VlLLIERS
DE L'ISLE-ADAM, escritor francés, nacido en Saint Brieux, en 1840; murió en
París, en 1889. La literatura fantástica le debe novelas, cuentos y obras de
teatro. Es autor de: lsis (1862); Claire Lenoir (1866); La Révolte
(1870); Contes Cruels (1883); Axel (1885); L'Amour Suprème
(1886); L'Ève Future (1886); Le Secret de l'échafaud (1888);
Histoires Insolites (1888).
Al atardecer, el venerable Pedro Argüés, sexto prior de los dominicos de Segovia, tercer Gran Inquisidor de España, seguido de un fraile redentor (encargado del tormento) y precedido por dos familiares del Santo Oficio provistos de linternas, descendió a un calabozo. La cerradura de una puerta maciza chirrió; el Inquisidor penetró en un hueco mefítico, donde un triste destello del día, cayendo desde lo alto, dejaba percibir, entre dos argollas fijadas en los muros, un caballete ensangrentado, una hornilla, un cántaro. Sobre un lecho de paja, sujeto por grillos, con una argolla de hierro en el pescuezo, estaba sentado, hosco, un hombre andrajoso, de edad indescifrable.
Este
prisionero era el rabí Abarbanel, judío aragonés, que —aborrecido por sus
préstamos usurarios y por su desdén de los pobres— diariamente había sido
sometido a la tortura durante un año. Su fanatismo, "duro como su
piel", había rehusado la abjuración.
Orgulloso
de una filiación milenaria —porque todos los judíos dignos de este nombre
son celosos de su sangre—, descendía talmúdicamente de la esposa del último
juez de Israel: Hecho que había mantenido su entereza en lo más duro de los
incesantes suplicios.
Con
los ojos llorosos, pensando que la tenacidad de esta alma hacía imposible la
salvación, el venerable Pedro Argüés, aproximándose al tembloroso rabino,
pronunció estas palabras:
—Hijo
mío, alégrate: Tus trabajos van a tener fin. Si en presencia de tanta
obstinación me he resignado a permitir el empleo de tantos rigores, mi tarea
fraternal de corrección tiene límites. Eres la higuera reacia, que por su
contumaz esterilidad está condenada a secarse... pero sólo a Dios toca
determinar lo que ha de suceder a tu alma. ¡Tal vez la infinita clemencia lucirá
para ti en el supremo instante! ¡Debernos esperarlo! Hay ejemplos... ¡Así
sea! Reposa, pues, esta noche en paz. Mañana participarás en el auto de fe, es
decir, serás llevado al quemadero, cuya brasa premonitoria del fuego eternal no
quema, ya lo sabes, más que a distancia, hijo mío. La muerte tarda por lo
menos dos horas (a menudo tres) en venir, a causa de las envolturas mojadas y
heladas con las que preservamos la frente y el corazón de los holocaustos. Seréis
cuarenta y dos solamente. Considera que, colocado en la última fila, tienes
el tiempo necesario para invocar a Dios, para ofrecerle este bautismo de
fuego, que es el del Espíritu Santo. Confía, pues, en la Luz y duerme.
Dichas
estas palabras, el Inquisidor ordenó que desencadenaran al desdichado y lo
abrazó tiernamente. Lo abrazó luego el fraile redentor y, muy bajo, le rogó
que le perdonara los tormentos. Después lo abrazaron los familiares, cuyo beso,
ahogado por las cogullas, fue silencioso. Terminada la ceremonia, el prisionero
se quedó solo, en las tinieblas.
El
rabí Abarbanel, seca la boca, embotado el rostro por el sufrimiento, miró sin
atención precisa la puerta cerrada ¿Cerrada?... Esta palabra despertó en lo más
íntimo de sus confusos pensamientos un sueño. Había entrevisto un instante el
resplandor de las linternas por la hendidura entre el muro y la puerta. Una
esperanza mórbida lo agitó. Suavemente, deslizando el aedo con suma precaución,
atrajo la puerta hacia él. Por un azar extraordinario, el familiar que la cerró
había dado la vuelta a la llave un poco antes de llegar al tope, contra los
montantes de piedra. El pestillo, enmohecido, no había entrado en su sitio y la
puerta había quedado abierta.
El
rabino arriesgó una mirada hacia afuera.
A
favor de una lívida oscuridad, vio un semicírculo de muros terrosos en los que
había labrados unos esta escalones, y en lo alto, después de cinco o seis
peldaños una especie de pórtico negro que daba a un vasto corredor del que no
le era posible entrever, desde abajo más que los primeros arcos.
Se
arrastró hasta el nivel del umbral. Era realmente un corredor, pero casi
infinito. Una luz pálida, con resplandores de sueño, lo iluminaba. Lámparas
suspendidas de las bóvedas azulaban a trechos el color deslucido del aire, el
fondo estaba en sombras. Ni una sola puerta en esa extensión. Por un lado, a la
izquierda, troneras con rejas, troneras que por el espesor del muro dejaban
pasar un crepúsculo que debía ser el del día, porque se proyectaba en cuadrículas
rojas sobre el enlosado. Quizá allá lejos, en lo profundo de las brumas, una
salida podía dar la libertad. La vacilante esperanza del judío era tenaz,
porque era la última.
