EL
CUENTO MÁS HERMOSO DEL MUNDO
RUDYARD
KIPLING, ilustre novelista, cuentista, poeta épico. Nació en Bombay, en 1865,
murió en Inglaterra, en 1936. Recibió el premio Nobel de literatura, en 1907. De
su vasta obra, mencionaremos: Plain Tales from the Hills (1887), The
Light that Failed (1891), The Seven Seas (1896), Stalky and Co (1899),
Kim (1901), The Five Nations (1903), Actions and Reactions (1909),
A Diversity of Creatures (1917), The Years Between (1918), Debits
and Credits (1926), Limits and Renewals (1935), Something of
Myself (1937).
Se
llamaba Charlie Mears; era hijo único de madre viuda, vivía en el norte de
Londres y venía al centro todos los días, a su empleo en un banco. Tenía
veinte años y estaba lleno de aspiraciones. Lo encontré en una sala de
billares, donde el marcador lo tuteaba. Charlie, un poco nervioso, me dijo que
estaba ahí como espectador; le insinué que volviera a su casa.
Fue
el primer jalón de nuestra amistad. En vez de perder tiempo en las calles con
los amigos, solía visitarme, de tarde, hablando de sí mismo, como corresponde
a los jóvenes; no tardó en confiarme sus aspiraciones: eran literarias. Quería
forjarse un nombre inmortal, sobre todo a fuerza de poemas, aunque no desdeñaba
mandar cuentos de amor y de muerte a los diarios de la tarde. Fue mi destino
estar inmóvil, mientras Charlie Mears leía composiciones de muchos centenares
de versos y abultados fragmentos de tragedias que, sin duda, conmoverían el
mundo. Mi premio era su confianza total; las confesiones y problemas de un joven
son casi tan sagrados como los de una niña. Charlie nunca se había, enamorado,
pero deseaba enamorarse en la primera oportunidad, creía en todas las cosas
buenas y en todas las cosas honrosas, pero no me dejaba olvidar que era un
hombre de mundo, como cualquier empleado de banco que gana veinticinco chelines
por semana. Rimaba amor y dolor, bella y estrella, candorosamente seguro
de la novedad de esas rimas. Tapaba con apresuradas disculpas y descripciones
los grandes huecos incómodos de sus dramas,
y seguía adelante, viendo con tanta claridad lo que pensaba hacer, que lo
consideraba ya hecho, y esperaba mi aplauso.
Me
parece que su madre no lo alentaba; sé que su mesa de trabajo era un ángulo
del lavatorio. Esto me lo contó casi al principio, cuando saqueaba mi
biblioteca y poco antes de suplicarme que le dijera la verdad sobre sus
esperanzas de “escribir algo realmente grande, usted sabe”. Quizá lo alenté
demasiado, porque una noche vino a verme, con los ojos llameantes, y me dijo, trémulo:
—¿A usted no le molesta... puedo quedarme aquí a escribir toda la tarde? No lo molestaré, le prometo. En casa de mi madre no tengo dónde escribir.
—¿Qué
pasa? —pregunté, aunque lo sabía muy bien.
—Tengo
una idea en la cabeza, que puede convertirse en el mejor cuenco del mundo. Déjeme
escribirlo aquí. Es una idea espléndida.
Imposible resistir. Le preparé una mesa, apenas me agradeció y se puso a trabajar enseguida. Durante media hora la pluma corrió sin parar. Charlie suspiró. La pluma corrió más despacio, las tachaduras se multiplicaron, la escritura cesó. El cuento más hermoso del mundo no quería salir.
—Ahora
parece tan malo —dijo lúgubremente—. Sin embargo, era bueno mientras lo
pensaba. ¿Dónde está la falla?
No
quise desalentarlo con la verdad. Contesté:
—Quizá
no estés en animo de escribir.
—Sí,
pero cuando leo este disparate.
—Léeme
lo que has escrito —le dije.
Lo
leyó. Era prodigiosamente malo. Se detenía en las frases más ampulosas, a la
espera de algún aplauso porque estaba orgulloso de esas frases, como es
natural.
—Habría
que abreviarlo —sugerí cautelosamente.
—Odio
mutilar lo que escribo. Aquí no se puede cambiar una palabra, sin estropear el
sentido Queda mejor leído en voz alta que mientras lo escribía.
—Charlie, adoleces de una enfermedad alarmante y muy común. Guarda ese manuscrito y revísalo dentro de una semana.
—Quiero
acabarlo enseguida. ¿Qué le parece?
—¿Cómo
juzgar un cuento a medio escribir? Cuéntame el argumento.
Charlie me lo contó. Dijo todas las cosas que su torpeza le había impedido trasladar a la palabra escrita. Lo miré, preguntándome si era posible que no percibiera la originalidad, el poder de la idea que le había salido al encuentro. Con ideas infinitamente menos practicables y excelentes se habían infatuado muchos hombres. Pero Charlie proseguía serenamente, interrumpiendo la pura corriente de la imaginación con muestras de frases abominables que pensaba emplear. Lo escuché hasta el fin. Era insensato abandonar esa idea a sus manos incapaces, cuando yo podía hacer tanto con ella. No todo lo que sería posible hacer, pero muchísimo.
—¿Qué
le parece? —dijo al fin — Creo que lo titularé La Historia de un Buque.
—Me
parece que la idea es bastante buena, pero todavía estás lejos de poder
aprovecharla. En cambio, yo...
—¿A
usted le serviría? ¿La quiere? Sería un honor para mí —dijo Charlie
enseguida.
Pocas
cosas hay más dulces en este mundo que la inocente, fanática, destemplada,
franca admiración de un hombre más joven. Ni siquiera una mujer ciega de amor
imita la manera de caminar del nombre que adora, ladea el sombrero como él o
intercala en la conversación sus dichos predilectos. Charlie hacía todo eso.
Sin embargo, antes de apoderarme de sus ideas, yo quería apaciguar mi
conciencia.
—Hagamos
un arreglo. Te daré cinco libras por el argumento —le dije.
Instantáneamente,
Charlie se convirtió en empleado de banco:
—Es
imposible. Entre camaradas, si me permite llamarlo así, y hablando como un
hombre de mundo, no puedo. Tome el argumento, si le sirve. Tengo muchos otros.
Los
tenía —nadie lo sabía mejor que yo—, pero eran argumentos ajenos.
—Míralo como un negocio entre hombres de mundo —repliqué—. Con cinco libras puedes comprar una cantidad de libros de versos. Los negocios son los negocios, y puedes estar seguro que no abonaría ese precio si...
—Si
usted lo ve así —dijo Charlie, visiblemente impresionado con la idea de los
libros.
Cerramos
trato con la promesa de que me traería periódicamente todas las ideas que se
le ocurrieran; tendría una mesa para escribir y el incuestionable derecho de
infligirme todos sus poemas y fragmentos de poemas. Después le dije:
—Cuéntame
cómo te vino esta idea.
—Vino
sola.
Charlie
abrió un poco los ojos.
—Sí,
pero me contaste muchas cosas sobre el héroe que tienes que haber leído en
alguna parte.
—No
tengo tiempo para leer, salvo cuando usted me deja estar aquí, y los domingos
salgo en bicicleta o paso el día entero en el río. ¿Hay algo que falta en el
héroe?
—Cuéntamelo
otra vez y lo comprenderé claramente. Dices que el héroe era pirata. ¿Cómo
vivía?
—Estaba
en la cubierta de abajo de esa especie de barco de que le hablé.
—¿Qué
clase de barco?
