W.
W. JACOBS, humorista inglés, nacido en 1863, muerto en 1943. Ha
publicado: Many Cargoes (1896); The Skipper's Wooing (1911), Sea
Whispers (1926).
I
La
noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa, los
postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al
ajedrez, el primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía al rey en
tan desesperados e inútiles peligros, que provocaba el comentario de la vieja
señora que tejía plácidamente junto a la chimenea.
—Oigan
el viento —dijo el señor White; había cometido un error fatal y trataba de
que su hijo no lo advirtiera.
—Lo
oigo —dijo éste moviendo implacablemente la reina—. Jaque.
—No
creo que venga esta noche —dijo el padre con la mano sobre el tablero.
—Mate
—contestó el hijo.
—Esto
es lo malo de vivir tan lejos —vociferó el señor White con imprevista y
repentina violencia— De todos los barriales, este es el peor. El camino es un
pantano. No sé en qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas alquiladas, no
les importa.
—No
te aflijas, querido —dijo suavemente su mujer—, ganarás la próxima vez.
El
señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre
e hijo. Las palabras murieron en
sus labios
y disimuló
un gesto
de fastidio.
—Ahí
viene —dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se
acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta,
lo oyeron condolerse con el recién venido.
Luego,
entraron. El forastero era un hombre fornido con los ojos salientes y la cara
rojiza.
El sargento mayor Morris —dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego.
Al
tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con
interés a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extraños.
—Hace
veintiún años —dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo—.
Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.
—No
parece haberle sentado tan mal —dijo la señora White amablemente.
—Me
gustaría ir a la India —dijo el señor White—. Sólo para dar un vistazo.
—Mejor
quedarse aquí —replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y,
suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza.
—Me
gustaría ver esos viejos templos y faquires y malabaristas —dijo el señor
White—. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme los otros días,
de una pata de mono o algo por el estilo?
—Nada
—contestó el soldado, apresuradamente—. Nada que valga la pena oír.
—¿Una
pata de mono? —preguntó la señora White.
—Bueno,
es lo que se llama magia, tal vez —dijo con desgano el sargento.
Sus
tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero llevó
la copa vacía a los labios; volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.
—A
primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular —dijo
el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.
La
señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó
atentamente.
—¿Y qué tiene de extraordinario? —preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.
—Un
viejo faquir le dio poder mágico —dijo el sargento mayor—. Un hombre muy
santo... Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y
que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: Tres hombres pueden
pedirle tres deseos.
Habló
tan seriamente que los otros sintieron, que sus risas desentonaban.
—Y
usted, ¿por qué no pide las tres cosas? —preguntó Herbert White.
El
sargento lo miró con tolerancia.
—Las
he pedido —dijo, y su rostro, curtido palideció.
—¿Realmente
se cumplieron los tres deseos? —preguntó la señora White.
—Se
cumplieron —dijo el sargento.
—¿Y
nadie más pidió? —insistió la señora.
—Sí,
un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera,
fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.
Habló
con tanta gravedad que produjo silencio.
—Morris,
si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán —dijo, finalmente, el
señor White—. ¿Para qué lo guarda?
El
sargento sacudió la cabeza:
—Probablemente
he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha
causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos
sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme
después.
—Y
si a usted le concedieran tres deseos más —dijo el señor White—, ¿los
pediría?
—No
sé —contestó el otro—. No sé.
Tomó
la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego.
White la recogió.
—Mejor
que se queme —dijo con solemnidad el sargento.
—Si
usted no la quiere, Morris, démela.
—No
quiero —respondió terminantemente—. La tiré al fuego; si la guarda, no me
eche las culpas de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela.
El
otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:
—¿Cómo
se hace?
—Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.
—Parece
de las Mil y una noches —dijo la señora White. Se levantó a preparar
la mesa—. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?
El
señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la
expresión de alarma del sargento.
—Si
está resuelto a pedir algo —dijo agarrando el brazo de White—, pida algo
razonable.
El
señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse
a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos,
escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.
—Si
en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros —dijo
Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para
alcanzar el último tren—, no conseguiremos gran cosa.
—¿Le
diste algo? —preguntó la señora mirando atentamente a su marido.
