Don
Juan Manuel, príncipe
español, nacido en Escalona, en 1282; muerto en Peñafiel, en 1548.
Fue sobrino de Alfonso el Sabio. Hombre de cultura latina y de erudición
islámica, es uno de los padres de la prosa española.
En
Santiago había un deán que tenía gran deseo de saber el arte de la
nigromancia. Oyó decir que don Ilián de Toledo la sabía más que ninguno, y
fue a Toledo a buscarlo.
El
día que llegó a Toledo enderezó a la casa de don Illán y lo encontró
leyendo en una cámara muy apartada. Este lo recibió con bondad, le dijo que
postergara el motivo de su visita hasta después de almorzar. Le señaló un
alojamiento muy fresco y le dijo que lo alegraba mucho su venida. Después de
almorzar, el deán le refirió la razón de aquella visita y le rogó que le
enseñara la ciencia mágica. Don lllán le dijo que adivinaba que era deán,
hombre de buena posición y buen porvenir, y que temía ser olvidado luego por
él. El deán le prometió y aseguró que nunca olvidaría aquella merced y que
estaría siempre a sus ordenes. Ya arreglado el asunto, explicó don Illán
que las artes mágicas no podían aprenderse sino en lugar apartado, y tomándolo
por la mano lo llevó a una pieza contigua en cuyo piso había una gran argolla
de hierro. Antes le dijo a una sirvienta que trajese perdices para la cena, pero
que no las pusiera a asar hasta que la mandara. Levantaron la argolla entre los
dos y descendieron por una escalera de piedra bien labrada hasta que al deán le
pareció que habían bajado tanto que el lecho del Tajo estaba sobre ellos. Al
pie de la escalera había una celda y luego una biblioteca. Revisaron los libros
y en eso estaban cuando entraron dos hombres, con una carta para el deán
escrita por el Obispo su tío, en la que le hacía saber que estaba muy enfermo
y que si quería encontrarlo vivo no demorase. Al deán lo contrariaron mucho
estas nuevas, lo uno por la dolencia de su tío, lo otro, por tener que
interrumpir los estudios. Optoó por escribir una disculpa y la mandó al
Obispo. A los tres días llegaron unos hombres de luto con otras cartas para el
deán, en las que se leía que el Obispo había fallecido, que estaban eligiendo
sucesor, y que esperaban por la gracia de Dios que lo elegirían a él. Decían
también que no se molestara en venir, puesto que parecía mucho mejor que lo
eligieran en su ausencia.
A
los diez días vinieron dos escuderos muy bien vestidos, que se arrojaron a
sus pies y besaron sus manos y lo saludaron Obispo. Cuando don Illán vio estas
cosas, se dirigió con mucha alegría al nuevo prelado y le dijo que agradecía
al Señor que tan buenas nuevas llegaran a su casa. Luego le pidió el decanazgo
vacante para uno de sus hijos. El Obispo le hizo saber que había reservado el
decanazgo para su propio hermano pero que había determinado favorecerlo y que
partiesen juntos para Santiago. Fueron para Santiago los tres, donde los
recibieron con honores. A los seis meses el Obispo recibió mandaderos del
Papa, que le ofrecía el Arzobispado de Tolosa, dejando en sus manos el
nombramiento de sucesor. Cuando don Illán supo esto, le recordó la antigua promesa
y le pidió ese título para su hijo. El Arzobispo le hizo saber que había
reservado el obispado para su propio tío, hermano de su padre, pero que había
determinado favorecerlo y que partiesen juntos para Tolosa. Don Illán tuvo
que asentir.
Fueron
para Tolosa los tres, donde los recibieron con honores y misas. A los dos años
el Arzobispo recibió mandaderos del Papa, que le ofrecía el capelo de
Cardenal, dejando en sus manos el nombramiento de sucesor. Cuando don Illán
supo esto le recordó la antigua promesa y le pidió ese título para su
hijo. El Cardenal le hizo saber que había reservado el Arzobispado para su
propio tío, hermano de su madre, pero que había determinado favorecerlo y que
partiesen juntos para Roma. Don Illán tuvo que asentir. Fueron para Roma los
tres, donde los recibieron con honores y misas y procesiones. A los cuatro años
murió el Papa y el Cardenal fue elegido para el Papado por todos los demás.
Cuando don Illán supo esto, besó los pies de Su Santidad, le recordó la
antigua promesa y le pidió el Cardenalato para su hijo. El Papa lo amenazó con
la cárcel, diciéndole que bien sabía él que no era más que un brujo y que
en Toledo había sido profesor de artes mágicas. El miserable don Illán dijo
que iba a volver a España y le pidió algo para comer durante el camino. El
Papa no accedió. Entonces don Illán dijo con una voz sin temblor:
—Pues
tendré que comerme las perdices que para esta noche encargué. —La sirvienta
se presentó y don Illán le dijo que las asara. A estas palabras, el Papa volvió
a hallarse en la celda subterránea, solamente deán de Santiago, y tan
avergonzado de su ingratitud que no atinaba a disculparse. Don Illán dijo que
bastaba con esa prueba, le negó su parte de las perdices y lo acompañó hasta
la calle, donde le deseó feliz viaje y lo despidió con gran cortesía.
Don
Juan Manuel. Libro
de los Enxiemplos
(1575),
versión de Jorge Luis Borges,
en
La Historia Universal de la Infamia.