¿Si no existe Estado Nacional de qué sirve
conquistar el poder?
Francisco de Oliveira
Conferencia
impartida en la apertura de la Conferencia General del Consejo Latinoamericano
de Ciencias Sociales- CLACSO- La Habana, Cuba, 27 de agosto de 2003.
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Mi inspiración es evidente: se trata del clásico de Eduardo Galeano,
Las Venas abiertas de América Latina. ¿Esas venas abiertas pueden ser
transformadas en vías abiertas para liberarse, para disminuir sus desigualdades
internas, reanudar el desarrollo económico, ocupar un nuevo lugar en el mundo
contemporáneo? ¿Se produce entonces una transformación dialéctica de «venas
abiertas» en «vías abiertas», o continuaremos leyendo a Borges como maestro de
nuestro espejismo y el título de Galeano continuará
teniendo plena vigencia?
No es conveniente repetir de manera inconsistente lo que se puede encontrar, de
manera original y suficiente en los informes de la CEPAL: las dos últimas
décadas fueron de estancamiento, de retroceso y como máximo, en algunos casos,
de crecimiento mediocre. América Latina fue avasallada por el neoliberalismo
llamémoslo por el nombre con el cual se popularizó su crítica, aun cuando éste
sea en sí mismo un tanto mistificado en el último período del siglo pasado y
continúa bajo su, dominio. Somos la región de mayor desigualdad, incluso más
que Africa. E internamente, la desigualdad aumentó en
nuestras sociedades entre principios de los años 90 y comienzos del 2000.
México y Brasil casi no experimentaron cambios en este aspecto; en lo que
respecta a sociedades más igualitarias en el pasado, como Argentina y Uruguay,
éstas fueron hacia una radical «desigualitarización»[1]. La excepción conocida es la de siempre: esta Cuba que
nos acoge tan generosamente, pero cuyo progreso, truncado implacablemente por
el imperialismo norteamericano, no puede llevarse a cabo en el conjunto
latinoamericano, devastado por el estancamiento. Cuba tiene que correr los
riesgos del «socialismo en un solo país» que sería un anacronismo si no fuera
por la epopeya de su dignidad y los inmensos sacrificios de su pueblo. Sí, Galeano, nuestras venas continuarán abiertas, quizás mucho
más que en el pasado, a partir del cual fue construida su metáfora. La
globalización se transformó en una poderosa succión mediante la cual el trabajo
de los latinoamericanos fluyó hacia el exterior.
Detrás del diagnóstico general, se esconden especificidades: desde la fulminante
transformación de México en el mayor exportador aislado hacia los Estados
Unidos, en el marco del TLCAN, que no lo libró del default
de la deuda externa de principios de los noventa y no ha resuelto el problema
de la desigualdad mexicana, hasta el estruendoso fracaso e increíble retroceso
de Argentina, otrora una de las cinco economías más importantes del mundo a
comienzos del siglo XX. Chile ha tenido un desarrollo menos errático a partir
de la dictadura de Pinochet, pero sus trabajadores ya
tienen las vinas amargas de la seguridad social
privatizada, ahora que llegó la hora de pagar las cuentas. De cualquier manera,
el aislacionismo chileno en relación con América Latina lo hace depender casi
exclusivamente del mercado norteamericano, y de hecho, Chile retrocedió en
términos de división social del trabajo: volvió a la condición de economía
primaria y exportadora, basada en el bueno y viejo cobre estatal... Las
economías uruguaya y paraguaya sufren los efectos del retroceso argentino y del
neoliberalismo brasileño, y el Mercosur, en la
situación en se encuentra, no ha podido devolverles dinamismo. Colombia se
transformó en una tragedia, cuyas características todos conocemos y está en
vías de transformarse en un no Estado y en una no nación. Ecuador, Perú y
Bolivia han sufrido espasmos tan violentos que ni la ciencia social más
cautelosa se arriesga a dar un pronostico: se puede pasar de Sendero Luminoso a
Fujimori y de éste a Toledo, de las experimentaciones
a la manera de la Tatcher avant
la lettre, a Gonzalo Sánchez de Lozada
de nuevo y a Evo Morales, y de la dolarización con fórceps al movimiento
indígena anticapitalista casi sin mediación. Venezuela sufrió la más rampante
corrupción bajo el partido más socialdemócrata que ha conocido el continente y
está soportando diariamente los intentos de desestabilizar a su revolución
Bolivariana, pasando por el escandaloso asalto a la Presidencia de la República
directamente por parte del Presidente de la Asociación de Empresarios, en una
situación que ya se torna frecuente en que la burguesía prescinde de la
política y de sus ex intermediarios. En el momento en que reviso este texto,
Sánchez de Lozada fue depuesto /dicen que fue
obligado a renunciar, dijeron y su sucesor constitucional dijo que el
pronóstico más realista es el caos. Bolivia se encuentra, por segunda vez en
cincuenta años, en una situación revolucionaria:
¿Acaso los dominados bolivianos serán revolucionarios?
