NOVIEMBRE DE 2005

Fuera de temporada

Sam Parkhill, armado de una escoba, barría hacia fuera la arena azul de Marte.

-Y bien -dijo-. Mira eso. -Y señaló con la mano-. Mira ese letrero: Salchichas calientes de Sam. Es hermoso, ¿no es cierto, Elma?

-Sí, Sam -dijo Elma.

-Dios, ¡qué cambio! ¡Si los muchachos de la cuarta expedición me vieran ahora! Es bueno tener un negocio mientras todos los demás andan todavía armas al hombro. Ganaremos millones, Elma, ¡millones!

Elma lo miró largamente, en silencio.

-¿Qué fue del capitán Wilder? -preguntó al fin-. El que mató a aquel hombre que quería acabar con todos los terrestres, ¿cómo se llamaba?

-Spender. Un chiflado, un extravagante... ¿El capitán Wilder? Me dijeron que partió para Júpiter. Sí, se lo quitaron de encima con un ascenso. Me parece que Marte lo dejó un poco trastornado también. Quisquilloso, ¿comprendes? Volverá de Júpiter y Plutón dentro de unos veinte años... Si tiene suerte. Eso es lo que ha conseguido abriendo la boca. Y mientras él se muere de frío, ¡mírame, mira este sitio!

Dos carreteras muertas desembocaban en aquella encrucijada, perdiéndose luego en la oscuridad de la noche. Allí había construido Sam Parkhill. una casa de chapas de aluminio de brillo enceguecedor, sacudidas ahora por la música del fonógrafo automático.

Sam Parkhill se inclinó y enderezó los vidrios rotos que bordeaban el sendero. Había sacado los vidrios de unos viejos edificios marcianos de las colinas.

-¡Las mejores salchichas de dos mundos! ¡El primer hombre en Marte con un quiosco de salchichas calientes! ¡Las mejores salchichas, los mejores pimientos y la mejor mostaza! No dirás que no soy un hombre emprendedor. Aquí las carreteras, allá la ciudad muerta y las minas. Los camiones de la colonia terrestre Ciento Uno pasarán por aquí las veinticuatro horas del día. ¿No he elegido bien el sitio?

Elma se miraba las uñas.

--Tú crees que esos diez mil nuevos cohetes llegarán a Marte? -dijo al fin.

-Dentro de un mes -afirmó Parkhill-. ¿Por qué pones esa cara?

-No confío en los terrestres. Creeré cuando vea llegar esos diez mil cohetes, con esos cien mil mexicanos y chinos a bordo.

-Clientes -dijo Parkhill con aire soñador---. Cien mil individuos hambrientos.

-Si antes no estalla una guerra atómica -dijo Elma lentamente, alzando los ojos al cielo-. Desconfío de las bombas atómicas. Hay tantas en la Tierra que no se sabe qué puede pasar.

-Ah -dijo Sam, y siguió barriendo.

Alcanzó a ver de reojo un resplandor azul. Algo flotaba gentilmente detrás de Sam.

-Sam -dijo la voz de Elma-, un amigo tuyo viene a verte.

Sam se volvió rápidamente y vio la máscara que parecía flotar en el viento.

-¡Otra vez aquí! -Sam blandió la escoba como un arma.

La máscara asintió. Era de cristal tallado, de color celeste, y se alzaba sobre un cuello delgado y unas ropas ondulantes y sueltas de fina seda amarilla. Dos manos de plata trenzada surgieron de las ropas. De la boca de la máscara salió una música suave, y las sedas, la máscara y las manos subieron y bajaron.

-Señor Parkhill, he venido a conversar otra vez con usted -dijo la voz detrás de la máscara.

-¡Ya le dije que no quiero verlo por aquí! -gritó Sam-. Váyase, o le contagiaré la Enfermedad.

-Ya tuve la Enfermedad -dijo la voz-. Fui uno de los pocos sobrevivientes. Estuve enfermo mucho tiempo.

-Váyase, escóndase en las colinas. Allá está su casa, allá ha vivido siempre. ¿Por qué viene a molestarme? Y así, de pronto. Dos veces en un día.

-No tenemos malas intenciones.

-Yo sí -dijo Sam, enojado-. No me gustan los desconocidos. No me gustan los marcianos. Nunca vi ninguno hasta hoy. Y no es natural. Se esconden durante años y de pronto se meten conmigo. Déjenme en paz.

