Tomado de: www.rodelu.net
http://w1.876.telia.com/~u87622175/rodelu/lahoja86_4.htm
Valores
de una nueva civilización
Michael Löwy y
Frei Betto
Proponemos en estas
páginas algunos temas posibles para el debate en torno de la cuestión:
"Principios y valores de la nueva sociedad". No se trata de axiomas,
sino de hipótesis de trabajo y sugestiones para la reflexión. Nosotros, los del
Foro Social Mundial, creemos en ciertos valores que iluminan nuestro proyecto
de transformación social e inspiran nuestra imagen de un nuevo mundo posible.
Aquellos que se reúnen en Davos -banqueros,
ejecutivos y jefes de Estado, que dirigen la globalización neoliberal (o globocolonización)- también defienden valores. No debemos
subestimarlos, pues ellos creen en tres grandes valores y están dispuestos a
luchar por todos los medios para salvaguardarlos -hasta la guerra, si fuera
preciso. Tres importantes valores, contenidos en el corazón de la civilización
capitalista occidental, en su forma actual. Los tres grandes valores del credo
de Davos son: el dólar, el euro y el yen. Estos tres
no dejan de tener sus contradicciones, pero juntos constituyen la escala de
valores neoliberal globalizada.
La característica principal común de estos tres valores es su naturaleza
estrictamente cuantitativa: no conocen el bien y el mal, lo justo y lo injusto.
Conocen apenas cantidades, números, cifras: uno, cien, mil, un millón, un
billón. Quien tiene un billón -de dólares, euros o yens-
vale más que quien tiene sólo un millón, y mucho más que aquél que sólo tiene
mil. Y obviamente, aquel que no tiene nada, o casi nada, nada vale en la escala
de valores de Davos. Es como si no existiese. Está
fuera del mercado y, por lo tanto, del mundo civilizado. Juntos, los tres
valores constituyen una de las divinidades de la religión económica liberal: la
Moneda o, como se decía en arameo, Mamon. Las otras
dos divinidades son el Mercado y el Capital. Se trata de fetiches o ídolos,
objetos de um culto fanático y exclusivo, intolerante
y dogmático. Este fetichismo de la mercancía, según Marx;
o esta idolatría del mercado -para utilizar la expresión de los teólogos de la
liberación Hugo Assmann y Franz
Hinkelammert- y del dinero y del capital, es un culto
que tienen sus iglesias (las Bolsas de Valores); sus Santos Oficios (FMI, OMC
etc.); y la persecución a los herejes (todos nosotros, los que creemos en otros
valores). Se trata de ídolos que, como los dioses cananeos Moloch
o Baal, exigen terribles sacrificios humanos: en el Tercer Mundo, las víctimas
de los planos de ajuste estructural, hombres, mujeres y niños sacrificados en
el altar del fetiche Mercado Mundial y del fetiche Deuda Externa. Un cuerpo
impresionante de reglas canónicas y principios ortodoxos sirve para legitimar y
santificar estos rituales sacrificiales. Un vasto
clero de especialistas y gestores explica los dogmas del culto a las multitudes
profanas, manteniendo las opiniones heréticas lejos de la esfera pública. Las
reglas éticas de esta religión son las ya establecidas hace dos siglos por el
teólogo económico Sir Adam Smith: que cada individuo
busque, de la manera más implacable posible su interés egoísta, sin prestar
atención a su prójimo, y la mano invisible del mercado cuidará del resto,
trayendo armonía y prosperidad a toda la nación.
Esta civilización del dinero y del capital transforma todo en mercancía: la
tierra, el agua, el aire, la vida, los sentimientos, las convicciones, que se
venden al mejor precio. Hasta las personas se vuelven sumisas a la mercancía,
pues subvierte la relación humanitaria persona-mercancía-persona. Visto esta
camisa de algodón, que es una mercancía, para humanizar mi convivencia social,
pues sería extraño que yo apareciese sin camisa en el trabajo o en un encuentro
entre amigos. Ahora, la relación predominante es mercancía-persona-mercancía.
La marca de la camisa que visto me imprime valor. En otras palabras, si llego a
su casa en ómnibus o bicicleta, tengo un valor Z. Si llego de BMW, tengo un
valor A. Soy la misma persona y, sin embargo, la mercancía que me reviste me
imprime más o menos valor, reificándome.