—Eran
esos que andan con remos, y el mar entra por los agujeros de los remos, y los
hombres reman con el agua hasta la rodilla. Hay un banco entre las dos filas de
remos, y un capataz con un látigo camina de una punta a otra del banco, para
que trabajen los hombres.
—¿Cómo
lo sabes?
—Está en el cuento. Hay una cuerda estirada, a la altura de un hombre, amarrada a la cubierta de arriba, para que se agarre el capataz cuando se mueve el barco. Una vez, el capataz no da con la cuerda y cae entre los remeros; el héroe se ríe y lo azotan. Está encadenado a su remo, naturalmente.
—¿Cómo
está encadenado?
—Con
un cinturón de hierro, clavado al banco, y con una pulsera atándolo al remo.
Está en la cubierta de abajo, donde van los peores, y la luz entra por las escotillas
y los agujeros de los remos. ¿Usted no se imagina la luz del sol filtrándose
entre el agujero y el remo, y moviéndose con el barco?
—Sí,
pero no puedo imaginar que tú te lo imagines.
—¿De
qué otro modo puede ser? Escúcheme, ahora. Los remos largos de la cubierta de
arriba están movidos por cuatro hombres en cada banco; los remos intermedios,
por tres; los de más abajo, por dos. Acuérdese de que en la cubierta inferior
no hay ninguna luz, y que todos los hombres ahí se enloquecen. Cuando en esa
cubierta muere un remero, no lo tiran por la borda: lo despedazan, encadenado, y
tiran los pedacitos al mar, por el agujero del remo.
—¿Por
qué? —pregunté asombrado, menos por la información que por el tono
autoritario de Charlie Mears.
—Para
ahorrar trabajo y para asustar a los compañeros. Se precisan dos capataces para
subir el cuerpo de un hombre a la otra cubierta, y si dejaran solos a los remeros
de la cubierta de abajo, éstos no remarían y tratarían de arrancar los
bancos, irguiéndose a un tiempo en sus cadenas.
—Tienes
una imaginación muy previsora. ¿Qué has estado leyendo sobre galeotes?
—Que
yo me acuerde, nada. Cuando tengo oportunidad, remo un poco. Pero tal vez he
leído algo, si usted lo dice.
Al
rato salió en busca de librerías y me pregunté cómo, un empleado de banco,
de veinte años, había podido entregarme, con pródiga abundancia de
pormenores, dados con absoluta seguridad, ese cuento de extravagante y
ensangrentada aventura, motín, piratería y muerte, en mares sin nombre. Había
empujado al héroe por una desesperada odisea, lo había rebelado contra los
capataces, le había dado una nave que comandar, y después una isla "por
ahí en el mar, usted sabe", y, encantado con
las modestas cinco libras, había salido a comprar los argumentos de
otros hombres, para aprender a escribir. Me quedaba el consuelo de saber que
su argumento era mío, por derecho de compra, y creía poder aprovecharlo de
algún modo.
Cuando
nos volvimos a ver estaba ebrio, ebrio de los muchos poetas que le habían sido
revelados. Sus pupilas estaban dilatadas, sus palabras se atropellaban y se
envolvía en citas, como un mendigo en la púrpura de los emperadores. Sobre
todo, estaba ebrio de Longfellow.
—¿No
es espléndido? ¿No es soberbio? —me gritó luego de un apresurado saludo—.
Oiga
esto:
Wouldst
thou — so the helmsman ansewered,
Know
the secret of the sea?
Only
those who brave its dangers
Comprehend
its mystery.1
¡Demonio!
Only
those who brave its danger
Comprehend
its mystery.
repitió
veinte veces, caminando de un lado a otro, olvidándome.
—Pero
yo también puedo comprenderlo —dijo—. No sé cómo agradecerle las cinco
libras. Oiga
esto:
I
remember the black wharves and the slips
And
the sea-tides tossing free;
And
the Spanish sailors with bearded lips,
And
the beauty and mystery of the ships,
And
the magic of the sea.2
Nunca
he afrontado peligros, pero me parece que entiendo todo eso.
—Realmente,
parece que dominas el mar. ¿Lo has
visto alguna vez?
—Cuando
era chico estuvimos en Brighton. Vivíamos en Coventry antes de venir a Londres.
Nunca lo he visto...
When
descends on the Atlantic
The
gigantic
Storm
wind of the Equinox.3
Me
tomó por el hombro y me zamarreó, para que comprendiera la pasión que lo
sacudía.
—Cuando
viene esa tormenta —prosiguió— todos los remos del barco se rompen, y los
mangos de los remos deshacen el pecho de los remeros. A propósito, ¿usted ya
hizo mi argumento?
—No,
esperaba que me contaras algo más. Dime cómo conoces tan bien los detalles del
barco. Tú no sabes nada de barcos.
—No
me lo explico. Es del todo real para mí hasta que trato de escribirlo. Anoche,
en cama, estuve pensando, después de concluir Treasure Island. Inventé
una porción de cosas para el cuento.
—¿Qué
clase de cosas?
—Sobre
lo que comían los hombres: Higos podridos y habas negras y vino en un odre de
cuero que se pasaban de un banco a otro.
—¿Tan
antiguo era el barco?
—Yo
no sé si era antiguo. A veces me parece tan real como si fuera cierto. ¿Le
aburre que le hable de eso?
—En
lo más mínimo. ¿Se te ocurrió algo más?
—Sí, pero es un disparate. —Charlie se ruborizó algo.
—No
importa; dímelo.
—Bueno,
pensaba en el cuento, y al rato salí de la cama y apunté en un pedazo de papel
las cosas que podían haber grabado en los remos, con el filo de las esposas.
Me pareció que eso le daba más realidad. Es tan real, para mí, usted sabe.
—¿Tienes
el papel?
—Si,
pero a qué mostrarlo. Son unos cuantos garabatos. Con todo, podrían ir en la
primera hoja del libro.
—Ya
me ocuparé de esos detalles. Muéstrame lo que escribían tus hombres.
Sacó
del bolsillo una hoja de carta, con un solo renglón escrito, y yo la guardé.
—¿Qué
se supone que esto significa en inglés?
—Ah,
no sé. Yo pensé que podía significar: “Estoy cansadísimo”. Es absurdo
—repitió— pero esas personas del barco me parecen tan reales como nosotros.
Escriba pronto el cuento, me gustaría verlo publicado.
—Pero
todas las cosas que me has dicho darían un libro muy extenso.
—Hágalo,
entonces. No tiene más que sentarse y escribirlo.
—Dame
tiempo. ¿No tienes más ideas?
—Por
ahora, no. Estoy leyendo todos los libros que compré. Son espléndidos.
Cuando
se fue, miré la hoja de papel con la inscripción. Después pero me pareció
que no hubo transición entre salir de casa y encontrarme discutiendo con un
policía ante una puerta marcada “Entrada Prohibida” en un corredor del
Museo Británico. Lo que yo exigía, con toda la cortesía posible, era “el
hombre de las antigüedades griegas”. El policía todo lo ignoraba, salvo el
reglamento del museo, y fue necesario explorar todos los pabellones y
escritorios del edificio. Un señor de edad interrumpió su almuerzo y puso término
a mi busca tomando la hoja de papel entre el pulgar y el índice y mirándola
con desdén.
—¿Qué
significa esto? Veamos —dijo—, si no me engaño es un texto en griego
sumamente corrompido, redactado por alguien —aquí me clavó los ojos—
extraordinariamente iletrado.
Leyó
con lentitud:
—Pollock,
Erkmann, Tauchnitz, Hennicker, cuatro nombres que me son familiares.
