LEOPOLDO
LUGONES, escritor argentino, nacido en Río Seco, provincia de Córdoba, en
1874; muerto en el Tigre, provincia de Buenos Aires, en 1938. Ejerció con
felicidad la lírica, la biografía, la historia, los estudios homéricos y la
ficción. De su vasta obra, que ha rebasado los límites del país y del
continente, citaremos los siguientes títulos: Las Montañas del Oro (1897);
Los Crepúsculos del Jardín (1905); El Imperio Jesuítico (1905);
Lunario Sentimental (1909); Odas Seculares (1910); Historia
de Sarmiento (1911); El Payador (1916); El Libro de los Paisajes
(1917); Mi Beligerancia (1917); La Torre de Casandra (1919); Nuevos
Estudios Helénicos (1928); La Grande Argentina (1930); Roca (1938).
Abdera,
la ciudad tracia del Egeo, que actualmente es Balastra y que no debe ser
confundida con su tocaya bética, era célebre por sus caballos.
Descollar
en Tracia por sus caballos, no era poco; y ella descollaba hasta ser única. Los
habitantes todos tenían a gala la educación de tan noble animal, y esta pasión
cultivada a porfía durante largos años, hasta formar parte de las
tradiciones fundamentales, había producido efectos maravillosos. Los caballos
de Abdera gozaban de fama excepcional, y todas las poblaciones tracias, desde
los cicones hasta los bisaltos, eran tributarios en esto de los bistones,
pobladores de la mencionada ciudad. Debe añadirse que semejante industria
uniendo el provecho a la satisfacción, ocupaba desde el rey hasta el último
ciudadano.
Estas
circunstancias habían contribuido también a intimar las relaciones entre el
bruto y sus dueños, mucho más de lo que era y es habitual para el resto de las
naciones; llegando a considerarse las caballerizas como un ensanche del hogar, y
extremándose las naturales exageraciones de toda pasión, hasta admitir
caballos en la mesa.
Eran
verdaderamente notables corceles, pero bestias al fin. Otros dormían en
cobertores de biso; algunos pesebres tenían frescos sencillos, pues no pocos
veterinarios sostenían el gusto artístico de la raza caballar, y el
cementerio equino ostentaba entre pompas burguesas, ciertamente recargadas, dos
o tres obras maestras. El templo más hermoso de la ciudad estaba consagrado a
Arión, el caballo que Neptuno hizo salir de la tierra con un golpe de su
tridente, y creo que la moda de rematar las proas en cabezas de caballo, tenga
igual proveniencia; siendo seguro en todo caso, que los bajorrelieves hípicos
fueron el ornamento más común de toda aquella arquitectura. El monarca era
quien se mostraba más decidido por los corceles, llegando hasta tolerar a los
suyos verdaderos crímenes que los volvieron singularmente bravíos; de tal modo
que los nombres de Podargos y de Lampón figuraban en fábulas sombrías; pues
es del caso decir que los caballos tenían nombres como personas.
Tan
amaestrados estaban aquellos animales, que las bridas eran innecesarias, conservándolas
únicamente como adornos, muy apreciados desde luego por los mismos caballos. La
palabra era el medio usual de comunicación con ellos; y observándose que la
libertad favorecía el desarrollo de sus buenas condiciones, dejábanlos todo el
tiempo no requerido por la albarda o el arnés, en libertad de cruzar a sus
anchas las magníficas praderas formadas en el suburbio, a la orilla del Kossínites
para su recreo y alimentación.
A
son de trompa los convocaban cuando era menester y así para el trabajo como
para él, pienso eran exactísimos. Rayaba en lo increíble su habilidad para
toda clase de juegos de circo y hasta de salón, su bravura en los combates, su
discreción en las ceremonias solemnes. Así el hipódromo de Abdera tanto como
sus compañías de volatines; su caballería acorazada de bronce y sus sepelios,
habían alcanzado tal renombre, que de todas partes acudía gente a admirarlos:
mérito compartido por igual entre domadores y corceles.
Aquella
educación persistente, aquel forzado despliegue de condiciones, y para decirlo
todo en una palabra, aquella humanización de la raza equina iban engendrando un
fenómeno que los bistones festejaban como otra gloria nacional. La inteligencia
de los caballos comenzaba a desarrollarse pareja con su conciencia, produciendo
casos anormales que daban pábulo al comentario general.
Una
yegua había exigido espejos en su pesebre, arrancándolos con los dientes de la
propia alcoba patronal y destruyendo a coces los de tres paneles cuando no le
hicieron el gusto. Concedido el capricho daba muestras de coquetería
perfectamente visible.
Balios,
el más bello potro de la comarca, un blanco elegante y sentimental que tenía
dos campañas militares y manifestaba regocijo ante el recitado de hexámetros
heroicos, acababa de morir de amor por una dama. Era la mujer de un general, dueño
del enamorado bruto, y por cierto no ocultaba el suceso. Hasta se creía que
halagaba su vanidad, siendo esto muy natural, por otra parte, en la ecuestre
metrópoli.