—Una
bagatela —contestó el señor White, ruborizándose levemente—. No quería
aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán.
—Sin
duda —dijo Herbert, con fingido horror—, seremos felices, ricos y famosos.
Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu
mujer.
El
señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó perplejamente.
—No
se me ocurre nada para pedirle —dijo con lentitud—. Me parece que tengo
todo lo que deseo.
—Si
pagaras la hipoteca de la casa serías feliz ¿no es cierto? —dijo Herbert
poniéndole la mano sobre el hombro—. Bastará con que pidas doscientas
libras.
El
padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán;
Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano
unos acordes graves.
—Quiero-doscientas-libras —pronunció el señor White.
Un
gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un
grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.
—Se
movió —dijo mirando con desagrado el objeto y lo dejó caer—. Se retorció
en mi mano, como una víbora.
—Pero
yo no veo el dinero —observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo
sobre la mesa—. Apostaría que nunca lo veré.
—Habrá
sido tu imaginación, querido —dijo la mujer mirándolo ansiosamente.
Sacudió
la cabeza.
—No
importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.
Se
sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento
era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando se golpeó una
puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió
hasta que se levantaron para ir a acostarse.
—Se
me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en el medio de la cama
—dijo Herbert al darles las buenas noches—. Una aparición horrible,
agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes
ilegítimos.
Ya
solo, el señor White se sentó en la oscuridad, y miró las brasas, y vio caras
en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro;
se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y
apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la
mano en el abrigo y subió a su cuarto.
II
A
la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol
invernal, se rió de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica
salud que faltaba la noche anterior, y esa pata de mono, arrugada y sucia,
tirada sobre el aparador, no parecía terrible.
—Todos
los viejos militares son iguales —dijo la señora White— ¡Qué idea, la
nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes, en esta
época? Y si consiguieran las doscientas libras, ¿qué mal podrían
hacerte?
—Pueden
caer de arriba y lastimarle la cabeza —dijo Herbert.
—Según
Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias
—dijo el padre.
—Bueno,
no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta —dijo Herbert levantándose
de la mesa—. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte.
La
madre se rió, lo acompañó, hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de
vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido. Sin
embargo, cuando el cartero llamó a la puerta, corrió a abrirla y cuando vio
que sólo traía la cuenta del sastre, se refirió con cierto malhumor a los
militares de costumbres intemperantes.
—Me
parece que Herbert tendrá tema para sus bromas —dijo al sentarse.
—Sin
duda —dijo el señor White—. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi
mano. Puedo jurarlo.
—Habrá
sido en tu imaginación —dijo la señora suavemente.
—Afirmo
que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era... ¿Qué sucede?
Su
mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que
rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien
vestido y que tenía una galera nueva y reluciente; pensó en las doscientas
libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón, por fin se decidió a
llamar. Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió
debajo del almohadón de la silla.
Hizo
pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras
ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el
guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera el motivo
de la visita, el desconocido estuvo un rato en silencio.
—Vengo
de parte de Maw & Meggins —dijo por fin.
La
señora White tuvo un sobresalto.
—¿Qué
pasa? ¿Que pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?
Su
marido se interpuso.
—Espera,
querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas
noticias, señor. —Y lo miró patéticamente.
—Lo
siento... —empezó el otro.
—¿Está
herido? —preguntó, enloquecida, la madre.
El
hombre asintió.
—Mal
herido —dijo pausadamente—. Pero no sufre.
—Gracias
a Dios —dijo la señora White, juntando las manos—. Gracias a Dios.
Bruscamente
comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio
la confirmación de sus temores, en la cara significativa del hombre. Retuvo la
respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la
mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.
—Lo
agarraron las máquinas —dijo en voz baja el visitante.
—Lo
agarraron las máquinas —repitió el señor White, aturdido.
Se
sentó, mirando fijamente por la ventana, tomó la mano de su mujer, la apretó
en la suya, como en sus tiempos de enamorados.
—Era
el único que nos quedaba —le dijo al visitante—. Es duro.
El
otro se levantó y se acercó a la ventana.
—La
compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida
—dijo sin darse vuelta—. Le ruego que comprenda que soy tan sólo un
empleado y que obedezco a las órdenes que me dieron.