—¿Puede
decirme lo que significa ese texto?
—He
sido... muchas veces... vencido por el cansancio en este menester. Eso es lo que
significa.
Me
devolvió el papel, huí sin una palabra de agradecimiento, de explicación o de
disculpa.
Mi
distracción era perdonable. A mí, entre todos los hombres, me había sido
otorgada la oportunidad de escribir la historia más admirable del mundo, nada
menos que la historia de un galeote griego, contada por ti mismo. No era raro
que los sueños le parecieran reales a Charlie. Las Parcas, tan cuidadosas en
cerrar las puertas de cada vida sucesiva, se habían distraído esta vez, y
Charlie miró, aunque no lo sabía, lo que a nadie le había sido permitido
mirar con plena visión, desde que empezó el tiempo. Ignoraba enteramente el
conocimiento que me había vendido por cinco libras, y perseveraría en esa
ignorancia, porque los empleados de banco no comprenden la metempsicosis, y una
buena educación comercial no incluye el conocimiento del griego. Me suministraría
—aquí bailé, entre los mudos dioses egipcios, y me reí en sus caras
mutiladas— materiales que darían certidumbre a mi cuento: una certidumbre tan
grande que el mundo lo recibiría como una insolente y artificiosa ficción. Y
yo, sólo yo sabría que era absoluta y literalmente cierto. Esa joya estaba en
mi mano para que yo la puliera y cortara. Volví a bailar entre los dioses del
patio egipcio, hasta que un policía me vio y empezó a acercarse.
Sólo
había que alentar la conversación de Charlie, y eso no era difícil, pero había
olvidado los malditos libros de versos. Volvía, inútil como un fonógrafo
retardado, ebrio de Byron, de Shelley o de Keats. Sabiendo lo que el muchacho
había sido en sus vidas anteriores, y desesperadamente
ansioso de no perder una palabra de su charla, no pude ocultarle mi respeto y mi
interés. Los tomó como respeto por el alma actual de Charlie Mears, para quien
la vida era tan nueva como lo fue para Adán, y como interés por sus lecturas,
casi agotó mi paciencia, recitando versos, no suyos, sino ajenos. Llegué a
desear que todos los poetas ingleses desaparecieran de la memoria de los
hombres. Calumnié las glorias más puras de la poesía, porque desviaban a
Charlie de la narración directa y lo estimulaban a la imitación, pero sofrené
mi impaciencia hasta que se agotó el ímpetu inicial de entusiasmo y el
muchacho volvió a los sueños.
—¿Para
qué le voy a contar lo que yo pienso, cuando esos tipos escribieron para los
angeles? —exclamó una tarde— ¿Por qué no escribe algo así?
—Creo
que no te portas muy bien conmigo —dije conteniéndome.
—Ya
le di el argumento —dijo con sequedad, prosiguiendo la lectura de Byron.
—Pero
quiero detalles.
—¿Esas
cosas que inventó sobre ese maldito barco que usted llama una galera? Son facilísimas.
Usted mismo puede inventarlas. Suba un poco la llama, quiero seguir leyendo.
Le
hubiera roto en la cabeza la lámpara del gas. Yo podría inventar si supiera lo
que Charlie ignoraba que sabía. Pero como detrás de mí estaban cerradas las
puertas, tenía que aceptar sus caprichos y mantener despierto su buen humor.
Una distracción momentánea podía estorbar una preciosa revelación. A veces
dejaba los libros —los guardaba en mi casa, porque a su madre le hubiera
escandalizado el gasto de dinero que representaban— y se perdía en sueños
marinos. De nuevo maldije a todos los poetas de Inglaterra. La mente plástica
del empleado de banco estaba recargada, coloreada y deformada por las lecturas,
y el resultado era una red confusa de voces ajenas como el zumbido múltiple de
un teléfono de oficina, en la hora más atareada.
Hablaba
de la galera —de su propia galera, aunque no lo sabía— con imágenes de La
Novia de Abydos. Subrayaba las
aventuras del héroe con citas del Corsario y agregaba desesperadas y
profundas reflexiones morales de Caín y de Manfredo, esperando
que yo las aprovechara. Sólo cuando hablábamos de Longfellow esos remolinos se
enmudecían, y yo sabía que Charlie decía la verdad, tal como la recordaba.
—¿Esto
que te parece? —le dije una tarde en cuanto comprendí el ambiente más
favorable para su memoria y antes que protestara leí casi íntegra la Saga
del Rey Olaf.
Escuchaba
atónito, golpeando con los dedos el respaldo del sofá, hasta que llegué a la
canción de Einar Tamberskelver y a la estrofa:
Einar,
then the arrow taking
From
the loosened string,
Answered:
That was Norway breaking
Neath
thy hand, O King1
Se
estremeció de puro deleite verbal.
—¿Es
un poco mejor que Byron? —aventuré.
—¡Mejor!
Es cierto. ¿Cómo lo sabría
Longfellow?
Repetí
una estrofa anterior:
What
was that? said Olaf, standing
On
the quarter-deck,
Something
heard I like the stranding
Of
a shattered wreck2
—¿Cómo
podía saber cómo los barcos se destrozan, y los remos saltan y hacen z-zzzp
contra la costa? Anoche apenas... Pero siga leyendo, por favor, quiero volver a
oír “The Skerry of Shrieks”
—No,
estoy cansado. Hablemos ¿Qué es lo que pasó anoche?
—Tuve
un sueño terrible sobre esa galera nuestra. Soñé que me ahogaba en una
batalla. Abordamos otro barco en un puerto. El agua estaba muerta, salvo donde
la golpeaban los remos ¿Usted sabe cuál es mi sitio en la galera?
Al
principio hablaba con vacilación, bajo un hermoso temor inglés de que se
rieran de él.
—No,
es una novedad para mí —respondí humildemente y ya me latía el corazón.
—El
cuarto remo a la derecha, a partir de la proa, en la cubierta de arriba. Éramos
cuatro en ese remo, todos encadenados. Me recuerdo mirando el agua y tratando de
sacarme las esposas antes de que empezara la pelea. Luego nos arrimamos al otro
barco, y sus combatientes nos abordaron, y se rompió mi banco, y quedé inmóvil,
con los tres compañeros encima y el remo grande atravesado sobre nuestras
espaldas.
—¿Y?
Los ojos de Charlie estaban encendidos y vivos. Miraba la pared, detrás de mi asiento.
—No
sé cómo peleamos. Los hombres me pisoteaban la espalda y yo estaba quieto.
Luego, nuestros remeros de la izquierda —atados a sus remos, ya sabe—
gritaron y empezaron a remar hacia atrás. Oía el chirrido del agua, giramos
como un escarabajo y comprendí, sin necesidad de ver, que una galera iba a
embestirnos con el espolón, por el lado izquierdo. Apenas pude levantar la
cabeza y ver su velamen sobre la borda. Queríamos recibirla con la proa; pero
era muy tarde. Sólo pudimos girar un poco, porque el barco de la derecha se nos
había enganchado y nos detenía. Entonces, vino el choque. Los remos de la
izquierda se rompieron cuando el otro barco, el que se movía, les metió la
proa. Los remos de la cubierta de abajo reventaron las tablas del piso, con el
cabo para arriba, y uno de ellos vino a caer cerca de mi cabeza.
—¿Cómo
sucedió eso?
