Manuel
Peyrou, escritor
argentino, nacido en San Nicolás de los Arroyos (Provincia de Buenos Aires).
Autor de La espada dormida (1944); El estruendo de las rosas (1948);
La noche repetida (1953); Las leyes del juego (1959); El árbol
de Judas (1961); Acto y Ceniza (1963).
Hizo
el nudo de la corbata y, al mismo tiempo que tiraba hacia abajo para ajustado,
apretó con dos dedos el género, de modo que a partir del lazo hiciera un
doblez, un repliegue central, evitando la formación de pequeñas arrugas. Se
puso el saco azul y verificó el efecto general. Estar impecable era para él
una forma de la comodidad. Satisfecho —dignamente satisfecho—, salió y cerró
con cuidado la puerta de calle. No había podido asistir a la iglesia, pero
esperaba llegar antes de las diez a la casa de su hermana. Era el día del casamiento
de su sobrino mayor, quien más que un pariente era su amigo. Pasó frente a
los porteros de las casas vecinas y les deseó con llaneza las buenas noches;
era una elegante silueta, a pesar de sus años: alto, moreno, con el cabello
ligeramente estriado de plata.
Las
vitrinas del salón de los regalos exhibían algunas joyas costosas. Un collar
de piedras combinadas difundía un pequeño arco iris sobre su estuche de
fondo rojo; un anillo con un topacio, un par de aros de brillantes y algunos
otros meteoros artificiales y enanos fulgían bajo la luz de las lámparas.
Verificó si el prendedor elegido por él para su flamante sobrina y los
gemelos de brillantes para el novio habían sido bien colocados. Satisfecho,
avanzó en busca de la nueva pareja.
—¡No
me vas a decir que no es una cosa rara! —dijo de pronto su sobrino, sorprendiéndolo.
Estaba en el mismo salón y no había notado su presencia.
—No
sé a qué te refieres... —repuso, deteniéndose.
—Al
busto... o lo que sea...
Siguió
la mirada del joven y luego se acercó frunciendo las cejas. Su claro instinto
le había enseñado a desdeñar el hábito porteño de reírse de lo que no se
entiende.
—Sí;
es raro... pero no me parece mal. Tiene algo del modo de Blumpel...
El
sobrino no contestó. Se acercó unos pasos, dio una vuelta al pedestal que
sostenía el busto y dijo:
—Me
parece más horrible visto de frente...
—¿De
frente? ¿Cuál es el frente? —Se detuvo y frunció el ceño.— Yo no creo
que tenga frente. En todo caso, no me parece bien que atribuyas al autor una
intención que probablemente ha estado lejos de alimentar.
—No
sé, tío; pero me parece una intrusión, una presencia oscura en un lugar de
cosas claras...
—Fantasías,
hijo, fantasías. Siempre has sido muy imaginativo. Y siempre te olvidas de lo más
importante. Por ejemplo: ¿Quién te lo regaló?
—Aquí
está la tarjeta. Nunca he oído ese nombre.
El
tío tomó la tarjeta y la examinó cuidadosamente; la volvió del revés y
luego miró de nuevo el anverso, con su habitual fruncimiento de cejas, como si
fuera capaz de distinguir a simple vista las impresiones digitales o cualquier
otra clase de indicio.
—¿No
será un compañero de colegio, al que has olvidado? —le preguntó, devolviéndole
el pequeño rectángulo de cartulina.
—No;
me fijé en la lista que hice antes de mandar las invitaciones. No figura.
El
tío se acercó al busto y lo miró a corta distancia.
—¿No
habías visto esta chapita de bronce? —le preguntó—. Quizá no la
advirtieron porque estaba tapada por un poco de tierra. Mira; dice: "El
hombre de este siglo."
—Es
cierto —repuso el joven—; no me había fijado. Pero, ¿a qué siglo se
refiere? Y sea al que fuere, no me gusta. No sé explicártelo, pero no me
gusta. Me gustaría tirarlo.
Eduardo
Adhemar lo miró con aire tranquilo. Sintió crecer su densa, invariable
ternura; siempre le había gustado ser el árbitro de las decisiones de sus
parientes.
