La
Jornada, Masiosare 302, domingo 5 de octubre de 2003
Movimientos sociales
latinoamericanos: tendencias y desafíos
Los
nuevos rostros
de
los de abajo
RAUL ZIBECHI*
Tienen nuevos
rostros. Son los movimientos de América Latina que han tumbado gobiernos o
sacudido a sus países. El autor enumera sus rasgos comunes: la territorialización; la búsqueda de la autonomía; su trabajo
por revalorizar culturas e identidades; su capacidad para formar sus propios
intelectuales; su preocupación por la organización del trabajo y la relación
con la naturaleza; y un nuevo papel para las mujeres. Y también esboza sus
desafíos: especialmente, su actitud hacia los gobiernos de izquierda
LOS
MOVIMIENTOS SOCIALES DE NUESTRO CONTINENTE están transitando por nuevos caminos, que los separan tanto del viejo
movimiento sindical como de los nuevos movimientos de los países centrales. A
la vez, comienzan a construir un mundo nuevo en las brechas que han abierto en
el modelo de dominación. Son las respuestas al terremoto social que provocó la
oleada neoliberal de los ochenta, que trastocó las formas de vida de los
sectores populares al disolver y descomponer las formas de producción y
reproducción, territoriales y simbólicas, que configuraban su entorno y su vida
cotidiana.
Tres grandes
corrientes político-sociales nacidas en esta región, conforman el armazón ético
y cultural de los grandes movimientos: las comunidades eclesiales de base
vinculadas a la teología de la liberación, la insurgencia indígena portadora de
una cosmovisión distinta de la occidental y el guevarismo
inspirador de la militancia revolucionaria. Estas corrientes de pensamiento y
acción convergen dando lugar a un enriquecedor "mestizaje", que es
una de las características distintivas de los movimientos latinoamericanos.
Desde comienzos
de los noventa, la movilización social derribó dos presidentes en Ecuador y en
Argentina, uno en Paraguay, Perú y Brasil y desbarató los corruptos regímenes
de Venezuela y Perú. En varios países frenó o retrasó los procesos
privatizadores, promoviendo acciones callejeras masivas que en ocasiones
desembocaron en insurrecciones. De esta forma los movimientos forzaron a las
elites a negociar y a tener en cuenta sus demandas, y contribuyeron a instalar
gobiernos progresistas en Venezuela, Brasil y Ecuador. El neoliberalismo se
estrelló contra la oleada de movilizaciones sociales que abrió grietas más o
menos profundas en el modelo.
Los nuevos
caminos que recorren suponen un viraje de largo aliento. Hasta la década de los
setenta la acción social giraba en torno a las demandas de derechos a los
Estados, al establecimiento de alianzas con otros sectores sociales y partidos
políticos y al desarrollo de planes de lucha para modificar la relación de
fuerzas a escala nacional. Los objetivos finales se plasmaban en programas que
orientaban la actividad estratégica de movimientos que se habían construido en
relación con los roles estructurales de sus seguidores. En consecuencia, la
acción social perseguía el acceso al Estado para modificar las relaciones de
propiedad, y ese objetivo justificaba las formas estadocéntricas
de organización, asentadas en el centralismo, la división entre dirigentes y
dirigidos y la disposición piramidal de la estructura de los movimientos.
Tendencias comunes
Hacia fines de los setenta fueron ganando fuerza otras líneas de acción
que reflejaban los profundos cambios introducidos por el neoliberalismo en la
vida cotidiana de los sectores populares. Los movimientos más significativos
(Sin Tierra y seringueiros en Brasil, indígenas
ecuatorianos, neozapatistas, guerreros del agua,
cocaleros bolivianos y desocupados argentinos), pese a las diferencias
espaciales y temporales que caracterizan su desarrollo, poseen rasgos comunes,
ya que responden a problemáticas que atraviesan a todos los actores sociales
del continente. De hecho, forman parte de una misma familia de movimientos
sociales y populares.
Buena parte de
estas características comunes derivan de la territorialización
de los movimientos, o sea de su arraigo en espacios físicos recuperados o
conquistados a través de largas luchas, abiertas o subterráneas. Es la
respuesta estratégica de los pobres a la crisis de la vieja territorialidad de
la fábrica y la hacienda, y a la reformulación por parte del capital de los
viejos modos de dominación. La desterritorialización productiva (a caballo de
las dictaduras y las contrarreformas neoliberales) hizo entrar en crisis a los
viejos movimientos, fragilizando sujetos que vieron evaporarse las
territorialidades en las que habían ganado poder y sentido. La derrota abrió un
período, aún inconcluso, de reacomodos que se plasmaron, entre otros, en la reconfiguración del espacio físico. El resultado, en todos
los países aunque con diferentes intensidades, características y ritmos, es la
reubicación activa de los sectores populares en nuevos territorios ubicados a
menudo en los márgenes de las ciudades y de las zonas de producción rural
intensiva.