Sin
titubear se aventuró por el corredor, sorteando las troneras, tratando de
confundirse con la tenebrosa penumbra de las largas murallas. Se arrastraba
con lentitud, conteniendo los gritos que pugnaban por brotar cuando lo
martirizaba una llaga.
De
repente un ruido de sandalias que se aproximaba lo alcanzó en el eco de esta
senda de piedra. Tembló la ansiedad lo ahogaba, se le nublaron los ojos. Se
agazapó en un rincón y, medio muerto, esperó.
Era
un familiar que se apresuraba. Pasó rápidamente con una tenaza en la mano, la
cogulla baja, terrible, y desapareció. El rabino, casi suspendidas las
funciones vitales, estuvo cerca de una hora sin poder iniciar un movimiento. El
temor de una nueva serie de tormentos, si lo apresaban, le hizo pensar en volver
a su calabozo. Pero la vieja esperanza le murmuraba en el alma ese divino tal
tez, que reconforta en las peores circunstancias. Un milagro lo favorecía
¿Cómo dudar? Siguió, pues, arrastrándose hacia la evasión posible.
Extenuado de dolores y de hambre, temblando de angustia, avanzaba. El corredor
parecía alargarse misteriosamente. Él no acababa de avanzar; miraba siempre la
sombra lejana, donde debía existir una salida salvadora.
De
nuevo resonaron unos pasos, pero esta vez más lentos y más sombríos. Las
figuras blancas y negras, los largos sombreros de bordes redondos, de dos
inquisidores, emergieron de lejos en la penumbra. Hablaban en voz baja y parecían
discutir algo muy importante, porque las manos accionaban con viveza.
Ya
cerca, los dos inquisidores se detuvieron bajo la lámpara, sin duda por un azar
de la discusión. Uno de ellos, escuchando a su interlocutor, se puso a mirar al
rabino. Bajo esta incomprensible mirada, el rabino creyó que las tenazas mordían
todavía su propia carne; muy pronto volvería a ser una llaga y un grito.
Desfalleciente,
sin poder respirar, las pupilas temblorosas, se estremecía bajo el roce
espinoso de la ropa. Pero, cosa a la vez extraña y natural: los ojos del inquisidor
eran los de un hombre profundamente preocupado de lo que iba a responder,
absorto en las palabras que escuchaba; estaban fijos y miraban al judío, sin
verlo.
Al cabo de unos minutos los dos siniestros discutidores continuaron su camino a pasos lentos, siempre hablando en voz baja, hacia la encrucijada de donde venía el rabino. No lo habían visto. Esta idea atravesó su cerebro: ¿No me ven porque estoy muerto? Sobre las rodillas, sobre las manos, sobre el vientre, prosiguió su dolorosa fuga, y acabó por entrar en la parte oscura del espantoso corredor.
De
pronto sintió frío sobre las manos que apoyaba en el enlosado; el frío venía
de una rendija bajo una puerta hacia cuyo marco convergían los dos muros. Sintió
en todo su ser como un vértigo de esperanza. Examinó la puerta de arriba
abajo, sin poder distinguirla bien, a causa de la oscuridad que la rodeaba. Tentó:
Nada de cerrojos ni cerraduras. ¡Un picaporte! Se levantó. El picaporte cedió
bajo su mano y la silenciosa puerta giró.
La
puerta se abría sobre jardines, bajo una noche de estrellas. En plena
primavera, la libertad y la vida. Los jardines daban al campo, que se prolongaba
haría la sierra, en el horizonte. Ahí estaba la salvación. ¡Oh, huir! Correría
toda la noche, bajo esos bosques de limoneros, cuyas fragancias lo buscaban.
Una vez en las montañas, estaría a salvo. Respiró el aire sagrado, el viento
lo reanimó, sus pulmones resucitaban. Y para bendecir otra vez a su Dios, que
le acordaba esta misericordia, extendió los brazos, levantando los ojos al
firmamento. Fue un éxtasis.
Entonces
creyó ver la sombra de sus brazos retornando sobre él mismo; creyó sentir que
esos brazos de sombra lo rodeaban, lo envolvían, y tiernamente lo oprimían
contra su pecho. Una alta figura estaba, en efecto, junto a la suya. Confiado,
bajó la mirada hacia esta figura, y se quedó jadeante, enloquecido, los ojos
sombríos, hinchadas las mejillas y balbuceando de espanto. Estaba en brazos
del Gran Inquisidor, del venerable Pedro Argüés, que lo contemplaba, llenos
los ojos de lágrimas y con el aire
del pastor que encuentra la oveja descarriada.
Mientras
el rabino, los ojos sombríos bajo las pupilas, jadeaba de angustia en los
brazos del inquisidor y adivinaba confusamente que todas las fases de la
jornada no eran más que un suplicio previsto, el de la esperanza, el sombrío
sacerdote, con un acento de reproche conmovedor y la vista consternada, le
murmuraba al oído, con una voz debilitada por los ayunos:
—¡Cómo,
hijo mío! ¿En vísperas, tal vez, de la salvación, querías abandonarnos?
Villiers
de L´isle Adam:
Nouveaux
Cantes
Cruels (1888).