—No
creo que debas hacer eso —dijo—. En todo caso —agregó, animándose con
brusca inspiración—, podrías aprovechar la ocasión para hacer algo
original. Y, de paso, aprovechar también el regalo...
Su
animación estimuló al sobrino.
—Sí;
pero no sé cómo... Es una cosa perfectamente inútil...
—Justamente
por eso —repuso Eduardo Adhemar—; porque es inútil sirve para hacer un
regalo.
El
sobrino estaba impresionado por el busto. No creía que regalándolo podía
quedar bien con nadie.
—Es
una forma de provocación —dijo—. Y la gente ya lo ha visto aquí...
Adhemar
era un diletante agradable y culto, disertaba superficialmente sobre cualquier
cosa y se complacía en ello. Miró a su sobrino con un fruncimiento irónico en
los labios.
—¿Por
qué te empeñas en considerar este busto desde un punto de vista estético?
—preguntó—. Te sugiero que lo examines como algo raro, misterioso. —El
sobrino lo miró con un parpadeo—. Por ejemplo: imaginemos un ser que careció
de posibilidad de realización. La Naturaleza —digamos— tenía cinco
proyecto de caballo y eligió el que conocemos. Los otros cuatro han quedado en
el misterio, pero no por eso pierden su interés. Quizá había uno con las
patas larguísimas, que parecían zancos, y otro con el pelo largo, como una
oveja, y otro con cola prensil, muy útil en la selva. Quizá esto sea el hombre
que pudo ser. Te advierto que yo no lo veo así. Me gusta solamente como teoría.
Yo prefiero imaginarlo en una calle oscura, saliendo de una puerta cochera; un
ser informe para, nuestro concepto actual, con dos pares de brazos y la nariz al
costado, que habla con un ladrido y dice: "Perdón, yo soy el
proyecto rechazado de hombre."
—Contestarías:
"En el club veo todas las noches a sus congéneres".
—No
digas tonterías —repuso Adhemar, que era muy juicioso cuando los demás se
ponían imaginativos.
—Prefiero
la idea del regalo —dijo su sobrino—. Pero, ¿a quién? Casi todos mis
amigos están aquí y si aún no lo han observado, dentro de poco lo verán...
Eduardo
Adhemar recordó:
—:¡Ya
sé! ¡Se lo mandas a Olegarito! No está aquí. Ayer se fue a la estancia y se
casa dentro de quince días.
Cuando
Eduardo Adhemar llegó quince días después a la casa de Olegario M. Banfield
se había olvidado ya del asunto. Por eso, quizá —no era probable ningún
otro motivo—, tuvo un sobresalto al encontrarse frente a frente con el busto,
al pasar de un salón a otro, después de haber hecho la agradable comprobación
de que los regalos recibidos por la pareja no eran tan costosos como los
recibidos por sus sobrinos. El busto estaba en una esquina del salón y, sin
embargo, parecía ser el centro de la decoración y de las luces. Adhemar saludó
a dos o tres personas y se retiró.
Un
mes después, ya entrado el verano, asistió a otra recepción; se casaba el
hijo del presidente de la compañía. El ambiente de la Bolsa y de la Banca le
molestaba un poco. Sabía que el presidente —un hombre muy meritorio,
trabajador, pero sin tradición— se vanagloriaba de su amistad, y que la dueña
de casa iba a presentarlo con gran entusiasmo a una serie de burguesas ricas.
Pero la tiranía de las conveniencias comerciales no le permitió pensar en
evasivas. Llegó, pues, con su habitual corrección, que a veces brillaba en un
ligero alarde juvenil —una flor, una corbata novedosa—, y su aire
indudablemente distinguido. Saludó a los dueños de casa y a los novios, y
luego, sin dar tiempo a las presentaciones que ya afluían a la boca de la
esposa del presidente, expresó, con una impaciencia casi infantil, su deseo
de ver los regalos. Por una escalera bordeada de canastas de flores subieron al
primer piso. El busto estaba en medio del amplio salón, bajo las plaquetas
cristalinas de la araña.