El arraigo
territorial es el camino recorrido por los Sin Tierra, mediante la creación de
infinidad de pequeños islotes autogestionados por los indígenas ecuatorianos,
que expandieron sus comunidades hasta reconstruir sus ancestrales
"territorios étnicos" y por los indios chiapanecos que colonizaron la
selva Lacandona (Fernandes, 2000; Ramón, 1993; García
de León, 2002: 105). Esta estrategia, originada en el medio rural, comenzó a
imponerse en las franjas de desocupados urbanos: los excluidos crearon
asentamientos en las periferias de las grandes ciudades, mediante la toma y
ocupación de predios. En todo el continente, varios millones de hectáreas han
sido recuperadas o conquistadas por los pobres, haciendo entrar en crisis las
territorialidades instituidas y remodelando los espacios físicos de la
resistencia (Porto, 2001: 47). Desde sus territorios, los nuevos actores
enarbolan proyectos de largo aliento, entre los que destaca la capacidad de
producir y reproducir la vida, a la vez que establecen alianzas con otras
fracciones de los sectores populares y de las capas medias. La experiencia de
los piqueteros argentinos resulta significativa, puesto que es uno de
los primeros casos en los que un movimiento urbano pone en lugar destacado la
producción material.
La segunda
característica común es que buscan la autonomía, tanto de los estados como de
los partidos políticos, fundada sobre la creciente capacidad de los movimientos
para asegurar la subsistencia de sus seguidores. Apenas medio siglo atrás, los
indios conciertos que vivían en las haciendas, los obreros fabriles y
los mineros, los subocupados y desocupados, dependían
enteramente de los patrones y del Estado1. Sin embargo, los
comuneros, los cocaleros, los campesinos sin tierra y cada vez más los piqueteros
argentinos y los desocupados urbanos, están trabajando de forma consciente para
construir su autonomía material y simbólica.
En tercer lugar,
trabajan por la revalorización de la cultura y la afirmación de la identidad de
sus pueblos y sectores sociales. La política de afirmar las diferencias étnicas
y de género, que juegan un papel relevante en los movimientos indígenas y de
mujeres, comienza a ser valorada también por los viejos y los nuevos pobres. Su
exclusión de facto de la ciudadanía parece estarlos induciendo a
buscar construir otro mundo desde el lugar que ocupan, sin perder sus rasgos
particulares. Descubrir que el concepto de ciudadano sólo tiene sentido si hay
quienes están excluidos, ha sido uno de los dolorosos aprendizajes de las
últimas décadas. De ahí que la dinámica actual de los movimientos se vaya
inclinando a superar el concepto de ciudadanía, que fue de utilidad durante dos
siglos a quienes necesitaron contener y dividir a las clases peligrosas (Wallerstein, 2001: 120-135).
La cuarta característica
común es la capacidad para formar sus propios intelectuales. El mundo indígena
andino perdió su intelectualidad como consecuencia de la represión de las
insurrecciones anticoloniales de fines del siglo XVIII y el movimiento obrero y
popular dependía de intelectuales que le trasmitían la ideología socialista
"desde fuera", según el modelo leninista. La lucha por la
escolarización permitió a los indios manejar herramientas que antes sólo
utilizaban las elites, y redundó en la formación de profesionales indígenas y
de los sectores populares, una pequeña parte de los cuales se mantienen
vinculados cultural, social y políticamente a los
sectores de los que provienen. En paralelo, sectores de las clases medias que
tienen formación secundaria y a veces universitaria se hundieron en la pobreza.
De esa manera, en los sectores populares aparecen personas con nuevos
conocimientos y capacidades que facilitan la autoorganización y la
autoformación.
Los movimientos
están tomando en sus manos la educación y la formación de sus dirigentes, con
criterios pedagógicos propios, a menudo inspirados en la educación popular. En
este punto, llevan la delantera los indígenas ecuatorianos que han puesto en
pie la Universidad Intercultural de los Pueblos y Nacionalidades Indígenas –que
recoge la experiencia de la educación intercultural bilingüe en las casi 3 mil
escuelas dirigidas por indios–, y los Sin Tierra de Brasil, que dirigen mil 500
escuelas en sus asentamientos, y múltiples espacios de formación de docentes,
profesionales y militantes (Dávalos, 2002; Caldart,
2000). Poco a poco, otros movimientos, como los piqueteros, se plantean
la necesidad de tomar la educación en sus manos, ya que los Estados nacionales
tienden a desentenderse de la formación. En todo caso, quedó atrás el tiempo en
el que intelectuales ajenos al movimiento hablaban en su nombre.
