Rebelión,
4 de octubre del 2003
El significado de Cancún
Walden Bello(*)
Alainet
El fracaso de la Quinta conferencia ministerial de la
Organización Mundial del Comercio (OMC) en Cancún, México, el pasado domingo 14
de septiembre fue un acontecimiento de proporciones históricas.
Cancún tiene
varias consecuencias de gran importancia.
En primer lugar,
este fracaso representó una victoria para los pueblos de todo el mundo, y no
una "oportunidad perdida" de lograr un acuerdo mundial entre
el Norte y el Sur. Doha nunca fue una "ronda de desarrollo". Y
lo poco que prometió en materia de desarrollo ya había sido traicionado mucho
antes de Cancún. Ni siquiera el más optimista de los países en desarrollo llegó
a Cancún esperando concesiones de los grandes países ricos en interés del
desarrollo. La mayoría de los gobiernos de los países en desarrollo llegaron a
Cancún con una postura defensiva. El gran desafío no fue lograr un histórico 'Nuevo
Acuerdo' sino evitar que EE.UU. y la UE
impusieran nuevas exigencias sobre los países en desarrollo, a la vez que
evaden las disciplinas multilaterales en sus propios regímenes de comercio.
En este sentido, no fueron los países en desarrollo quienes provocaron el
fracaso, como sugirió el Representante comercial de EE.UU.
Robert Zoellick en su
conferencia de prensa final. Esa responsabilidad recae directamente en EE.UU. y Europa. Cuando la segunda revisión del proyecto
del texto ministerial se difundió el sábado 13 de septiembre, estaba claro que EE.UU. y la Unión Europea no estaban dispuestos a hacer
ninguna rebaja sustancial en sus altos niveles de subsidio a la producción
agrícola, aun cuando continuaban exigiendo intransigentemente que los países en
desarrollo redujeran sus aranceles. También resultaba claro que la UE y EE.UU. estaban determinados a ignorar la estipulación de la
Declaración de Doha donde se establece que se requiere el consenso explícito de
todos los estados miembros para comenzar las negociaciones sobre los "temas
de Singapur".
O se negocia bajo nuestras condiciones o no hay negociación: ése fue el
significado de la segunda revisión. No resulta sorprendente entonces que los
países en desarrollo no hayan brindado su consenso para un marco de
negociaciones tan perjudicial para sus intereses.
En segundo lugar, la OMC está muy malherida. Dos reuniones ministeriales
fracasadas y una que apenas sobrevivió, la de Doha, no hablan muy bien de la
institución. Para las superpotencias del comercio, la OMC ya no es un
instrumento viable para imponer su voluntad sobre los demás. Para los países en
desarrollo, la OMC no ha significado una protección contra los abusos de las
economías poderosas, y mucho menos ha constituido un mecanismo de desarrollo.
Esto no quiere decir que la OMC ha muerto. Se harán esfuerzos por salvarla de
la ruina, como ya hicieron EE.UU. y la UE en Doha.
Pero es muy probable que al carecer del impulso que genera una reunión
ministerial exitosa, la maquinaria reducirá significativamente su
funcionamiento. Zoellick tuvo razón al dudar que la
Ronda de Doha finalizara en su fecha límite de enero de 2005 y el Comisario
Comercial de la Unión Europea, Pascal Lamy
simplemente trató de restar importancia a la situación al afirmar que la OMC
había completado el 30% del programa de Doha.
Aparte de la pérdida de impulso y del deterioro del funcionamiento básico de la
maquinaria de la organización, el proteccionismo creciente de los países ricos,
una economía mundial asolada por el estancamiento a largo plazo y el
desmembramiento de la Alianza Atlántica debido a las diferencias políticas, no
constituyen un clima favorable para que la OMC funcione como mecanismo
principal de la liberalización y la globalización. La OMC puede eventualmente
sufrir la misma suerte que ésta le deparó a la UNCTAD (Conferencia de las
Naciones Unidas sobre el Comercio y el Desarrollo): sobrevivir, pero ser cada
vez más ineficiente e irrelevante.