Menos que un rosario de nuestras debilidades, lo que explica la breve
descripción, es la gran erosión de las instituciones democráticas y
republicanas provocadas por el neoliberalismo, una declaración de guerra
abierta del capital contra la posibilidad de la política. Para recordar a
nuestro Atilio Borón, este Secretario General que con
sus valeroso equipo hizo un verdadero milagro de recuperación de nuestro
CLACSO, el capitalismo en la periferia está resultando totalmente incompatible
con la democracia:
Después de la crisis de las dictaduras, un aliento de libertad recorrió América
Latina. Por todas partes, revitalización de la política llevada a cabo mediante
la unión de movimientos sociales en ascenso, sindicalismo renovado (caso
evidente de Brasil), crisis de las deudas externas, creación de nuevos partidos
de masas con un núcleo de trabajadores de nuevo el ejemplo brasileño del PT-,
también el Movimiento Al Socialismo de Evo Morales, la rectificación de
equivocados antagonismos partidistas caso típico, el de la reconciliación entre
demócrata-cristianos y socialistas chilenos nuevo aliento al justicialismo
argentino, el rechazo popular a la corrupción andresista
en Venezuela y una reidentificación con el ideario bolivariano, el fin del
largo baño de sangre en Guatemala, hicieron el milagro de la democratización de
América Latina. Y con ella las promesas de hacer desaparecer las
experimentaciones neoliberales casi auschwitzianas.
Por primera vez en la historia latinoamericana, en ninguno de sus treinta y
cinco países se veía un régimen dictatorial Parecía que la grotesca mezcla de
dictadores, jefes, tiranos, la mayoría de las veces brutalmente sanguinarios y
unos pocos regímenes democráticos, había terminado para que prevaleciera la
democracia.
Sucedió algo completamente imprevisto. Tal vez habíamos subestimado el «trabajo
sucio» de las dictaduras, los estragos causados en la estructura social, en el
aumento de las desigualdades, en la capacidad del Estado para regular los
conflictos, en la identidad entre proyecto nacional para las clases dominantes
y proyecto nacional para las clases dominadas, en la desterritorialización de
la política que está convirtiendo a nuestros estados nacionales en un
anacronismo. Como mínimo, se había producido una esquizofrenia: las burguesías
renunciaban a un proyecto nacional, y, de esa manera, el espacio de la política
se transformaba de una aparente liberación en un confinamiento para las clases
dominadas. La globalización absorbió la ola de democratización con todas sus
consecuencias: las dictaduras habían insertado definitivamente las economías de
América Latina en la financiarización del capital, lo
cual anulaba en grado extremo el poder del Estado en la nueva ola de
democratización.
La respuesta de las fuerzas políticas que asumieron el poder estatal posdictaduras fue apretar el paso para completar el trabajo
de la financiarización, tratando de insertar a los
diferentes países, mediante diversas fórmulas, en el equívoco de la
globalización supuestamente homogeneizante...