No
hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida.
—Se
me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niega toda
responsabilidad en el accidente—prosiguió el otro—. Pero en consideración
a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.
El
señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al
visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿cuánto?
—Doscientas
libras —fue la respuesta.
Sin
oír el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los
brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.
III
En
el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron
sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio.
Todo
pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando
alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa
se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos,
que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que
decirse, sus días eran interminables hasta el cansancio.
Una
semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró
la mano y se encontró solo. El
cuarto estaba a oscuras, oyó, cerca de la ventana, un llanto contenido. Se
incorporó en la cama para escuchar.
—Vuelve
a acostarte —dijo tiernamente—. Vas a tomar frío.
—Mi
hijo tiene más frío —dijo la señora White y volvió a llorar.
Los
sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia,
y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó.
—La
pata de mono —gritaba desatinadamente—, la pata de mono.
El
señor White se incorporó alarmado.
—¿Dónde?
¿Dónde está? ¿Qué sucede?
Ella
se acercó:
—La
quiero. ¿No la has destruido?
—Está
en la sala, sobre la repisa —contestó asombrado—. ¿Por qué la quieres?
Llorando
y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:
—Sólo
ahora he pensado ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por qué tú no
pensaste?
—¿Pensaste
en qué? —preguntó.
—En
los otros dos deseos —respondió enseguida—. Sólo hemos pedido uno.
—¿No
fue bastante?
—No
—gritó ella triunfalmente—. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide
que nuestro hijo vuelva a la vida.
El
hombre se sentó en la cama, temblando.
—Dios
mío, estás loca.
—Búscala
pronto y pide —le balbuceó—; ¡mi hijo, mi hijo!
El hombre encendió la vela:
—Vuelve
a acostarte. No sabes lo que estás
diciendo.
—Nuestro
primer deseo se cumplió ¿Por qué no hemos de pedir el segundo?
—Fue
una coincidencia.
—Búscala
y desea —gritó con exaltación la mujer. El marido se dio vuelta y la miró.
—Hace
diez días que está muerto y además —no quiero decirte otra cosa— lo
reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo
vieras...
—Tráemelo
—gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta—. ¿Crees que temo al niño
que he criado?
El
señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa.
El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo que el deseo todavía no formulado
trajera a su hijo hecho pedazos, antes que él pudiera escaparse del cuarto.
Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y
a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno
objeto en la mano.
Cuando
entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba
ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.
—Pídelo
—gritó con violencia.
—Es
absurdo y perverso —balbuceó.
—Pídelo
—repitió la mujer.
El
hombre levantó la mano.
—Deseo
que mi hijo viva de nuevo.
El
talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego,
temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana
y levantó la cortina. El hombre no se movió de ahí, hasta que el frío del
alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer, que estaba en la ventana. La vela
se había consumido; hasta apagarse, proyectaba en las paredes y el techo
sombras vacilantes.
Con
un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la
cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.
No
hablaron, escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era
opresiva, el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar
una vela.
Al
pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para
encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en
la puerta de entrada.
Los
fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió
el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe
—¿Qué
es eso? —gritó la mujer.
—Una
laucha —dijo el hombre—. Una laucha. Se me cruzó en la escalera.
La
mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.
—¡Es
Herbert! ¡Es Herbert! —La señora White corrió hacia la puerta, pero su
marido la alcanzó.
—¿Qué
vas a hacer? —le dijo ahogadamente.
—¡Es
mi hijo; es Herbert! —gritó la mujer, luchando para que la soltaran—. Me
había olvidado que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir
la puerta.
—Por
amor de Dios, no lo dejes entrar —dijo el hombre, temblando.
—¿Tienes
miedo de tu propio hijo? —gritó—. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy.
Hubo
dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y
la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó
el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:
—La
tranca —dijo—. No puedo alcanzarla.
Pero
el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.
—Si
pudiera encontrarla antes de que eso entrara...—. Los golpes volvieron
a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla;
oyó el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de
mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y último deseo.
Los
golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó
retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera; y
un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella
y luego hasta el portón. El camino estaba desierto y tranquilo.
W.
W. Jacobs:
The Lady of the Barge (1902).