-Es algo importante -dijo la máscara azul.

-Si se trata del terreno, es mío. He construido este quiosco con mis propias manos.

-En cierto sentido se trata del terreno.

-Mire -dijo Sam-. Soy de Nueva York. Una ciudad de diez millones de hombres. Ustedes, los marcíanos, son sólo un par de docenas. No tienen ciudades, andan vagando por las colinas, no tienen jefes, ni leyes, y ahora me vienen a hablar del terreno. Pues bien, los viejos deben dar paso a los jóvenes. Es la ley del más fuerte. Desde esta mañana, desde que usted se fue, llevo un arma conmigo, y cargada.

-Nosotros los marcianos somos telepáticos -dijo la fría máscara azul---. Estamos en contacto con un pueblo terrestre del otro lado del mar muerto. ¿Ha oído usted la radio?

-Se me ha estropeado el aparato.

-Entonces no sabe. Hay grandes noticias. De la Tierra...

Una mano de plata se movió ligeramente, y en ella apareció un tubo de bronce.

-Permítame que le enseñe esto.

-Un arma -gritó Sam Parkhill.

En un instante se llevó la mano a la cadera, sacó el arma, e hizo fuego contra la neblina, la ropa de seda y la máscara azul.

La máscara flotó todavía un momento. Luego, como la tienda de un circo pequeño que ha aflojado las estacas y se va doblando en pliegues sucesivos, las sedas susurraron, la máscara descendió, y las manos de plata tintinearon en el sendero de piedra. La máscara descansó sobre un pequeño montón de ropa y de huesos blancos y silenciosos.

Sam jadeaba.

Elma se inclinó sobre el marciano.

-Esto no es un arma -dijo agachándose y levantando el tubo de bronce~. El marciano te iba a mostrar un mensaje. Está todo escrito con letras serpentinas, todas azules. Yo no lo entiendo. ¿Y tú?

-No, esa escritura marciana con figuras nunca fue nada. Tíralo -replicó Sam mirando alrededor---. Es posible que haya otros. Hay que ocultar el cadáver. Trae una pala.

-¿Qué vas a hacer?

-Enterrarlo, por supuesto.

-No debías haberlo matado.

-Fue un error. ¡Pronto!

Elma le alcanzó la pala en silencio.

A las ocho, Sam, con rostro preocupado, barría otra vez el frente del quiosco. Elma estaba de pie en el umbral iluminado cruzada de brazos.

-Lamento lo que pasó -dijo Sam. Miró a Elma y en seguida volvió los ojos-. Fue sólo la fatalidad, ¿no es cierto?

-Sí -dijo ella.

_Me trastornó verle sacar el arma.

-¿Qué arma?

-Bueno, ¡yo creía que era un arma! Lo siento. Lo siento. ¿Cuántas veces tengo que decirlo?

Elma se llevó un dedo a los labios.

-Calla...

-No me importa -bufó Sam---. Me apoya la compañía Colonias Terrestres, Sociedad Anónima. Los marcianos no se atreverán a...

-Mira -dijo Elma.

Sam miró el fondo del mar muerto. La escoba se le cayó de las manos. La recogió, temblando, abrió la boca y un hilo de saliva le flotó en el aire.

-¡Elma, Elma, Elma! -dijo.

-Allá vienen -dijo Elma.

Sobre el fondo antiguo del mar, doce embarcaciones marcianas de velas azules flotaban como fantasmas azules, como columnas de humo azul.

-¡Barcos de arena! Pero ya no hay más, Elma, ya no hay más barcos de arena.

-Ésos parecen barcos de arena -dijo Elma.

-Las autoridades los confiscaron. Los desarmaron y los subastaron. En todo este maldito territorio no hay más que un barco de arena, el mío, y sólo yo sé manejarlo.

-No sólo tú -dijo Elma señalando el fondo del mar.

~Vamos, ¡salgamos de aquí!

-¿Por qué? -preguntó Elma lentamente, fascinada por las naves marcianas.

-¡Me van a matar! ¡Vamos al camión, rápido!

Elma no se movió.

Sam tuvo que arrastrarla al otro lado del quiosco, donde estaban las dos máquinas: el camión que había usado regularmente hasta hacía un mes y el viejo barco marciano para andar por la arena, que había comprado sonriendo en una subasta y que en las últimas tres semanas había utilizado para transportar mercancías sobre el vítreo fondo del mar. Miró el camión y recordó. El motor estaba en el suelo y desde hacía dos días intentaba repararlo.