Señalábase
igualmente casos de infanticidio, que aumentando en forma alarmante, fue
necesario corregir con la presencia de viejas mulas adoptivas; un gusto
creciente por el pescado y por el cáñamo cuyas plantaciones saqueaban los
animales; y varias rebeliones aisladas que hubo de corregirse, siendo
insuficiente el látigo, por medio del hierro candente. Esto último fue en
aumento, pues el instinto de rebelión progresaba a pesar de todo.
Los
bistones, más encantados cada vez con sus caballos, no paraban mientes en
eso. Otros hechos más significativos produjéronse de allí a poco. Dos o tres
atalajes habían hecho causa común contra un carretero que azotaba su yegua
rebelde. Los caballos resistíanse cada vez más al enganche y al yugo, de tal
modo que empezó a preferirse el asno. Había animales que no aceptaban
determinado apero; mas como pertenecían a los ricos, se defería a su rebelión
comentándola mimosamente a título de capricho.
Un
día los caballos no vinieron al son de la trompa, y fue menester constreñirlos
por la fuerza; pero los subsiguientes no se reprodujo la rebelión.
Al
fin esta ocurrió cierta vez que la marea cubrió la playa de pescado muerto,
como solía suceder. Los caballos se hartaron de eso, y se los vio regresar al
campo suburbano con lentitud sombría.
Medianoche
era cuando estalló el singular conflicto.
De
pronto un trueno sordo y persistente conmovió el ámbito de la ciudad. Era que
todos los caballos se habían puesto en movimiento a la vez para asaltarla, pero
esto se supo luego, inadvertido al principio en la sombra de la noche y la
sorpresa de lo inesperado.
Como
las praderas de pastoreo quedaban entre las murallas, nada pudo contener la
agresión; y añadido a esto el conocimiento minucioso que los animales tenían
de los domicilios, ambas cosas acrecentaron la catástrofe. Noche memorable
entre todas, sus horrores sólo aparecieron cuando el día vino a ponerlos en
evidencia, multiplicándolos aun.
Las puertas reventadas a coces yacían por el suelo dando paso a feroces manadas que se sucedían casi sin interrupción. Había corrido sangre, pues no pocos vecinos cayeron aplastados bajo el casco y los dientes de la banda en cuyas filas causaron estragos también las armas humanas. Conmovida de tropeles, la ciudad oscurecíase con la polvareda que engendraban; y un extraño tumulto formado por gritos de cólera o de dolor, relinchos variados como palabras a los cuales mezclábase uno que otro doloroso rebuzno, y estampidos de coces sobre las puertas atacadas, unía su espanto al pavor visible de la catástrofe. Una especie de terremoto incesante hacía vibrar el suelo con el trote de la masa rebelde, exaltado a ratos como en ráfaga huracanada por frenéticos tropeles sin dirección y sin objeto; pues habiendo saqueado todos los plantíos de cáñamo, y hasta algunas bodegas que codiciaban aquellos corceles pervertidos por los refinamientos de la mesa, grupos de animales ebrios aceleraban la obra de destrucción. Y por el lado del mar era imposible huir. Los caballos, conociendo la misión de las naves, cerraban el acceso del puerto.
Sólo
la fortaleza permanecía incólume y empezábase a organizar en ella la
resistencia. Por lo pronto cubríase de dardos a todo caballo que cruzaba por
allí, y cuando caía cerca era arrastrado al interior como vitualla.
Entre
los vecinos refugiados circulaban los más extraños rumores. El primer ataque
no fue sino un saqueo. Derribadas las puertas, las manadas introducíanse en las
habitaciones, atentas sólo a las colgaduras suntuosas con que intentaban
revestirse, a las joyas y objetos brillantes. La oposición a sus designios fue
lo que suscitó su furia.
Otros
hablaban de monstruosos amores, de mujeres asaltadas y aplastadas en sus propios
lechos con ímpetu bestial, y hasta se señalaba a una noble doncella que sollozando
narraba entre dos crisis su percance: el despertar en la alcoba a la media luz
de la lámpara, rozados sus labios por la innoble jeta de un potro negro que respingaba
de placer el belfo enseñando su dentadura asquerosa; su grito de pavor ante
aquella bestia convertida en fiera, con el resplandor humano y malévolo de sus
ojos incendiados de lubricidad; el mar de sangre con que la inundara al caer
atravesado por la espada de un servidor...
Mencionánbase
varios asesinatos en que las yeguas se habían divertido con saña femenil,
despachurrando a mordiscos a las víctimas. Los asnos habían sido exterminados,
y las mulas subleváronse también, pero con torpeza inconsciente, destruyendo
por destruir, y particularmente encarnizadas contra los perros.
El
tronar de las carreras locas seguía estremeciendo la ciudad, y el fragor de los
derrumbes iba aumentando. Era urgente organizar una salida, por más que el número
y la fuerza de los asaltantes la hiciera singularmente peligrosa, si no se quería
abandonar la ciudad a la más insensata destrucción.