Desaparecieron las protecciones aduaneras en nombre de los beneficios del libre
comercio, se privatizaron las empresas estatales que habían sido pilares de la
industrialización desde los años cuarenta, se desregularon
por diferentes formas los mercados de trabajo estructurados en un precario
«estado de bienestar». Algunos fueron bastante lejos: México mediante la
integración al TLCAN perdió autonomía para aplicar cualquier política
económica, Argentina privatizó todo y estableció una dolarización que acabó por
eliminar todas las protecciones no aduaneras-anulando el precario Mercosur- y llegó al límite de inscribir como ley la
paridad entre el peso y el dólar, negándole, por consiguiente, a los electores
la capacidad de gobernar. De la Rúa fue el paroxismo de esa desestatización de
la moneda. Brasil, durante el doble mandato de FHC, privatizó todo el poderoso
parque industrial estatal, excepto Petrobrás mediante un traspaso de propiedad
que estremeció las estructuras de poder y las relaciones entre las clases y de
éstas con la política. Quedó entonces un importante parque industrial privado, minado,
entretanto, por la apertura comercial indiscriminada. Sería largo, aburrido y
superfluo, frente al formidable arsenal de datos, análisis e interpretaciones
de la CEPAL, reconstruir los principales desastres expresados en los
indicadores económicos más usuales.
Esa implosión de las relaciones de clase tiene consecuencias para la política,
radicaliza a un grado insospechado las tensiones sociales y requiere un paso
político de tal envergadura que la propia implosión de las relaciones de clase
no recomienda esperar. Los altos niveles de desempleo y la informalidad
rampante destronaron las categorías organizadas en el trabajo formal de la
centralidad política a la que habían ascendido: incluso la elección de Luiz Inácio Lula da Silva a la
Presidencia de la República brasileña, no significa auge del poder sindical
como base política del PT. Su significado es otro. Aquel desempleo e
informalidad que alcanzan en un país como Brasil alrededor del 60 por ciento de
la PEA y en Argentina el por ciento es todavía más alto crearon una nueva clase
que el léxico político de la izquierda y de la ciencias sociales es incapaz de
nombrar: no son trabajadores informales, son desempleados, pero no desocupados,
no son «masa marginal» según la concepción de José Nun:
son un lumpensinato, sin la carga despectiva que
innegablemente tenía el término, en manos del barbudo de Tiers.
¿Por qué entonces, la denominación, aun cuando sea provisional e impotente?
Porque es en la política que se vuelven lampen, o mejor dicho, en la antipolítica. Virtualmente, están creadas las condiciones
para un populismo de carácter neofascista, por primera vez en la historia de
América Latina, pues la interpretación del populismo a principios de la
industrialización fue un equívoco sociológico y político.
Esa poderosa desestructuración provoca implosión en las relaciones de
representación: los propios partidos surgidos de las antiguas bases sociales,
¿a quién representan hoy?
El justicialismo argentino, ya de por sí dividido por poderosas facciones burocráticas
e incluso gansteriles, ¿a quién representa? ¿A los
piqueteros? Pregúntenles a ellos. ¿El PT representa el 60 por ciento del total
de «informales» más desempleados en Brasil? ¿Los tradicionales partidos
políticos de Colombia representan a las fuerzas en conflicto hace más de 30
años, situación agravada por la entrada en escena de los paramilitares? Evo Morales es el nuevo nombre de los cocaleros, y es una
novedad real, porque los partidos bolivianos hace mucho tiempo habían perdido
el vínculo realmente popular; el MNR se convirtió en oligarquía hace mucho
tiempo. El movimiento indígena del Ecuador es también una novedad, en el mismo
sentido del de Bolivia. Fujimori fue una reacción
liberal a la anarquía: pero las auxiliares estructuras oligárquicas, cual
inmenso aparato digestor, se lo tragó rápidamente y lo transformó en el mayor
símbolo de la impunidad corrupta de las viejas clases dominantes peruanas.