~Me parece que ese camión no está en condiciones -dijo Elma.

-El barco de arena. ¡Sube!

-¿Y dejaré que me lleves en un barco de arena? Oh, no.

-Sube. Sé manejarlo.

Sam la empujó dentro del barco, saltó detrás de ella, y empuñando la caña del timón, soltó la vela azul al viento del anochecer.

Las estrellas brillaban, y los azules barcos marcianos se deslizaban por las arenas susurrantes. El barco de Sam no se movía. Recordó el ancla de arena y la arrancó de un tirón.

-¡Allá vamos!

El viento empujó la nave sobre el antiguo fondo del mar, sobre cristales enterrados hacía mucho tiempo, y las columnas, los muelles desiertos de mármol y bronce, las ciudades muertas ajedrezadas y blancas, y las laderas purpúreas desfilaron y se alejaron. Las siluetas de los barcos marcianos se empequeñecieron, y luego empezaron a seguir a Sam.

-¡Muy pronto sabrán de mil -gritó Sam-. Informaré a la Compañía Cohete. Me protegerán. No, no me dormiré, te lo aseguro.

-Si hubiesen querido -dijo Elma con cansancio- habrían podido detenerte. No se han molestado, nada más.

Sam se echó a reír.

-No digas tonterías. ¿Por qué iban a dejarme escapar? No, no fueron bastante rápidos, eso es todo.

-¿No? -dijo Elma señalando detrás de ellos con un movimiento de cabeza.

Sam no se volvió. Sintió que soplaba un viento frío. Temió darse cuenta. Sintió que en el banco detrás de él había algo, algo tan leve como el aliento de un hombre en una mañana fría, algo tan azul como un humo de leña en el crepúsculo, algo que parecía un antiguo encaje blanco, una nevada, la helada escarcha del invierno en los juncos quebradizos.

Una delgada lámina de cristal se rompió de pronto. Una risa. Después, silencio. Sam se volvió.

La figura estaba sentada, inmóvil, en el banco del timón. Era una joven de muñecas transparentes como cristales de hielo, y de ojos claros como las lunas, grandes, tranquilos y blancos. El viento sopló y el cuerpo de ella tembló como una imagen en el agua, y las sedas se extendieron alrededor como jirones de lluvia azul.

-Vuelva -dijo la joven.

-No. -Sam se estremeció, con el leve y delicado estremecimiento de una avispa suspendida en el aire, asustada, indecisa entre el miedo y el odio-. ¡Salga del barco!

-Este barco no es suyo -dijo la visión-. Es tan viejo como el mundo. Navegaba en los mares de arena hace diez mil años, cuando desaparecieron las aguas y los muelles quedaron desiertos; y vino usted y lo robó. Vuelva al cruce de la carretera, queremos hablar con usted. Ha ocurrido algo.

-¡Fuera del barco! -dijo Sam sacando el arma de la funda con un crujido de cuero. Sam apuntó con cuidado-. Salte antes de que cuente tres o...

-¡No dispare! -gritó la muchacha-. No le haré daño. Ni tampoco los otros. Venimos en paz.

-Uno -dijo Sam.

-¡Sam! -dijo Elma.

-Escúcheme -dijo la muchacha.

-Dos -dijo Sam firmemente, con el dedo en el gatillo.

-¡Sam! -gritó Elma.

-Tres -dijo Sam.

-Nosotros sólo... -dijo la muchacha.

Sam hizo fuego.

A la luz del sol se funde la nieve, los cristales se evaporan transformándose en nubes, en nada. A la luz del fuego los vapores danzan y se desvanecen. En el cráter del volcán, las cosas frágiles estallan y se volatilizan. La joven marciana, ante el disparo, ante el calor, ante el impacto, se dobló como una bufanda de seda y se fundió como una figurita de cristal. Lo que quedó de ella -hielo, nieve, humo- se lo llevó el viento. El banco del timón estaba vacío.

Sam guardó el arma, sin mirar a su mujer.

Susurrante, la nave continuó el viaje sobre las arenas del color de las lunas.

-Sam -dijo Elma al cabo de un rato-, para el barco.