Ya en el siglo XIX, un crítico de la economía política había previsto, con
lucidez profética, el mundo de hoy: «Llegó, al fin, un tiempo en el que todo lo
que los seres humanos habían considerado inalienable se volvió objeto de
cambio, de tráfico y puede alienarse. Es el tiempo en que las mismas cosas que
hasta entonces eran comunicadas, pero nunca trocadas; dadas, pero nunca
vendidas; conquistadas, pero nunca compradas -virtud, amor, opinión, ciencia,
conciencia, etc- en que todo, en fin, pasó al comercio.
Es el tiempo de la corrupción general, de la venalidad universal o, para hablar
en términos de economía política, el tiempo en que cualquier cosa, moral o
física, habiéndose vuelto valor venial, es llevada al mercado para ser
apreciada por su valor adecuado» (1).
Valores cualitativos
De cara a esta civilización de la mercantilización universal, que ahoga todas
las relaciones humanas en las «aguas heladas del cálculo egoísta»(2), el Foro Social Mundial representa, ante todo,
un rechazo: «el mundo no es una mercadería»! Esto es, la naturaleza, la vida,
los derechos del hombre, la libertad, el amor, la cultura, no son mercancías.
Pero el FSM encarna también la aspiración a otro tipo de civilización, basada
en otros valores que no son el dinero o el capital. Son dos proyectos de
civilización y dos escalas de valores que se enfrentan, de forma antagónica y
perfectamente irreconciliable, en el umbral del siglo XXI. ¿Cuáles son los
valores que inspiran este proyecto alternativo? Se trata de valores cualitativos,
éticos y políticos, sociales y culturales, irreductibles a la cuantificación
monetaria. Valores que son comunes a la mayor parte de los grupos y de las
redes que constituyen el gran movimiento mundial contra la globalización
neoliberal.
Podemos partir de los tres valores que inspiraron la Revolución Francesa de
1789 y, desde entonces, están presentes en todos los movimientos de
emancipación social de la historia moderna: Libertad, Igualdad y Fraternidad.
Como señala Ernst Bloch en
su libro Derecho Natural y Dignidad Humana (1961), estos principios,
inscriptos por la clase dominante en el frente de los edificios públicos en
Francia, nunca fueron por ella realizados. En la práctica, escribía Marx, ellos fueron muchas veces, sustituidos por
Caballería, Infantería, y Artillería... Forman parte de la tradición subversiva
de lo inacabado, de lo aún no-existente, de las promesas que no fueron
cumplidas. Poseen una fuerza utópica concreta, que "va más allá del
horizonte burgués", una fuerza de dignidad humana que apunta al futuro,
para la "marcha de cabeza alta" de la humanidad, hacia el socialismo (3). Si examinamos de cerca estos valores, desde
el punto de vista de las víctimas del sistema, descubriremos su potencial
explosivo y su actualidad en el combate actual contra la mercantilización del
mundo.
¿Qué significa "libertad"? Ante todo, libertad de expresión, de
organización, de pensamiento, de crítica, de manifestación -duramente
conquistada por siglos de luchas contra el absolutismo, el fascismo y las dictaduras.
Pero también, y hoy más que nunca, la libertad en relación a una y otra forma
de absolutismo: la dictadura de los mercados financieros y de la élite de banqueros y empresarios multinacionales que
imponen sus intereses al conjunto del planeta. Una dictadura imperial -bajo la
hegemonía económica, política y militar de los Estados Unidos, única
superpotencia global- que se esconde por detrás de las anónimas y ciegas
"leyes del mercado", cuyo poder mundial es bien superior al del
Imperio Romano o de los imperios coloniales del pasado. Una dictadura que se
ejerce por la propia lógica del capital, pero que se impone con la ayuda de
instituciones profundamente antidemocráticas, como el FMI o la OMC, y bajo la
amenaza de su brazo armado (la OTAN). El concepto de "liberación
nacional" es insuficiente para dar cuenta de este significado actual de la
libertad, que es, al mismo tiempo, local, nacional y mundial, como lo demuestra
tan bien este movimiento profundamente original e innovador que es el zapatismo.