Esto plantea otra cuestión: aunque nos alegremos del fracaso de una reunión
ministerial orientada contra los intereses de los países en desarrollo,
¿debemos saludar el debilitamiento de la OMC? Después de todo, hay quien ha
argumentado que la OMC es un conjunto de reglamentaciones y maquinaria que, con
un equilibrio de fuerzas adecuado, puede ser invocado para proteger los
intereses de los países en desarrollo. Los defensores de esta postura afirman
que es mejor convivir con la OMC que con los acuerdos de comercio bilaterales,
que según afirmó el Representante de Comercio de EE.UU.
Robert Zoellick en su
conferencia de prensa final, serían ahora la prioridad de Washington después
del fracaso de Cancún.
La verdad es que el planteamiento es una falsa oposición. La OMC no es un
conjunto neutral de reglamentaciones, procedimientos e instituciones que se
puede utilizar en forma defensiva para proteger los intereses de los actores
débiles. Las propias reglas –entre las cuáles las principales son la supremacía
del principio de libre comercio, la cláusula de nación más favorecida y el
principio de trato nacional- son la institucionalización del actual sistema de
desigualdad económica mundial. Las armas con las que eventualmente cuentan los
países débiles son muy pocas y dispersas. El principio de trato especial y
diferenciado para los países en desarrollo goza de un rango muy poco
significativo en la OMC. En realidad, en Cancún, EE.UU.
y la UE eliminaron de las negociaciones toda la agenda referente al trato
especial y diferenciado que establecía la Declaración de Doha. La OMC no es una
organización verdaderamente multilateral. Es un mecanismo para perpetuar el
condominio de EE.UU. y la UE sobre la economía
mundial.
En tercer lugar,
la sociedad civil mundial fue un actor importante en Cancún. Desde Seattle, la
interacción entre la sociedad civil y los gobiernos en los temas de comercio se
ha intensificado. Las organizaciones no gubernamentales han ayudado a los
gobiernos de los países en desarrollo en los aspectos políticos y técnicos de
las negociaciones. Han movilizado a la opinión pública internacional contra las
posturas retrógradas de los gobiernos de los países ricos, como en el tema de
las patentes de medicamentos y la salud pública. Han emergido como fuertes
coaliciones nacionales que presionan a sus gobiernos para impedir que sigan
haciendo concesiones a los países ricos. Si muchos gobiernos de países en
desarrollo resistieron la presión de EE.UU. y la UE
en Cancún fue porque temían la reacción política de los grupos de la sociedad
civil en sus propios países.
Con los
movimientos populares marchando por el centro de la ciudad y las ONG's manifestando cada hora dentro y fuera del centro de
convenciones desde la sesión inaugural en adelante, Cancún se convirtió en un
microcosmos de la fuerza de la dinámica mundial entre los Estados y la sociedad
civil. La autoinmolación del agricultor coreano Lee
Kyung Hae en las barricadas policiales fue una advertencia para todos los que
estaban en el centro de convenciones, de que ya no podrían ignorar la crisis
económica de los pequeños agricultores del mundo, y el hecho fue reconocido por
los gobiernos con el minuto de silencio que se realizó en su memoria.
Verdaderamente, el fracaso de la reunión ministerial de Cancún fue otra
confirmación de la observación del New York Times de que la sociedad civil
mundial es la segunda superpotencia del mundo.
En cuarto lugar, el Grupo de los 21 es un acontecimiento nuevo e importante que
podría contribuir a alterar la correlación de fuerzas a nivel mundial.
Conducido por Brasil, India, China y Sudáfrica, esta nueva agrupación abortó la
ofensiva de la UE y EE.UU. para convertir Cancún en
otro episodio triste en la historia del subdesarrollo. El potencial de este
grupo fue resaltado por Celso Amorin, el Ministro de
Comercio brasileño, que surgió como su portavoz, al decir que representaba más
de la mitad de la población del mundo y a más de dos tercios de sus
agricultores. Los negociadores de comercio de EE.UU.
no se equivocaron al afirmar que el Grupo de los 21 representa una reanudación
de la ofensiva del Sur por un "nuevo orden económico internacional"
inicialmente formulada en la década de 1970.