—La proa de la galera que se movía los empujaba para adentro y había un estruendo ensordecedor en las cubiertas inferiores. El espolón nos agarró por el medio y nos ladeamos, y los hombres de la otra galera desengancharon los garfios y las amarras, y tiraron cosas en la cubierta de arriba —flechas, alquitrán ardiendo o algo que quemaba—, y nos empinamos, más y más, por el lado izquierdo, y el derecho se sumergió, y di vuelta la cabeza y vi el agua inmóvil cuando sobrepasó la borda, y luego se encurvó y derrumbó sobre nosotros, y recibí el golpe en la espalda, y me desperté.
—Un
momento, Charlie. Cuando el mar sobrepasó la borda, ¿qué parecía?
Tenía
mis razones para preguntarlo. Un conocido mío había naufragado una vez en un
mar en calma y había visto el agua horizontal detenerse un segundo antes de
caer en la cubierta.
—Parecía
una cuerda de violín, tirante, y parecía durar siglos —dijo Charlie.
Precisamente.
El otro había dicho: "Parecía un hilo de plata estirado sobre la borda, y
pensé que nunca iba a romperse". Había pagado con todo, salvo la vida,
esa partícula de conocimiento, y yo había atravesado diez mil leguas para
encontrarlo y para recoger ese dato ajeno. Pero Charlie, con sus veinticinco
chelines semanales, con su vida reglamentada y urbana, lo sabía muy bien. No
era consuelo para mí, que una vez en sus vidas, hubiera tenido que morir para
aprenderlo. Yo también debí morir muchas veces, pero detrás de mí, para que
no empleara mi conocimiento, habían cerrado las puertas.
—¿Y entonces? —dije tratando de alejar el demonio de la envidia.
—Lo
más raro, sin embargo, es que todo ese estruendo no me causaba miedo ni
asombro. Me parecía haber estado en muchas batallas, porque así se lo repetí
a mi compañero. Pero el canalla del capataz no quería desatarnos las cadenas
y darnos una oportunidad de salvación. Siempre decía que nos daría la
libertad después de una batalla. Pero eso nunca sucedía, nunca.
Charlie
movió la cabeza tristemente.
—¡Qué
canalla!
—No
hay duda. Nunca nos daba bastante comida y a veces teníamos tanta sed que bebíamos,
agua salada. Todavía me queda el gusto en la boca.
—Cuéntame
algo del puerto donde ocurrió el combate.
—No
soñé sobre eso. Sin embargo, sé que era un puerto; estábamos amarrados a una
argolla en una pared blanca y la superficie de la piedra, bajo el agua, estaba
recubierta de madera, para que no se astillara nuestro espolón cuando la marea
nos hamacara.
—Eso
es interesante. El héroe mandaba la galera, ¿no es verdad?
—Claro
que sí, estaba en la proa y gritaba como un diablo. Fue el
hombre que mató al capataz.
—¿Pero
ustedes se ahogaron todos juntos, Charlie?
—No
acabo de entenderlo —dijo perplejo—. Sin duda la galera se hundió con todos
los de a bordo pero me parece
que el héroe siguió viviendo. Tal vez se pasó al otro barco. No pude ver eso,
naturalmente; yo estaba muerto.
Tuvo
un ligero escalofrío y repitió que no podía acordarse de nada más.
No
insistí, pero para cerciorarme de que ignoraba el funcionamiento de su alma, le
di la Transmigración de Mortimer Collins y le reseñé el argumento.
—Qué
disparate —dijo con franqueza al cabo de una hora—, no comprendo ese enredo
sobre el Rojo Planeta Marte y el Rey, y todo lo demás. Déme el libro de
Longfellow.
Se
lo entregué y escribí lo que pude recordar de su descripción del combate
naval consultándolo a ratos para que corroborara un detalle o un hecho.
Contestaba sin levantar los ojos del libro seguro como si todo lo que sabía
estuviera impreso en las hojas. Yo le interrogaba en voz baja, para no romper la
corriente y sabía que ignoraba lo que decía, porque sus pensamientos estaban
en el mar, con Longfellow.
—Charlie
—le pregunté—, cuando se amotinaban los remeros de las galeras, ¿cómo
mataban a los capataces?
—Arrancaban
los bancos y se los rompían en la cabeza. Eso ocurrió durante una tormenta. Un
capataz, en la cubierta de abajo se resbaló y cayó entre los remeros.
Suavemente lo estrangularon contra
el borde, con las manos encadenadas; había demasiada oscuridad para que el otro
capataz pudiera ver. Cuando preguntó qué sucedía, lo arrastraron también y
lo estrangularon; y los hombres fueron abriéndose camino hasta arriba, cubierta
por cubierta, con los pedazos de los bancos rotos colgando y golpeando. ¡Cómo
vociferaban!
—¿Y
qué pasó después?
—No
sé. El héroe se fue, con pelo colorado, barba colorada, y todo. Pero antes
capturó nuestra galera, me parece.
El
sonido de mi voz lo irritaba. Hizo un leve ademán con la mano izquierda como si
lo molestara una interrupción.
—No
me habías dicho que tenía el pelo colorado, o que capturó la galera —dije
al cabo de un rato.
Charlie
no alzó los ojos.
—Era
rojo como un oso rojo —dijo distraído—. Venía del norte, así lo dijeron
en la galera cuando pidió remeros, no esclavos: hombres libres. Después, años
y años después, otro barco nos trajo noticias suyas, o él volvió...
Sus
labios se movían en silencio. Repetía, absorto, el poema que tenía ante los
ojos.
—¿Dónde
había ido?
Casi
lo dije en un susurro, para que la frase llegara con suavidad a la sección del
cerebro de Charlie que trabajaba para mí.
—A
las Playas, las Largas y Prodigiosas Playas —respondió al cabo de un
minuto.
—¿A
Furdurstrandi? —pregunté, temblando de pies a cabeza.
—Sí,
a Furdurstrandi —pronunció la palabra de un modo nuevo— Y yo vi, también...
La
voz se apagó.
—¿Sabes
lo que has dicho? —grité con imprudencia.
Levantó
los ojos, despierto.
—No
—dijo secamente—. Déjeme leer en paz. Oiga
esto:
But
Othere, the old sea captain,
He
neither paused nor stirred
Till
the king listened, and then
Once
more took up his pen
And
wrote down every word.
And
to the King of the Saxons
In
witness of the truth,
Raising
his noble head
He
stretched his brown hand and said,
Behold
this walrus tooth1
—¡Qué
hombres habrán sido esos para navegarse los mares sin saber cuando tocarían
tierra?
—Charlie
—rogué—, si te portas bien un minuto o dos, haré que nuestro héroe valga
tanto como Othere.
—Es
de Longfellow el poema. No me interesa escribir. Quiero leer.
Ahora
estaba inservible, maldiciendo mi mala suerte, lo dejé.
Imagínense
ante la puerta de los tesoros del mundo, guardada por un niño —un niño
irresponsable y holgazán, jugando a cara o cruz— de cuyo capricho depende
el don de la llave, y comprenderán mi tormento. Hasta esa tarde Charlie no había
hablado de nada que no correspondiera a las experiencias de un galeote griego.
Pero ahora (o mienten los libros) había recordado alguna desesperada aventura
de los vikingos, del viaje de Thorfin Karlsefne a Vinland, que es América en el
siglo nueve o diez. Había visto la batalla en el puerto, había referido su
propia muerte. Pero esta otra inmersión en el pasado era aun más extraña ¿Habría
omitido una docena de vidas y oscuramente recordaba ahora un episodio de mil años
después? Era un enredo inextricable y Charlie Mears, en su estado normal, era
la última persona del mundo para solucionarlo. Sólo me quedaba vigilar y
esperar pero esa noche me inquietaron las imaginaciones más ambiciosas. Nada
era imposible si no fallaba la detestable memoria de Charlie.