-Oh, no, no -respondió Sam muy pálido-. No me dejarás ahora, después de tanto tiempo.

Elma miró la mano que empuñaba el arma.

-Creo que serías capaz. Sí, creo que serías capaz.

Sam, empuñando el timón, sacudió la cabeza.

-Es una locura, Elma. Dentro de un minuto estaremos en la ciudad, ¡y a salvo!

-Sí -dijo Elma tendiéndose en el fondo del barco.

-Elma, óyeme.

-Nada tengo que oír.

-¡Elma!

Pasaban ante una blanca ciudad ajedrezada, y Sam, despechado, furioso, disparó seis veces contra las torres de cristal. La ciudad se deshizo en una lluvia de antiguos cristales y astillas de cuarzo, y cayó disolviéndose en escamas de jabón. Desapareció. Sam, riéndose, hizo fuego una vez más, y una última torre, una última figura de ajedrez, se incendió, ardió, y en cenizas azules subió a las estrellas.

-¡Les enseñaré! ¡Les enseñaré a todos!

-Sigue, Sam, sigue enseñándonos -dijo Elma tendida en la sombra.

-¡Ahí viene otra ciudad! -Sam volvió a cargar el arma-. Verás cómo la arreglo.

Los fantasmales barcos azules se alzaron detrás de ellos, acercándose. Aunque al principio Sam no los vio, oía un silbido continuo, un viento que chillaba como una hoja de acero en la arena. Era el ruido de las proas afiladas de los barcos de desplegados gallardetes rojos y azules. Se abrían camino en el fondo del mar. Y en los barcos de color azul claro había unas imágenes de color azul oscuro: hombres enmascarados, hombres con rostros de plata, hombres con ojos como estrellas azules, hombres con orejas talladas en oro, hombres con mejillas de estaño y labios adornados de rubíes, hombres de brazos cruzados, hombres que seguían a Sam, marcianos.

Uno, dos, tres, contó Sam. Los barcos marcianos se acercaban.

-Elma, Elma, no puedo con todos.

Elma no respondió ni se movió.

Sam disparó su arma ocho veces. Uno de los barcos se deshizo. La vela, el casco de esmeralda, la quilla de bronce, la caña del timón, blanca como la luna, y los hombres enmascarados y azules se hundieron en la arena con una llama anaranjada y humeante.

Pero otros barcos se acercaron.

-Son demasiados, Elma -gritó Sam-. Me van a matar..

Echó el ancla. Era inútil seguir. La vela aleteó, cayó y se plegó sobre sí misma, con un suspiro. El barco se detuvo. El viento se detuvo. El viaje se detuvo. Marte no se movió mientras las majestuosas naves marcianas giraban titubeando alrededor de Sam.

-Terrestre -llamó una voz desde un asiento alto, en alguna parte.

Una máscara plateada se animó. Unos labios de rubíes centellearon.

-¡No he hecho nada!

Sam observó las caras de alrededor. Un centenar de caras. No quedaban muchos marcianos en Marte, cien, ciento cincuenta, y casi todos estaban ahora allí, en el fondo seco del mar, en sus barcos resucitados, no muy lejos de sus ajedrezadas ciudades muertas. Una de ellas acababa de caer en pedazos, como una copa de cristal derribada por una piedra. Las máscaras plateadas destellaban.

-Fue todo un error -alegó Sam irguiéndose en el barco. Elma yacía encogida como una muerta en el fondo de la cala-. Vine a Marte como un honrado y emprendedor hombre de negocios. Con los materiales de un viejo cohete, hice en el cruce de las carreteras... ya conocen el sitio, el quiosco más hermoso que hayan visto jamás. Admitirán ustedes que es una construcción excelente. -Sam se rió y miró alrededor-. Y entonces llegó aquel marciano. Ya sé que era amigo de ustedes. Su muerte fue un accidente, puedo asegurarlo. Yo sólo quería tener un quiosco de salchichas. El único en todo el planeta. El primero y el más importante. ¿Entienden? Yo iba a servir allí las mejores salchichas calientes, con pimientos, cebollas y naranjada.

Las inmóviles máscaras de plata ardían a la luz de las lunas. Unos ojos amarillos brillaban sobre Sam. Sam sintió que el estómago se le encogía, se le retorcía, se le endurecía como una piedra. Dejó caer el arma en la arena.

-Me entrego.