En
el curso del verano y luego, en el otoño, Eduardo Adhemar asistió a dos o tres
casamientos más. En todos ellos encontró el busto. Espació después el
cumplimiento de sus compromisos sociales y se limitó a concurrir de tarde, y a
veces de noche al club.
Una
noche desapacible, a principios del invierno, estaba cómodamente instalado
tomando su whisky y leyendo el diario, cuando una conversación a sus espaldas
lo hizo incorporarse a medias y escuchar. Dos socios hablaban animadamente. Por
los escasos términos que logró percibir comprendió que se referían al busto.
"Por suerte tuvieron tiempo de..." La frase quedó inconclusa porque
un mozo pasó haciendo ruido con una bandeja llena de vasos. ¿Qué era lo que
había que hacer a tiempo?, se preguntó Adhemar. Un rasgo de humorismo, una
ocurrencia surgida en un instante de jovialidad, el día del casamiento de su
sobrino, parecía haber tenido consecuencias imprevisibles. Él había puesto en
movimiento algo, un hábito, una moda, una fuerza. No podía saber qué, pero se
propuso averiguarlo. Desgraciadamente, no se hablaba con ninguno de los dos caballeros.
Se habían distanciado el día de la renovación de la comisión directiva.
Decidió estar atento en los días sucesivos por si lograba sorprender nuevas
alusiones al busto. Una tarde llegó al salón en el momento en que terminaba
una charla entre varios amigos. Creyó comprender que alguien había sostenido
la existencia de numerosos bustos. Pero esa opinión fue victoriosamente
rebatida por Pedrito Defferrari Marenco, el joven abogado y político que ya
se perfilaba como uno de los nuevos valores del Partido Tradicional. Era un solo
busto, del que todos se desprendían nerviosamente, apenas recibido. Adhemar,
en una especie de vértigo, guardó silencio.
A
partir de ese momento empezó a sentirse hondamente preocupado. Los motivos de
su inquietud no respondían a un sentimiento egoísta; comprendió —sentado
en su sillón habitual en el club hizo un minucioso análisis de su situación—
que un impulso generoso, aunque todavía oscuro, estaba dominándolo en forma
sorda y creciente. Empezó a pensar constantemente en su sobrino, en su
felicidad, en su profesión, en los aspectos de su vida matrimonial. La pareja
no había regresado aún de un largo viaje por Europa, y Adhemar experimentó
verdadera angustia durante las semanas que faltaban para el arribo. Luego,
cuando por fin este se produjo, debió contener su impaciencia durante unos días.
Una tarde convidó al joven a tomar un whisky en el club. Después de hablar de
algunas minucias relacionadas con el viaje, exploró con cautela los tópicos
que le interesaban. Todo estaba bien; su sobrino y su mujer eran felices, el
dinero abundaba y la profesión de ingeniero era la vocación cumplida del
joven. Adhemar sonrió imperceptiblemente, satisfecho, como un conspirador.
Pero
dos o tres días después notó con alarma que empezaba a interesarse por el
destino de Olegario Banfield, el amigo a quien su sobrino había regalado el
busto. El problema era más difícil, porque su amistad con Banfield era
reducida y no existían muchos pretextos para verlo. Empezó, sin embargo, a
visitar a amigos comunes, con el propósito de obtener detalles; inventó
innumerables subterfugios y excusas para lograr el conocimiento total de la
vida del joven Olegario y de su esposa. Logró sus fines, por supuesto, y
nuevamente quedó satisfecho. Más complicadas resultaron las siguientes
investigaciones, porque a medida que avanzaba iba encontrando personas casi
totalmente desconocidas. Recurrió entonces a una agencia de policía privada.