Una de las grandes limitaciones de la Revolución Francesa de 1789, fue haber
excluido a las mujeres de la ciudadanía. La feminista republicana Olympe de Gouges, que escribió la
"Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana", fue
guillotinada en 1793. El concepto moderno de libertad no puede ignorar la
opresión de género que recae sobre la mitad de la humanidad, y la importancia
capital de la lucha de las mujeres por su liberación. En este combate tiene
particular significado el derecho de las mujeres de disponer de su propio
cuerpo. Igualdad y Fraternidad
¿Qué significa «igualdad»? En las primeras Constituciones revolucionarias se
inscribió la igualdad ante la ley. Ésta es absolutamente necesaria y está lejos
de existir en la realidad del mundo de hoy- más bien insuficiente. El problema
de fondo es la monstruosa desigualdad entre el Norte y el Sur del planeta y,
dentro de cada país, entre la pequena élite que monopoliza el poder económico y los medios de
producción, y la gran mayoría de la población que vive de su fuerza de trabajo
-cuando no está en el desempleo, y excluuida de la vida social-. Las cifras son
conocidas: cuatro ciudadanos de los EE.UU. -Bill Gates, Paul
Allen, Warren Buffett y Larry Ellyson- concentran en sus manos una fortuna equivalente al
Producto Interno Bruto de 42 países pobres, con una población de 600 millones
de habitantes. El sistema de la deuda externa, la lógica del mercado mundial y
el poder ilimitado del capital financiero llevan a un agravamiento de esta
desigualdad, que se profundizó en los últimos 20 años. La exigencia de igualdad
y de justicia social -dos valores inseparables- inspira varios proyectos
socio-económicos alternativos que están a la orden del día. Desde el punto de
vista de una perspectiva más amplia, esto implica otro modo de producción y
distribución.
La desigualdad económica no es la única forma de injusticia en la sociedad
capitalista liberal: la persecución de los "indocumentados" en
Europa; la exclusión de los descendientes de esclavos negros e indígenas en las
Américas; la opresión de millones de individuos que pertenecen a las castas de
"intocables" en la India; y tantas otras formas de racismo o
discriminación por razones de color, religión o lengua, son omnipresentes del
Norte al Sur del planeta. Una sociedad igualitaria significa la supresión
radical de estas discriminaciones. Implica también otra relación entre hombres
y mujeres, rompiendo con o más antiguo sistema de desigualdad de la historia
humana -el patriarcado-, responsable por la violencia contra las mujeres, por
su marginalización en la esfera pública, y por su exclusión del empleo. La gran
mayoría de pobres y desempleados en el mundo son mujeres.
¿Qué significa "fraternidad"? Es la traducción moderna del viejo
principio judaico-cristiano: el amor al prójimo. Es la sustitución de las
relaciones de competencia feroz, guerra de todos contra todos -que hacen del
individuo, en la sociedad actual, un homo homini
lupus (un lobo para los otros seres humanos), por relaciones de cooperación,
ayuda mutua, compartir, solidaridad. Una solidaridad que incluye no sólo a los
hermanos (frater, en latín), sino también a
las hermanas, y que supera los límites de la familia, del clan, de la tribu, de
la etnia, de la comunidad religiosa, de la nación, para volverse auténticamente
universal, mundial, internacional. En otras palabras: internacionalista, en el
sentido que dieron a este valor generaciones enteras de militantes del
movimiento obrero y socialista.
La mundialización neoliberal produce y reproduce los
conflictos tribales y étnicos, las guerras de "purificación étnica",
los expansionismos bélicos, los integrismos religiosos intolerantes, las
xenofobias. Tales pánicos inducidos por el sentimiento de pérdida de identidad
son el otro lado de la misma medalla, el complemento inevitable de la
globalización imperial. La civilización con que soñamos, será "un mundo en
el cual caben muchos mundos" (según la bella fórmula de los zapatistas), una civilización mundial de la solidaridad y
de la diversidad. De cara a la homogeneización mercantil y cuantitativa del
mundo, de cara al falso universalismo capitalista, es más que nunca importante
reafirmar la riqueza que representa la diversidad cultural, y la contribución
única e insustituible de cada pueblo, de cada cultura, de cada individuo.
La democracia como valor imprescindible
Hay otro valor que, desde 1789, es inseparable de los otros tres: la
democracia. No sólo en el sentido limitado que este concepto político tiene en
el discurso liberal/democrático -la libre elección de representantes cada
tantos años-, en la realidad deformada y viciada por el control que ejerce el
poder económico sobre los medios de comunicación. Esta democracia
representativa -también fruto de muchas luchas populares, y constantemente
amenazada por los intereses de los poderosos, como lo demuestra la historia de
la América Latina de 1964 a 1985- es necesaria pero insuficiente. Necesitamos
formas superiores, participativas, que permitan a la población ejercer
directamente su poder de decisión y control -como en el caso del presupuesto
participativo del municipio de Porto Alegre y del estado de Rio
Grande do Sul.