-Recoja el arma, terrestre -dijeron los marcianos a coro.

~¿Qué?

Una mano enjoyada se movió en la proa de un brazo azul.

-El arma. Recójala. Guárdela.

Sam, asombrado, la recogió.

-Ahora -dijo la voz- haga girar el barco y regrese al quiosco.

-¿Ahora?

-Ahora -repitió la voz-. No le haremos daño. Usted huyó antes de que pudiéramos explicárselo. Venga.

Los grandes barcos giraron como vilanos de luna. Las velas aletearon en el viento con un ruido de aplausos leves, y las máscaras se movieron y brillaron, encendiendo las sombras.

-¡Elma! -Sam avanzó, tambaleándose por el barco-. Levántate -tartamudeó-. Regresamos, Elma. No me van a hacer daño, no me van a matar. Levántate, querida, levántate.

-¿Qué? ¿Qué pasa?

El viento arrastraba otra vez la nave. Elma parpadeó y lentamente, como en un sueño, se incorporó y se dejó caer en un banco, como un saco de piedras.

La arena se deslió bajo la quilla de bronce. Media hora después los barcos se detenían en la encrucijada, y todos bajaron a la orilla.

El jefe de los marcianos miró a Sam y a Elma con una máscara de bronce pulido y ojos que eran sólo agujeros de un insondable y oscuro azul, y del agujero de la boca le salieron unas palabras que flotaron en el viento.

-Prepare el quiosco -dijo la voz. Una mano enguantada en diamantes se agitó en el aire-. Prepare la comida, prepare los vinos raros, porque esta noche es la gran noche.

-¿Quieren decir -le preguntó Sam- que puedo quedarme?

-Sí.

-¿No me odian, entonces?

La máscara era rígida, y tallada y fría y ciega.

-Prepare esa casa de comidas -dijo la voz-. Y tome esto.

-¿Qué es?

Sam contempló parpadeando el rollo de papel de plata que le ofrecía el marciano, y donde bailaban unos jeroglíficos con figuras de serpiente.

-El acta de concesión del territorio entre las montañas de plata y las colinas azules, entre el mar muerto y los valles lejanos de ópalo y de esmeralda -dijo el jefe.

-¿Es mío? -preguntó Sam, incrédulo.

-Suyo.

-¿Cien mil kilómetros cuadrados de territorio?

-Suyo.

-¿Has oído, Elma?

Elma, sentada en el suelo, con los ojos cerrados, apoyaba la cabeza en el quiosco de aluminio.

-Pero ¿por qué?.... ¿por qué me dan todo esto? -preguntó Sam tratando de ver en las hendiduras metálicas de los ojos.

-Eso no es todo. Tome.

Aparecieron otros seis rollos de papel. Se leyeron los nombres; se designaron los territorios.

-Pero ¡es la mitad de Marte! ¡Soy dueño de la mitad de Marte! -Sam apretaba los rollos en sus puños. Riendo como un loco agitó los papeles delante de Elma-. Elma, ¿has oído?

-He oído -dijo Elma observando el cielo.

-Gracias, oh, gracias -le dijo Sam. a la máscara de bronce.

-Esta noche es la noche -dijo la máscara-. Tiene que estar preparado.

-Me prepararé. ¿Qué es ... ? ¿Una sorpresa? ¿Vienen los cohetes de la Tierra antes de lo que pensábamos? ¿Un mes antes? ¿Los diez mil cohetes con los colonos, los mineros, los obreros y sus mujeres? ¿Los cien mil hombres? ¿No te parece magnífico, Elma? ¿Ves?, ya te lo había dicho, ya te lo había dicho. Ese pueblo no va a tener siempre mil habitantes. Vendrán cincuenta mil, y al mes siguiente cien mil, y a fin de año cinco millones. ¡Y yo dueño del único quiosco de salchichas calientes en una concurrida carretera que lleva a las minas!

La máscara flotó en el viento.

~Nos vamos. Prepárese. El territorio es suyo.

A la luz de las lunas, en el viento, como pétalos metálicos de alguna flor antigua, como plumas azules, como inmensas y silenciosas mariposas de cobalto, las viejas naves giraron y se deslizaron sobre las arenas, y las máscaras brillaron y resplandecieron hasta que el último reflejo, el último color azul, se perdió entre las colinas.