El nuevo papel de
las mujeres es el quinto rasgo común. Mujeres indias se desempeñan como
diputadas, comandantes y dirigentes sociales y políticas; mujeres campesinas y piqueteras ocupan lugares destacados en sus
organizaciones. Esta es apenas la parte visible de un fenómeno mucho más
profundo: las nuevas relaciones que se establecieron entre los géneros en las
organizaciones sociales y territoriales que emergieron de la reestructuración
de las últimas décadas.
En las
actividades vinculadas a la subsistencia de los sectores populares e indígenas,
tanto en las áreas rurales como en las periferias de las ciudades (desde el
cultivo de la tierra y la venta en los mercados hasta la educación, la sanidad
y los emprendimientos productivos) las mujeres y los niños tienen una presencia
decisiva. La inestabilidad de las parejas y la frecuente ausencia de los
varones, han convertido a la mujer en la organizadora del espacio doméstico y
en aglutinadora de las relaciones que se tejen en torno a la familia, que en
muchos casos se ha transformado en unidad productiva, donde la cotidianeidad
laboral y familiar tienden a reunirse y fusionarse. En suma, emerge una nueva
familia y nuevas formas de reproducción estrechamente ligadas, en las que las
mujeres representan el vínculo principal de continuidad y unidad.
El sexto rasgo
que comparten, consiste en la preocupación por la organización del trabajo y la
relación con la naturaleza. Aún en los casos en los que la lucha por la reforma
agraria o por la recuperación de las fábricas cerradas aparece en primer lugar,
los activistas saben que la propiedad de los medios de producción no resuelve
la mayor parte de sus problemas. Tienden a visualizar la tierra, las fábricas y
los asentamientos como espacios para producir sin patrones ni capataces, donde
sea posible promover relaciones igualitarias y horizontales con escasa división
del trabajo, asentadas por lo tanto en nuevas relaciones técnicas de producción
que no generen alienación ni sean depredadoras del ambiente.
Por otro lado,
los movimientos actuales rehuyen el tipo de organización taylorista
(jerarquizada, con división de tareas entre quienes dirigen y ejecutan), en la
que los dirigentes estaban separados de sus bases. Las formas de organización
de los actuales movimientos tienden a reproducir la vida cotidiana, familiar y
comunitaria, asumiendo a menudo la forma de redes de autoorganización
territorial. El levantamiento aymara de septiembre de
2000 en Bolivia, mostró cómo la organización comunal era el punto de partida y
soporte de la movilización, incluso en el sistema de "turnos" para
garantizar los bloqueos de carreteras, y se convertía en el armazón del poder
alternativo (García, 2001: 13). Los sucesivos levantamientos ecuatorianos
descansaron sobre la misma base: "Vienen juntos, permanecen compactados en
la ‘toma de Quito’, ni siquiera en las marchas multitudinarias se disuelven, ni
se dispersan, se mantienen cohesionados, y regresan juntos; al retornar a su
zona vuelven a mantener esa vida colectiva" (Hidalgo, 2001: 72). Esta
descripción es aplicable también al comportamiento de los Sin Tierra y de los piqueteros
en las grandes movilizaciones.
Por último, las
formas de acción instrumentales de antaño, cuyo mejor ejemplo es la huelga,
tienden a ser sustituidas por formas autoafirmativas,
a través de las cuales los nuevos actores se hacen visibles y reafirman sus
rasgos y señas de identidad. Las "tomas" de las ciudades de los
indígenas representan la reapropiación, material y simbólica, de un espacio
"ajeno" para darle otros contenidos (Dávalos, 2001). La acción de
ocupar la tierra representa, para el campesino sin tierra, la salida del
anonimato y es su reencuentro con la vida (Caldart,
2000: 109-112). Los piqueteros sienten que en el único lugar donde la
policía los respeta es en el corte de ruta y las Madres de Plaza de Mayo toman
su nombre de un espacio del que se apropiaron hace 25 años, donde suelen
depositar las cenizas de sus compañeras.
