TSAO
HSUE-KING, novelista chino, nacido en la provincia de Kiangsu, circa 1719;
muerto en 1764. Diez años antes de su muerte empezó a escribir la vasta novela
que ha determinado su gloria: El Sueño del Aposento Rojo. Como el Kin
Ping Mei y otras novelas de la escuela realista, abunda en episodios oníricos y
fantásticos. Hemos compulsado las versiones de Chi-Chen Wang y del doctor Franz
Kuhn.
...En
un año las dolencias de Kia Yui se agravaron. La imagen de la inaccesible señora
Fénix gastaba sus días; las pesadillas y el insomnio, sus noches.
Una
tarde un mendigo taoista pedía limosna en la calle, proclamando que podía
curar las enfermedades del alma. Kia Yui lo hizo llamar. El mendigo le dijo:
"Con medicinas no se cura su mal. Tengo un tesoro que lo sanará si sigue
mis órdenes". De su manga sacó un espejo bruñido de ambos lados; el
espejo tenía la inscripción: Precioso Espejo de Viento y Luna, Agregó:
"Este espejo viene del Palacio del Hada del Terrible Despertar y tiene la
virtud de curar los males causados por los pensamientos impuros. Pero guárdese
de mirar el anverso. Sólo mire el reverso. Mañana volveré a buscar el espejo
y a felicitarlo por su mejoría". Se fue sin aceptar las monedas que le
ofrecieron.
Kia
Yui tomó el espejo y miró según le había indicado el mendigo. Lo arrojó
con espanto: El espejo reflejaba una calavera. Maldijo al mendigo; irritado,
quiso ver el anverso. Empuñó el espejo y miró: Desde su fondo, la señora Fénix,
espléndidamente vestida, le hacía señas. Kia Yui se sintió arrebatado por el
espejo y atravesó el metal y cumplió el acto de amor. Después, Fénix lo
acompañó hasta la salida. Cuando Kia Yui se despertó, el espejo estaba al revés
y le mostraba, de nuevo, la calavera. Agotado por la delicia del lado falaz del
espejo, Kia Yui no resistió, sin embargo, a la tentación de mirarlo una vez
más. De nuevo Fénix le hizo señas, de nuevo penetró en el espejo y
satisficieron su amor. Esto ocurrió unas cuantas veces. La última, dos hombres
lo apresaron al salir y lo encadenaron. "Los seguiré", murmuró,
"pero déjenme llevar el espejo". Fueron sus últimas palabras. Lo
hallaron muerto, sobre la sábana manchada.
Del
Sueño del Aposento Rojo, de Tsao
Hsue-Kin (1719-1764).