Al principio, le resultó difícil vencer la suspicacia profesional del
inspector Molina. Este, un hombre avezado, pensó lógicamente en motivos
sentimentales. Es normal que un caballero de gran fortuna tenga una aventura
costosa y que ansíe una fidelidad relativa; también es normal que trate de
obtener la certidumbre de esa fidelidad. Pero cuando las investigaciones
debieron extenderse a diez o quince hogares recientemente constituidos el
inspector terminó por aceptar las razones expuestas por Adhemar. Todo el
trabajo —explicó el caballero— se haría con vistas a la formación de un
archivo; una gran empresa de crédito, cuya denominación convenía mantener en
reserva por el momento, estaba haciendo un gigantesco registro moral y
financiero del país. Adhemar notó en dos o tres ocasiones un dejo de ironía
en el inspector, pero como el hombre cumplía su trabajo a conciencia olvidó
enseguida toda preocupación. Por su parte, el inspector recibía una
considerable mensualidad por sus actividades, de modo que también abandonó las
consideraciones ajenas a su labor rutinaria y colaboró en la forma más eficaz.
Después
de algún tiempo Adhemar advirtió que era imposible tener un cuadro de la vida
de una persona, a partir de la posesión del busto, sin conocer su vida
anterior. Sólo la comparación podía dar la nota exacta. Esto desplegó,
complicó infinitamente las investigaciones. Para cooperar con el inspector el
propio Adhemar se decidió a actuar. Durante días y noches mantuvo entrevistas,
requirió informes, siguió largamente por las calles a personas desconocidas.
Al cabo de unos meses, una noche de niebla en que recorría el barrio de la
Recoleta, tuvo un sobresalto. Una forma ligera, una sombra casi, entrevista al
volver el rostro, le hizo sospechar que él también era seguido. La sangre le
golpeó en las sienes; un sentimiento de horror estuvo a punto de paralizarlo.
Logró después apresurar el paso, dio dos o tres vueltas inesperadas —o que
creyó inesperadas— en otras tantas esquinas y, finalmente, llegó a su casa.
A las pocas horas se había calmado; él se había introducido en la vida de los
demás: ¿tenía derecho a impedir que alguien atisbara en la suya? Pero no pensó
más, porque estaba muy cansado; su estado físico y su ánimo habían decaído
en las últimas semanas.
Durante
un mes prosiguió su trabajo, siempre con la sensación de ser puntualmente
observado, hasta que una molestia estomacal y una ligera puntada en el lado izquierdo
del pecho lo obligaron a visitar al médico. No era nada de cuidado, explicó el
facultativo. Dieta, supresión del alcohol, una serie de inyecciones, y estaría
como nuevo. Regresó a su departamento de la calle Arenales y se metió en
cama. Al día siguiente era su cumpleaños y deseaba estar bien para recibir a
sus amigos. Pero al despertarse comprendió que su reunión había fracasado. Un
fuerte dolor, reumático o lo que fuera, le impedía moverse. Llamó al médico
y éste llegó a mediodía. Efectivamente, sus pequeñas molestias se habían
complicado con un lumbago.
Permaneció
todo el día en cama. El mucamo hizo pasar a dos o tres amigos que fueron a
saludarlo; también llegaron algunos regalos. A las nueve de la noche aquél
se retiró, después de solicitarle permiso para ir al cinematógrafo. Adhemar
le sugirió que dejara la puerta entreabierta, por si aun llegaba algún amigo.
Media hora después sintió unos golpes y un mensajero entró sin esperar
contestación. Estaba curvado por un paquete de gran peso, que dejó en la mesa
del hall. Luego avanzó hasta la cama y le entregó una carta y se retiró.
En la habitación próxima el paquete era una sombra oscura. Doblegado por el
dolor, sin poder incorporarse, Adhemar abrió la carta y sacó una tarjeta.
Nunca había leído este nombre. Sí; lo había leído: ¡la noche del
casamiento de su sobrino, en la tarjeta que acompañaba al busto! Con ansiedad,
estiró el brazo y tomó el teléfono. Acercó el auricular a su
oído; estaba desconectado. Hizo dolorosamente, vanamente, un nuevo
esfuerzo para incorporarse. Una opresión creciente, como una marea, le llenó
el pecho y subió, subió.
Bajo
el arco del hall la oscuridad se extendió como café derramado y avanzó
en la habitación.
Manuel
Peyrou;
La noche repetida (1953).