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De todas las
características mencionadas, las nuevas territorialidades son el rasgo
diferenciador más importante de los movimientos sociales latinoamericanos y lo
que les está dando la posibilidad de revertir la derrota estratégica. A diferencia
del viejo movimiento obrero y campesino (en el que estaban subsumidos los
indios), los actuales movimientos están promoviendo un nuevo patrón de
organización del espacio geográfico, donde surgen nuevas prácticas y relaciones
sociales (Porto, 2001; Fernandes, 1996: 225-246). La
tierra no se considera sólo como un medio de producción, superando una
concepción estrechamente economicista. El territorio es el espacio en el que se
construye colectivamente una nueva organización social, donde los nuevos sujetos
se instituyen, instituyendo su espacio, apropiándoselo material y
simbólicamente.
Nuevos desafíos
En paralelo, el movimiento actual está sometido a debates profundos, que
afectan las formas de organización y la actitud hacia el Estado y hacia los partidos
y gobiernos de izquierda y progresistas. De la resolución de estos aspectos
dependerá el tipo de movimiento y la orientación que predomine en los próximos
años.
Aunque buena
parte de los grupos de base se mantienen apegados al territorio y establecen
relaciones predominantemente horizontales, la articulación de los movimientos
más allá de localidades y regiones plantea problemas aún no resueltos. Incluso,
organizaciones tan consolidadas como la Confederación de Nacionalidades
Indígenas del Ecuador (Conaie) han tenido problemas
con dirigentes elegidos como diputados, y durante la breve "toma del
poder" de enero de 2000 se registró una fisura importante entre las bases
y las direcciones, que parecieron abandonar el proyecto histórico de la organización.
Establecer formas
de coordinación abarcativas y permanentes supone, de
alguna manera, ingresar en el terreno de la representación, lo que coloca a los
movimientos ante problemas de difícil solución en el estadio actual de las
luchas sociales. En ciertos periodos no puede permitirse hacer concesiones a la
visibilidad o rehuir la intervención en el escenario político. El debate sobre
si optar por una organización centralizada y muy visible o difusa y
discontinua, por mencionar los dos extremos en cuestión, no tiene soluciones
sencillas, ni puede zanjarse de una vez para siempre.
Finalmente, el
debate sobre el Estado atraviesa ya a los movimientos y todo indica que se
profundizará en la medida en que las fuerzas progresistas lleguen a ocupar los
gobiernos nacionales. Está pendiente un balance del largo periodo en el que los
movimientos fueron correas de transmisión de los partidos y se subordinaron a
los Estados nacionales, hipotecando su autonomía. Por el contrario, parece ir
ganando fuerza, como sucedió ya en Brasil, Bolivia y Ecuador, la idea de
deslindar campos entre las fuerzas sociales y las políticas. Aunque las
primeras tienden a apoyar a las segundas, conscientes de que gobiernos
progresistas pueden favorecer la acción social, no parece fácil que vuelvan a
establecer relaciones de subordinación.
No es un debate
ideológico. O, por lo menos, no lo es en lo fundamental. Se trata de mirar el
pasado para no repetirlo. Pero, sobre todo, se trata de mirar hacia adentro,
hacia el interior de los movimientos. El panorama que surge, cada día con mayor
intensidad, es que el ansiado mundo nuevo está naciendo en sus propios espacios
y territorios, incrustado en las brechas que abrieron en el capitalismo. Es
"el" mundo nuevo real y posible, construido por los indígenas, los
campesinos y los pobres de las ciudades sobre las tierras conquistadas, tejido
con base en nuevas relaciones sociales entre los seres humanos, inspirado en
los sueños de sus antepasados y recreado gracias a las luchas de los últimos 20
años. Ese mundo nuevo existe, ya no es un proyecto ni un programa sino
múltiples realidades, incipientes y frágiles. Defenderlo, para permitir que
crezca y se expanda, es una de las tareas más importantes que tienen por
delante los activistas durante las próximas décadas. Para ello deberemos
desarrollar ingenio y creatividad ante poderosos enemigos que buscarán
destruirlo; paciencia y perseverancia ante las propias tentaciones de buscar
atajos que, ya sabemos, no conducen a ninguna parte.
NOTAS
1. Indios conciertos son
denominados, en la región andina, quienes "concertaron" un acuerdo
con el hacendado, que supone una relación de servidumbre y renta en especie.
BIBLIOGRAFIA
Caldart, Roseli Salete, (2000) Pedagogia
do Movimento Sem Terra, (Petrópolis: Vozes).
Dávalos, Pablo (2001)
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(Quito: Abya Yala).
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"El movimiento indígena en el Ecuador" en Cucurella,
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Ramón Valarezo,
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Wallerstein, Immanuel,
2001 (1999), Conocer el mundo. Saber el mundo: El fin de lo aprendido,
(México: Siglo XXI).
* Docente e investigador de la Multiversidad Franciscana de América Latina (Mfal). Editor de Internacionales del semanario Brecha (Uruguay)