luz de mala muerte. Eran los primeros que veía; me acerqué con Virginia y se los mostré. Virginia llevaba puesta una pollera clara estampada con grandes macetas de crisantemos; la recuerdo porque se desmayó de espanto en mis brazos y por suerte paró de llorar por primera vez esa noche. La llevé desmayada hasta la puerta abierta y la tiré adentro.
La
boca de los donguis es un cilindro cubierto de dientes córneos en todo su
interior y tritura mediante movimientos helicoidales. Miré con curiosidad
espontánea; en la oscuridad se distinguía la pollera de crisantemos y
sobre ella el movimiento epiléptico de las vastas babosas en masticación. Me
fui casi asqueado pero contento; al salir del Parque cantaba.
Ese
Parque solitario y húmedo con estatuas rotas y mil vulgaridades modernas para
ignorantes, con flores como estrellas y una sola fuente buena, Parque casi sudamericano,
cuántas liaisons de personas que llaman jazmines a la tumbergias habrá
visto fenecer por otra parte debajo de sus palmeras polvorientas.
Allí
me deshice de Colette, de una polaca que me prestó el dinero de la moto, de una
menorcita indigna de confianza y finalmente de Rosa, adormeciéndolas con un
caramelo especial. Pero la Rosa llegó en cierto momento a excitarme tanto que
perpetré la temeridad de darle el número de teléfono y aunque juró destruir
el papelito y aprenderlo de memoria, y lo hizo, una vez su hermano la vio llamar
y se fijó en el número que marcaba de modo que poco después de su desaparición
apareció Enrique y empezó a fastidiar. Por eso acepté este trabajo
renunciando provisoriamente a toda diversión como los reyes prehistóricos
que debían pasar 40 días de ayuno en la montaña.
De
este voto de castidad me distraigo
a mi manera resolviendo jeroglíficos y preparando cosas para Enrique. La
pasarela sobre el río Mendoza por ejemplo sólo era cuando vine una vía de
esas que esparció el aluvión del treinta y tanto, el que retorció los
puentes, y un cable tendido a un costado a la altura de la mano para sostenerse.
De allí se cayó un tal Antonio y con ese pretexto hice retirar el cable y
colocar en su lugar un caño largo que en cada punta va enganchado en un poste.
Ahora es más fácil sostenerse cuando uno cruza y cuando cruza otro
desenganchar el caño.
Otras
distracciones podrían ser cuando hace frío encender con un fósforo los
arbustos que rodean las carpas de los peones porque son tan resinosos que arden
solos. Una vez organicé un pic-nic unipersonal que consistía en subir y subir
siempre con varios sandwiches de jamón, huevo y lechuga y me hastié tanto de
ascender que me volví a mediodía. Esa mañana vi glaciares inexplicablemente
sucios y encontré en los rodados de arriba flores negras, las primeras que veo.
Como no había tierra, sino solamente piedras sueltas y filosas, me interesó
ver las raíces; la flor medía cinco centímetros más o menos pero apartando
las piedras desenterré unos dos metros de tallo blando que se perdía entre los
cascotes como un cordón negro y liso; pensé que seguiría así unos cien
metros más y me dio un poco de asco.
Otra
vez vi un cielo negro sobre la nieve fosforescente porque absorbía toda la
luz de la luna; parecía un negativo del mundo y valía la pena describirlo.
Juan
Rodolfo Wilcok.