Toledo viene con Harvard en el equipaje y ya
experimenta una desmoralización que hace impotente su PHD. La política
institucional gira en falso, pues los condicionamientos y limitaciones
impuestos por la globalización hacen inútiles y superfluas las instituciones
democráticas y republicanas. Los bancos centrales son las verdaderas
autoridades nacionales y éstas no son instituciones democráticas. Según la
definición schmitiana, soberano es quien decide el
Estado de Excepción. ¿Y quién decide entre nosotros? Los Estados Nacionales se
transformaron, pues, en Estados de Excepción: todas las políticas públicas son
políticas de excepción. Casi se dolarizó en Argentina para proteger a los que
poseen dólares, carteras de dólares; se dolarizó en Ecuador con el mismo
objetivo; en Brasil se mantuvo una moneda sobrevaluada para atraer capitales
especulativos: de nuevo el rosario sería interminable, pero es importante
señalar que con ese rosario los Estados Nacionales y sus políticas se
convirtieron en Estados de Excepción en un doble sentido: existen para proteger
los intereses de los capitales financieros y mantienen el grueso de sus
poblaciones en estados de indigencia, de excepcionalidad, en una funcionalización de la pobreza que es la peor de las
excepciones. La política institucional atrajo a las fuerzas populares más
transformadoras hacia lo que se está estructurando como una trampa: son esas
nuevas fuerzas populares, que al final han llegado a los umbrales del poder,
los ejecutores de la excepción: de los superavits
acordados con el FMI, de la prisa del ALCA, de la sumisión a la OMC, de nuestra
conversión al libre cambio y al libre comercio. América Latina olvidó la
lección fundamental de Raúl Prebisch, de la asimetría
de las fuerzas en la relación centro periferia. En relación con eso, las
burguesías nacionales, completamente subordinadas a la globalización, renuncian
a la política. Prefieren confiar en los dispositivos que tan bien apuntó Foucault, limitaciones, procedimientos, en las
institucionalidades, en los automatismos que anulan la política.
El caso brasileño ilustra eso hasta la saciedad: cómo el gobierno de Lula, que
prometía ser transformador, se rindió ante los compromisos, no hay oposición
política, ni siquiera oposición de los sectores económicos cualesquiera que
sean. Se presenta entonces la paradoja según la cual las fuerzas que ganan las
elecciones luchan entre sí, mientras que las clases dominantes exacerban los
conflictos: otro es el caso de la reforma agraria en Brasil. El MST intenta que
el gobierno cumpla con los asentamientos necesarios y éste se niega tal vez no
por falta de voluntad política, sino por los marcos fiscales de superávits impuestos por el FMI, y los medios provocan
exacerbando las causas del conflicto entre el MST y el gobierno de Lula. Con lo
cual ambos se debilitan y las posiciones antireforma
agraria comienzan a fortalecerse.
El período neoliberal puede haber agotado su agenda, incluso eso debe ser
puesto en duda si tomamos el ejemplo del gobierno de Lula que está
profundizando las «reformas» neoliberales. Pero considerando que la agenda
neoliberal esté agotada, la cuestión que se plantea es más complicada: ¿qué
hacer para reparar el profundo desgaste organizativo de las clases
trabajadoras, por ejemplo y restaurar el mínimo de la capacidad reguladora del
Estado totalmente devastada? ¿Cómo retomar el crecimiento económico si la
inversión estatal que fue decisiva para la industrialización de América Latina
está estrangulada por los pesados servicios de las deudas interna y externa y
se ha tornado impotente por las privatizaciones? La confianza en el mercado
como mecanismo para asignar recursos debe ser puesta en duda aún con mayor
fuerza que en los tiempos dorados de la CEPAL, puesto que empeoró la
distribución de las rentas y, por tanto, las inversiones sólo se dirigen a los
sectores que atienden las demandas de las clases de altos ingresos reiterando
la perversa concentración que fue constatada y denunciada por Furtado.
El crecimiento económico sin redistribución de la renta es cada vez más
concentrado y sin el Estado como fuerza reguladora el proyecto transformador
tiene todo para ser verdugo de su propia promesa.
Impedidos de actuar en las políticas de desarrollo, a los Estados nacionales en
América Latina sólo les resta administrar las políticas de funcionalización
de la pobreza. Se trata de políticas de excepción, lo que convierte al Estado
en un Estado de Excepción. Los profesionales del marketing inventan nombres
como «bolsa-escuela»[2], «bolsa-alimentación»[3],
«primer-empleo», «comenzar de nuevo», «Hambre-Cero» el más pretencioso de todos
y el que más denuncia el carácter anti-universal de las políticas, mientras las
políticas que promovieron una mayor redistribución de la renta en los anales
del capitalismo en los países centrales, las de Seguridad Social son anuladas
en la periferia por las privatizaciones y «reformas» piratería semántica.