Sin embargo, gran
parte de esto está todavía por verse, y no se debe sobreestimar el potencial de
este nuevo grupo. Por ahora, es principalmente una alianza cuyo objetivo
central es reducir radicalmente los subsidios de la agricultura del Norte. Y
todavía le falta abordar en forma significativa la necesidad de una protección
amplia para los agricultores más pequeños en los países más pequeños que
centran principalmente su producción en el mercado nacional. Esto es
comprensible, ya que los miembros más destacados del Grupo de los 21 son
grandes agroexportadores, aunque también tienen
producción orientada al mercado nacional, basada en pequeños agricultores.
No obstante, no existe ninguna razón por la cual una agenda positiva de
agricultura sustentable orientada al sector de pequeños agricultores no pueda
incluirse como reivindicación central del grupo. Tampoco hay ninguna razón por
la cual el Grupo no pueda ampliar su mandato para incorporar también un
programa común sobre industria y servicios. Todavía más alentadora es la
posibilidad de que el Grupo de los 21 sirva como motor de la cooperación
Sur-Sur, más allá del comercio en la coordinación de políticas de inversión,
flujos de capitales, políticas industriales, sociales y ambientales. Este tipo
de formaciones de cooperación Sur-Sur centradas en la prioridad del desarrollo
por sobre el comercio y los mercados ofrecen una alternativa, tanto a la OMC
como a los acuerdos bilaterales de libre comercio que buscan imponer ahora los EE.UU. y la UE.
Al articular su
agenda, el Grupo de los 21 encontrará un aliado natural en la sociedad civil.
Con EE.UU. y la UE determinados a defender el statu
quo, esta alianza debe pasar de ser una posibilidad a ser una realidad lo antes
posible. Claro que no será una tarea fácil. Los grupos progresistas de la
sociedad civil pueden sentirse cómodos al negociar con el gobierno brasileño
encabezado por el Partido de los Trabajadores, pero no se sentirán a sus anchas
con el gobierno de la India, que es fundamentalista y neoliberal, ni con el
gobierno chino que es autoritario y neoliberal. Sin embargo, las alianzas se
forjan en la práctica y ningún gobierno debe ser clasificado automáticamente
como imposible de alinear con la causa del desarrollo sustentable orientado
hacia los pueblos.
Para concluir,
poco después de la Reunión ministerial de Doha, varias organizaciones de la
sociedad civil afirmaron que la mejor forma de contribuir con los intereses del
mundo en desarrollo sería hacer fracasar la próxima reunión ministerial en
Cancún en vez de intentar convertir la reunión en un foro para reformar la OMC.
A medida que se aproximaba Cancún, la intransigencia de los países poderosos
llevó a punto muerto las discusiones con el Sur en casi todos los frentes. Al
momento de realizarse la reunión de Cancún, ya no se hablaba más de reforma.
Las cosas estaban absolutamente claras. Con EE.UU. y
la UE determinados a imponer sus objetivos, que no hubiera acuerdo era mejor
alternativa que un mal acuerdo, una reunión ministerial fracasada mejor que una
reunión exitosa que sirviera solamente para clavar un nuevo clavo en el ataúd
de las aspiraciones de desarrollo de los países empobrecidos.
Después de
Cancún, el desafío de la sociedad civil mundial es redoblar sus esfuerzos para
desmantelar las estructuras de desigualdad y presionar para lograr acuerdos
alternativos de cooperación económica mundial que permitan favorecer
verdaderamente los intereses de los pobres, los marginados y los desempoderados.
* Walden Bello es profesor de sociología y administración
pública de la Universidad de Filipinas y director ejecutivo de Focus on the
Global South, un grupo de investigación y acción con
sede en Bangkok.