Podía
volver a escribir la Saga de Thorfin Karlsejne, como nunca la habían
escrito, podía referir la historia del primer descubrimiento de América,
siendo yo mismo el descubridor. Pero yo estaba a la merced de Charlie y mientras
él tuviera a su alcance un ejemplar de Clásico para Todos no hablaría.
No me atreví a maldecirlo abiertamente, apenas me atrevía a estimular su
memoria porque se trataba de experiencias de hace mil años narradas por la boca
de un muchacho contemporáneo y a un muchacho lo afectan todos los cambios de la
opinión y aunque quiera decir la verdad tiene que mentir.
Pasé
una semana sin ver a Charlie. Lo encontré en Gracechurch Street con un libro
Mayor encadenado a la cintura. Tenía que atravesar el Puente de Londres y lo
acompañé. Estaba muy orgulloso de ese libro Mayor. Nos detuvimos en la mitad
del puente para mirar un vapor que descargaba grandes
lajas de mármol blanco y amarillo. En una barcaza que pasó junto al
vapor, mugió una vaca solitaria. La cara de Charlie se alteró: ya no era la de
un empleado de banco, sino otra, desconocida y más despierta. Estiró el brazo
sobre el parapeto del puente y, riéndose muy fuerte, dijo:
—Cuando
bramaron nuestros toros, los Skroelings huyeron.
La
barcaza y la vaca habían desaparecido detrás del vapor antes de que yo
encontrara palabras.
—Charlie,
¿qué te imaginas que son Skroelings?
—La
primera vez en la vida que oigo hablar de ellos. Parece el nombre de una nueva
clase de gaviotas. ¡Que preguntas se le ocurren a usted! —contestó—. Tengo
que verme con el cajero de la compañía de ómnibus. Me espera un rato y
almorzamos juntos en algún restaurante. Tengo una idea para un poema.
—No,
gracias. Me voy. ¿Estás seguro que no sabes nada de Skroelings?
—No,
a menos que este inscrito en el Clásico de Liverpool.
Saludó
y desapareció entre la gente.
Está escrito en la Saga de Eric el Rojo o en la de Thorfin Karlsefne que hace novecientos años, cuando las galeras de Karlsefne llegaron a las barracas de Leif, erigidas por éste en la desconocida tierra de Markland, era tal vez Rhode Island, los Skroelings —solo Dios sabe quiénes eran— vinieron a traficar con los vikingos y huyeron porque los aterró el bramido de los toros que Thorfin había traído en las naves. ¿Pero qué podía saber de esa historia un esclavo griego Erré por las calles, tratando de resolver el misterio, y cuanto más lo consideraba, menos lo entendía. Sólo encontré una certidumbre, y esa me dejó atónito. Si el porvenir me deparaba algún conocimiento íntegro, no sería el de una de las vidas del alma en el cuerpo de Charlie Mears sino el de muchas, muchas existencias individuales y distintas, vividas en las aguas azules en la mañana del mundo.
Examiné
después la situación.
Me parecía una amarga injusticia que me fallara la memoria de Charlie cuando más la precisaba. A través de la neblina y del humo alcé la mirada, ¿sabían los señores de la Vida y la Muerte lo que esto significaba para mí? Eterna fama, conquistada y compartida por uno solo. Me contentaría —recordando a Clive, mi propia moderación me asombró— con el mero derecho de escribir un solo cuento, de añadir una pequeña contribución a la literatura frívola de la época. Si a Charlie le permitieran una hora —sesenta pobres minutos— de perfecta memoria de existencias que habían abarcado mil años, yo renunciaría a todo el provecho y la gloria que podría valerme su confesión. No participaría en la agitación que sobrevendría en aquel rincón de la tierra que se llama el mundo. La historia se publicaría anónimamente. Haría creer a otros hombres que ellos la habían escrito. Ellos alquilarían ingleses de cuello duro para que la vociferaran al mundo. Los moralistas fundarían una nueva ética, jurando que habían apartado de los hombres el temor de la muerte. Todos los orientalistas de Europa la apadrinarían verbosamente, con textos en pali y en sánscrito. Atroces mujeres inventarían impuras variantes de los dogmas que profesarían los hombres, para instrucción de sus hermanas. Disputarían las iglesias y las religiones. Al subir a un ómnibus preví las polémicas de media docena de sectas, igualmente fieles a la Doctrina de la verdadera Metempsicosis en sus aplicaciones a la Nueva Era y al “Universo”, y vi también a los decentes diarios ingleses dispersándose, como hacienda espantada, ante la perfecta simplicidad de mi cuento. La imaginación recorrió cien, doscientos, mil años de futuro. Vi con pesar que los hombres mutilarían y pervertirían la historia, que las sectas rivales la deformarían hasta que el mundo occidental, aferrado al temor de la muerte y no a la esperanza de la vida, la descartaría como una superstición interesante y se entregaría a alguna fe ya tan olvidada que pareciera nueva. Entonces modifiqué los términos de mi pacto con los Señores de la Vida y la Muerte. Que me dejaran saber, que me dejaran escribir esa historia, con la conciencia de registrar la verdad, y sacrificaría el manuscrito y lo quemaría. Cinco minutos después de redactada la última línea lo quemaría. Pero que me dejaran escribirlo, con entera confianza.
No
hubo respuesta. Los violentos colores de un aviso del Casino me impresionaron,
¿no convendría poner a Charlie en manos de un hipnotizador? ¿Hablaría de sus
vidas pasadas? Pero Charlie se asustaría de la publicidad o ésta lo haría
intolerable. Mentiría por vanidad o por miedo. Estaría seguro en mis manos.
—Son
cómicos ustedes los ingleses —dijo una voz. Dándome vuelta, me encontré con
un conocido, un joven bengalí que estudiaba derecho, un tal Grish Chunder, cuyo
padre lo había mandado a Inglaterra para educarlo. El viejo era un funcionario
hindú, jubilado, con una renta de cinco libras esterlinas al mes, lograba dar a
su hijo doscientas libras esterlinas al año y plena licencia en una ciudad
donde fingía ser un príncipe y contaba cuentos de los brutales burócratas de
la India, que oprimían a los pobres.
Grish
Chunder era un joven y obeso bengalí, escrupulosamente vestido de levita y
pantalón claro, con sombrero alto y guantes amarillos. Pero yo lo había
conocido en los días en que el brutal gobierno de la India pagaba sus estudios
universitarios y él publicaba artículos sediciosos en el Sachi Durpan
y tenía amores con las esposas de sus condiscípulos de catorce años de edad.
—Eso
es muy cómico —dijo señalando el cartel—. Voy
a Northbrook Club. ¿Quieres
venir conmigo?
Caminamos
juntos un rato.
—No
estás bien —me dijo—. ¿Qué te preocupa? Estás silencioso.
—Grish
Chunder, ¿eres demasiado culto para creer en Dios, no es verdad?
—Aquí
sí. Pero cuando vuelva tendré que propiciar las supersticiones populares y
cumplir ceremonias de purificación, y mis esposas ungirán ídolos.
—Y
adornarán con tulsi y celebrarán el purohit, y te reintegrarán
en la casta y otra vez harán de ti, librepensador avanzado, un buen khuttri.
Y comerás comida desi, y todo te gustará, desde el olor del patio
hasta el aceite de mostaza en tu cuerpo.