-Elma, ¿por qué lo habrán hecho? ¿Por qué no me mataron? ¿No saben nada? ¿Qué les pasa? ¿Tú lo entiendes, Elma? -le preguntaba Sam sacudiéndole un hombro-. ¡Soy dueño de medio Marte!

-Elma miraba el cielo nocturno, esperando.

-Ven -le dijo Sam---. Hay que arreglar la casa, cocinar todas las salchichas, calentar el pan, freír los pimientos, pelar y cortar las cebollas, preparar las salsas, poner las servilletas, barrer y limpiar. ¡Ja! -Dio unos pasos de baile, entrechocando los talones-. Oh, muchacho, qué feliz me siento, sí, señor, qué feliz me siento -cantó con voz desafinada-. ¡Es mi día de suerte!

Corriendo de un lado a otro, coció las salchichas, cortó el pan, peló las cebollas.

-Piénsalo, el marciano habló de una sorpresa. Eso sólo puede significar una cosa, Elma: cien mil personas llegan antes de lo esperado, esta misma noche, ¡entre todas las noches! ¡Nos van a inundar! Trabajaremos horas y horas durante días y días. Y todos esos turistas alrededor, mirando cosas. ¡Elma! ¡Piensa en el dinero!

Salió de la casa y examinó el cielo. No vio nada.

-Dentro de un minuto quizá -dijo aspirando con satisfacción el aire frío, levantando los brazos, golpeándose el pecho-. ¡Ah!

Elma no hablaba. Pelaba tranquilamente unas patatas, con los ojos fijos en el cielo nocturno.

-Sam -dijo media hora después-. Allá está, mira.

Sam miró y vio.

La Tierra.

Se elevaba sobre las colinas, llena y verde, como una piedra finamente tallada.

-La buena y vieja Tierra -suspiró Parkhill cariñosamente-. La vieja y maravillosa Tierra. Mándame tus hambrientos desfallecidos. Algo.... algo, ¿cómo dice el poema? Mándame tus hambrientos, vieja Tierra. Aquí está San Parkhill con las salchichas preparadas, los pimientos en la sartén y todo limpio como un espejo. Vamos, Tierra, ¡mándame tus cohetes!

Salió y contempló su quiosco. Allí estaba, perfecto como un huevo recién puesto en el antiguo fondo del mar, el único núcleo de luz y calor en cien kilómetros cuadrados de tierra desolada, como un corazón solitario en un enorme cuerpo sombrío. Sam se sintió triste de orgullo, mirando el quiosco con ojos húmedos.

-Uno se siente humilde -dijo entre el olor de las salchichas, los panes calientes y la mantequilla-. ¡Vengan! -dijo, invitando a las estrellas del cielo-. ¿Quién será el primer cliente?

-Sam -dijo Elma.

La Tierra cambió en el cielo negro.

Una parte pareció volar en innumerables pedazos, como un gigantesco rompecabezas. Luego ardió durante un minuto con un resplandor siniestro, tres veces mayor que el normal, y se fue apagando.

-¿Qué ha sido eso? -preguntó Sam mirando el fuego verde en el cielo.

-La Tierra ~dijo Elma juntando las manos.

-No puede ser la Tierra. No es la Tierra. No, no es la Tierra. No puede ser.

-¿Quieres decir que no podía ser la Tierra? -dijo Elma mirándolo-. No, ya no es la Tierra. ¿Es eso lo que quieres decir?

-No es la Tierra, no; no podía ser -gimió Sam.

Y se quedó allí inmóvil, con los brazos colgantes, la boca abierta, la mirada apagada.

-Sam -llamó Elma. Por primera vez, después de muchos días, le brillaban los ojos-. ¿Sam?

Sam contemplaba el cielo.

-Bueno -dijo Elma. Miró alrededor unos instantes, en silencio, y luego, de pronto, se echó una servilleta al brazo-. Enciende las luces, ¡que suene la música, que se abran las puertas! Dentro de un millón de años vendrá otra hornada de clientes. Hay que estar preparado, sí, señor.

Sam no se movió.

-Qué lugar magnífico para un quiosco de salchichas -dijo Elma mientras sacaba un mondadientes y se lo ponía en la boca-. Te voy a contar un secreto, Sam -murmuró inclinándose hacia él-. Me parece que estamos fuera de temporada.

Hosted by www.Geocities.ws
GridHoster Web Hosting
1