H.
A. MURENA, nacido en Buenos Aires. Ha publicado: Primer Testamento (relatos,
1946); La Vida Nueva (poesía, 1951); El juez (teatro, 1953); El
Pecado Original de América (ensayos, 1954); La fatalidad de los Cuerpos (novela,
1955); El Centro del Infierno (relatos, 1956); Las Leyes de la Noche (novela,
1958); El Círculo de los Paraísos (poesía, 1958); El Escándalo y
el Fuego (poesía, 1959); Homo Atomicus (ensayos, 1961); Relámpago
de la Duración (poesía, 1962); Ensayos Sobre Subversión (ensayos,
1963); El Demonio de la Armonía (poesía, 1964).
¿Cuánto
tiempo llevaba encerrado?
La
mañana de mayo velada por la neblina en que había ocurrido aquello le
resultaba tan irreal como el día de su nacimiento, ese hecho acaso más cierto
que ninguno, pero que sólo atinamos a recordar como una increíble idea.
Cuando descubrió, de improviso, el dominio secreto e impresionante que el otro
ejercía sobre ella, se decidió a hacerlo. Se dijo que quizás iba a obrar en
nombre de ella, para librarla de una seducción inútil y envilecedora. Sin
embargo, pensaba en sí mismo, seguía un camino iniciado mucho antes. Y
aquella mañana, al salir de esa casa, después que todo hubo ocurrido, vio
que el viento había expulsado la neblina, y, al levantar la vista ante la
claridad enceguecedora, observó en el cielo una nube negra que parecía una
enorme araña huyendo por un campo de nieve. Pero lo que nunca olvidaría era
que a partir de ese momento el gato del otro, ese gato del que su dueño se había
jactado de que jamás lo abandonaría, empezó a seguirlo, con cierta
indiferencia, con paciencia casi ante sus intentos iniciales por ahuyentarlo,
hasta que se convirtió en su sombra.
Encontró
esa pensionsucha, no demasiado sucia ni incómoda, pues aún se preocupaba por
ello. El gato era grande y musculoso, de pelaje gris, en partes de un blanco
sucio. Causaba la sensación de un dios viejo degradado, pero que no ha perdido
toda la fuerza para hacer daño a los hombres; no les gustó, lo miraron con
repugnancia y temor, y, con la autorización de su accidental amo, lo echaron.
Al día siguiente, cuando regresó a su habitación, encontró al gato instalado
allí; sentado en el sillón; levantó apenas la cabeza, lo miró y siguió
dormitando. Lo echaron por segunda vez, y volvió meterse en la casa, en la
pieza, sin que nadie supiera cómo. Así ganó la partida, porque desde entonces
la dueña de la pensión y sus acólitos renunciaron a lucha.
¿Se
concibe que un gato influya sobre la vida de un hombre, que consiga modificarla?
Al
principio él salía mucho; los largos hábitos de una vida regalada hacían que
aquella habitación, con su lamparita de luz amarillenta y débil, que dejaba en
la sombra muchos rincones, con sus muebles sorprendentemente feos y
desvencijados si se los miraba bien, con las paredes cubiertas por un papel
listeado de colores chillones le resultaba poco tolerable. Salía y volvía más
inquieto; andaba por las calles, andaba, esperando que el mundo le devolviera
una paz ya prohibida. El gato no salía nunca. Una tarde que él estaba apurado
por cambiarse y presenció desde la puerta cómo limpiaba la habitación la
sirvienta, comprobó que ni siquiera en ese momento dejaba la pieza: a medida
que la mujer avanzaba con su trapo y su plumero, se iba desplazando hasta que se
instalaba en un lugar definitivamente limpio; raras veces había descuidos, y
entonces la sirvienta soltaba un chistido suave, de advertencia, no de amenaza,
y el animal se movía. ¿Se resistía a salir por miedo de que aprovecharan la
ocasión para echarlo de nuevo o era un simple reflejo de su instinto de
comodidad? Fuera lo que fuese, él decidió imitarlo, aunque para forjarse una
especie de sabiduría con lo que en el animal era miedo o molicie.
En
su plan figuraba privarse primero de las salidas matutinas y luego también de
las de la tarde; y, pese a que al
principio le costó ciertos accesos de sorda nerviosidad habituarse a los
encierros, logró cumplirlo. Leía un librito de tapas negras que había llevado
en el bolsillo; pero también se paseaba durante horas por la pieza, esperando
la noche, la salida. El gato apenas si lo miraba; al parecer tenía suficiente
con dormir, comer y lamerse con su rápida lengua. Una noche muy fría, sin
embargo, le dio pereza vestirse y no salió; se durmió enseguida. Y a partir de
ese momento todo le resultó sumamente fácil, como si hubiese llegado a una
cumbre desde la que no tenía más que descender. Las persianas de su cuarto sólo
se abrieron para recibir la comida; su boca, casi únicamente para comer. La
barba le creció, y al cabo puso también fin a las caminatas por la habitación.
Tirado
por lo común en la cama, mucho más gordo, entró en un período de singular
beatitud. Tenía la vista casi siempre fija en las polvorientas rosetas de yeso
que ornaban el cielo raso, pero no las distinguía, porque su necesidad de ver
quedaba satisfecha con los cotidianos diez minutos de observación de las tapas
del libro. Como si se hubieran despertado en él nuevas facultades, los reflejos
de la luz amarillenta de la bombita sobre esas tapas negras le hacían ver
sombras tan complejas, matices tan sutiles que ese solo objeto real bastaba para
saturarlo, para sumirlo en una especie de hipnotismo. También su olfato debía
haber crecido, pues los más leves olores se levantaban como grandes fantasmas y
lo envolvían, lo hacían imaginar vastos bosques violáceos, el sonido de las
olas contra las rocas. Sin saber por qué comenzó a poder contemplar agradables
imágenes: la luz de la lamparita —eternamente encendida— menguaba hasta
desvanecerse. y, flotando en los aires, aparecían mujeres cubiertas por largas
vestimentas, de rostro color sangre o verde pálido, caballos de piel
intensamente celeste...
El
gato, entretanto, seguía tranquilo en su sillón.
Un
día oyó frente a su puerta voces de mujeres. Aunque se esforzó, no pudo
entender qué decían, pero los tonos le bastaron. Fue como si tuviera una
enorme barriga fofa y le clavaran en ella un palo, y sintiera el estímulo, pero
tan remoto, pese a ser, sumamente intenso, que comprendiese que iba a tardar
muchas horas antes de poder reaccionar. Porque una de las voces correspondía
a la dueña de la pensión, pero la otra era la de ella, que finalmente
debía haberlo descubierto.
Se
sentó en la cama. Deseaba hacer algo, y no podía.
Observó
al gato: también él se había incorporado y miraba hacia la persiana, pero
estaba muy sereno. Eso aumentó su sensación de impotencia.
Le
latía el cuerpo entero, y las voces no paraban. Quería hacer algo. De pronto
sintió en la cabeza una tensión tal que parecía que cuando cesara él iba a
deshacerse, a disolverse.
Entonces
abrió la boca, permaneció un instante sin saber qué buscaba con ese
movimiento, y al fin maulló, agudamente, con infinita desesperación, maulló.
H.
A. Murena.