—Me
gustará muchísimo —dijo con franqueza Grish Chunder—. Una vez hindú,
siempre hindú. Pero me gusta saber lo que los ingleses piensan que saben.
—Te
contaré una cosa que un inglés sabe. Para ti es una vieja historia.
Empecé
a contar en inglés la historia de Charlie; pero Grish Chunder me hizo una
pregunta en hindustani, y el cuento prosiguió en el idioma que más le convenía.
Al fin y al cabo, nunca hubiera podido contarse en inglés. Grish Chunder me
escuchaba, asintiendo de tiempo en tiempo, y después subió a mi departamento,
donde concluí la historia.
—Beshak
—dijo filosóficamente—. Lekin
darwaza hand hai. (Sin
duda; pero está cerrada la puerta.) He oído, entre mi gente, estos recuerdos
de vidas previas. Es una vieja historia entre nosotros, pero que le suceda a un
inglés —a un Mlechh lleno de carne de vaca—, un descastado... Por
Dios, esto es rarísimo.
—¡Más
descastado serás tú, Grish Chunder! Todos los días comes carne de vaca.
Pensemos bien la cosa. El muchacho recuerda sus encarnaciones.
—¿Lo
sabe? —dijo tranquilamente Grish Chunder, sentado en la mesa, hamacando las
piernas. Ahora hablaba en inglés.
—No
sabe nada. ¿Acaso te contaría si lo supiera? Sigamos.
—No
hay nada que seguir. Si lo cuentas a tus amigos, dirán que estás loco y lo
publicarán en los diarios. Supongamos, ahora, que los acuses por calumnia.
—No
nos metamos en eso, por ahora. ¿Hay una esperanza de hacerlo hablar?
—Hay
una esperanza. Pero si hablara, todo este mundo —¡nstanto— se
derrumbaría en tu cabeza. Tú sabes, esas cosas están prohibidas. La puerta
está cerrada.
—¿No
hay ninguna esperanza?
—¿Cómo
puede haberla ? Eres cristiano y en tus libros está prohibido el fruto del árbol
de la Vida, o nunca morirías. ¿Cómo van a temer la muerte si todos saben lo
que tu amigo no sabe que sabe? Tengo miedo de los azotes, pero no tengo miedo de
morir porque sé lo que sé. Ustedes no temen los azotes, pero temen la muerte.
Si no la temieran, ustedes los ingleses se llevarían el mundo por delante en
una hora, rompiendo los equilibrios de las potencias y haciendo conmociones.
No sería bueno, pero no hay miedo. Se acordará menos y menos y dirá que es un
sueño. Luego se olvidará. Cuando pasé el Bachillerato en Calcuta, eso estaba
en la crestomatía de Wordsworth, Arrastrando nubes de gloria, ¿te
acuerdas?
—Esto
parece una excepción.
—No
hay excepciones a las reglas. Unas parecen menos rígidas que otras, pero son
iguales. Si tu amigo contara tal y tal cosa, indicando que recordaba todas sus
vidas anteriores o una parte de una vida anterior, enseguida lo expulsarían del
banco. Lo echarían, como quien dice, a la calle y lo enviarían a un manicomio.
Eso lo admitirás, mi querido amigo.
—Claro
que sí, pero no estaba pensando en él. Su nombre no tiene por qué aparecer en
la historia.
—Ah,
ya lo veo, esa historia nunca se escribirá. Puedes probar.
—Voy
a probar.
—Por
tu honra y por el dinero que ganarán, por supuesto.
—No,
por el hecho de escribirla. Palabra de honor.
—Aun
así no podrás. No se juega con los dioses. Ahora es un lindo cuento. No lo
toques. Apresúrate, no durará.
—¿Qué
quieres decir?
—Lo
que digo. Hasta ahora no ha pensado en una mujer.
—¿Cómo
crees? —Recordé algunas de las confidencias de Charlie.
—Quiero
decir que ninguna mujer ha pensado en él. Cuando eso llegue: bus —hogya—
se acabó. Lo sé. Hay millones de mujeres aquí. Mucamas, por ejemplo. Te besan
detrás de la puerta.
La
sugestión me incomodó. Sin embargo, nada más verosímil.
Grish
Chunder sonrió.
—Sí
—también muchachas lindas— de su sangre y no de su sangre. Un sólo beso
que devuelva y recuerde, lo sanará de estas locuras, o...
—¿O
qué? Recuerda que no sabe que sabe.
—Lo
recuerdo. O, si nada sucede, se entregará al comercio y a la especulación
financiera, como los demás. Tiene que ser así. No me negarás que tiene que
ser así. Pero la mujer vendrá primero, me parece.
Golpearon
a la puerta, entró Charlie. Le habían dejado la tarde libre en la oficina, su
mirada denunciaba el propósito de una larga conversación y tal vez poemas en
los bolsillos. Los poemas de Charlie eran muy fastidiosos, pero a veces lo hacían
hablar de la galera.
Grish
Chunder lo miró agudamente.
—Disculpe
—dijo Charlie, incómodo— No sabía que estaba con visitas.
—Me
voy —dijo Grish Chunder.
Me
llevó al vestíbulo, al despedirse.
—Este es el hombre —dijo rápidamente—. Te repito que nunca contará lo que esperas. Sería muy apto para ver cosas. Podríamos fingir que era un juego —nunca he visto tan excitado a Grish Chunder — y hacerle mirar el espejo de tinta en la mano. ¿Qué te parece? Te aseguro que puede ver todo lo que el hombre puede ver. Déjame buscar la tinta y el alcanfor. Es un vidente y nos revelará muchas cosas.
—Será
todo lo que tú dices, pero no voy a entregarlo a tus dioses y a tus demonios.
—No
le hará mal, un poco de mareo al despertarse. No será la primera vez que habrás
visto muchachos mirar el espejo de tinta.
—Por
eso mismo no quiero volver a verlo. Más vale que te vayas, Grish Chunder.
Se
fue, repitiendo que yo perdía mi única esperanza de interrogar el porvenir.
Esto
no importó, porque sólo me interesaba el pasado y para ello de nada podían
servir muchachos hipnotizados consultando espejos de tinta.
—Qué
negro desagradable —dijo Charlie cuando volví— Mire, acabo de escribir un
poema, lo escribí en vez de jugar al dominó después de almorzar ¿Se lo leo?
—Lo
leeré yo.
—Pero
usted no le da la entonación adecuada. Además, cuando usted los lee, parece
que las rimas estuvieran mal.
—Léelo
en voz alta, entonces. Eres como todos los otros.
Charlie
me declamó su poema, no era muy inferior al término medio de su obra. Había
leído sus libros con obediencia, pero le desagradó oír que yo prefería a
Longfellow incontaminado de Charlie.
Luego
recorrimos el manuscrito, línea por línea. Charlie esquivaba todas las
objeciones y todas las correcciones, con esta frase:
—Sí,
tal vez quede mejor, pero usted no comprende a dónde voy.
En
eso, Charlie se parecía a muchos poetas.
En
el reverso del papel había unos apuntes a lápiz.
—¿Qué
es eso? —le pregunté.
—No
son versos ni nada. Son unos disparates que escribí anoche, antes de
acostarme. Me daba trabajo buscar rimas y los escribí en verso libre.
Aquí
están los versos libres de Charlie:
We
pulled for you when the wind was against us and the sails were low.
Will
you never let us go?
We
ate bread and onions when you took towns, or ran aboard quickly when you were
beaten back by the foe.
The
captains walked up and down the deck in fair weather singing songs, but we were
below.
We
fainted with our chins on the oars and you did not see that we were idle for we
still swung to and fro.