Como las fuerzas laborales han sido muy erosionadas y perdieron la capacidad de
proponer políticas y de afianzarlas o de vetar las anti-reformas, los Estados
nacionales en América Latina rozan lo que la literatura denominó en el pasado
populismo. Pero la denominación es errada, pues el populismo en el pasado
significó la inclusión por la «vía pasiva», autoritariamente, de las clases
trabajadoras en la política, mientras el neo-populismo, aceptémoslo por ahora,
es la exclusión de los trabajadores de la política y su transformación en
objeto de políticas compensatorias. Nun que me
perdone, pero la «masa marginal» se convierte, por las políticas de funcionalización de la pobreza, en mantenimiento de los
«ejércitos de reserva» aptos para manejar los más primitivos procesos de
trabajo, con lo que ganan un lugar funcional en la acumulación de capital. Sin
embargo, no es la pobreza la que ocasiona esa acumulación: es la revolución
molecular-digital en el centro dinámico, la que convierte la pobreza funcional
en acumulación de capital. Las economías de América Latina pertenecen, ahora, a
la familia de los ornitorrincos, una combinación esdrújula de altas rentas,
consumo ostentador, acumulación de capital comandada por la revolución
molecular-digital, pobreza extrema, lumpensinato
moderno, avasallamiento por el capital financiero, incapacidad
científico-técnica. Argentina, que nos había dado el único Nobel en una rama de
la ciencia, la de la fisiología-biología-medicina, duerme (¿duerme?) ahora en
la Recoleta: aquí yace una promesa de nación.
¿Por qué el reto es hoy mayor que aquel que se impuso en los años del
desarrollismo, que encontró en la brava Cepal su
mejor exponente? Primero, por una razón fundamental, estratégica: mientras la
situación anterior se caracterizaba por un «intercambio desigual» (Samir Amin) entre productores de
materias primas (América Latina) y productores de bienes manufacturados (el
centro dinámico), que podía ser vencido por la industrialización, propuesta cepalina por excelencia, la globalización es, sobre todo,
un sistema financiero. La mayor contradicción no radica en que son las propias
multinacionales las que están presentes en la industrialización sustitutiva de
importaciones, lo que agrava la dependencia financiera y es uno de sus
elementos estructurales, pero es que el dinero global, el dólar y el euro éste
en menor escala son los que conforman el principio y el resultado del
funcionamiento de las economías de la periferia latinoamericana. En otras
palabras, quien financia la actividad productiva latinoamericana es el propio
dinero internacional. Y no hay «industrialización sustituta» del dinero
internacional. En este caso, el remedio mata. Es más compleja la ecuación de la
dependencia y la de su solución.
Dadas las condiciones sumariamente enunciadas, las nuevas exigencias son más
radicales. Como está probando el derrocamiento ahora de Sánchez de Lozada por la poderosa unión del movimiento de los
cocaleros con el movimiento indígena y la Central Obrera Boliviana, casi una
repetición de la revolución que llevó a Paz Estensoro al poder y que colgó en
el poste al entonces presidente Villarroel, como ya
se dijo anteriormente, la situación boliviana es revolucionaria. Las fuerzas y
movimientos que derrocaron a Sánchez de Lozada están
obligados a mantenerse fuera de los marcos del sistema: Felipe Quispe ya lo comprendió lúcidamente. ¿Estarán a la altura?
¿El estancamiento general y cierto retroceso latinoamericano estarán en
condiciones de engañar a la audacia de clase en Bolivia? El aislamiento de Cuba
obliga a reflexionar dos veces, antes de celebrar victoria debemos sacar una
conclusión: ella es sólo el comienzo.
La victoria y el gobierno de Lula es otro caso de advertencia. Él puede dar la
ilusión de hegemonía de las fuerzas trabajadoras, pero si se analiza su
desempeño presidencial, la verdad puede ser lo opuesto. Toda la larga
acumulación de los movimientos sociales brasileños, incluyendo en él al propio
movimiento sindical del que surgió Lula, produjo una casi hegemonía en los
términos de Gramsci: una dirección moral de los movimientos de la sociedad, con
repudio a la globalización subordinada, la denuncia de la depredación
ambiental, la falta de ética en la política, la desregulamentación
poderosa de las estructuras del mercado de trabajo, el clamor por una seguridad
social que contornase la crónica incapacidad de la economía de producir los
empleos necesarios, el combate al fisiologismo y al
clientelismo de las élites políticas tradicionales, una distribución de la renta
que sacase a Brasil del obsceno lugar de ser una de las cuatro sociedades más
desiguales del planeta capitalista.