El gran desafío, desde el punto de vista de un proyecto de sociedad
alternativa, es extender la democracia al terreno económico y social. ¿Por qué
permitir en este campo el poder exclusivo de una élite
que rechazamos en el área política? Una democracia social significa que las
grandes opciones socio-económicas, las prioridades de inversiones, las
orientaciones fundamentales de la producción y la distribución, son
democráticamente discutidas y decididas por la propia población, y no por un
puñado de explotadores o por las supuestas "leyes del mercado" (o
aún, variante que ya fue, por un Buró Político omnipotente). A estos grandes
valores, producto de la historia revolucionaria moderna, debemos agregar otro,
que es al mismo tiempo el más antiguo y el más reciente: el respeto al medio
ambiente. Encontramos este valor en el modo de vida de las tribus indígenas de
las Américas y de las comunidades rurales pre-capitalistas
de varios continentes, y también en el centro del moderno movimiento ecológico.
La mundialización capitalista es responsable por una
destrucción y envenenamiento acelerados -en crecimiento geométrico- del medio ambiente:
polución de la tierra, del mar, de los ríos y del aire; "efecto de
sierra", con consecuencias catastróficas; peligro de destrucción da capa
de ozono, que nos protege de las irradiaciones ultravioleta mortales;
aniquilamiento de las florestas y de la biodiversidad. Una civilización de la
solidaridad no puede ser sino una civilización de la solidaridad con la
naturaleza, porque la especie humana no podrá sobrevivir si el equilibrio
ecológico del planeta fuera roto.
Socialismo como alternativa
Esta lista no tiene nada de exhaustiva. Cada uno podrá, en función de su propia
experiencia y de su reflexión, agregar otros. ¿Cómo resumir en una palabra este
conjunto de valores presentes, de una forma o de otra, en el movimiento contra
la globalización capitalista, en las manifestaciones callejeras de Seattle a
Génova, y en los debates del Foro Social Mundial? Creo que a expresión
civilización de la solidaridad, es una síntesis apropiada de este proyecto
alternativo. Esto significa, no sólo una estructura económica y política
radicalmente diferente, sino sobre todo, una sociedad alternativa que valorice
las ideas del bien común, el interés público, los derechos universales, la
gratuidad. Propongo definir a esta sociedad con un término que resume, hace casi
dos siglos, las aspiraciones de la humanidad a una nueva forma de vida, más
libre, más igualitaria, más democrática y más solidaria. Un término que -como
todos los otros ("libertad", "democracia" etc.)- fue
manipulado por intereses profundamente antipopulares
y autoritarios, pero que no por esto perdió su valor originario y auténtico:
socialismo.
En una reciente pesquisa de la opinión pública brasilera, encomendada por la
Confederación Nacional de las Industrias (!), el 55% de los interrogados
afirmaron que Brasil precisaba de una revolución socialista. Al ser preguntados
de qué entendían por socialismo, respondieron citando algunos valores:
"amistad", "comunión", "compartir",
"respeto", "justicia" y "solidaridad". La
civilización de la solidaridad es una civilización socialista.
Para concluir: otro mundo es posible, basado en otros valores, radicalmente
antagónicos a los que dominan hoy. Pero no podemos olvidar que el futuro
comienza desde ahora: estos valores ya están prefigurados en las iniciativas que
orientan nuestro movimiento hoy. Ellos inspiran la campaña contra la deuda
externa del Tercer Mundo y la resistencia a los proyectos de la OMC; el combate
a los transgénicos y los proyectos de impuestos a la
especulación financiera. Están presentes en los combates sociales, en las
iniciativas populares, en las experiencias de solidaridad, de cooperación y de
democracia participativa -desde el combate ecológico de los campesinos de la
India, hasta el presupuesto participativo de Rio
Grande do Sul; desde las luchas por el derecho de
sindicalización en Corea del Sur, hasta las huelgas en defensa de los servicios
públicos en Francia, desde las aldeas zapatistas de
Chiapas, hasta los campamentos del MST. El futuro comienza hoy y aquí, en estas
semillas de una nueva civilización que estamos plantando en nuestra lucha, y
con nuestro esfuerzo de construir hombres y mujeres nuevos, a partir de los
valores subjetivos y éticos que asumimos en nuestras vidas militantes.
Notas
(1) Karl Marx, Misère de la philosophie, Paris, Ed. Sociales, 1947, p.
33.
(2) Expressão de Marx no Manifesto Comunista.
(3) Ernst Bloch, Droit Naturel et Dignité Humaine, Paris, Payot, 1976, pp.177-179