Will
you never let us go?
The
salt made the oar-handles like shark skin; our knees were cut to the bone with
salt cracks; our hair was stuck to our foreheads; and our lips were cut to our
gums, and you whipped us because we could not row.
Will
you never let us go?
But
in a little time we shall run out of the portholes as the water runs along the
oar blade, and though you tell the others to row after us you will never catch
us till you catch the oar-thresh and tie up the winds in the belly of the
sail. Aho!
Will
you never let us go!1
—Algo
así podrían cantar en la galera, usted sabe. ¿Nunca va a concluir ese cuento
y darme parte de las ganancias?
—Depende
de ti. Si desde el principio me hubieras hablado un poco más del héroe, ya
estaría concluido. Eres tan impreciso.
—Sólo
quiero darle la idea general... el andar de un lado para otro, y las peleas, y
lo demás. ¿Usted no puede suplir lo que falta? Hacer que el héroe salve de
los piratas a una muchacha y se case con ella o algo por el estilo.
—Eres
un colaborador realmente precioso. Supongo que al héroe le ocurrieron algunas
aventuras antes de casarse.
—Bueno,
hágalo un tipo muy hábil, una especie de canalla —que ande haciendo tratados
y rompiéndolos—, un hombre de pelo negro que se oculte detrás del mástil,
en las batallas.
—Los
otros días dijiste que tenía el pelo colorado.
—No
puedo haber dicho eso. Hágalo moreno, por supuesto. Usted no tiene imaginación.
Como
yo había descubierto en ese instante los principios de la memoria imperfecta
que se llama imaginación, casi me reí, pero me contuve, para salvar el cuento.
—Es
verdad; tú sí tienes imaginación. Un tipo de pelo negro en un buque de tres
cubiertas —dije.
—No,
un buque abierto, como un gran bote.
Era
para volverse loco.
—Tu
barco está descrito y construido, con techos y cubiertas; así lo has dicho.
—No,
no ese barco. Ese era abierto, o semiabierto, porque... Claro, tiene razón.
Usted me hace pensar que el héroe es el tipo de pelo colorado. Claro, si es el
de pelo colorado, el barco tiene que ser abierto, con las velas pintadas.
Ahora
se acordará, pensé, que ha trabajado en dos galeras, una griega de tres
cubiertas, bajo el mando del canalla de pelo negro, otra, un dragón abierto
de vikingo, bajo el mando del hombre “rojo, como un oso rojo”, que arribó a
Markland. El diablo me impulso a hablar.
—¿Por
qué “claro”, Charlie?
—No
sé. ¿Usted se está riendo de mí?
La
corriente había sido rota. Tomé una libreta y fingí hacer muchos apuntes.
—Da
gusto trabajar con un muchacho imaginativo, como tú —dije al rato—. Es
realmente admirable como has definido el carácter del héroe.
—¿Le
parece? —contestó ruborizándose—. A veces me digo que valgo más que lo
que mi ma... que lo que la gente piensa.
—Vales
muchísimo.
—Entonces,
¿puedo mandar un artículo sobre Costumbres de los Empleados de Banco, al Tit-Bits,
y ganar una libra esterlina de premio?
—No
era, precisamente, lo que quería decir. Quizá valdría más esperar un poco y
adelantar el cuento de la galera.
—Sí,
pero no llevará mi firma. Tit-Bits publicará mi nombre y mi dirección,
si gano ¿De qué se ríe? Claro que los publicarían.
—Ya
sé ¿Por qué no vas a dar una vuelta? Quiero revisar las notas de nuestro
cuento.
Este
vituperable joven que se había ido, algo ofendido y desalentado, había sido
tal vez remero del Argos, e innegablemente, esclavo o campanero de
Thorfin Karlsefne. Por eso le interesaban profundamente los concursos de Tit-Bits.
Recordando lo que me había dicho Grish Chunder, me reí fuerte. Los Señores
de la Vida y la Muerte nunca permitirían que Charlie Mears hablara plenamente
de sus pasados, y para completar su revelación, yo tendría que recurrir a mis
invenciones precarias, mientras él hacía su artículo sobre empleados de
banco. Reuní mis notas, las leí: el resultado no era satisfactorio. Volví a
releerlas. No había nada que no hubiera podido extraerse de libros ajenos,
salvo quizá la historia de la batalla en el puerto. Las aventuras de un vikingo
habían sido noveladas ya muchas veces, la historia de un galeote griego tampoco
era nueva y, aunque yo escribiera las dos, ¿quién podría confirmar o impugnar
la veracidad de los detalles? Tanto me valdría redactar un cuento del porvenir.
Los Señores de la Vida y la Muerte eran tan astutos como lo había insinuado
Grish Chunder. No dejarían pasar nada que pudiera inquietar o apaciguar el ánimo
de los hombres. Aunque estaba convencido de eso, no podía abandonar el cuento.
El entusiasmo alternaba con la depresión, no una vez, sino muchas en las siguientes
semanas. Mi ánimo variaba con el sol de marzo y con las nubes indecisas. De
noche, o en la belleza de una mañana de primavera, creía poder escribir esa
historia y conmover a los continentes. En los atardeceres lluviosos percibí que
podría escribirse el cuento, pero que no sería otra cosa que una pieza de
museo apócrifa, con falsa pátina y falsa herrumbre. Entonces maldije a Charlie
de muchos modos, aunque la culpa no era suya.
Parecía
muy atareado en certámenes literarios, cada semana lo veía menos a medida que
la primavera inquietaba la tierra. No le interesaban los libros ni el hablar de
ellos y había un nuevo aplomo en su voz. Cuando nos encontramos, yo no proponía
el tema de la galera, era Charlie el que lo iniciaba, siempre pensando en el
dinero que podría producir su escritura.
—Creo
que merezco a lo menos el veinticinco por ciento —dijo con hermosa
franqueza—. He suministrado todas las ideas, ¿no es cierto?
Esa
avidez era nueva en su carácter. Imaginé que la había adquirido en la City,
que había empezado a influir en su acento, desagradablemente.
—Cuando
la historia esté concluida, hablaremos. Por ahora, no consigo adelantar. El héroe
rojo y el héroe moreno son igualmente difíciles.
Estaba
sentado junto a la chimenea, mirando las brasas.
—No
veo cuál es la dificultad. Es clarísimo para mí, —contestó—. Empecemos
por las aventuras del héroe rojo, desde que capturó mi barco en el sur y navegó
a las Playas.
Me
cuidé muy bien de interrumpirlo. No tenía ni lápiz ni papel, y no me atreví
a buscarlos para no cortar la corriente. La voz de Charlie descendió hasta el
susurro y refirió la historia de la navegación de una galera hasta
Furdustrandi, de las puestas del sol en el mar abierto, vistas bajo la curva de
la vela, tarde tras tarde, cuando el espolón se clavaba en el centro del disco
declinante "y navegábamos por ese rumbo, porque no teníamos
otro", dijo Charlie. Habló del desembarco en una isla y de la exploración
de sus bosques, donde los marineros mataron a tres hombres que dormían bajo los
pinos. Sus fantasmas, dijo Charlie, siguieron a nado la galera, hasta que los
hombres de a bordo echaron suertes y arrojaron al agua a uno de los suyos, para
aplacar a los dioses desconocidos que habían ofendido. Cuando escasearon las
provisiones se alimentaron de algas marinas y se les hincharon las piernas, y
el capitán, el hombre de pelo rojo, mató a dos remeros amotinados, y al cabo
de un año entre los bosques levaron anclas rumbo a la patria y un incesante
viento los condujo con tanta fidelidad que todas las noches dormían. Esto, y
mucho más, contó Charlie. A veces era tan baja la voz que las palabras
resultaban imperceptibles. Hablaba de su jefe, el hombre rojo, como un pagano
habla de su dios; porque él fue quien los alentaba y los mataba imparcialmente,
según más le convenía; y él fue quien empuñó el timón durante tres noches
entre hielo flotante, cada témpano abarrotado de extrañas fieras que
"querían navegar con nosotros", dijo Charlie, "y las rechazábamos
con los remos".