El gobierno de Lula niega en la práctica toda esa casi hegemonía y, por el
contrario, se entrega a reiterar todo lo que combatió. Para que no caigamos en
el registro de una simple denuncia moral que continúa siendo urgente y continúa
siendo un elemento de la política es necesario profundizar en las causas
estructurales de tales desvíos.
Al lado de todas las particularidades de nuestros países, que enseñan que hay
varios caminos, varias vías para América Latina, hay una raíz estructural que
otra vez nos especifica sobre una posible comunidad de naciones, de pueblos,
etnias y culturas. En el pasado nuestra colonización ibérica fue la destrucción
de nuestras culturas autóctonas y luego la caída del imperialismo inglés y
posteriormente el norteamericano. Hoy, la globalización es un nombre nuevo y un
fenómeno nuevo, que tiende a anular las clases sociales históricas que fomentan
a nuestra propia precaria historia. Incluso aquella historia de que nuestras
clases dominantes fueron, voluntaria o involuntariamente, los agentes
dominadores en la mayor parte de los casos implacables y en ocasiones crueles.
La globalización las anula casi todas. Esta, cuyo nombre más apropiado es la
virtualidad imperial de los Estados Unidos, se conoce por dos poderosas
vertientes.
La primera es la desnacionalización de la política y la segunda la
despolitización de la economía, que en términos jurídicos se está denominando
desterritorialización de la política y la juridificación
de la mercancía. Por el primer término debe entenderse la supraterritorialidad
de las políticas financieras, monetarias, fiscales, de comercio exterior, de
patentes, de propiedad intelectual. En otras palabras, FMI, BIRD, BID, OMC.
Esto significa, que las políticas nacionales están sometidas, parametrizadas, monitoreadas por las macropolíticas
de la globalización. Es la pérdida de la autonomía de los Estados Nacionales.
Las monedas nacionales son una ficción. Se establecen las actuaciones fiscales
y su incumplimiento implica penalidades. También se establecen los gastos, sus
volúmenes y sus destinos específicos: no se aconsejan hacer gastos «liberales»
en personal y los «mercados» reactúan descalificando la actuación de los
gobiernos. Las agencias que miden los riesgos entidades privadas mueven hacia
abajo o hacia arriba los denominados «riesgos-país» y con ello (des)orientan a
inversionistas, promueven fugas y/o entradas de capital, (des)valorizan títulos
de las deudas de los países sin que nada haya pasado de inmediato con las
cuentas externas: son profecías «autocumplidas» de
los mercados. Nichos específicos de comercio, finanzas internacionales,
patentes, propiedad intelectual son establecidos por la OMC de manera que no
puedan ser trasladadas a los países ahora «emergentes» o submergentes,
si ese fuese el «humor» de los mercados.
La juridificación de las mercancías es un movimiento
más letal, pues ellas cargan en sí su propia legislación, que salta por encima
de las legislaciones nacionales. El caso más trivial está ante nosotros para
aquellos que llevan para la casa cintas de vídeo y ahora DVDs:
allí se leen, antes de las exhibiciones, las condiciones para el uso de tales
«propiedades». Hay una supermercancía: según Marx,
cuando el consumidor compra una mercancía, él es dueño de su valor de uso.
Ahora, el valor de uso continúa siendo propiedad del vendedor: el consumidor no
puede darle a lo que compró el uso que le plazca. De hecho, hay una modificación
en la propiedad capitalista. Lo más grave sucede en el reino de los fármacos,
por ejemplo: los países no pueden intentar usarlos a no ser que paguen los
derechos de las patentes e incluso, en este caso, condicionadas a darle el uso
que le plazca al «propietario». El caso de los medicamentos anti-Sida es una
bella excepción, cuyo camino debe ser seguido por el resto de los casos. Los
transgénicos cargan en sus nuevos códigos genéticos el veto a ser escogidos por
los ciudadanos que los utilizan: ellos no pueden ser semillas y la mercancía
reduce la diversidad a lo único en la conocida denuncia de Vandana
Shiva, anulando el potencial cultural, técnico y
científico de las producciones autóctonas: La imagen es la del fin de la juridificación de la mercancía: los derechos de imagen, de
marca hacen perder el valor de uso de una simple mirada humana: sólo se puede
mirar si se paga. Es el mundo de la ceguera virtual.