Los
hombres empezaron a armarse; mas, pasado el primer momento de licencia, los
caballos habíanse decidido a atacar también.
Un
brusco silencio precedió al asalto. Desde la fortaleza distinguían el
terrible ejército que se congregaba, no sin trabajo, en el hipódromo. Aquello
tardó varias horas, pues cuando todo parecía dispuesto, súbitos corcovos y
agudísimos relinchos cuya causa era imposible discernir, desordenaban
profundamente las filas.
El
sol declinaba ya, cuando se produjo la primera carga. No fue, si se permite la
frase, más que una demostración, pues los animales se limitaron a pasar
corriendo frente a la fortaleza. En cambio, quedaron acribillados por las saetas
de los defensores.
Desde
el más remoto extremo de la ciudad, lanzáronse otra vez, y su choque contra
las defensas fue formidable. La fortaleza retumbó entera bajo aquella
tempestad de cascos, y sus recias murallas dóricas quedaron, a decir verdad,
profundamente trabajadas.
Sobrevino
un rechazo, al cual sucedió muy luego un nuevo ataque.
Los
que demolían eran caballos y mulos herrados que caían a docenas; pero sus
filas cerrábanse con encarnizamiento furioso, sin que la masa pareciera
disminuir. Lo peor era que algunos habían conseguido vestir sus bardas de
combate en cuya malla de acero se embotaban los dardos. Otros llevaban jirones
de tela vistosa, otros, collares; y pueriles en su mismo furor, ensayaban inesperados
retozos.
De
las murallas los conocían. ¡Dinos, Aethon, Ameteo, Xanthos! Y ellos saludaban,
relinchaban gozosamente, enarcaban la cola, cargando enseguida con fogosos respingos.
Uno, un jefe ciertamente, irguióse sobre sus corvejones, caminó así un trecho
manoteando gallardamente al aire como si danzara un marcial balisteo, contorneando
el cuello con serpentina elegancia, hasta que un dardo se le clavó en medio del
pecho...
Entre
tanto, el ataque iba triunfando. Las murallas empezaban a ceder.
Súbitamente
una alarma paralizó a las bestias. Unas sobre otras, apoyándose en ancas y
lomos, alargaron sus cuellos hacia la alameda que bordeaba la margen del Kossínites;
y los defensores volviéndose hacia la misma dirección, contemplaron un
tremendo espectáculo.
Dominando
la arboleda negra, espantosa sobre el cielo de la tarde, una colosal cabeza de
león miraba hacia la ciudad. Era una de esas fieras antediluvianas cuyos ejemplares,
cada vez más raros, devastaban de tiempo en tiempo los montes Ródopes. Mas
nunca se había visto nada tan monstruoso, pues aquella cabeza dominaba los más
altos árboles, mezclando a las hojas teñidas de crepúsculo las greñas de su
melena.
Brillaban
claramente sus enormes colmillos, percibíanse sus ojos fruncidos ante la luz,
llegaba en el hálito de la brisa su olor bravío. Inmóvil entre la palpitación
del follaje, herrumbrada por el sol casi hasta dorarse su gigantesca crin, alzábase
ante el horizonte como uno de esos bloques en que el pelasgo, contemporáneo de
las montañas, esculpió sus bárbaras divinidades.
Y
de repente empezó a andar, lento como el océano. Oíase el rumor de la fronda
que su pecho apartaba, su aliento de fragua que iba sin duda a estremecer la
ciudad cambiándose en rugido.
A
pesar de su fuerza prodigiosa y de su número, los caballos sublevados no
resistieron semejante aproximación. Un solo ímpetu los arrastró por la playa,
en dirección a la Macedonia, levantando un verdadero huracán de arena y de
espuma, pues no pocos disparábanse a través de las olas.
En
la fortaleza reinaba el pánico. ¿Qué podrían contra semejante enemigo? ¿Qué
gozne de bronce resistiría a sus mandíbulas? ¿Qué muro a sus garras...?
Comenzaban
ya a preferir el pasado riesgo (al fin era una lucha contra bestias
civilizadas), sin aliento ni para enflechar sus arcos, cuando el monstruo salió
de la alameda.
No
fue un rugido lo que brotó de sus fauces, sino un grito de guerra humano, el bélico
“alalé!" de los combates, al que respondieron con regocijo triunfal los
"hoyohei" y los "hoyotohó" de la fortaleza.
¡Glorioso
prodigio!
Bajo
la cabeza del felino, irradiaba luz superior el rostro de un numen; y mezclados
soberbiamente con la flava piel, resaltaban su pecho marmóreo, sus brazos de
encina, sus muslos estupendos.
Y
un grito, un solo grito de libertad, de
reconocimiento, de orgullo, llenó la tarde:
—¡Hércules,
es Hércules que llega!
Leopoldo
Lugones: Las
fuerzas
extrañas (1906).