Cedió
una brasa y el fuego, con un débil crujido, se desplomó atrás de los
barrotes.
—Caramba
—dijo con un sobresalto—. He mirado el fuego, hasta marearme. ¿Qué iba a
decir?
—Algo
sobre la galera.
—Ahora
recuerdo. Veinticinco por ciento del beneficio, ¿no es verdad?
—Lo
que quieras, cuando el cuento esté listo.
—Quería
estar seguro. Ahora debo irme. Tengo una cita.
Me
dejó.
Menos
iluso, habría comprendido que ese entrecortado murmullo junto al fuego, era el
canto de cisne de Charlie Mears. Lo creí preludio de una revelación total. Al
fin burlaría a los Señores de la Vida y la Muerte.
Cuando
volvió, lo recibí con entusiasmo. Charlie estaba incómodo y nervioso, pero
los ojos le brillaban.
—Hice
un poema —dijo.
Y
luego, rápidamente:
—Es
lo mejor que he escrito. Léalo.
Me
lo dejó y retrocedió hacia la ventana.
Gemí,
interiormente. Sería tarea de una media hora criticar, es decir alabar, el
poema. No sin razón gemí, porque Charlie, abandonando el largo metro
preferido, había ensayado versos más breves, versos con un evidente motivo.
Esto es lo que leí:
The
day is most fair, the cheery wind
Halloos
behind the hill,
Where
he bends the wood as seemeth good,
And
the sapling to his will!
Riot,
o wind; there is that in my blood
That
would not have thee still!
She
gave me herself, O Earth, O Sky;
Grey
sea, she is mine alone!
Let
the sullen boulders hear my cry,
And
rejoice tho'they be but stone!
Mine!
I have won her, O good brown earth,
Make
merry! Tis hard on Spring;
Make
merry; my love is doubly worth
All
worship your fields can bring!
Let
the hind that tills you feel my mirth
At
the early harrowing!1
—El
verso final es irrefutable —dije con miedo en el alma. Charlie sonrió sin
contestar.
Red
cloud of the sunset, tell it abroad;
I
am Victor. Greet me, O Sun,
Dominant
master and absolute lord
Over
the soul of one!2
—¿Y?
—dijo Charlie, mirando sobre mi hombro. Silenciosamente, puso una fotografía
sobre el papel. La fotografía de una muchacha de pelo crespo y boca
entreabierta y estúpida.
—¿No
es... no es maravilloso? —murmuró, ruborizado hasta las orejas—. Yo no
sabía, yo no sabía vino como un rayo.
—Sí,
vino como un rayo. ¿Eres muy feliz, Charlie?
—¡Dios mío... ella... me quiere!
Se
sentó, repitiendo las últimas palabras. Miré la cara lampiña, los estrechos
hombros ya agobiados por el trabajo de escritorio y pensé dónde, cuándo y cómo
había amado en sus vidas anteriores.
Después
la describió, como Adán debió describir ante los animales del Paraíso, la
gloria y la ternura y la belleza de Eva. Supe, de paso, que estaba empleada en
una cigarrería, que le interesaba la moda y que ya le había dicho cuatro o
cinco veces que ningún otro hombre la había besado.
Charlie
hablaba y hablaba; yo, separado de él por millares de años, consideraba los
principios de las cosas. Ahora comprendí por qué los Señores de la Vida y la
Muerte cierran tan cuidadosamente las puertas detrás de nosotros. Es para que
no recordemos nuestros primeros amores. Si no fuera así, el mundo quedaría
despoblado en menos de un siglo.
—Ahora
volvamos a la historia de la galera —le dije aprovechando una pausa.
Charlie
miró, como si lo hubieran golpeado.
—¡La
galera! ¿Qué galera? ¡Santos cielos, no me embrome! Esto es serio. Usted no
sabe hasta qué punto.
Grish
Chunder tenía razón. Charlie había probado el amor, que mata el recuerdo, y
el cuento más hermoso del mundo nunca se escribiría.
Rudyard
Kipling:
Many Inventions (1893).
1
—¿Quieres
—dijo el timonel—/saber el secreto del mar?/Sólo quienes afrontan sus
peligros /comprenden su misterio.
2 Recuerdo los embarcaderos negros, las ensenadas,/la agitación de las mareas,/y los marineros españoles, de labios barbudos, /y la belleza y el misterio de las naves / y la magia del mar.
3 Cuando baja sobre el Atlántico / el titánico / viento huracanado del Equinoccio.
1 Einar sacando la flecha / de la aflojada cuerda, / dijo: Era Noruega la que se quebraba / bajo tu mano, Rey.
2 ¿Qué fue eso?, dijo Olaf, erguido / en el puente de mando, / un ruido como de barco / roto contra la costa.
1 Pero Othere, el viejo capitán, no se detuvo ni se movió / hasta que el rey escuchó, y entonces volvió a tomar la pluma / y transcribió cada palabra / Y al Rey de los Sajones / como prueba de la verdad, / levantando la noble cara, / estiró la curtida mano y dijo, / mire este colmillo de morsa.
1
Hemos
remado con el viento en contra y con las velas bajas.
¿Nunca
nos soltaréis?
Comimos
pan y cebolla cuando os apoderabais de las ciudades; corrimos a bordo cuando
el enemigo os rechazaba.
Los
capitanes cantaban en la cubierta cuando el tiempo era hermoso; nosotros estábamos
abajo.
Nos
desmayábamos con el mentón en los remos; no veíais que estábamos ociosos,
porque nos hamacaba la nave.
¿Nunca
nos soltaréis?
Con
la sal, los cabos de los remos eran ásperos como la piel de los tiburones; el
agua salada nos ajaba las rodillas hasta los huesos; el pelo se nos pegaba en
la frente; nuestros labios deshechos mostraban las encías. Nos azotabais
porque no seguíamos remando.
¿Nunca
nos soltaréis?
Pero
en breve nos iremos por los escobenes como el agua que se va por el remo y
aunque los otros remen detrás, no nos agarrarán hasta que agarren lo que
aventan los remos y hasta que aten los vendavales en el hueco de la vela.
¡Nunca nos soltaréis!
1
El
día es hermoso, el viento jocundo / grita detrás de la colina. / donde
doblega el bosque, a su antojo / y el renuevo a su voluntad. / Amotínate, oh
Viento, que hay algo en mi sangre / que rima con tu frenesí.
Hizo
don de sí misma, oh Tierra, oh Cielo; / ¡mar gris, es toda mía! / ¡que los
hoscos peñascos oigan mi grito / y se alegren aunque sean de piedra!
¡Mía!
La he ganado, ¡oh, buena tierra parda, / regocíjate, la Primavera está próxima!
/ regocíjate, mi amor vale dos veces / el culto que puedan rendirle vuestros
campos / que el labriego que te ara sienta / mi dicha al madrugar para el
trabajo.
2
Roja
nube del ocaso, revélalo: Soy vencedor; / salúdame, oh Sol / amo total y señor
absoluto / sobre el alma de Ella.