Pero es la descartabilidad científico-técnica de
nuestros países la que está en peligro. La entrada del nuevo paradigma
molecular-digital se dio con la globalización y ésta, al financiarizar
nuestras economías y los Estados Nacionales tornó al ahorro interno
insuficiente para financiar la inversión: nuestra dependencia se convirtió en
inserción en los circuitos de valorización externa, aunque la realización del
valor sea interna. Esto nos obliga a seguir las huellas del consumo, que Celso Furtado ya había denunciado, y más aún, de la inversión y
de la descartabilidad, a pesar de que nuestros sistemas
de la segunda revolución industrial hayan sido insuficientes. De ahí que
nuestra tragicomedia de hoy es la de los indígenas y la de los habitantes de
las favelas pegados a teléfonos celulares mientras
pasan hambre.
Todo ese proceso hace a las clases sociales obsoletas. Las dominantes, que
nunca hicieron la revolución burguesa, ya no pueden aspirar a nada. Las
dominadas fueron superadas por las revoluciones científico-técnicas, por la
globalización, las reestructuraciones productivas y por la ausencia de su
adversario nacional, que ya no utiliza las mediaciones de la política
representativa, pues no tiene más nada que representar. Y, ¿si no existe
representación para qué sirve la política? ¿Si no existe Estado Nacional de qué
sirve conquistar el poder?
Los Estados latinoamericanos están obligados a una revolución democrática
trascendente, que no significa adoptar simplemente las reglas de la democracia
formal. Esta, de excepción, se transformó en una panacea, en una negación de su
historicidad. La revolución democrática comienza por redistribuir poderosamente
la riqueza, dando un basta a la obscena desigualdad
latinoamericana. Ante la imposibilidad de seguir la política de clases, ella
debe ser superada para poner en práctica una política de ciudadanía de clase.
Todos los procesos en curso en América Latina indican esa radicalidad: en el
caso argentino no puede confiarse en la restauración de la normalidad, aunque
el desempeño de Néstor Kirchner sorprenda el
escepticismo de argentinos y de nosotros: la restauración de la normalidad no
llevará muy lejos al gran país austral. En el caso brasileño hay que
desmitificar el mito Lula y traer la política otra vez a nivel de las
organizaciones populares: hay que negar el riesgo de una priización
del PT. El caso venezolano ya indica los límites de la democracia formal, así
como en los demás casos. Ahora Bolivia nos convoca de nuevo con su límite. En
verdad, hay diversas vías para América Latina y reducirlas es la única forma,
como se hizo algunas veces en el pasado, sería de nuevo un grave equívoco, pero
todas ellas pasan por la democratización radical como forma de ampliar la
influencia de las masas sobre los grandes procesos, más allá de la negación que
la globalización impuso sobre las clases sociales tradicionales. La actividad
académica e intelectual tiene como misión interpretar, con urgencia, las nuevas
situaciones. No para sustituir a los actores reales, sino para ayudarlos en el
proceso de forjar una nueva identidad más allá de las limitaciones que clases y
Estados nacionales experimentan en esa coyuntura. Este proceso estalla ante
nuestros ojos. Que el CLACSO pueda ayudarnos en esta tarea de la misma forma
que lo hizo la CEPAL en el pasado.
NOTAS:
[1] Desigualdades en América Latina: ¿Rompiendo con la histotia?. 4986 pág. Banco Mundial.
Washington, EE.UU, 2003, citado por la Folha de S. Paulo, Cuaderno B, pág
10, 8/10/2003
[2] N. del T. Ayuda escolar que se da a los niños de familias de más bajos
ingresos.
[3] N. del T. Ayuda alimentaria que se da a las familias de más bajos ingresos.